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Academia y escritura, según Steven Pinker

  • Oct 07, 201415:58h
  • 3 comentarios

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El academese (traducible por “academiqués”) es el nombre que el psicólogo cognitivo estadounidense Steven Pinker utiliza en su artículo “Por qué la prosa académica apesta” para definir ese estilo de escritura oscuro e impenetrable, utilizado por profesores y estudiantes universitarios en sus textos académicos. El academiqués tiene sus propios dialectos, a cuál más obtuso. Los políticos tienen el politiqués. Jueces y abogados, el leguleyo. Y el arte contemporáneo, el chamullo. Todos igual de ilegibles.

En una de las tiras de Mafalda, Libertad le dice a Susanita que a ella le gustan las personas simples. Y ordena: “Sé simple, ¿a ver? ¡Dale!”. La pirueta posterior de Susanita es una magnífica oda a la artificiosidad. “¡Sonamos!”, remata Libertad. En su artículo, Pinker, que maneja referentes culturales similares a los míos, recurre a la tira cómica Calvin & Hobbes para explicar que la naturalidad en la escritura no tiene nada de natural:

“Cuando Calvin le dice a Hobbes que ‘con un poco de práctica la escritura puede convertirse en una niebla intimidadora e impenetrable’, lo está entendiendo al revés. La niebla es fácil de conseguir para un escritor; es la claridad la que requiere práctica. El realismo naif y la conversación relajada del estilo clásico [de escritura] son engañosos, un artificio construido con esfuerzo y habilidad”.

Pinker llama “estilo clásico” a la buena escritura en oposición a la jerga postmodernista que se apropió de las universidades a partir de los años sesenta. Dicho de otra manera: escribir complicado es muy fácil; escribir fácil es muy complicado. Pero “clásico”, en manos de Pinker, no quiere decir “tradicional”.

Steven Pinker es también el autor del recién publicado The Sense of Style: The Thinking Person’s Guide to Writing in the 21st Century. En él refuta muchas de las normas de buena escritura que pueden encontrarse en libros de estilo y manuales de gramática. Normas de buena escritura que solo continúan vigentes por un mal entendido respeto a la tradición. La particularidad de The Sense of Style es que Pinker hace eso no a partir de unas normas de estilo o gramaticales alternativas, sino de las ciencias cognitivas y del lenguaje: la psicología, la lingüística, la filosofía, la antropología y la neurociencia.

Pinker enumera las tres respuestas habituales al misterio de la existencia del academiqués.

La primera es la cínica. Los profesores y los estudiantes universitarios de las llamadas disciplinas blandas —las humanidades— esconden detrás de una impostada sofisticación el hecho de que no tienen nada importante que decir. Su objetivo es ocultar las pruebas de una estafa intelectual e hipnotizar al lector como la serpiente Kaa hipnotiza a Mowgli en El libro de la selva. El hecho de que buena parte de los mejores escritores actuales sean científicos divulgativos de las ramas duras del conocimiento humano como Brian Greene, Richard Dawkins o el mismo Steven Pinker parece apoyar estar teoría.

La segunda pretende salvar la cara de los usuarios del academiqués. Según esta teoría, algunas materias necesitan un lenguaje abstracto y sofisticado, un argot, para comunicar los conceptos más complejos. El academiqués sería economía del lenguaje, pero nadie que se haya visto obligado a leer una sentencia judicial de unos cuantos centenares de páginas puede defender con aplomo esta teoría.

La tercera es la pragmática. Profesores y estudiantes se ven obligados a utilizar el academiqués para impresionar a sus colegas y a aquellos que filtran los textos que aparecen en las revistas de referencia. Según esta teoría, los guardianes de las puertas de los templos de la sabiduría exigen un lenguaje pomposo y rococó, aunque trivial, como prueba de seriedad y profundidad de análisis. “Si es incapaz de hacerse entender, es que es un sabio”.

Ninguna de las tres respuestas convence a Pinker, que prefiere atribuir la existencia del academiqués, entre otras razones, al instinto de autodefensa. Según él, la intención de todos aquellos que utilizan un estilo de escritura hueco no es transmitir una idea de forma clara, sino anticiparse a las posibles críticas. Por eso las sentencias judiciales y los contratos redactados por abogados resultan ilegibles: porque su objetivo final no es comunicarse de forma eficiente con el resto de la humanidad sino protegerse de toda reclamación futura que pretenda aprovecharse de la más minúscula grieta en su texto. El derecho se convierte así en una maraña de tecnicismos en la que sólo sobrevive aquel que sabe aprovecharse de los fallos del contrario o de las rendijas en las reglas de juego, independientemente del ideal de justicia al que en teoría se aspire. Al derecho, Pinker opone los libros de cocina, un admirable ejemplo de escritura llana, concisa y diáfana.

¿Pero por qué son los libros de cocina un ejemplo de buena escritura? No por la honradez de sus redactores, sino por la de sus lectores. Cuando los periodistas escriben “presunto asesino” para describir a un individuo que ha sido cazado disparándole a quemarropa a su vecino, están protegiéndose de una hipotética lectura malintencionada de su texto. Es decir de una demanda por difamación. Casi todas las personas medianamente cultas saben que el asesino no será oficialmente un “asesino” hasta que un tribunal lo condene por asesinato. Pero las lecturas malintencionadas, o simplemente incompetentes o ventajistas, existen. Sólo hay que darse una vuelta por Twitter o Facebook para comprobarlo. Oscurecer el lenguaje hasta convertirlo en un engrudo indigerible es una defensa natural contra la falta de honradez lectora: “Si no me expreso con claridad, nadie podrá acusarme de nada”. La oscuridad puede llegar a niveles de negrura absoluta en el caso de textos académicos escritos por aquellos que deben someterse al escrutinio, no siempre desinteresado, de sus colegas.

Lo bueno de las malas escrituras es que parecen fabricadas con el mismo molde. Con el mismo algoritmo gramatical. No creo que falte mucho para que toda la literatura académica de postín sea escrita por ordenadores mientras profesores y estudiantes universitarios dedican su valioso tiempo a aprender a escribir utilizando como libros de texto los libros de cocina.

Cristian Campos
Barcelona

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3 respuestas
Comentarios

  • Gabriel dice:

    Ya casi he acabado el libro. Es un libro interesante, pero inferior al clásico imprescindible de Joseph Willians “Style: Lessons in Clarity and Grace”, un libro que Pinker no deja de criticar. Por cierto, el clásico de Willians está traducido al ruso; todo un signo de que los vicios de la escritura son universales en todos los idiomas.

  • Gabriel dice:

    Casualmente acabo de encargar a Amazon el libro de Steven Pinker

    The Sense of Style: The Thinking Person’s Guide to Writing in the 21st Century

    Por suerte lo que contará del inglés se podrá trasladar al español porque ambos idiomas comparten vicios.

  • JAQO dice:

    En otras palabras, como dicen en inglés: “They are full of shit…” (Están llenos de estiércol…)