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Lotos alucinantes. Mi lectura de Gregor von Rezzori

  • May 16, 201410:59h
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rezzori

por Ernesto Hernández Busto

No recuerdo exactamente cuándo fue que leí por primera vez a Gregor von Rezzori, pero debió haber sido entre 1994 y 1995, mientras escribía los ensayos de mi libro Perfiles derechos. En ese entonces trataba yo de entender el contexto del antisemitismo en la Europa de entreguerras y el título “Memorias de un antisemita” me llamó de inmediato la atención. Sólo cuando empecé a leer la traducción de Juan Villoro editada por Anagrama me di cuenta del equívoco: en un gesto de sutil ironía aquel libro era, más bien, el relato de cómo alguien dejaba de ser antisemita, de cómo la sustancia misma de la vida lo apartaba poco a poco de esa y otras sospechas heredadas.

Aquella primera lectura no me sirvió de mucho para mis ensayos, pero me permitió descubrir a un escritor excepcional. Todo gran narrador habla siempre de lo mismo: del Tiempo, de ese flujo vital que corre casi siempre en la dirección contraria a las ideas generales y los prejuicios históricos. Pero en el caso de Rezzori, la vocación narrativa parecería, a simple vista, una manera de recobrar el ensueño de su infancia, emparentada con el destino de la Bucovina, esa tierra de nadie. Memorias… es su primera visita a esa isla, contemplada desde el pathos del exilio. El tiempo de su memoria, sin embargo, está lejos de ser la perspectiva nostálgica de un momento aislado, o el intento por recuperar algo detenido en el pasado; más bien funciona a la manera de ciertos objetos sagrados que dan forma a una visión interior, haciendo visible lo invisible y estableciendo un lazo dinámico entre pasado y futuro.

En este sentido, hay en Memorias… un pasaje que me causó una profunda impresión. La última de las secciones de ese libro, titulada en ruso, Pravda, “la verdad” —curioso que este libro empiece y termine con disquisiciones sobre el significado de dos palabras rusas, skuchno y pravda—, muestra al narrador mientras camina por Roma para visitar a su tía rusa de 94 años, y en el travelling de esa fecunda Via Veneto se dedica a reflexionar sobre distintos episodios de su vida. El capítulo arranca con la referencia a una frase (“Parecía haber olvidado su patria, como si hubiera comido lotos alucinantes en la antigua Grecia…”) cuyo origen el protagonista no consigue precisar. ¿De dónde proviene ese recuerdo de tono rapsódico? No sabe muy bien si es una frase suya, o de otro: las memorias que quiere contar han de ser narradas en imperfecto, piensa, en cierta escala de posibilidades propia del subjuntivo, ese “como si”, o en todo caso, del pluscuamperfecto, donde hay un orden de sucesos definitivos que forma una cadena temporal. El pasado, así visto, resulta casi infinito, un camino al origen: “Las cadenas temáticas se remontaban varios siglos atrás hasta llegar a la alborada de los tiempos, cuando todo estaba abierto, cualquier posibilidad. Sólo había una certeza: el tiempo transcurría, había transcurrido…”

Sin embargo, en las páginas que siguen el narrador emprenderá todo lo contrario de este camino recto hacia los orígenes. Porque su vida no tiene, en definitiva, mucho que ver con ese tiempo uniforme, rectilíneo, de un suceso tras otro; la verdad de esa vida —parece decirnos— está en otra parte, en una frase nuestra que no reconocemos, en una frase de otros que nos parece nuestra, en la voluntad de un escritor que reinventa a cada instante, que se contempla a sí mismo “dispuesto a transfigurar el mundo que lo rodea, a soñarlo para que se convierta en el mundo que le fue prometido en etapas anteriores de su existencia; aunque sólo le fuera prometido como un ideal, como un sueño transfigurable…”.

Ese sueño transfigurable, que es la mejor definición que conozco del estilo de von Rezzori, requiere soltar ciertos lastres: como los lotófagos, aquellas criaturas mitológicas que en la Odisea dieron de comer sus peculiares plantas a los compañeros de Odiseo haciéndolos que se olvidaran de su tierra natal, nuestro narrador prescinde no sólo de una idea grandilocuente de Patria sino del compromiso mismo de una identidad inamovible. Sólo hay una manera de vencer la maldición del tempus fugit. Narrar desde la memoria es asumir de manera profunda y definitiva un selecto juego de máscaras: “La identidad —suponiendo que tuviera una— de los otros también era una férrea máscara que había crecido sobre el rostro. Él se quitaba la suya de buena gana, la miraba con atención y se ponía otra que asumía tan cuidadosamente como la anterior. Sus máscaras no habían sido hechas con el hierro de una vida llena de carácter, sino con el material más ligero, dúctil, intercambiable, y en modo alguno se le habían incorporado al rostro”.

Esta apología de la ligereza y las identidades mudables, que es en el fondo una defensa radical de la imaginación del escritor, tiene otro gran emblema que se repite en varios libros de Rezzori: en el juego azaroso de la historia, todos somos un poco como ese Rip van Winkle que duerme veinte años, y al despertar apenas comprende el resultado de los acontecimientos. La única manera de adaptarse a esa materia cambiante y de narrar con profundidad las peripecias de la vida es una suerte de continua metamorfosis, de perpetua lucidez memoriosa que trascienda los límites de la identidad geográfica.

Hay también una hermosa leyenda japonesa, la de Urashima Taro, en la que un pescador que salva a una tortuga encantada gana el poder de respirar bajo el agua y es recompensado con una visita al Palacio del dios Dragón, donde la tortuga se convierte en princesa. El pescador se queda en el palacio durante tres días, pero finalmente siente deseos de volver a su hogar para visitar a su moribunda madre. La princesa le da una caja misteriosa, diciéndole que no debe abrirla nunca. Confundido, Urashima Taro sale a nado del palacio y vuelve a su hogar.

Pero allí todo ha cambiado. Pregunta a quienes encuentra si han oído hablar de la familia Urashima o de Urashima Taro. Le dicen que ha muerto hace 300 años. Entonces, el pescador se sienta bajo un árbol y abre la caja. Al abrirla, se convierte en un anciano. De la caja (que en varias versiones aparece como uno de esos hermosos cubos de origami), sale una voz: “Te dije que no debías abrir la caja nunca. En ella moraba tu edad.”

Algo parecido a esa sabiduría siente uno tras leer las novelas y las memorias de Rezzori. Un escritor que quiera lidiar con el Tiempo y la historia, como han hecho todos los grandes narradores del siglo pasado, es como ese pescador de la leyenda, el Rip van Winkle japonés; puede atravesar el tiempo y su circunstancia, navegar con ventaja en el mar proceloso de la memoria, pero sólo si trasciende una identidad estrecha, unas determinadas coordenadas espaciales y temporales cuya fijeza lo condenaría, como esa peculiar caja donde guarda su verdadera edad, a perder buena parte de sus dones visionarios.

A lo largo de veinte años, en las distintas circunstancias de mi propio exilio, he leído (gracias a varias traducciones notables) los libros de von Rezzori. Y aunque procedo de un lugar que podría parecer demasiado lejano y ajeno al mundo mitteleuropeo (en Flores en la nieve, mientras recuerda a la maravillosa Strausserl, como el epítome de un origen exótico, Rezzori habla de “una isla de las Antillas, por ejemplo”) esos libros me han ayudado a descubrir una sensibilidad particular, la mirada del escritor para el cual la diáspora debe ser, sobre todo, aprendizaje, metamorfosis y liberación. Czernowitz es una parte de mi geografía sentimental, como lo son Vyra, la finca campestre de los Nabokov en las afueras de San Petersburgo, la Rustschuk multilingüe de Canetti o la poética Venecia de Brodsky. Al frecuentar a esta peculiar troupe de lotófagos, he podido entender, desde la lejanía íntima de la lectura, algunos secretos de la identidad y el consuelo inagotable de la imaginación y sus poderes alucinógenos. Quede aquí mi agradecimiento.

* El pasado día 13 se celebró el centenario de Gregor von Rezzori, uno de los grandes escritores europeos del siglo pasado. Aquí mis respuestas, convenientemente hiladas, a una encuesta sobre su lectura e influencia, coordinada por José Aníbal Campos, su traductor actual al español y becario de la Fundación Santa Maddalena, que preside Beatrice Monti de la Corte, viuda del escritor.

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2 respuestas
Comentarios

  • AT dice:

    Deshacer al Tiempo con un golpe de asombro.

    Deshacer al Tiempo con un soplo de extasis.

  • Ramón Alejandro dice:

    Has escrito una maravillosa ficción de lo que inicialmente parecería haber intentado ser el recuento de una lectura. En esa cajita que no se debía abrir estaba encerrada una novela inédita escondida, y tú, ya de primera, lograste cuajar el boceto.