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El otro lado de la cara

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    Editor Jefe
  • Jun 07, 201408:57h
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por Karl Ove Knausgaard

Cuando pienso en el cuello, lo primero que me viene a la mente son guillotinas, decapitaciones, ejecuciones. Puede parecer un poco extraño, porque vivimos en un país donde no tienen lugar ejecuciones, no hay guillotinas y la decapitación es un fenómeno completamente marginal en la cultura. Aún así cuando pienso cuello, pienso, córtalo.

Esto puede deberse simplemente a que el cuello lleva una existencia oculta a la sombra del rostro, a que nunca asume un lugar privilegiado cuando pensamos en nosotros mismos, y sólo entra a escena en aquellas situaciones extremas que, aunque ya no sucedan en nuestro rincón del mundo, continúan proliferando entre nosotros dadas las numerosas decapitaciones de la ficción. Pero creo que es algo más profundo. El cuello es una parte vulnerable y expuesta de nuestro cuerpo, tal vez la más vulnerable y expuesta, y nuestro conocimiento al respecto es fundamental, incluso sin una espada que penda sobre nosotros. En ese sentido, tiene relación con el temor a las serpientes o los cocodrilos, que puede aparecer tanto en la meseta de Finnmarksvidda como en el África Central, o, si a eso vamos, con el miedo a las alturas que puede dormitar en gente que nunca ha visto otra cosa que llanuras y dunas, tierras bajas y ciénagas, campos y praderas.

El miedo es arcaico, impregna el cuerpo, es intocable para el pensamiento en su forma más pura y está ahí para mantenernos vivos. Hay otras partes vulnerables del cuerpo, el corazón es tal vez la más obvia, pero cuando pienso en el corazón, no pienso en él siendo atravesado por una jabalina, lanza o bala; eso sería absurdo. No, el corazón me llena con pensamientos de vida y fuerza, y su cuota de vulnerabilidad y miedo no es sino una simple preocupación de que algún día simplemente deje de latir. Eso debe ser porque el corazón pertenece a la parte frontal del cuerpo, el frente que ofrecemos al mundo y siempre controlamos; puesto que podemos ver lo que se extiende frente a nosotros, podemos ver lo que llega y tomar nuestras precauciones. El corazón se siente a salvo. Que el cuello esté de hecho igual de seguro, dado que vivimos en un mundo en el que la gente ya no lleva espadas, no altera el sentimiento de vulnerabilidad: es arcaico y está estrechamente unido al hecho de que el cuello pertenece a la parte trasera del cuerpo, siempre hacia aquello que no podemos ver o controlar. El miedo de todo lo que no podemos ver converge en el cuello, y si en tiempos pasados solía asociarse con la violencia física, la asociación más acuciante ahora es imaginaria, la que vive en el reino de lo social, en expresiones como “ser atacado por la espalda”, “cuidarse las espaldas”, “tener ojos en la nuca”, “hablar a tus espaldas”.

Pero el lenguaje simbólico que irradian las asociaciones que convergen en el cuello no trata sólo de lo que es ser golpeado, es decir, en ser una víctima pasiva de un ataque sorpresa, o que te quiten algo, sino también en lo opuesto, allá donde la vulnerabilidad es algo ofrecido. Cuando deseamos mostrar respeto a alguien o ser educados, nos inclinamos ante él; en otras palabras, exponemos nuestro cuello. Es una manera de mostrar confianza y dar algo de ti mismo al otro, en un antiguo sistema de diferenciación en el que, frente a lo supremo, no sólo trazas un profundo y amplio arco, como frente a un rey u otros dignatarios, sino que inclinas y bajas tu cabeza hasta el suelo, como harías ante un altar o una alfombrilla de oraciones. El gesto es humilde, de autoentrega, significa dejar tu vida en manos de otros.

Aunque en este país no ha habido pena de muerte desde los juicios a los colaboradores nazis después de la Segunda Guerra Mundial, ésta sigue siendo aplicada en países con los que tenemos una cercana relación, los Estados Unidos, nuestro principal aliado. Si consideramos los métodos de ejecución empleados allí, es obvio que la muerte sólo es muerte, dado que existe una gran diferencia entre separar al criminal de su cabeza con un golpe bien dado del hacha e inyectar su cuerpo con una toxina letal o aplicarle una descarga eléctrica. Una inyección tiene algo de neutral, controlado y profesional al respecto, es administrada por un doctor en Medicina, mientras que la electricidad pertenece a la modernidad y en consecuencia parece civilizada—aunque tal vez ya no tanto, hay algo crudamente propio de la primera modernidad, que asociamos con la cantidad, con la masa, y en consecuencia con el mismo tipo de brutalidad y falta de sofisticación mostrada por los errores de la ciencia médica durante aquella era: la lobotomía, la medición de cráneos humanos, la eugenesia. Pero aún así no es tan brutal como el ahorcamiento, tradicionalmente la forma menos honorable de ejecución, la más degradante para la víctima —se ha dicho que era la posibilidad de ser humillado en la horca lo que provocó que Göring se suicidase en su celda de Nuremberg— incluso aún más en el caso de la decapitación. Percibimos la decapitación como algo bárbaro e inhumano. Ver una cabeza separada de un cuerpo debe de ser una de las visiones más horribles a la que un humano puede verse expuesto. Pero, ¿por qué? El resultado final es el mismo que cuando se administra la inyección letal: la persona muere. Debe ser que algo más se demuestra con el acto de la decapitación, algo más que un simple hecho: el cese de las funciones vitales. ¿De qué se trata? En el sacrificio ritual, que aún es celebrado por ciertas culturas, la cabeza es separada del cuerpo, y es esto, tanto como la muerte en sí misma, lo que reúne a la comunidad. La muerte es exhibida, y en consecuencia controlada, pero lo mismo podría aplicarse si la víctima hubiera muerto tranquilamente envenenada.

Cuando el filósofo francés Georges Bataille fundó la sociedad secreta Acéphale (Sin cabeza) en 1936, que entre otras cosas celebraba la decapitación de Luis XVI y, supuestamente también discutía la posibilidad de celebrar sacrificios humanos, la razón no era sólo porque el golpe abría un abismo entre la vida y la muerte, sino también entre la cabeza y el cuerpo, la razón y el caos, lo humano y lo animal, en un lenguaje simbólico en que el cuello representa la transición entre lo bajo, lo corpóreo-animal, y libera cierta fuerza, sucia y arcaica, unida a la muerte, al suelo, a la oscuridad, pero también a la repetición y la continuidad, porque lo que muestra la víctima sacrificial, con su sangre caliente y su profundo bramido, es un lugar donde la existencia resulta vertiginosamente densa. Por eso Francis Ford Coppola acaba su film Apocalypse Now con un sacrificio y una decapitación en que el significado se une con el sinsentido, la vida se une con la muerte, la transgresión colectiva con la limitación individual.

Dicho esto, el pensamiento contrario ve la decapitación como el corte de un cable eléctrico; es decir, una forma de pensar instrumental y funcional, no sólo es posible sino completamente dominante en nuestro tiempo. Deseamos claridad, aspiramos a la razón, rechazamos la oscuridad, la falta de certeza, la sangre humeante. Pocos lugares expresan esto con más claridad que un hospital. En un hospital, el cuerpo es dividido en departamentos. Un departamento para el oído, nariz y garganta, uno para los ojos, uno para el estómago y los intestinos, uno para los órganos sexuales, uno para el corazón y los vasos sanguíneos, y uno para el alma que es tratada en los pabellones psiquiátricos. Es así porque la ciencia médica es instrumental, analiza las funciones de las diferentes partes del cuerpo y órganos y busca restaurarlas cuando se han debilitado o dañado con enfermedades o heridas.

Una objeción común a esta división es que nos conduce a una visión instrumental de los seres humanos, materialista y fragmentada, y que la ciencia médica y los hospitales nunca consideran al ser humano en su conjunto, en su totalidad, sino que lo reducen a sus componentes, y también que deja fuera la dimensión existencial del ser humano. Pero mientras los medicamentos y las operaciones realmente funcionen, mientras las arterias coronarias puedan ser limpiadas de placas, o el cerebro drenado de sangre después de una apoplejía, prolongando en consecuencia la vida del paciente durante varias décadas, la objeción resulta tan rara como podría parecerle a una taller de coches que uno señalase que centrarse en los cables individuales y las correas del ventilador, las bujías y los controles para el aceite del motor distrae la atención del coche como un todo. Sanar coches nunca se convertirá en un fenómeno extendido, nunca veremos incienso ardiendo y oraciones en un taller automotriz o mecánicos que intenten arreglar un coche limpiándolo y puliéndolo. El hecho es que el corazón es una bomba con cuatro cámaras, cuya acción causa que un fluido rojo circule a lo largo de los sistemas de transmisión del cuerpo, y que el cuello es un tubo a través del cual un manojos de nervios van desde el cerebro al cuerpo.

La primera vez que comprendí realmente ese aspecto del cuerpo es cuando leí sobre una mujer que se había caído mientras esquiaba, y había estado inconsciente durante largo tiempo con su cabeza bajo el agua en una corriente. Cuando la encontraron, la temperatura de su cuerpo era extremadamente baja, y a todos los efectos estaba muerta. Su corazón fue reiniciado, pero su condición permaneció crítica, y hasta donde yo pude comprender, recalentar su cuerpo demasiado rápido hubiera supuesto un exceso de tensión para su sistema, así que lo que hizo el doctor fue sacar su sangre fuera y dejarla en un tubo, antes de devolvérsela, ligeramente más caliente, hasta que la temperatura de su cuerpo volvió a la normalidad. Sobrevivió sin daños graves.

Esta historia me sorprendió y fascinó a un mismo tiempo, parecía casi una revelación, no de lo divino sino de lo opuesto: la naturaleza mecánica del cuerpo, sus propiedades de autómata, que los doctores, esos ingenieros de la carne, podían reparar como si se tratase de un reloj o una grúa mecánica. Siempre había sabido eso, que las manos pueden ser recosidas y la miopía eliminada, los intestinos extraídos y los estómagos cosidos, pero la simplicidad de esas operaciones se desvanece dentro del orden estéril y cegador de los quirófanos, en la —para mí— inaccesible experiencia y profesionalidad de los doctores, todo batas e instrumental, que en este caso se veía completamente superada por la naturaleza provisional, simple e improvisada de la solución del doctor; me parecía algo que hubiera podido conseguir yo mismo, relacionado con la forma en que los niños juegan con agua, mangueras y canales. Cualquier pensamiento acerca de lo sagrado de la vida humana, la grandeza y misterio de la misma, se desvanecía en un segundo, y vi el cuerpo como lo que es: una construcción de huesos, articulaciones, tubos y líquidos, que puedes arreglar si algo dentro del mismo se rompe. No me hubiera sorprendido que el doctor tapase una vena explotada con un pedazo de chiclet.

Comparar el cuerpo con relojes y autómatas es algo que la gente comenzó a hacer en siglo XVII, el siglo mecánico, cuyo espíritu fue tal vez retratado mejor por Descartes y Newton, y que sigue estando presente en nuestra forma de ver el mundo y a nosotros mismos, ya que mientras los nuevos conocimientos pueden aparecer rápidamente, su comprensión viaja con lentitud. Pasan generaciones antes de que un descubrimiento o fenómeno tenga suficiente peso como para sedimentarse y cambiar lo que está anclado, si es que logra hacerlo.

Que la física y la mecánica cuántica se expresasen tan pronto como en los años veinte no supuso ninguna diferencia en la enseñanza de la física y la química cuando fui al colegio sesenta años después; nadie nos dijo que los descubrimientos de Bohr, Heisenberg, Pauli, Dirac, Sommerfeld, y todos los demás físicos de entreguerras habían de hecho revolucionado nuestro conocimiento del mundo material. Lo mismo pasa con la ingeniería genética, ya que incluso si sabemos que una revolución ha tenido lugar en ese terreno, tras hacerse un mapa del genoma, y que ahora es posible clonar animales, probablemente pronto incluso a seres humanos, que es posible extraer genes de pescados e insertarlos en plantas, y cultivar órganos para su transplante, y no sólo en las espaldas de los ratones, en otras palabras que producirlos en masa ya no es ciencia ficción, no nos importa, no lo asumimos, no permitimos que cambie nada en nuestros pensamientos y conceptos de lo que es ser humano.

Esto puede ser porque somos extremadamente adaptables, estamos convirtiendo constantemente el futuro en presente, lo desconocido en conocido, así es como siempre hemos existido en el mundo. Puede ser también porque la cultura, es decir el lenguaje, empapado como está con sus conceptos y opiniones mundiales, es tan lento que o fracasa a la hora de ver lo nuevo —por decirlo así, está más allá del alcance de lo novedoso— o ve lo nuevo como una variante de lo viejo. O puede simplemente ser que el ser humano es siempre igual, indiferentemente de su fuerza, moldeado en el mundo con todos sus sentidos y necesidades, inmutable. Una cerveza es malta, lúpulo y agua, sabe bien y apaga la sed. Una barra de pan es grano y levadura, sabe bien y llena el estómago. El sol brilla y da calor. La hierba debajo de mis pies desnudos es suave y agradable al tacto. Un cabeza humana cortada es la más terrible de todas las visiones.

Cuando estudio las fotografías del libro de Thomas Wågström, que son de cuellos, eso es lo que veo. Un cuello no puede ser moderno. Un cuello está en el tiempo, pertenece al tiempo, está formado por éste. Si esas fotos se hubieran tomado hace diez mil años, podrían haber sido iguales. Pienso que incluso las fotos de cuellos Neanderthal no pueden diferir demasiado de estas. En otras palabras, el cuello, permanece intacto frente a la cultura; es, en cierto sentido, naturaleza pura. Algo que crece en algún lugar, de la misma manera que crecen las trompas, los moluscos, los hongos o el musgo.

¿Pero es esto realmente cierto? Y de ser así ¿qué significa? En tal caso, ¿no es también cierto para las otras partes del cuerpo, como el rostro, las rodillas, el corazón, los dedos?
Desde luego, en cierto sentido, es así. Existe algo como un ser humano en sí mismo, un objeto puro en el mundo; ese es el cuerpo desnudo, el cuerpo como materia biológica. Pero, y esa es la mayor objección, el cuerpo nos resulta inaccesible. No podemos verlo. Ni podemos serlo. Ya que el cuerpo biológico, el ser humano como naturaleza pura, está rodeado de ideas, pensamientos, ideas de tal diversidad y opulencia que ni un centímetro cuadrado del cuerpo o el mundo les resulta ajeno.

¿Un rostro? Vemos lo que comunica una cara, lo que nos “dice”. Aumentamos la comunicación, nos ponemos lápiz labial, maquillaje, llevamos gafas, dejamos crecer una barba, unas patillas, o no, pero incluso un rostro desnudo nos dice algo, cada aspecto es una forma de dirigirnos, y una mirada desviada no es nada, es una no dirección, un desvío. En el mundo de las imágenes que habitamos hoy a duras penas existe una parte del cuerpo que no haya sido explotada, sexual, comercial o intelectualmente. Pechos, traseros, caderas, pantorrillas, pies. Espaldas, bíceps, abdominales. Coños y pollas. Dedos de los pies y dedos con uñas pintadas en rojo. Lenguas con piercings. Los órganos internos son comprados y vendidos en el Tercer Mundo; en el Primer Mundo, las transacciones tienen lugar entre vivos y muertos, en los llamados transplantes de órganos. En ese sentido, el cuello es quizás la única parte del cuerpo que no está en venta, que no está a la vista en revistas y periódicos, que no sirve como marketing o escaparate de su propietario, que no cambia de dueño después de la muerte, y que, en contraste con su parte frontal, la cara, difícilmente comunica nada, ni contemporaneidad, ni cultura, ni comunidad, y en consecuencia parece “muda”. Y es por eso que, pienso, al mirar al cuello, como esas fotos nos invitan a hacer, tenemos el sentimiento de que se nos ofrece un vistazo del cuerpo como es en sí mismo, no individualmente, no relacionado, biológico, completo y auténtico. Algo que crece en alguna parte del mundo.

Desde luego, el hecho de que el cuello no sea explotado visual y comercialmente no significa que permanezca fuera de la cultura, por el contrario, el cuello también está cargado de significados. Significa sólo que es marginal, de alguna manera olvidado, muy a menudo asociado con el no ver y el no ser visto, esto es, con la negación, en contraste con el corazón, que también es ciego y mudo, pero está en contacto con una gran riqueza de significados. El corazón significa amor, calidez, bondad, consideración. Tiene un gran corazón, el hogar está donde está el corazón, con todo nuestro corazón, su corazón se ha roto. El corazón es vida, luz, amor, compasión. El único sentido figurado atribuido al cuello en el que puedo pensar se encuentra en la expresión de cuello tieso, es decir, testarudo, obtuso, intratable, imposible. Tener el cuello tieso es no ceder, no retirarse ni una pulgada, saberlo todo, tener siempre las cartas cerca del pecho. El significado puede ser extendido a ser estirado, que es la variante positiva de tener el cuello tieso, que es no abandonar el orgullo y el auto respeto personales, mantener el terreno. Así, el corazón, en cierto sentido, se ve conectado a una existencia fuera de la comunidad. Lo contrario, en el lenguaje simbólico del cuello, es quedarse detenido, esto es, intimidado, a merced de los demás, pero de una forma más pasiva y menos voluntaria que cuando uno se inclina profundamente o se arrodilla, por respeto ante el otro o queda fascinado ante lo sagrado.

Parecería que el cuello, en el idioma simbólico de las partes corporales, ha asumido el lugar entre la humildad y el orgullo, la autoentrega y la entereza, pero de una forma más discreta, como una eminencia gris, presente sólo indirectamente, en oposición a los más imponentes órganos y articulaciones, como el cerebro, el símbolo de la inteligencia, asociado con cierta frialdad y distancia, pero también con la claridad y objetividad, sin hundirse en el pesado mar de las emociones vagas y el sentimentalismo como uno piensa que es el caso del corazón.

En la metafísica del cuerpo, el cuello traza el contacto entre la razón de la mente y la luz del espíritu, y la irracionalidad del cuerpo y la oscuridad del deseo. En otras palabras, el cuello es el lugar entre el interior y el exterior. Tener el cuello rígido, por oposición a ser intimidado, no sólo se refiere a exponer o no tu cuello, parecer o no indefenso, ya que cuando inclinas tu cabeza también escondes tu mirada al otro. Mirar a alguien a los ojos es señalar que sois iguales, mientras que mirar hacia abajo es subordinarte a la mirada ajena, no estar a la misma altura. Puede también significar el mantener algo oculto, el yo auténtico, o algo en éste que uno no desea que sea visto. La mirada baja puede contener odio, o vergüenza, o, como suele ser a menudo, ambas cosas a la vez.

La imagen primordial de la cabeza inclinada y la mirada caída se encuentra en la Biblia, en la historia de Caín y Abel, donde se escribe de Caín que “su cara cayó”. Yahwé pregunta por qué el rostro de Caín ha caído, y continúa: “Si haces el bien ¿No deberías elevarte? Y si no te comportas bien, el pecado te espera agachado en la puerta, deseándote, pero debes dominarlo.” Esto resume el núcleo central de lo que es ser humano, como lo entiendo, a saber, que estar solo contigo mismo es inhumano, dado que lo humano es siempre algo que aparece en relación con algo más; sí, lo humano es esa otredad en que nos convertimos en nosotros mismos y en la que existimos. Inclinarse es inclinarse ante algo, tener el cuello tieso es estarlo frente a algo, adorar es adorar algo y mirar hacia abajo es apartar la mirada de algo. Esta relatividad que es tan compleja como abstracta e intangible, dado que tiene lugar en espacios interiores y carece de objeto, no tiene un lugar propio, nunca está fija, siempre está en movimiento, convierte el concepto de hombre biológico en una ficción, una imagen entre las imágenes, nada en sí misma, excepto en la muerte, cuando por primera vez el cuerpo ya no puede captar nada, ya no busca nada, y sólo entonces es algo en sí mismo, es decir, ya no es humano.

Y tal vez esta es la visión real y simple concedida por el sacrificio: que somos criaturas carnales, llenas de sangre y que vamos a morir. Que el sacrificio penetra cada capa, cada velo de la cultura, y en un gesto carente de cualquier otro significado, nos revela la de otra manera inaccesible verdad acerca de nuestra existencia, de lo que somos en el mundo.

A duras penas hace algunos días —dieciséis para ser preciso— me encontré en medio de una situación existencial de un tipo distinto. Estaba en un hospital de Helsingborg, en el segundo piso, desde la ventana se veía un edificio de aparcamientos, y detrás un área residencial, cuyas mil luces trazaban un arco de luz sobre un cielo por lo demás oscuro. No pensaba en ello en esos momentos. Esperábamos nuestro cuarto hijo; la futura madre estaba tumbada en la cama con una trabilla elástica alrededor de su gran barriga. Yo estaba en una silla cerca de la ventana, jugueteando con mi teléfono móvil. De cuando en cuando, una matrona o una enfermera entraban en el cuarto a ver si pasaba algo. La habitación era clínica y llena de equipos médicos. Podía ver un tanque de oxígeno, un defibrilador y a mi lado un monitor en el que podías leer el latido del niño las contracciones de la madre como gráficos y dígitos. La habitación estaba bien iluminada, camas métalicas ajustables, frente al lavadero había un dispensador para desinfectante y otro para jabón. Cuando, poco después, las contracciones comenzaron a acelerarse y el nacimiento se inició, todo eso se desvaneció. La madre estaba de rodillas, con su torso inclinado sobre el extremo del lecho. Cada vez que tenía una contracción, agarraba la máscara de gas hilarante e inhalaba profundamente. De cuando en cuando gritaba a la máscara. Olas parecían recorrerla, y cayó en su ritmo como en un trance, y el ritmo pareció llevarla a otro lugar, doloroso, corporal, oscuro. Sus gritos eran profundos y aparentemente interminables, sin principio ni fin. Se hicieron más oscuros, más animales, y contenían un dolor y desesperación tan grande que no importa lo que yo hiciera, ya fuera envolverla con mis brazos y apretar mis mejillas contra las suyas, o acariciarle la espalda, no eran más que débiles, fútiles ondas sobre la superficie de la profundidad en que se había hundido. Estaba en medio de algo, en un lugar al que yo nunca llegaría, sino que sólo podría observar desde fuera, y que sin embargo también cambió todo para mí, era como un túnel, cuyas paredes disolvían el mundo material difuminándolo: las emociones se abrían paso a la fuerza y tomaban el control, mi mirada pasaba a través de ellas. Se puso de lado y dejó de respirar regularmente, dejó de quitarse la máscara cuando las ráfagas de dolor cesaron, dejó de gritar a todo pulmón cuando ya no le quedó aire en los mismos, entonces respiró de nuevo y volvió a chillar, un chillido que, aunque quedó parcialmente apagado por la máscara, seguía siendo penetrante, y distinto a cualquier cosa que hubiera oído antes. Poco después, el recién nacido cayó sobre la cama. Era purpúreo, el grueso cordón umbilical casi azul. Era una niña, la cabeza apretada y brillante, la cara arrugada, los ojos cerrados. Descansaba inmovil. Pensé, está muerta. Tres matronas llegaron corriendo, masajearon el resbaloso cuerpecillo, y emitió su primer grito. Era un grito flojo, más que nada sonaba como el balido de un cordero.

Hasta aquel momento, nadie ni nada había logrado alcanzarla, había descansado rodeada de agua en medio de otro cuerpo, y durante algunos segundos permaneció intocada por el mundo, como descansaba allí, como muerta, cerrada sobre sí misma, sin respirar, con sus ojos cerrados, pero entonces las manos la tocaron, y ella lanzó su primer suspiro, no sin dolor, asumo, y el mundo circuló por ella. Nunca lo había visto con tanta claridad antes, cuando un ser humano es literalmente elevado hasta la comunidad por otra gente, esto es lo que sucede. Un recién nacido no tiene músculos en su cuello, y su vulnerabilidad y falta de protección son absolutas; no puede moverse por sí mismo, ni siquiera levantar su cabeza, sino que tiene que ser protegido por manos ajenas, levantado hasta los rostros ajenos, que son la primera cosa que ve cuando abre sus ojos. Y entonces entra en el círculo de los rostros, en el que vivirá durante el resto de su vida.

* * *

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Durante algunos años, pensé que ser un niño era como estar prisionero, a merced de los favores y caprichos de los adultos, y que ser padre era ser un carcelero. Ahora pienso que tal vez es al revés. Que el niño es el que está libre, los adultos son los cautivos. Ocasionalmente ese pensamiento se extiende hasta considerar que la infancia es el auténtico sentido de la vida, el punto más importante de nuestra existencia, mientras que el resto de la vida es un lento progreso alejándonos de la misma, en que la tarea principal es estar a disposición de aquellos que ahora están en el centro de la existencia, esto es, lo niños. Tal vez por eso siempre me ha gustado la imagen de Heráclito del dios como un niño que juega descuidadamente con piezas sobre un tablero ajedrezado; he podido sentir de alguna manera, y con tantos otros fragmentos de ese filósofo presocrático, que esto era cierto.

Esto, estás probablemente pensando, dice más acerca de mí que de de la infancia. Porque si la infancia se supone que es el cenit de la vida ¿qué pasa con el sexo? ¿Qué con los deseos carnales? ¿Qué con la ambición, el celo, el heroísmo, la carrera? ¿Qué con el entendimiento, la sabiduría, la experiencia, el peso acumulado de la vida? ¿Qué con el progreso, la conquista, la riqueza, el esplendor? ¿La política, la ciencia, el proyecto de la Ilustración? Colocar los niños antes que todo atestigua no sólo una considerable regresión, sino una enorme resignación. El conocimiento aumenta el dolor, dice la Biblia, y ciertamente sólo una persona inmadura puede optar por la ignorancia para evadirse del dolor. Ser capaces de controlar la complejidad es parte de ser adulto, y en cuanto al sexo, que es la obsesión central de nuestra cultura, y considerándolo todo puede ser la fuerza más poderosa de nuestras vidas, ignorarlo es muestra de puritanismo y pureza, y no sólo del miedo al cuerpo (que en mi caso puede ser comprendido como miedo a las mujeres) inherente a esos dos conceptos, sino a un deseo de simplificación que en su núcleo es estéril, improductivo, sin vida, incluso muerto: el niño no crea nada, simplemente es.

La mayor diferencia entre ser niño y adulto tiene que ver con la ausencia de límites, el sentimiento de lo vasto que uno tiene como niño, allí el tiempo y el mundo se muestran infinitos, y esa infinidad se considera segura, dado que ni el tiempo ni el mundo es algo en lo que pienses, sino algo donde te mueves, y que sigue abriéndose, habitación tras habitación, cada vez más lejos. La tierra de la infancia, dice la frase hecha, o el valle de la infancia: representar el tiempo topográficamente es una forma de expresar que la división entre niño y adulto es demasiado grande o demasiado amplia como para deberse sólo al tiempo. El mundo de la infancia es radicalmente diferente del de un adulto. Para mí, un día de verano está ahora dividido en diferentes tareas, y carece de peso en sí mismo. Puedo hacer el desayuno, puedo empaquetar el equipo de natación, conducir hasta la playa, tirarme sobre una toalla y vigilar a los niños, darles naranjas o gasesosas, darles toallas cuando salen del agua, tal vez controlar mi móvil de vez en cuando. Conducir a casa, cocinar, comer fuera, dado que el clima es agradable, bajo la sombra de un árbol. Lavar los platos, poner una lavadora. Tal vez leer un poco cuando el día acaba, colgar la colada, hablar por teléfono, acostar los niños, fumar un último cigarrillo fuera, bajo la luz de la tarde veraniega, acostarme. Poco de esto tiene significado intrínseco, y todo este tiempo he estado observando sin implicarme, sin perderme en ello. El límite entre yo y lo que me rodea ha sido claro, y el día se ha dividido en una especie de sistema coordinado, que de forma similar me mantiene fuera. He permanecido libre, dado que podría fácilmente haber hecho algo completamente diferente, permanecido en casa y trabajado en el jardín, llevado a los niños a un paseo por la ciudad, o, puestos ya, seguido conduciendo hacia el sur, hasta Dinamarca, a través de Alemania y hasta Munich, por ejemplo. Si los niños hubieran protestado, podría haber empleado algunos de los medios a mi disposición como adulto, que van desde los sobornos directos hasta la fuerza y una violencia moderada. Los niños están siempre sujetos a la valoración y acciones de los adultos, y en ese sentido no son libres. Y cuando paso mis días con ellos así, los veo hacer lo que hacen basado en mi propio acercamiento al mundo, donde los días se arremolinan, como en un albañal, uno tras otro, sin que los sucesos de ningún día me abrumen. Este es el tiempo como cantidad, esta es la vida como tema. Que pueda ser distinto para los niños es difícil de aceptar, dado que vivimos juntos y compartimos casi todo lo que sucede. Y sin embargo sospecho que experimentan los días de otra forma, porque aún recuerdo como era ser un niño, cuando el sol se alzaba sobre los arboles al este y llenaba la casa de luz, y yo andaba descalzo sobre la moqueta de color óxido que iba de pared a pared, y después sobre el suelo de parquet dorado y finalmente sobre el frío linóleo agrietado, desde mi habitación hasta la cocina, donde desayunaba. El sol era como una persona, o no como una persona, más bien como una figura o criatura con la que yo tenía una relación personal, una forma de intimidad. Allí estaba de nuevo, vaporoso, amarillo, brillante. Esa intimidad, que no sólo se refería al sol, sino a todas las cosas y fenómenos, es imposible explicarla. Ahora lo veo, ya que parece ser una forma de personificar al mundo, imbuirlo de espíritu, pero no lo era, era algo más, como si me acercase a los objetos y los fenómenos del mundo de la misma manera en que me acercaba a los rostros familiares, con la misma confianza, sin pensar en el sol, o en cualquiera de los demás como personas, vivas. Era como si todo tuviera un rostro, cada árbol, cada montecillo, cada bicicleta, y en consecuencia fuera algo a lo que me sintiera conectado, porque veía el árbol, la colina, la bicicleta y los reconocía. Esa forma de ver se ha ido. El sol es el sol, un árbol es un árbol, una colina es una colina, una bicibleta es una bicicleta. Ya no veo el mundo como veo los rostros, es como si las caras me hubieran dado la espalda.

Por aquel entonces, durante las mañanas veraniegas me sentaba a desayunar y miraba atentamente el paisaje, la seca carretera de asfalto con el polvillo de arena en las aceras, las casas, los árboles que brotaban, y por encima de los árboles el sonido, y más allá del sonido, el bosque y los grandes tanques blancos, que aún no sé qué contenían ¿tal vez gas? Todo eso estaba conectado conmigo, se me aparecía como algo familiar. Esa familiaridad o intimidad puede parecer una adicción, porque el mundo es sólo el mundo, pero por aquel entonces era siempre algo más, pero no era una adicción, era lo opuesto, era que el objeto o el fenómeno era visto como algo en sí mismo, algo de propio derecho, con identidad propia, que es lo que creaba la intimidad que dotaba a todo de rostro.

Es fácil pensar que ahora veo el mundo tal y como es realmente, como una materia sin rostro, ciega y muda. De la misma manera esas fotografías de cuellos me permiten ver al ser humano tal y como es, carne y sangre, células y conexiones, biología. En todo lo que escribo existe un deseo por lo que está ahí fuera, lo que es real, fuera del dominio de lo social, mientras al mismo tiempo soy consciente de que lo que pasa ahí afuera, más allá de la luz de los rostros, y de lo que ocasionalmente captamos un reflejo, a través del arte, convierte el todo en nada. Que la experiencia de lo sublime es la experiencia de la nada. Que Dios es nada, que existimos a despecho de eso. Y que por eso lo real es una categoría tan peligrosa. En nosotros mismos, como cuerpos de carne y sangre, cosas que crecen en alguna parte del mundo, no somos nada, y pienso que es por eso que tengo tanto miedo del cultivo de órganos, la manipulación de los genes, de la máquina humana en la mesa de operaciones, dado que aunque salva y prolonga la vida, también la rebaja más cerca de la nada, un cable, una articulación, un tubo, un desagüe.

Si eso es cierto, ¿para que necesitamos la verdad?

Por aquel entonces, cuando el mundo estaba compuesto por caras, no sabía lo que pasaba, o por qué pasaba, simplemente lo hacía. ¿Por qué, por ejemplo, estaba tan obsesionado, a los siete u ocho años, con mirarme al espejo, no tan sólo frontalmente sino de lado y e incluso de espaldas? Me ponía de pie en el baño con un espejo pequeño, redondo, en una mano y lo orientaba hacia el gran espejo de baño frente a mí con ángulos siempre cambiantes, de forma que pudiera verme yo mismo con distintos perfiles, y finalmente, desde atrás y desde arriba, de forma que la parte trasera de mi cabeza y el cogote se hacían visibles. Lo que veía me incomodaba. ¿Así que a esto me parecía? Me había acostumbrado a ello y aceptado mi rostro, pero no esto. Pero esto es lo que otra gente veía, así es como aparecía ante ellos, tal vez por eso lo exploraba. Me sentí igualmente incómodo la primera vez que escuché una grabación de mi propia voz, y la primera vez que vi mis propios movimientos en una pantalla televisiva. Era alienante, no podía identificarme conmigo mismo, con la forma que era, parecía como si de súbito fuera otra persona. Que esa otra persona fuera la que todos los demás veían y oían me molestaba. Me sigue molestando a veces, la incomodidad causada por la no-identidad.

Ahora que tengo hijos propios, veo el mirarse al espejo y el escucharse a uno mismo no como el resultado del narcisismo o la autoconcentración (aunque también sea eso), sino como parte de ser un ser social, el convertirse en un individuo independiente. Ser un ser social consiste en aprender a verte tal y como apareces antes los demás. Educar un niño no es sino representar o personificar eso, la mirada fija y las voces de los otros, ya que en su comienzo el niño posee sólo un yo indiferenciado, permeado por sentimientos y necesidades, que puede ser, como tal, encendido o extinto, pero no controlado de otra manera. Todos los límites que uno impone gradualmente como padre, todas las prohibiciones y órdenes, no sólo tienen que ver con enseñar al niño cómo comportarse, no son sólo respecto a hacerle funcionar sin fricciones en su vida cotidiana, aunque eso es tal vez a veces el motivo, sino también una mirada, también el lugar en que el niño puede verse a sí mismo desde fuera, desde otro lugar distinto al yo, que sólo entonces puede surgir como su propio, completo yo. Convertirse en un adulto. Un proceso se completa y otro se inicia: lentamente el mundo gira la cabeza en otra dirección.

Lo que se refiere a la identidad del individuo se aplica también a la cultura, si no exactamente de la misma manera, sí de acuerdo con los mismos principios; configurando continuamente sus propios límites y buscando siempre verse desde el exterior. Si esto es necesario, o por qué es necesario, no lo sé; la respuesta a esto es la misma que la respuesta a la pregunta de por qué tenemos arte, o por qué es el arte necesario. Vivimos en un mundo social, que es monótono, la luz de las caras, pero existimos en lo no idéntico, lo que nos resulta desconocido es el otro lado de la cara, la que se aparta de nosotros en silencio, más allá del alcance del lenguaje, de la misma manera que la sangre que gotea a través de los pequeños capilares del cerebro está más allá de los pensamientos que la piensan, a pocos milímetros, en lo que en una inspección más próxima resulta no ser nada más que una reacción química y eléctrica dentro del objeto esponjoso que el cuello sujeta en lo alto.

Fotos: Thomas Wågström

Una versión de este ensayo apareció inicialmente en Neckar (Cuellos), un libro de fotografías de Thomas Wågström publicado en Suecia por Max Ström © 2014. El texto en inglés fue reproducido por The Paris Review, el pasado 28 de mayo. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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