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Armando Peraza: no sólo un bongosero

  • May 05, 201413:34h
  • 1 comentarios

armando peraza

Para El Búho

Quizá fue su elección morirse el 14 de abril, tres días antes que Gabriel García Márquez, para así pasar al otro lado del espejo desapercibido. Su muerte no fue recogida por ninguno de los medios informativos cubanos. Ni el Granma en La Habana, ni El Nuevo Herald ni el Diario Las Américas en Miami, informaron de su muerte. Solamente diez días después, Diario de Cuba reprodujo una nota necrológica aparecida en el diario español El País.

Todo sobre Armando Peraza es ambiguo e infundado. La mayor parte de lo que se conoce de él es por su trabajo o por su propio recuento. Lo único seguro es que fue uno de los percusionistas más grandes y más importantes del siglo XX.

Se dice que nació el 30 de mayo de 1924, pero en una entrevista que le hizo Martin Cohen en el año 2009, dijo tener 90 años. El Diccionario de música cubana que se puede leer en el sitio cubano EcuRed sitúa su fecha de nacimiento en 1918. Eso sí, se sabe que fue en la barriada de Lawton. Quedó huérfano a los siete años y creció en las calles habaneras. Todo lo que aprendió se lo enseñó él mismo. Desde muy joven fue a trabajar a los muelles habaneros, que según él “era el único lugar donde aceptaban a los negros y les pagaban buen dinero”. Se convirtió en bailarín, boxeador y pelotero semiprofesional.

Su carrera musical comenzó por accidente. Ya había aprendido a tocar el bongó. En la novena semiprofesional en la cual jugaba pelota, se encontraba El Loco Ruiz, que era hermano del músico Arturo Ruiz. Caminando hacia uno de los terrenos beisboleros de la Playa de Marianao, junto a Alberto, quien iba a ver jugar a su hermano, éste le dijo a Armando que tenía un problema: estaba formando un grupo musical pero le faltaba un bongosero. Inmediatamente Armando le dijo, que él podía tocar, pero que pensaba que Alberto no quería negros en su banda. Alberto le dijo que estaba equivocado y lo sumó a su grupo. Armando se compró un bongó por seis pesos y formó parte del conjunto Kubavana, que además de Alberto Ruiz y Armando Peraza, incluyó, entre otros, a Orlando Vallejo y a Carlos “Patato” Valdés —este último, que se inició como bongosero, fue llevado al grupo por Peraza, a condición de que tocara la tumbadora.

El grupo Kubavana, según la opinión de Cristóbal Díaz Ayala y de Helio Orovio, fue probablemente el primer conjunto sonero que existió, pero la fecha de su fundación, como la del nacimiento de Peraza, ha sido imposible de confirmar, por lo que siempre se ha considerado al conjunto de Arsenio Rodríguez y al conjunto Casino como los primeros conjuntos soneros de Cuba.

Por entonces, a Peraza se le conocía con el apodo de “Mano de plomo” pero no era por la fuerza con la que tocaba el bongó, sino porque al hacer un poco de dinero, dicen que comenzó a ejercer de garrotero en el espigón de Paula y cuando no le pagaban las deudas, resolvía los problemas a manotazo limpio.

Tras tocar y grabar con Kubavana, dicen que Peraza tocó con Paulina Alvarez y con Pérez Prado. Lo que sí es seguro es que en 1947 se fue a México con Los Diamantes negros, el grupo fundado y dirigido por su amigo Mongo Santamaría. En 1949, Peraza y Mongo vinieron a los Estados Unidos. Ambos se asentaron al principio en Nueva York, pero cuando Mongo confrontó unos problemas con los servicios de inmigración que lo forzaron a regresar por un tiempo a Cuba, Armando se fue para California, estableciéndose definitivamente en San Francisco.

Rápidamente se convirtió en una de las principales figuras del jazz latino, uniéndose a Slim Gaillard, con quien estuvo de gira por todos los Estados Unidos. Tras escucharlos en uno de esos conciertos, Charlie Parker le pidió que participara en la grabación de un disco suyo junto con Buddy Rich.

En San Francisco dirigió una revista musical afrocubana en el Cable Car Village, a la cual eran asiduos Errol Flynn, Marlon Brando, Orson Welles y Rita Hayworth. Luego comenzó a tocar con Dave Brubeck y ahí conoció al baterista Cal Tjader con quien comenzó a grabar los más innovadores álbumes de jazz latino de la década del cincuenta. En ese momento, lo conoció el pianista británico George Shearing, con quien trabajó por varios años y a quien le compuso veintiuna canciones entre ellas “Mambo in Miami”, “Ritmo Africano” y “Armando’s Hideway”. Fue en ese momento, uno de los más importantes propulsores del mambo en Estados Unidos, su cabeza visible.

Debido a su peculiar manera de tocar la tumbadora, a la cual llamó “mano secreta” y que consistía en tocar tonos dobles con la mano izquierda, fue criticado por los tradicionalistas. Eso lo llevó a girarse hacia el rock. Después de que a principios de los sesenta se convirtió en gran admirador de Pello el Afrokan (quien se dice era primo de Mongo Santamaría) y ayudar a Eddie Palmieri a producir su álbum “Mambo con Conga is Mozambique”, con el cual este último intentó sin éxito popularizar el ritmo del Afrokan en los Estados Unidos, se fue de gira y grabó con pioneros del rock como Sly and the Family Stone, Grateful Dead y Harvey Mandel, añadiendo nuevas sonoridades al género, lo que culminó con su unión a la banda de Carlos Santana, apareciendo por primera vez en el álbum Caravanserai (1972).

Ese fue mi primer encuentro con Peraza. Cuando aquello no había internet, en Cuba se estaba
más lejos de los Estados Unidos que de la Antártica y todo era un rumor imposible de confirmar. Recuerdo haber oído que Chepito Areas, el primer percusionista de Santana, era cubano, cuando un poco después se supo que era en realidad nicaragüense. Mi amigo, el difunto Joaquinito Ordoqui y yo buscábamos desesperados información al respecto. El primer cubano en integrarse a esa banda fue en realidad, Francisco Aguabella, quien tocó la percusión en la ya imperecedera “Oye cómo va”. ¿Quiénes eran estos cubanos que tocaban percusión en uno de los grupos de rock que más admirábamos?

Tuvimos que irnos de Cuba unos años después para poder enterarnos de quiénes eran estos y muchos otros. Peraza se mantuvo en la banda de Santana hasta 1990. En 1992 viajó con el grupo a Santiago de Chile, donde se presentaron ante más de cien mil personas y en YouTube se puede ver la magistral interpretación de Peraza en “Batuka” y “No One to Depend On”. Escribió dieciséis canciones para Santana.

A partir de ahí, pasó a un semi-retiro en San Francisco, ofreciendo ocasionales talleres musicales y participando en algunos festivales de jazz, como el de Montreal. Nunca tuvo interés en echarse arriba la obligación de tener su propia banda, aunque grabó un álbum como solista en 1968, titulado Wild Thing. En 2002 visitó Cuba tras más de cincuenta años de ausencia, pero su visita apenas se registró. En el 2006 fusionó su pasión por el béisbol con la música al componer para la pianista Rebeca Mauleon, su pieza “Cepeda Forever”, en homenaje a su amigo Orlando Cepeda, el primera base puertorriqueño, miembro del Salón de la Fama del béisbol. En el año 2007 le fue concedido el Lifetime Achievement Award que otorga Voices of Latin Rock. El premio fue presentado por Carlos Santana.

Cuando el novelista mejicano Carlos Fuentes quería minimizar, con falsa modestia, el impacto de sus opiniones, siempre añadía, “sólo soy un bongosero”. Eso no es cierto de Armando Peraza, a pesar de que cuando una neumonía se lo llevó hace un par de semanas en un hospital de San Francisco, a los 89 (¿o 95?) años, se encontraba disfrutando la placidez de un inmerecido anonimato.

Roberto Madrigal
Cincinnati

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1 respuestas
Comentarios

  • Miguel Iturralde dice:

    Caramba, Roberto, muy agradecido por arrojar un haz de luz sobre la historia de este gran percusionista, suerte de un agente libre musical, cuyo orígen me causaba curiosidad siempre que me topaba con su nombre.

    Leí por primera vez su nombre en contraportadas de las carátulas de discos 33 de Eddie Palmieri y Carl Tjader. Después aparecía relacionado con la banda de Carlos Santana. En 1980 -si no me falla la memoria- lo vi tocando con Santana en San Juan. Dominaba el escenario tocando varios instrumentos: timbales, bongó, tumbadoras y güiro, pero no solamente los tocaba, sino que bailaba o se contoneaba llevando el ritmo dependiendo cuál ejecutaba en ese instante.

    No sabía que Armando Peraza había fallecido, que en paz descanse otro que no fue profeta en su tierra. Un comentario relacionado al béisbol; aquí en Puerto Rico a mediados de los 60 había un lanzador bastante bueno de apellido Peraza. La amistad entre Armando Peraza y Orlando Cepeda imagino que data de la época cuando éste último irrumpió en las Mayores con los Gigantes de San Fancisco en el 1958.