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Un poema de Joseph Brodsky

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    Editor Jefe
  • Jul 01, 201620:06h
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the_turin_horse

Ya casi no traduzco del ruso. Me cuesta mucho, por la falta de práctica, y porque he perdido el oído en ese idioma, que nunca llegué a dominar. Cuando se está inmerso en un medio lingüístico tan singular como el ruso, uno “respira” de manera diferente la música del verso. Fuera, el asunto el complicado. Sin embargo, con Brodsky siempre estoy tentado a hacer versiones, tal vez porque en su poesía, tan mal traducida al español, se nota un esfuerzo, no siempre logrado, por comunicar esos dos mundos, por trasladar una métrica a otra. Mis poemas preferidos de Brodsky siguen siendo, no obstante, los primeros que escribió en Rusia, esos que los jóvenes de su país, incluso hoy, se saben a menudo de memoria.
Yo también me sé algunos, y por eso me llamó la atención ver que un periodista le atribuía a una amiga, la escritora mexicana Valeria Luiselli, un verso del joven Brodsky, popularizado en inglés (“as dark as the inside of a needle”) gracias a la profunda impresión que le causó al joven J. M. Coetzee. Así lo cuenta el personaje de su memoir Youth: que vió a Brodsky leer un poema, y uno de sus versos, una hermosa metáfora —o más bien, su traducción inglesa—, se quedó dando vueltas en su cabeza de escritor.
He traducido, creo que por primera vez en español, el poema donde aparece ese verso. Se ha dicho ya (el propio Brodsky se lo confesó a Derek Walcott a propósito de Pushkin) que traducir a los clásicos de la poesía rusa no tiene demasiado sentido: sin la música original, suenan a menudo como un montón de simplezas. Mi versión no tiene demasiadas traiciones aunque el ruso es un idioma mucho más sintético que el nuestro. En endecasílabos tampoco suena demasiado mal. Ahora bien, después de leerlo como stanzas de métrica regular, deben dar el otro paso e imaginar el original perfectamente rimado en dísticos, cosa de la que me confieso incapaz. Pero al menos podrán hacerse una idea de ese prodigioso talento, desaparecido demasiado pronto:

Esa noche, cerca de nuestro fuego

………..“El cielo oscuro aligeró sus pasos
…………y no pudo fundirse con la sombra.”

Esa noche, cerca de nuestro fuego,
fue cuando vimos al caballo negro.

No puedo recordar nada tan negro.
Sus patas eran como unos carbones.
Del color de la noche, del vacío.
Era negro de la crin a la cola.
Pero en su lomo se apreciaba un negro
un poco diferente; sin montura.
Se quedó inmóvil. Como si durmiese.
Sus oscuras pezuñas asustaban.

Era tan negro que no daba sombra.
No había nada que fuese más oscuro.
Negro como penumbra a medianoche.
Tan negro como la aguja por dentro.
Tan negro como el bosque ante nosotros,
o un lugar en el pecho, entre costillas;
hueco en la tierra para la simiente.
Hay negro, creo, dentro de nosotros.

Sin embargo, ¡sus ojos eran negros!
En los relojes daban ya las doce.
No se nos acercó siquiera un paso.
En sus ancas, la oscuridad sin fondo.
No se podía distinguir su lomo.
No había puntos de luz por ningún sitio,
sólo el brillo azabache de sus ojos
y esas pupilas fijas, tan extrañas.

Era como lo negativo de alguien.
¿Por qué entonces detuvo su carrera
para estar con nosotros hasta el alba?
¿Por qué no se apartó de nuestro fuego?
¿Por qué aquel aire, cargado y sombrío?
¿Por qué crujieron las ramas oscuras,
y esa luz negra brotó de sus ojos?

Un jinete buscaba entre nosotros.

(1962)

Aquí, el original en ruso.

Joseph Brodsky

Versión: Ernesto Hernández Busto

Imagen: Fotograma de The Turin Horse, de Béla Tarr.

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