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Recuerdos de la Freddy

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    Editor Jefe
  • Jul 25, 201619:22h
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Freddy Cuba

por Marta Valdés

Ela O’Farrill vivía en el noveno piso del edificio de Infanta y Humboldt ubicado frente a lo que fue el bar Celeste, un sitio al que yo caracterizaría, más bien, como un café-bar, especie de paradero obligado al final de la noche para los músicos que, de regreso de sus actuaciones en los cabarets cercanos por aquel entonces a la barriada de La Rampa, así como en la multitud de pequeños sitios donde era posible escuchar cada noche la buena y variada producción musical del momento, coincidían para reponer fuerzas con un buen sándwich y un café con leche mientras compartían las impresiones de esa jornada. Fue allí donde comenzó a aparecer, noche tras noche, una mujer dotada de una poderosa voz de contralto, que se sentaba a cantar, por ejemplo, una versión al español de The Man I Love (El hombre que yo amé) dando muestras de una musicalidad especial cuando intercalaba, entre frase y frase, unos tarareos equivalentes a los giros instrumentales que van armando los arreglos orquestales y que funcionan como referencia a la armonía, elemento muy a tener en cuenta en este tipo de canciones conectadas con el repertorio de los hoy llamados “standards” norteamericanos (digamos, con el jazz). Alguien me dijo: “tienes que oír lo que hace con tu bolero No te empeñes más“. Salí a buscarla.

Ya me habían dicho que Freddy, cuando todavía los músicos no habían carenado en el Celeste, se sentaba un rato, a partir de las 10, en una barra que estaba enfrente, en el cuchillo que hacen las calles de Infanta y San Francisco (¿o Espada?) y una noche, como a eso de las 10:30, me llegué al lugar y me di cuenta de que la tenía delante de mí. La escena se repitió bastantes veces luego. Estábamos en 1959 —de eso estoy segura, por la animación y el tráfico en la zona a esas horas y por la sensación de seguridad en las calles. Tal vez haya podido ocurrir este episodio a comienzos del 60, a juzgar por la libertad de que yo misma gozaba, de salir a la calle ya entrada la noche sin que por ello se originara un conflicto en mi hogar. (Muchas veces me daba cita frente al St. John’s o el Habana Libre con Elena Burke y Manolo —su marido, dealer del Casino de este hotel—, quienes por aquellos años eran mis vecinos muy cercanos, para regresar con ellos al barrio una vez terminadas sus respectivas actividades, ya bien entrada la madrugada).

Desde que llegué al bar, una barra larga, abierta a la vista de la calle, identifiqué a aquella mujer gorda, sin otros afeites que no fueran la pulcritud y la sencillez de su atuendo y un olor suave a persona limpia. Seria, callada, delante tenía un trago de algo “a la roca” y una caja de cigarrillos Salem. Me le presenté y su respuesta fue cantarme mi bolero allí, a voz en cuello. Me aficioné a buscarla, no sólo por el placer que me producía su interpretación llena de creatividad donde ni un alpiste de la parte que había puesto yo como creadora salía lesionado, en letra o música.

Freddy me inspiraba admiración y respeto. Yo le pedía otra canción, y otra, y otra, y ella me complacía mientras miraba de reojo hacia la acera de enfrente. Tan pronto comenzaban a aterrizar los músicos en el Celeste, ella cruzaba y yo me iba hacia donde pudiera estar Elena para esperar a que la jornada acabara y regresáramos al barrio en el carro de Manolo, sabiendo que me perdía la tanda que, con toda seguridad, Freddy estaba ofreciendo en cualquier mesa del Celeste por el solo placer de saber que los elogios de quienes la escuchaban no eran cosa de juego: baste decir que uno de sus más fervientes admiradores era Guillermo Barreto (Barretico), el más exigente y quisquilloso de cuantos músicos allí se reunían.

Cada vez que podía hacerlo, me llegaba al bar de Infanta, me sentaba a su lado y, al poco rato, le pedía que cantara algo. Ella me complacía y, por supuesto, invariablemente incluía, entre las dos o tres piezas que cantaba, el bolero mío No te empeñes más —que debió haber aprendido de la radio o la victrola en su primera y, por aquel entonces, única versión grabada en la voz de Fernando Álvarez con arreglo orquestal de Bebo Valdés.

Una de las piezas —siempre las mismas— de este rompecabezas que armo y desarmo cada vez que viene al caso el tema de Freddy, se refiere a la noche en que, al filo de las doce, cuando más inspirada se hallaba ella entonando algo con su poderosa voz, un vecino de los alrededores emitió a todo meter ese sonido digno de figurar en cualquier crucigrama cuyas tres letras, metidas entre signos de admiración, resumen el más despiadado y ordinario cálleselaboca: “¡Sió!”. Ella, sin alterarse, terminó de cantar la canción, pagó su cuenta y, con la misma, cruzó la calle y se puso a cantar debajo del poste que estaba en la esquina del Celeste. Yo me paré a mirarla y me sentí como el ser privilegiado que presenciaba una escena de esas que sirven de portada a los long-playings; imaginé el suyo, y a ella famosa, y en eso se me fue la mente un buen rato.

Dije “long-playings” y me doy cuenta de que, en esta era de los MP y los CD, muchas de las personas que no pasen de 40 años no tendrán idea del significado de ese término. En aquel tiempo, circulaban entre nosotros tres tipos de discos: uno pequeño con una pieza grabada por cada lado, que era el que funcionaba en las victrolas de bares, bodegas y demás establecimientos; uno algo más grande, al que se le decía “extended play” y la jerga popular identificaba como “extended”, con dos piezas por cada cara, y uno de doce pulgadas de diámetro que contenía unas doce piezas repartidas entre ambos lados, que en términos formales se denominaba “disco de larga duración” y comúnmente aceptábamos, tal como aparecían sus siglas o su denominación estampada en él, como “long playing” o, sencillamente, “lon-pléi” y que, a partir de los sesenta, cuando comenzó a resultar pecaminoso emplear palabras americanas, pasó a tener una desabrida denominación derivada de la sigla LD, es decir, “ele-dé” (algo similar le pasó al feeling cuando se le hizo la cirugía plástica que lo enmascaró bajo el término filin). El “extended” giraba a la velocidad de 45 revoluciones por minuto, de manera que los cubanos nos referíamos a él como “un disco de 45” mientras que el más pequeño y el más grande giraban a 33 revoluciones y nos referíamos a ellos, respectivamente, como “un disco pequeño” o “un long-playing”.

Pues bien, la imagen de aquella mujer cantando a la luz de un farolito de la calle Infanta, me hizo soñar con un disco que sólo existió en mi imaginación, un disco que no estaría regido por las exigencias de mercado alguno, donde el repertorio de primera que —en honor a las leyes del contraste— ella había ido configurando posiblemente (son imaginaciones mías también) bajo la influencia de la programación radial que escuchaba durante las labores domésticas que le servían para ganarse la vida. Ese disco —pensaba yo— pasaría a ser el mejor testimonio de su paso por el arte.

Posiblemente esa necesidad de compartirlo todo para poder degustar mejor lo bueno (tan preciosamente resumida por Pablito en una de sus canciones) sea uno de los rasgos que caracterizan a las personas que –al decir de los más grandes de entonces–tienen o no tienen feeling.

Me dediqué a arrastrar personas sensibles hacia los sitios donde se encontraba, siempre lista para abrir su voz poderosa y entonar su canto, quien una vez, respondiendo a mi curiosidad acerca del origen de su nombre, dijo llamarse Fredelina, Fredelina García (quizás por enmascarar ese Fredesvinda que luego aparece registrado en diversos escritos y que me encantaría comprobar si responde o no a su verdadera identidad). El asombro particular de cada una de las personas que guardó su imagen y —añadiéndole ingredientes a gusto— fabricó a su antojo, en los años por venir, una historia propia, ha convertido en una leyenda a quien en vida fuera Freddy, la cantante.

Alguien me habló luego de un sitio en el edificio —también de Infanta y Humboldt— que está en diagonal con el Celeste. Era un bar cerrado, del tipo que llamaban “pullman” y, en una o dos ocasiones me fui con amigos a buscarla donde siempre para que, cómodamente sentados y sin molestar a nadie, la conocieran y le dieran ese aliento que todos necesitamos cuando estamos empezando y no sabemos todavía por dónde vamos a seguir andando, sobre todo en el caso del intérprete.

Estábamos en 1960 —repito— y todavía esos sitios eran negocios particulares. Doris de la Torre había acabado de grabar su también único disco en solitario, donde me dio la alegría de incluir tres canciones mías. Debe haber sido al calor de ese episodio cuando le conté de Freddy a Pablo Cano, el gran guitarrista, quien había acompañado a la cantante en un arreglo insuperable de En la imaginación concebido especialmente para esa grabación. Cuando nos quedamos solos después que Pablo la escuchó, me confió una idea que se le había ocurrido: hablar en el Casino del Hotel Habana Libre para que le dieran la oportunidad de cantar algo así mismo, sola, como ella cantaba siempre, desde un pequeño espacio escénico situado a un nivel alto al fondo de la barra, donde se presentaban algunos números musicales. A lo mejor pasaba algo. Ella estuvo de acuerdo, nos citamos los tres y, en un carro pequeño que tenía el músico —tal vez un VW o un Fiat de aquellos que llamábamos “cotorritas”— nos dirigimos al lugar. Claro, que fue trabajoso que ella pudiera ubicarse en escena. El ruido y el movimiento del casino ayudaron a que pasaran inadvertidos aquellos preparativos que, realizados con toda discreción, hicieron posible que, en un abrir y cerrar de ojos, nuestra heroína comenzara a cantar su versión al español de The man I love. Era tal el estruendo que, en las primeras frases me sentí culpable de haberla puesto en semejante situación. La voz, sin embargo, cubrió el espacio enorme que ocupaban las mesas; el juego no se detuvo pero el ruido sí fue tragado por el más aparatoso e impresionante silencio. Salimos felices, esperanzados, pero nunca se produjo un llamado para darle a la cantante la oportunidad que ansiábamos. Valió la pena, sin embargo, esta experiencia irrepetible.

Quise que Bebo Valdés la escuchara. Yo veía en él a la persona que había dado los primeros impulsos a mis boleros en el disco donde se lanzó, en grande, a Fernando Álvarez como solista. Bebo, tan amable, accedió a conocerla y escucharla –sin que mediara petición alguna de que por ello fuera a conseguirle trabajo. Yo solía darme el gusto de aparecerme de vez en cuando en los ensayos previos a la actuación de la orquesta de este músico grande y querido, en el estudio de Radio Progreso donde actuaban para el público. La noche antes, busqué a Freddy, le conté y me pidió que pasara a recogerla por su casa a una hora de la tarde en que nos daría tiempo a bajar por toda la calle 27 y llegar a la emisora.

J 564

Aquí les traigo la foto de la casa, ubicada en la calle J Nº 564 en El Vedado, algo modificada hoy pero, básicamente, la misma, una de esas casas divididas para muchas familias aunque, en aquel momento, disponía de locales muy pequeños donde dormir por el precio de 30 o 40 centavos. Pensé que ella estaría esperándome a la entrada pero no ocurrió así; pregunté por ella y me dijeron: “suba y doble a la izquierda y al final toque”. Así lo hice. Era un piso amplio con divisiones de cartón tabla y no había ni un alma; sólo los ronquidos que me dieron a entender que nuestra amiga se había quedado dormida. La llamé y no me contestaba, me acerqué a la puerta de donde se sentía venir aquella señal, toqué y me salió, medio asustada, medio dormida, sin peinar. Casi la regañé pues el tiempo estaba más que justo, me pidió que la esperara y en un dos por tres la tenía parada ante de mí, fresca como una lechuga, igualita a la Freddy de por las noches. Bajamos rápido las escaleras, cruzamos y nos dirigimos como un par de bólidos por todo 27. Claro que no pasó nada. Mis recuerdos llegan hasta el susto de esa carrera. No sé si pudimos entrar, si Bebo la llegó a escuchar. La memoria es así.

Creo que el episodio anterior me sacudió de tal manera que sólo atiné a hacerle el cuento a unos amigos, un par de seres de otro mundo con quienes me veía varias veces por semana. Ellos quisieron ir a escucharla y nos citamos para el pullman una de esas noches. Freddy cantó como nunca (que es como cantaba siempre). Mis amigos, que ya venían preparados para la emoción, además de impresionados por la forma en que yo les había descrito la estrechez del sitio donde ella vivía, le ofrecieron albergue en el modesto apartamento de azotea que compartían no muy lejos de allí, en la zona alta del Vedado, donde podría hacer uso del espacio a sus anchas, por más que tuviera que dormir en el sofá-cama de la sala. Allí no le iba a faltar el alimento, las buenas condiciones para el aseo y hasta dispondría de una pequeña ayuda económica todos los días; podría disponer de todo el tiempo necesario para crear relaciones y continuar su lucha por abrirse paso. Fue grande la insistencia y muy sincero el ofrecimiento que ella aceptó. No se me va a olvidar la tarde en que fuimos a buscarla a la calle J en el carrito de una amiga. Uno de sus anfitriones subió para ayudarla a cargar sus pertenencias. Cuando ambos bajaron, se nos hizo un nudo en el corazón. Todo lo material que poseía Freddy cabía en una cajita que llevó ella misma sobre sus piernas, mientras nos regalaba una sonrisa de lado a lado.

La vi alejarse con su buena compañía y subir ligerísima las escaleras. Durante un buen tiempo permaneció en su nuevo hogar. Luego supe que estuvo albergada en otras casas de amigos y, un buen día, me enteré de que ya comenzaba a tener oportunidades, que figuraría en el show del cabaret Capri bajo la dirección artística de Anido, un prestigioso hombre de espectáculos. Para esa ocasión, mi amiga Ela O’Farrill fue invitada a componer una pieza que le serviría como tema de presentación a la cantante. En uno de esos salticos a La Habana con que suele alegrarnos, le pedí a Ela que me contara con pelos y señales cómo vino al mundo la hermosa canción que hemos estado disfrutando en el disco grabado por Freddy así como, más recientemente, en la espléndida versión de Haila.

Ela me cuenta que yo le había estado insistiendo para que cruzara cualquier nochecita al Celeste o a los alrededores en busca de la cantante y se diera gusto apreciando no sólo su timbre sino, a la vez, su musicalidad tan especial. Dice que ella se reía con mis amenazas de tirar una piedra desde la calle Humboldt apuntando a su ventana del noveno piso para obligarla a bajar. El encuentro nunca se produjo. Eran tiempos en que Ela actuaba en sitios de los alrededores y sus horarios coincidían con los de las improvisadas presentaciones de nuestra estrella naciente, así fuera frente por frente a la casa de la compositora. Pasó algún tiempo y estando ella en una descarga de amigos, Anido se encontraba presente y sacó a la conversación, a propósito del proyectado debut de Freddy en la pista del cabaret del Hotel Capri, su preocupación acerca del tratamiento escénico que requeriría esta cantante totalmente desconocida, a los efectos de satisfacer al público que frecuentaba este tipo de espectáculos.

En la reunión se encontraba también un norteamericano —según Anido, una especie de manager del cabaret o del hotel— quien, en medio de la conversación y luego de haber escuchado algunas referencias acerca de la compositora, se le acercó y le propuso crear una canción basada en la historia (pudiéramos decir, a esas alturas, la ya naciente leyenda) de aquella mujer. Ela cuenta que, mientras escuchaba a Anido y a este “señor alto y delgado”, se acordaba de mi ocurrencia. Les dijo que lo pensaría. Esa noche, de regreso a casa después de su actuación, abrió la ventana de su cuarto y lo que por ella entró no fue mi piedrecita sino la idea completa, de principio a fin, de la bella canción que corrió a anotar, a pulir y perfilar hasta dejarla tal como nos ha llegado. Lo demás fue conocer a su heroína, enseñarle letra y música, darle la pieza —posiblemente a Rafael Somavilla, quien debe haber sido el director de la orquesta que acompañaba el show por aquel entonces— y luego a Humberto Suárez, arreglista y director musical del disco que, más tarde, se decidió grabar bajo el sello Puchito, quién sabe si pensando ya en el viaje próximo de la cantante a México, a juzgar por la inclusión en él de piezas como Noche de ronda, de Agustín Lara, Bésame mucho, de Consuelo Velázquez y La cita, de Gabriel Ruiz, enmarcadas en un estilo que no tenía puntos de contacto con el repertorio habitual de la cantante, mas inclinado a la canción y el bolero cubanos relacionados con el feeling, así como a versiones de canciones norteamericanas.

Las fechas probables en que ocurre esta parte de la historia pueden investigarse consultando los periódicos y revistas de la época. Avanzaba el año 60. A partir de agosto la vida musical se volvió agitada, interesante, extremadamente viva para quienes éramos tan jóvenes así como para quienes no lo eran. Mi tiempo se repartía entre algunas responsabilidades que acepté, mis colaboraciones escribiendo sobre espectáculos en el periódico Revolución, una moderada vida como intérprete y una atención creciente al reclamo de figuras que, como Doris de la Torre y Omara Portuondo, al iniciar por todo lo alto sus carreras discográficas, incluían en ellas versiones insuperables de canciones mías. Freddy no se quedó atrás y, para mi gloria, dejó registrada en la placa que conocemos como el único disco suyo de que tengamos noticias, ese Tengo que hoy podemos escuchar.

A partir del mes de agosto de 1960 la vida me regaló la oportunidad de iniciar y llevar hasta lo más hondo una amistad con el compositor Julio Gutiérrez. Al calor de nuestras labores en la recién creada Sociedad Cubana de Autores Musicales —él como Presidente y yo figurando, junto a Ignacio Piñeiro y Sergio Francia, entre los tres vicepresidentes de la entidad— el año 1961 puso mar por medio entre nosotros dos cuando el entrañable amigo marchó a México como director musical y arreglista de una producción de cabaret encabezada por el gran coreógrafo Rodney, en la cual Freddy figuraba como atracción. Debe haber sido a finales de febrero o comienzos de marzo de 1961 cuando alguien puso en mis manos una carta de Julio Gutiérrez, fechada el 19 de febrero, que he conservado con verdadero celo. En ella se refiere al estreno exitoso de la producción, la noche anterior así como al proyecto de suyo y de Freddy de incluir mi canción Tú no sospechas “que a ella y a mí (sic) me gusta mucho” en un nuevo LP de la cantante que comenzaría a grabarse a la semana siguiente en aquella ciudad. Fue la última noticia que tuve acerca de ella. Si el disco se grabó, con qué sello pudo haber sido, si algunos fragmentos de la grabación yacen en un almacén de cintas magnetofónicas en México por no haber resultado interesantes para los discósofos de entonces, es un misterio. Julio no regresó a Cuba. He leído que Freddy pasó a Puerto Rico y los diccionarios dicen que murió el 31 de julio de ese mismo año en San Juan.

La carta venía acompañada de un recorte de prensa con la propaganda del show a que hace referencia mi amigo. Yo lo despedacé en un arranque de rabia porque no pude soportar el carácter ofensivo con que se permitían anunciar a la cantante aludiendo a su peso corporal y no a su arte.

He estado repasando los comentarios recibidos y no acierto a localizar uno donde alguien se refiere al poder unificador que tiene la música cubana. Es curioso que algo casi exacto, casi con las mismas palabras, afirma Julio Gutiérrez en los primeros párrafos de esa carta que me ha hecho sentirlo vivo y cercano cada vez que he tenido el valor de releerla. Dicen que la casualidad no existe. Yo veo las coincidencias entre lo que afirman el lector y el compositor separadas por medio siglo y pienso eso mismo que ambos sostienen y añado aquello que Harold Gramatges no se cansaba de repetir y que lo explica todo: “la música es un misterio”.

Septiembre-octubre de 2010

Marta Valdés
La Habana

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2 respuestas
Comentarios

  • Yuri dice:

    La gorda cantaba… y mucho.

  • Miguel Iturralde dice:

    ¡Excelente relato! todo apunta a que murió a los veintiséis años, aquí en Puerto Rico, de un infarto durante, o después, de una velada en casa de un compositor. Qué pena una vida y un gran talento tronchados así. Saludos.