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Normalizar lo anormal

  • Dic 19, 201418:30h
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El cambio, aun rumoreado desde hace meses, ha tomado por sorpresa al exilio. La “normalización de relaciones” es el viraje más significativo en las relaciones entre Cuba y EE UU desde 1961, pero en Miami tiene el sabor amargo de un gran fiasco. Uno más, después del “caso Elián”, que marcó el comienzo de la incomunicación entre el exilio histórico cubano y la Administración demócrata.

Pese a la multitud de encuestas, perfiles demográficos y opiniones interesadas, la realidad es que todos los congresistas cubanoamericanos que abogan por una línea dura hacia el castrismo han sido reelectos por sus votantes, una y otra vez. Hace apenas dos semanas, en el almuerzo del U.S.-Cuba Democracy PAC, el ahora candidato republicano a la presidencia y exgobernador de Florida, Jeb Bush, defendió la vigencia del embargo, y el senador demócrata Bob Menéndez explicó, en vídeo y con algo más de pericia retórica, la necesidad de no pactar con el régimen cubano. Vanos fuegos artificiales: ya el pacto estaba en marcha en alguna de las catacumbas del Vaticano.

Con este giro de timón, Obama deja la causa de la oposición cubana en una especie de limbo. Ha hablado, sí, de derechos humanos y democracia, pero la realidad es que su “normalización”, explicada como reconocimiento de un fracaso, representa un espaldarazo al raulismo y su política de una transición controlada sin derechos políticos.

Todo el mundo se alegra de que Alan Gross haya sido liberado, pero el precio ha resultado altísimo: pese a los devaneos formales, es obvio que Obama ha faltado a su palabra de no equiparar a convictos de espionaje con un contratista que buscaba el acceso de los cubanos a Internet; ha ignorado, también, el reciente caso de armas cubanas entregadas de contrabando a Corea del Norte, para iniciar de un plumazo el proceso que sacará a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo. En resumen, se ha cedido a un chantaje, y el ganador es Raúl Castro, cuya operación propagandística para vender sus reformas parece estar dando más resultados fuera de Cuba que dentro, donde sigue reprimiendo a opositores, censurando críticas internas e ignorando los pedidos para ratificar los Pactos de Derechos de la ONU.

Para esta Administración demócrata, y al parecer, para la siguiente, la solución al problema cubano es la apertura al dólar, codiciada presa del entramado económico-militar del Ejército, que aún acapara las mejores partes del incipiente pastel neocapitalista.

Falta ver qué pasará en el Congreso. En el escenario actual, es inconcebible que allí den el visto bueno a un embajador castrista o decidan eliminar el embargo —aun si ya parece una simple formalidad—. Pero los votantes de la Florida no olvidarán la afrenta, la vergüenza de saber que, mientras soñaban con un nuevo país realmente democrático, y en vida del dictador más longevo del continente, un presidente de EE UU y el heredero del régimen castrista resolvían, con 45 minutos de conversación telefónica, ignorar cinco decenios de Gobierno autoritario y normalizar lo anormal.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

* Este artículo fue publicado ayer en el periódico EL PAÍS.

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