castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Sobre la venganza

  • pd
    Editor Jefe
  • May 22, 201412:47h
  • + comentarios

FAUSTO-MELOTTI

por Louise Glück

Cuando niña yo era muy sensible a los desaires; mi definición de desaire era tan amplia como profunda mi sensibilidad. Confío a este respecto en mi memoria porque la niña que describo se corresponde exactamente con la adulta crecida. También, entonces como ahora, era rígidamente orgullosa, incapaz de mostrar dolor o admitir necesidades. El orgullo gobernaba mi conducta. Excluía, para mí, toda muestra de cólera (que me parecía por supuesto contraproducente —confirmar el desaire o la herida llenaría de satisfacción, o al menos eso creía yo, al atormentador). La cólera era la prueba sangrante que demostraba que la flecha había penetrado. La cólera moral o ética (del tipo provocado por los campos de concentración) estaba exenta de esas inhibiciones. Pero muchos de esos temas, como los campos, despertaban más terror que rabia. Yo tenía, si puedo juzgar a partir de mi vasto catálogo de desaires y mi gélido y teatral desdén autoprotector, una gran rabia reprimida.

No es sorprendente que mi vida imaginaria consistiese sobre todo en sueños sobre mi ascenso triunfante. Ninguna de esas fantasías implicaba acción. Mis sueños de venganza se fundaban en el desprecio hacia la acción, o hacia cualquier muestra de esfuerzo. El daño sucedía sin mi acción aparente y se perpetuaba indefinidamente: la necesidad de herir o —como en los libros que leía— de asesinar al enemigo era un fallo del ego, de la misma manera que la acción probaba la existencia del dolor. Mi idea de venganza era probar que no había sido herida, o que de alguna manera me había vengado, que (como mis fantasías demostraban una y otra vez) me había transformado casi de milagro en algo intensamente envidiado. Mi sueño era crear envidia: mi idea de venganza dependía de que su objeto permaneciese despierto y plenamente consciente.

Sobre todo pensaba en los poemas que escribiría. En mi imaginación, esos poemas serían de tal grandeza que provocarían, en multitud de lectores, un asombro uniforme, cuyos únicos desacuerdos estarían referidos a los intentos de describir su grandeza o asumirla. En algún momento, fui consciente de que esa respuesta nunca había ocurrido en la historia de la literatura. Pero continué sintiendo que podría pasar, tenía que acontecer, porque mi propia respuesta a la literatura que reverenciaba era igual de intensa y absoluta. En esos momentos me llenaba de un temor reverencial, que me parecía algo totalmente distinto de una opinión (esta última era locuaz; el anterior, estupefacto). Me sentía en presencia de una verdad incontestable o de una ley universal. Curiosamente, no me sentía aniquilada por este temor, como esperaba que lo fueran los enemigos de mis fantasías. En ellos, el temor reverencial se combinaría con sentimientos de vergüenza aterrorizada, la conciencia de males que nunca podrían ser corregidos, un sentido de las faltas propias y los errores de juicio. Mis sueños de venganza dotaban a mis adversarios de un gusto literario sofisticado y discriminatorio; simplemente se castigaban a sí mismos mientras que yo habitaba la trascendencia.

Hasta cierto punto, este guión estaba siempre presente en mi vida imaginaria. Se transformó en mi respuesta inmediata a cualquier fracaso público y privado, al desprecio, a la traición, pero también a muchos acontecimientos menores y sucesos embarazosos que en esas fantasías resultaban increíblemente desproporcionados. Pero no era tan sólo un bálsamo, era también un combustible. Alimentaba un deseo existente de escribir poesía, y transformaba ese deseo en una urgente ambición. No podía reemplazar la inspiración, o sobornarla para que existiese, pero aumentaba la inspiración con un sentimiento directriz de propósito o necesidad; me animaba cuando podría fácilmente haberme paralizado. Durante muchos años fue muy placentero anticipar el lento desarrollo de la venganza a través del tiempo, con su justa y gloriosa inversión de los juicios existentes y las relaciones de poder.

Crucial para esas fantasías era la premisa de un tiempo espacioso o expansivo, en el que la distancia entre el humillante presente y el yo triunfante innato podría ser superada. El lenguaje de la venganza depende totalmente del tiempo futuro; ya verán, ya lo sentirán, y todo eso. Porque el tiempo siempre me pareció algo en peligro o escaso. No esperaba que la edad influyese sobre lo que, en mi vida de fantasía, debería de haber sido una actitud teórica. Y sin embargo, algo ha cambiado. Las fantasías se han desvanecido, y con ellas mis tremendas oleadas de energía y resistencia.

Algo acerca de llegar en realidad a esas edades en que, en todos los sentidos posibles, queda menos tiempo (o disminuye con rapidez) parece distinto a sentir constantemente que uno puede ser juzgado de forma injusta o prematura. Junto a ese sentido del tiempo expansivo, mis fantasías requerían que mis adversarios permanecieran inmutables, estables, congelados dentro de mi futuro infinito: la persona que pronto sería devastada por mi virtuosismo y profundidad de espíritu debía ser idéntica a la persona que había sujetado un objeto a punto de ser arrojado en mi contra. Pero mis rivales y jueces, como mis amigos y colegas, todos han sido castigados y golpeados por el tiempo. La piedad y el sentimiento de compañerismo han debilitado el deseo de venganza, o lo han remplazado por un sentido de colectividad, por oposición a la diferencia jerárquica, la experiencia, sustituyendo con dulzura y generosidad inesperadas mi anterior severidad y violencia. Estos cambios han hecho del acto de fijar nuevas metas algo menos vigoroso —brevemente rencoroso pero incapaz de generar cualquier energía real.

A veces añoró aquellos enemigos inmutables y el poder que conferían, así como el mito de un tiempo generoso en el que la pequeña balsa del yo parecía capaz de mantenerse y flotar durante tantas décadas. Pero mi fascinación con ese tema es ahora más pragmática y ansiosa: cómo conseguir esas energías, que durante toda mi vida se vieron alimentadas por la pasión de la venganza.
.

Este ensayo fue publicado originalmente en Threepenny Review, en otoño del año pasado. Traducción: EHB.

Imagen: Fausto Melotti: I sette savi (1961).

Publicado en
0 respuestas
Comentarios