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Traduciendo a Gregor von Rezzori en su propia casa (I)

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    Editor Jefe
  • Abr 05, 201408:48h
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por José Aníbal Campos

El ascenso hasta el estudio se vuelve una aventura peligrosa en estos últimos días de invierno, tan resbaladiza para el traductor como adentrarse en las páginas de la novela La muerte de mi hermano Abel. Una capa de musgoso fieltro cubre, como verde y memorioso estrato de una estación que se acaba, la piedra rugosa de los peldaños. Rugosidad y memoria, piedra, fieltro verde, estaciones, épocas.

Son todas palabras de cierta relevancia simbólica en la obra de Gregor von Rezzori: la piedra áspera de su carcajada desacralizadora e irreverente (para la que los arabescos de la arquitectura barroca acaban siendo el sitio ideal en el que las palomas depositan sus deyecciones, confiriendo nuevos matices de blanco, gris y negro natural a las formas pensadas de la piedra); reconstrucción de un universo perdido a partir del precario ejercicio de la memoria, cuando las fronteras difusas de épocas y regiones se superponen, se confunden y entremezclan en una especie de dominó del recuerdo, con fichas que es preciso recoger por separado, como piezas de un mosaico, para ser reordenadas otra vez sobre la página impresa de la obra literaria, que, como las grandes urbes que marcaron la vida del autor, constituye una especie de prostituida y orgiástica Babilonia; el fieltro verde de múltiples asociaciones: capa resbaladiza y distorsionadora que es preciso levantar con la espátula de un verbo afilado, color emblemático de la caza y de las aficiones paternas, tela que cubre la mesa de billar que sirve de improvisado catafalco para el personaje del tío Serguéi en el relato “El cisne” (y que aquí, en la casa familiar de la Toscana, cerca del pueblo de Donnini, ha adoptado la forma de enorme mesa de centro de la pequeña pero bien nutrida biblioteca, donde aguardan en este instante decenas de libros que han de ser valorados para competir por un reconocimiento en el próximo Premio “Gregor von Rezzori – Città de Firenze”, otorgado cada año a la mejor novela internacional publicada en traducción al italiano).

Y, luego, las estaciones, las épocas… El fluir de la vida, que tan bien se prefigura en el felino paso de una estación a otra, era para Grisha un —si se quiere— aburrido perpetuum mobile al que el escritor sólo podía enfrentarse abriendo el grifo a un flujo de palabras creador de nuevas realidades. Pero no esas “realidades abstractas” del luteranismo prusiano (visibles tras su continua y furibunda crítica a una mentalidad germánica que él comprendió y supo desmontar como nadie), sino a una “realidad dentro de la realidad”; no las idealizadas realidades, distantes de la vida real, sino la realidad de ese enigmático collage que somos y que solo puede cobrar forma, quizá, con la redistribución y el pegado, sobre el papel, de los recortes que nos hacen únicos. Recortes que vamos metiendo en carpetas, cajas, cajones, que arrastramos con nosotros (verschleppen) como un mal inevitable, como una enfermedad crónica, como la red de arrastre pegada a la carcasa de ese bajel que somos y vamos siendo y que Rezzori resume en su autodefinición —tan elocuente como difícil de traducir— de Epochenverschlepper (un barco arrastrero del pasado, que acarrea consigo distintas épocas, distintas lenguas, regiones, amoríos, fracasos, olores, tonalidades de color, sabores y sinsabores).

Continuará…

© Texto y fotos: José Aníbal Campos

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