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Una garza en el cielo. Albis Torres (1947-2004), in memoriam

  • Dic 14, 201516:34h
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Para los antiguos griegos —recuerda Mark Strand en uno de sus ensayos— la muerte no tenía una geografía del todo ajena al mundo de los vivos: era más bien una neblina, un velo o una nube que separaba a la persona de la vida. Uno no moría: se oscurecía, difuminaba sus contornos. Las circunstancias del exilio conceden a los muertos que dejamos atrás esta misma condición borrosa: por no haberlos visto morir, al no poder visitar sus tumbas, habitan en la difusa geografía de la memoria: oscurecidos, haciendo una oportuna vida de fantasma. No residen en un territorio ajeno y definitivo, no se acomodan en la “muerte irreversible”; están como flotando en una zona intermedia desde donde envían, a veces, extrañas señales.

En los últimos tiempos he pensado a menudo en Albis Torres, la primera escritora —y tal vez la primera mujer adulta— con quien tuve la suerte de entablar una amistad intelectual. Cuando la conocí tenía yo cerca de 18 años y era parte —el personaje “benjamín”, digamos— de un grupo de amigos poetas (Omar Pérez, Carlos Alfonso, Antonio José Ponte, Félix Lizárraga, Víctor Fowler, Juan Carlos Flores, Armando Suárez Cobián, Emilio García Montiel, Atilio Caballero…) que rondábamos La Habana a mediados de los Ochenta. No hay grupo literario sin tertulia, y esa generación tuvo una, célebre: la Azotea —que fue primero la sala de la casa— de Reina María Rodríguez, donde podíamos llegar a casi cualquier hora del día. Pero hubo también otro lugar de confluencia, menos citado pero no menos importante, que fue la casa de Albis Torres en Jovellar 111.

Mujeres ambas de la generación poética que precedía a la nuestra, Reina y Albis no podían ser más distintas en sus gustos, modos, temperamentos. La primera era de una intimidad transparente y avasalladora, y sus historias de fémina atormentada eran parte de su leyenda; Reina no ponía límites a su hospitalidad ni a su dramaturgia sentimental: al conocerla, había que cargar con sus “reglas”, sus hijos, su madre o sus novios; Albis, en cambio, era sumamente desconfiada, e incluso con sus íntimos practicaba una especie de distancia burlona. Estaba también la diferencia en cuanto a comportamientos públicos: mientras que Reina era una diva indiscutible de la poesía cubana de aquellos años, Albis practicaba la reclusión: no iba a fiestas ni a presentaciones de libros, y cualquier festejo literario que rebasara una charla entre sus cuatro paredes despintadas le parecía una absoluta e inútil frivolidad. Sólo muchos meses después de visitarla conocí algunos detalles de su vida y su pasado: había nacido en Banes, y de ahí su simpático acento, pero su vida adulta había transcurrido entre Santiago, Matanzas, Cienfuegos y La Habana. Enfrentada a todas aquellas mudanzas, Banes era el mundo perdido de una infancia recuperada en su poesía.

En el comienzo de aquella rara (por infrecuente) amistad estuvo la literatura infantil, de la que yo era lector ferviente en aquellos años —a ese tema dediqué mi columna “La educación sentimental”, publicada en la hoy casi mítica Naranja Dulce. Primero fueron algunos clásicos, sobre todo Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan, títulos ineludibles en las listas que enhebrábamos por aquel entonces. Luego vinieron otros, más contemporáneos. Tenía yo una amiga, hija de un escritor y diplomático, que me prestaba los volúmenes de la colección infantil y juvenil de la Alfaguara de aquella época. Después de leerlos, los pasaba a Albis, para comentarlos en tardes de domingo. Ella también escribía para niños, pero como lectora no distinguía entre libros para niños y libros para adultos: devoraba aquellos nuevos clásicos con una curiosidad inagotable, y los recomendaba, en vano, a su hija Wendy. La “fiebre amarilla” le llamaba, porque ese era el color de aquellas portadas con hermosos diseños de Enric Satué. Así descubrimos, con parejo deslumbramiento, a Roald Dahl, Maurice Sendak, Christine Nöstlinger, Lygia Bojunga Nunes, Gianni Rodari, Maria Gripe, y sobre todo a Michael Ende. Aquel catálogo traducido de los autores que habían ganado el premio Andersen, una suerte de Nobel de la literatura para niños, fue nuestra mutua educación sentimental.

En el fondo de aquella pasión compartida, una radical defensa de la fantasía. El Mal —como aprendimos en Momo, la novela de Ende— no era sino la negligencia de la imaginación, una grisura esencial, un borrón del alma. Albis estaba convencida de que tras cualquier vicio o acto malvado había una falta de empatía imaginativa: si no puedes imaginar al otro, nunca podrás identificarte con él. Lo fantástico podía ser, entre otras cosas, una escuela de tolerancia. A ambos nos parecían insuperables los argumentos sobre el tema de otra figura que fue crucial en la vida de Albis: Eliseo Diego, uno de los pocos escritores cubanos que se ocupó de esos asuntos.

Incluso leímos otra novela de Ende, La historia interminable, en una extraña clave política: la salvación por el libro, el avance progresivo de la Nada, el poder terapéutico de la imaginación… todas aquellas cosas tenían su equivalente en la realidad que vivíamos. Un mundo confinado, asfixiante, ramplón, donde de pronto las cosas y palabras del ayer desaparecían o perdían su sentido (En un pequeño texto titulado “Fue un pueblo”, Albis resume el recuerdo, casi subversivo entonces, del chocolate de su infancia en Oriente, y lo convierte en una fábula sobre las palabras y las cosas que van desapareciendo de un mundo cada vez más angosto).

La literatura infantil, junto con la poesía y la música tradicional cubana fueron las grandes pasiones de Albis. Su amigo Sigfredo Ariel recuerda que le rezaba al fantasma de Machito: él era su abogado en las alturas. Pero veneraba también a Edgar Lee Masters y a Tove Jansson, la autora de la saga “La familia Mumín”, de la que los cubanos apenas conocimos el primer tomo. Tenía un saber abigarrado: podía sorprenderte con un dato sobre alguna novela de Julio Verne, una disquisición sobre el teatro checo de marionetas —cuya incursión en nuestro Guiñol conocía de primera mano—, un detalle de la Biblia, la novela gótica o los boleros de Vicentico Valdés. Adoraba El tambor de hojalata, de Günter Grass; me descubrió la existencia de Bessie Smith (le hice de recadero, un día que fui a buscar un casette con una extraña grabación de la Emperatriz del Blues a casa de Jaime Almirall), y a menudo nos leía en voz alta párrafos del Orlando de la Woolf.

En su poesía, sobria e intensa al mismo tiempo, hay una celebración permanente de la privacidad, que atraviesa patios y fogones para elevar el encanto de lo doméstico; una oda a nuestra casi ancestral idea (etimológica) del paraíso como un jardín cerrado, que sin embargo late para el resto del mundo. Tiene un hermoso poema donde dos amantes conversan: ella hace, casi sin darse cuenta, pajaritas de papel con asombrosa facilidad; luego, cuando ya se ha ido, el hombre trata de repetir en vano ese milagro de sus manos: dobla y desdobla papeles que acaban en el cesto de la basura. Recuerdo también unos Diálogos entre la Bruja y el Ángel (poema-relato del que creo haber sido uno de los primeros lectores), y, en otro de sus mejores poemas, la imagen de unas “estrellas apresadas/en el ramaje de las astas del reno”.

Nuestra amistad estuvo hecha de amparo, de modestos platos de comida que siempre insistía en compartir, de muchos libros y varios silencios. Como en Kokoro, la novela de Soseki que me regaló, el sensei también enseña cuando calla, para que el amigo-discípulo descubra luego las claves de una vida convertida en destino. Fue un espíritu hippie, la primera persona que me enseñó a tomar distancia del lado fatuo de la vida intelectual. Como la Franny de Franny and Zooey, Albis cargaba no sólo con una inteligencia por encima de lo normal, sino también con el peso de una espiritualidad poco común y nada práctica.

La hemos leído poco, y muchos la leyeron mal. Esa visión tan personal, auténtica, que tenía de la naturaleza, y cómo se insertaba en su vida cotidiana, en su modo de ver las cosas como un todo, provocó que unos antologadores mediocres le ofrecieran formar parte de un libro que de alguna manera “oficializara” eso que ellos creían una “tendencia” importante en la literatura cubana de mediados de los 70: el así llamado tojosismo. A lo que Albis se negó rotundamente: ella era “una poeta del mundo nacida en Banes” (sic) y aquello le parecía una manipulación ridícula (“¡no puedo estar en una antología donde muy cerca de mi nombre aparezca un poema titulado El chipojo en la talanquera!”). Esta negativa le costó no poder publicar nada por varios años, hasta que Víctor Rodríguez Núñez la incluyó en aquel florilegio llamado Usted es la culpable, que se volvió bastante popular.

En la poesía de Albis hay, sí, criaturas del campo (el cocosí, garzas, caguayos…), pero ese bestiario bien podría haber sido sacado de los haikus casi franciscanos de Issa: emblemas de empatía con todos los seres, anuncios de una naturaleza que revela un orden espiritual, parte de la melancólica apreciación de la belleza transitoria de todas las cosas. Y, sobre todo, esos animales son palabras, palabras en el jardín de la memoria.

El silencio que acompañó en vida a su figura tiene mucho que ver, también hay que decirlo, con su actitud desafiante y contestataria. La Seguridad del Estado fue una presencia constante en su vida. En la ENA, donde estudió pintura y fue alumna de gente represaliada como Servando Cabrera o Antonia Eiriz. En Santiago, cuando arrasaron con el Guiñol. En Matanzas, trabajando como diseñadora de teatro —primero con René Fernández, y luego en algún lugar del interland habanero que ahora se me escapa. Y, por supuesto, en Cienfuegos, circa 1983, cuando junto con su pareja, Atilio Caballero, molestaba constantemente a la curia autocrática local y su legión de agentes de civil. Uno de estos celadores se apareció una mañana en Radio Ciudad del Mar, la emisora donde Albis trabajaba, y sin muchos miramientos la conminó a que hiciera un informe sobre Atilio. Ella, con rabia y aplomo, le respondió que cómo podrían ellos confiar en una persona que era capaz de traicionar a su marido. Le dio la espalda y regresó a su cabina de grabación. Esa misma noche ambos decidieron mudarse a La Habana, por suerte para muchos de “los paideia“, que pudimos estar cerca de su amistad y sus consejos. En su último trabajo en Radio Ciudad de La Habana —donde hacía Palabras contra el olvido, un programa dedicado a los cantantes de la “Cuba del ayer”, mucho antes de que el Buena Vista Social Club los pusiera de moda—, también tuvo varias visitas admonitorias.

Por supuesto, aquellas experiencias la había vuelto profundamente contrarrevolucionaria, y cuando se sentía en confianza, mostraba su descontento. A mí, al menos, me aleccionó bastante sobre el Mal nuestro de cada día. “Tienes que irte de aquí”, me dijo varias veces. “Vete como sea, que no te pase como a nosotros”.

En uno de sus relatos, una mujer (que imagino como ella, con mirada vivaz, pelo y ojos negrísimos) ve correr un caballo llamado Príncipe en un rancho. En la cerca de madera se posa una garza. Ese paisaje animal en blanco y negro me recuerda una vez, que en un viaje de talleres literarios a alguna provincia, al atardecer, en una de sus habituales pausas, esas que se hacen para salir y fumar un cigarro cuando todo va mal, y los problemas te atormentan, y las cosas se te caen o se rompen en la mano; un oasis mental en medio de todas las preocupaciones: mirar un cielo limpísimo e imaginar otra vida posible… y entonces, recostada a una puerta, Albis hizo un gesto con el mentón, y apuntó al cielo casi rosado la chispa de su cigarro: “Mira —me dijo—, una garza”.

Así prefiero recordarla, fumando en aquel dintel, antes de que pasaran los años y el Alzheimer la condenara a un olvido prematuro de todo y de todos, hasta quedarse, sí, in albis, en blanco, rastro callado sobre el cielo, como en un hermoso haiku de Sokan, donde unas aves trazan un dibujo al tiempo que se alejan, difuminándose:

Las garzas, mudas,
atravesando el cielo:
rastro de nieve.

.
Ernesto Hernández Busto
Barcelona, diciembre de 2015.

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3 respuestas
Comentarios

  • Amadeus dice:

    Precioso y evocador. Me gustaría tener a alguien que me recuerde así cuando me muera.

  • Miguel Iturralde dice:

    Precioso homenaje. Las circunstancias del exilio conceden a los muertos que dejamos atrás esta misma condición borrosa: por no haberlos visto morir, al no poder visitar sus tumbas, habitan en la difusa geografía de la memoria: oscurecidos, haciendo una oportuna vida de fantasma. ¡Qué gran verdad!

    Saludos

  • Francisco Escobar dice:

    Albis Torres Gomez de Cadiz, un angel que nos visito brevemente para mejorar nuestra naturaleza espiritual y conducirnos como Virgilio a esa nueva comedia tropical de esencia infernal que fue la Cub a de fines de los setenta a principios de los noventa…la conoci en Cienfuegos y luego la busque en La Habana tras mi periplo sovietico y entonces compartimos mas de una decada de entrañable amistad hasta que me fui en1904….Gracias e