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La salida*

  • may 07, 201423:36h
  • 8 comentarios

fatima

A las 7 y 7 de la mañana del 5 de marzo de 2013, ayer, salí de las tablas de mi casa de toda la vida hacia el aeropuerto José Martí. Estuve la noche entera copiando cosas para unas pocas memorias flash. Y borrando evidencias de mi cada vez más ostensible labor de zapa y contrarrevolución. Copié textos, por supuesto, que pesan poco y yo los tenía por miles, míos y de los otros. Copié fotos, que pesan mucho y, total, no valían tampoco tanto la pena. Copié lo que pude en esas memorias que serían mis obras completas desde ese martes en adelante. Esos gigas serían mi desmemoria y mi eternidad. Mi patria portátil, mi cuerpo, mi ausencia de ánimo. Mi ilusión de que el viaje no estaba siendo verdad. Yo no quería que con el tiempo mi viaje se hiciera verdad. Pero se hizo. Mejor así.

Dejé todo lo que amaba sobre mi cama tendida. Mi madre aún no ha cambiado la “ropa de cama”, me dice por teléfono a cada rato: una sobrecama blancamarilla, tejida en 1934 por mi abuela paterna, la matrona andaluza que nació a finales del XIX. Dejé la Vaio i7 de donación, una de las más rápidas fuera del Consejo de Estado. Dejé la cámara Canon 7D, también llegada de manos generosas y anónimas que resultaron ser de Washington DC, donde ahora escribo esta página, en la estación de metro de Rosslyn que, por algún motivo, me resulta indistinguible del Focsa. Dejé las fotos de las muchachas que amé, algunas de ellas desnudas, ellas todas tan desvalidas (ninguna fue una mujer y, mucho menos, mi mujer). Dejé los libros insidiosamente anotados, que no pueden caer en manos de la Seguridad del Estado. En especial, el Paradiso donde conservo una novela minimal anotada al margen de Letras Cubanas y del prólogo menopaúsico de Cintio Vitier.

En el aeropuerto, los mismos asesinos que me tuvieron preso tres veces, me retuvieron más de una hora, solo en el salón, con el pasaporte secuestrado. Por la hora que ya era, pensé que habían dejado partir el avión a Miami sin mí, y salí de la terminal aérea. Se lo dije con odio a Radio Martí. En la acera, mi madre de 77 años lloraba. Pero Silvia se acercó y me dijo: “ni pinga, Landy, entra y que te saquen preso de aquí”.

Y entré, saltando barreras de seguridad como orlando por su cuba. Recordé una escena creo que de Basquiat. Hasta que un negro con uniforme corrió hacia mí y sacó un bulto de su bolsillo de alante. Pensé que sería una pistola y juro por Dios que no me importó. Pero al final era sólo mi pasaporte. El castrodescendiente de verde olivo me pidió perdón y habló de “un error en la base de datos”.

La cuestión es que habían retrasado el vuelo tres horas (esos vuelos charters de compañías mayameras que son 100% de la policía de Castro). Minutos después, en el aeropuerto de Miami me sacaron de la cola por los altavoces, mi nombre era entonces un priority case (ya no, ya no cuentan conmigo los “americanos”; de hecho, ahora soy yo mismo un americano más). Hugo Chávez se acababa de morir ahora en Venezuela. Maduro lloraba en las pantallas extraplanas de medio Miami. Mi noche pronto sería a fondo con Pedro Sevcec, que me preguntó enseguida la misma pregunta que la Seguridad del Estado en La Habana: ¿qué le hiciste a la bandera cubana?

Al día siguiente estaba en Manhattan, que es cagaíta a La Habana, pero en gigantografía. Y al día siguiente ya estaba en DC. Lo único que no tolero es que todas las noches vuelvo y vuelvo a soñar la misma mierda de sueño con Cuba, que no voy a contar.

Orlando Luis Pardo Lazo
en EE UU

*Esta colaboración forma parte de una serie en la que varios colaboradores responden la pregunta: “Y usted, ¿cómo salió de Cuba?”.

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8 respuestas
Comentarios

  • Maria dice:

    Hay frases que me duelen entender, en ellas se perciben machismo… ninguna de las muchachas que amaste fue mujer… Me pregunto también quién es Silvia, a la que te refieres en el texto, parece tu mujer. Te sugiero tener más respeto a la mujer.

  • al bate dice:

    “…un negro con uniforme..” Qué bonita frase, me encanta: un negro con uniforme! Bien dicho, Landy! Así somos todos en Cuba, para qué ocultarlo? Los odiamos…

  • Raúl dice:

    Nos pasa a todos. Yo no he ido más a Cuba desde el año 1988, que me fugué. Pasé muchos años difíciles y muchos años con el mismo sueño de siempre y me despertaba por las madrugadas sudoroso y alterado. Soñaba lo de siempre, que había llegado a mi Camagüey y las calles eran controladas por guardias que te pedían el pasaporte y yo siempre vivía escondiéndome, pasando ilegal de casa en casa, escondiéndome en un carro, en cualquier cosa. Por suerte, esos sueños han quedado atrás desde hace unos dos años y no sé porqué. Parece que interiormente pasó algo en mí o Cuba dejó de ser mi obsesión. No sé.

  • Amadeus dice:

    Es curioso. Después de muchos años viviendo aquí nunca tuve nostalgia ni soñaba con Cuba. Sin embargo, ahora en esta tranquilidad que da la estabilidad y la integración, sueño con la Isla y que no me dejan salir; y que me interrogan. Lo que cuento no es una coña, es la verdad.

  • Kurt Turing dice:

    Tranquilo Orlando, Biología se estudia en 5 años. Emigrado es un carrera más larga…

  • Alejandro dice:

    Hace 14 años que salí de Cuba y yo también sueño la misma mierda a cada rato. Que estoy en aquella isla… Que siento que no soy gente.. Que solo puedo salir de allá cuando a otro le de la gana.

  • Tony Bolanos dice:

    Orlando, esos sueños o pesadillas serán recurrentes por unos cuantos años, poco a poco serán menos frecuentes y luego solo vuelven cuando te tropiezas con alguno de aquellos genízaros que ahora están aquí tratando de darnos lecciones de como vivir. Bienvenido al exilio, brother!

  • cloro díaz epóxido dice:

    Mismas mamás, mismo aeropuerto, mismos monos de verdeolivo, mismos sueños eternamente recurrentes. Ya verán con todos.