castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Cultura

PD en la red

“El busto de Tiberio”, por Joseph Brodsky

  • pd
    Editor Jefe
  • Abr 11, 201717:54h
  • 2 comentarios

Tiberio

por Joseph Brodsky

Te saludo, dos mil años después.
Tú también desposaste a una puta.
Es algo que tenemos en común.
Y aquí, a tu alrededor, esta ciudad:
ruido, coches, la chusma con jeringas
en húmedos portales —y las ruinas.
Yo, un viajero común, ahora saludo
tu busto polvoriento en esta sala
desierta. Ah, Tiberio, aquí no habías
cumplido ni los treinta. De tu rostro
emana la confianza de obedientes
músculos sin futuro. La cabeza,
que el escultor talló mientras vivía,
nos parece un augurio de poder.
Debajo del mentón ya todo es Roma:
las provincias, rentistas y cohortes,
más un montón de niños pervertidos
que se afanan besando entre tus piernas
—placer en clave loba: Remo y Rómulo,
(¡los mismos labios!) que musitan dulces
palabras a los pliegues de la toga.
A fin de cuentas, ese busto es signo
de independencia entre cuerpo y cerebro.
Del Imperio, también, junto a los tuyos.
De haber hecho tú mismo tu retrato,
todo serían circunvoluciones.

Ni a los treinta llegabas. Nada de esto
que te rodea se para a observarte.
Pero tampoco tu mirada firme
está dispuesta a detenerse en nada:
ningún rostro, ningún paisaje clásico.
¡Qué más te da lo que vayan diciendo
Tácito o Suetonio de las causas
de tu crueldad! No hay causas en el mundo,
sólo efectos: los hombres son sus víctimas.
Sobre todo en mazmorras, donde siempre
las palabras que saca la tortura
parecen confidencias infantiles:
en tono monocorde. Lo mejor
es no tener que ver con la verdad.
Es cosa que no nos eleva. A nadie.
Mucho menos al César. Me parece
que tú serías más capaz de ahogarte
mientras te bañas, que por ideales.
Y en general, ¿ser cruel no será acaso
acelerar el destino común
de cualquier cosa, o la caída libre
de todo cuerpo simple en el vacío?
Por eso el fin se identifica siempre
con el momento de la decadencia.

Es enero. La bandada de nubes
ha rodeado la ciudad invernal
como unos trozos de mármol sobrante.
El Tíber huye de la realidad.
Las fuentes brotan donde nadie mira,
ni entre los dedos, ni ojos entornados.
¡Es otra época! Y ya no hay manera
de atrapar a ese lobo enloquecido.
¡Ah, Tiberio! ¿Quiénes somos nosotros
para arrogarnos el papel de jueces?
Un monstruo fuiste, pero indiferente.
Pues al hacer sus monstruos, la Natura
-a las víctimas no-, los plasma siempre
a imagen suya. Es más gratificante
-si se puede escoger- que sea un demonio
del infierno quien venga a aniquilarnos
antes de que te toque un neurasténico.
Ni los treinta cumplidos; rostro pétreo,
que fue creado para dos milenios,
parece un mecanismo natural
de exterminio, para nada un esclavo
de alguna de esas pasiones humanas,
o un transmisor de ideas y demás.
Y defenderte de las falsedades
de la gente equivale a salvar
al árbol de sus hojas: murmurantes
e incoherentes, suman mayoría.

En la sala desierta. Cae la tarde.
Sucia luz invernal en la ventana.
El ruido de la calle. Y este busto
que ignora las virtudes del espacio.
¡No puede ser, Tiberio, que no escuches!
También yo huí, también yo di la espalda
a todo aquello que me sucedía;
me convertí en isla con ruinas y garzas.
Mi rostro cincelé con un candil.
A mano. Si algo llegué a decir,
eso que dije a nadie le interesa,
no sólo en su momento, sino ahora.
¿Y no será también una manera
de acelerar el paso de la historia?
¿Un intento —por desgracia, logrado—
de anteponer el efecto a la causa?
Pero además, en un total vacío,
lo cual no garantiza un gran aplauso.
¿Arrepentirse? ¿Rehacer tu suerte?
¿Cambiar, como se dice, de baraja?
Pero, ¿vale acaso la pena? Si la lluvia
radiactiva hará de historiador.
¿Y quién va a maldecirnos? ¿Una estrella?
¿La luna? ¿O esa póstuma termita,
con un torso tan blando como eterno,
que enloqueció tras mutar muchas veces?
Es posible. Pero cuando se tope
con nosotros como un objeto duro,
ella también, quizá desconcertada,
hará una pausa en sus excavaciones.

“Esto es un busto —dirá en el lenguaje
de las ruinas y los músculos tensos—,
busto, busto.”

[1981]

Versión: Ernesto Hernández Busto.
El original ruso, aquí.

Publicado en
2 respuestas
Comentarios

  • pd dice:

    Tienes razón, Jorge, muchas gracias.
    E.

  • Jorge Brash dice:

    Excelente. Hay, con todo, un verso que no consta:

    “me convertí en isla con ruinas y garzas”

    Tal vez “me volví isla con ruinas y garzas”.
    Felicidades.