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San Michele

  • Nov 23, 201817:53h
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por Ernesto Hernández Busto

Es domingo, y el vaporetto avanza a un ritmo plácido, de mecedora familiar y siesta de abuelos, hasta que suelta en el muelle a la pequeña manada de turistas que hoy hemos decidido visitar la isla de la muerte. Colocar un cementerio en una isla parece una forma artística de exorcismo: el reino fúnebre se vuelve algo circunscrito, paseable, atractivo incluso. Así, este jardín flotante abarrotado de cipreses, que vistos desde el agua declaran tras una tapia color terracota su condición de antenas del inframundo. Entramos por el claustro, pisando huesos sin darnos cuenta. Hace apenas una semana fue el Día de los Fieles Difuntos y muchas de las tumbas aún tienen flores: en este clima tan húmedo no se marchitan pronto. Contra el telón del cielo preñado de nubes gris perla, los rojos y amarillos que brotan de las macetas crean una sensación de artificio festivo, de irrealidad. Cantan los pájaros y no hay gaviotas porque en la isla, según he leído, hay un dispositivo sónico que se ocupa de ahuyentarlas.

Vagamos M. y yo, en busca de nombres famosos. Nos sorprende el montón de zapatillas, ya mohosas, que devotas bailarinas han ido a ofrendar a Diaguilev bajo su minidomo bizantino, o la variada colección de objetos (piedras del ritual judío, bayas, cirios, un pequeño ícono…) sobre la tumba de Stravinsky. Cerca, dos leones de espaldas resguardan un mausoleo enrejado. Antes, mientras buscaba a Pound en la sección protestante, he repasado una multitud de anónimos, lápidas quebradas, inscripciones casi ilegibles por el musgo o la hojarasca. Porque también aquí, entre los muertos, hay distinciones: están los olvidados, los doblemente muertos, y los mimados, pues no hay otra palabra para describir el cuidado de ciertos sepulcros: tanática manicure.

Media nobleza rusa exhibe en mármol sus apellidos compuestos en francés. Alguien le ha llevado rosas a Olga Rudge, con una tarjeta que la lluvia convierte en manchas ilegibles. La zona de los militares tiene un aire pomposo, como de desfile: si nos esforzáramos, casi podríamos oír los trombones de alguna marcha subterránea presidida por Salvador de Iturbide, príncipe malogrado y el más apuesto de los hombres de Venecia, antes de que se lo llevara una apendicitis.

Es otoño, pero todo rebosa de verde, a juego con ciertos pinos y las cúpulas de varios panteones. Un verde oliváceo, tirando a gris, distinto del de las cúpulas acuáticas de La Salute y los campaniles, ese gigantesco juego de tazas vueltas, como decía Brodsky, que también reposa aquí, bajo un cantero lleno de flores. Se anuncia una subasta de parcelas vacantes. En algunas zonas, las tumbas están muy juntas y propician extrañas perspectivas geométricas, pasillos de ángeles y pilastras, columnas truncas, grava y podredumbre. En una de esas vueltas, otra sección: Bambini.

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