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Cien años de 1914

  • Abr 02, 201421:40h
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por Juan Carlos Castillón

A cien años de 1914 se vuelve a hablar de guerra en Europa. La Gran Guerra que va de agosto de 1914 hasta noviembre de 1918, conocida ahora como Primera Guerra Mundial, fue una de las peores catástrofes de la historia europea. El primero de los dos grandes conflictos que asolarían nuestro continente después de un largo periodo de paz relativa y expansión colonial.

La Europa de 1914 era muy distinta a la nuestra. Existían cinco imperios sobre su geografía: el inglés, el austro-húngaro, el alemán, el ruso y el otomano. Y de esos cinco sólo dos, el inglés y el alemán, daban muestras de vitalidad. A lo largo de Europa, las monarquías escandinavas, como la italiana, la belga, la holandesa y la inglesa eran monarquías parlamentarias, como también lo eran, en teoría, la España de la Restauración y el Portugal de la Casa de Braganza. La mayor parte de las monarquías de los Balcanes y Europa Central eran autoritarias, pero tampoco había tantos países como ahora. En Europa central y oriental Estados como Polonia, Hungría, Finlandia o Checoslovaquía no existían, aunque si existiesen todas esas naciones. Lo mismo pasaba en las islas inglesas, donde Irlanda era la más vieja, y oprimida, de todas las colonias del Reino Unido. Islandia era aún parte de Dinamarca. En los Balcanes, Serbia, protegida y cliente del imperio ruso, era una potencia emergente y agresiva. Las únicas dos repúblicas de la Europa del 1890 eran Francia y Suiza. Suiza era un país estable, conservador e incluso autoritario, que muchos consideraban destinado a unirse a una Gran Alemania, y también un país en el que democracia y liberalismo no eran necesariamente sinónimos; mientras que Francia, la única República liberal de Europa, tenía probablemente la política más corrupta y el sistema más inestable del continente —cincuenta y nueve gobiernos entre la creación de la Tercera República en 1871 y el comienzo de la Gran Guerra en 1914— lo que ayuda a comprender porque, en Europa, la idea republicana a duras penas si tuvo imitadores por largo tiempo y que incluso después de 1918, cuando muchas naciones pasasen a tener Estado propio, casi ninguna optase por una República de corte francés como modelo.

Por aquel entonces Europa era dueña de medio mundo. África estaba dividida entre Bélgica, Inglaterra, Francia, Portugal, Italia y Alemania. Las repúblicas boer habían sido conquistadas por los ingleses y en todo el África negra existían sólo dos naciones completamente independientes: Liberia, fundada por antiguos esclavos norteamericanos y protegida implícitamente por Estados Unidos, y Etiopia, aunque los italianos ya deseaban extenderse a Etiopia desde su dominio de Eritrea. Los países árabes eran parte del imperio otomano, que incluía Palestina, en donde ya existían colonias sionistas toleradas por los gobernantes turcos. En toda Asia sólo dos monarquías autoritarias habían logrado asegurar completamente su independencia frente a Europa: Japón, desde luego, pero también Siam, la actual Tailandia. China, sin haber sido completamente conquistada, era saqueada por las potencias coloniales europeas. En América quedaban aún media docena de colonias en el Caribe, y en el continente propiamente dicho estaban las Guyanas inglesa, francesa y holandesa, y Belice en manos inglesas.

Dejando a un lado las guerras coloniales, en las que Inglaterra era toda una experta, era un mundo que parecía más pacífico que el nuestro. Con excepción de la breve Guerra Franco Prusiana de 1871, que había dado nacimiento al Imperio Alemán, Europa había permanecido relativamente en paz tras el final de las guerras napoleónicas. Un amplio entramado de alianzas que unían a las grandes potencias parecía hacer la guerra imposible, y la violencia quedaba limitada a los márgenes de la sociedad europea civilizada. Y nada más marginal ni peligroso que los Balcanes. Alemania, Austria-Hungría, Albania e Italia estaban aliadas en un mismo bloque de potencias centrales que iba desde Memel hasta Sicilia, rodeado de un segundo bloque que unía en una alianza a la autócrata Rusia y la republicana Francia. Francia estaba a su vez aliada con Bélgica e Inglaterra, mientras que Rusia era la protectora de la expansionista Serbia. Aunque ningún lazo directo unía a Serbia, o a Rusia, con Inglaterra.

No hay que pensar que esas alianzas eran siempre estables o que se basaban en la confianza y amistad mutuas. Un novelista, William Le Queux, llegó a publicar dos novelas sobre un mismo tema, la invasión de Inglaterra, siguiendo los cambios de humor y de alianzas de su país: en 1894 una novela antirusa en la que los alemanes eran nobles aliados contra los sucios rusos y los infames franceses (The Great War in England, 1897), y otra novela anti-alemana en 1906 (The invasion of 1910), en que no aparecían los franceses —hacia los que Le Queux, a pesar de su origen francés, parecía seguir teniendo una profunda aversión.

Ingleses y franceses estaban aliados desde hacía poco; habían estado a punto de ir a la guerra en África en 1898 (el hoy olvidado incidente de Fashoda en el Alto Nilo) y la mayor parte de los ingleses cultos sentían más afinidad con los laboriosos alemanes que con los desordenados franceses; austro-húngaros y alemanes habían estado en bandos opuestos durante el proceso unificador alemán; Prusia y Rusia habían tenido numerosos brazos de amistad a lo largo de la historia y sólo recientemente Rusia, la más desfasada de las autocracias europeas, se había aliado con Francia, la única república liberal del continente, en cuya política interior se inmiscuía de forma continua y desagradable, mandando espías que vigilasen, y ocasionalmente asesinasen, a miembros del exilio ruso y comprando al ocasional ministro; mientras que Italia, aliada con las potencias centrales, odiaba a los austriacos, a los que recordaba ocupando el norte de Italia, y debía su unidad en gran parte a la derrota de éstos a manos de los lejanos prusianos.

Esa Europa que se fue

Stefan Zweig la describe muy bien en su libro El mundo de ayer. Memorias de un europeo. También la cultura de la Europa de 1889 era muy distinta a la nuestra. Frente al mundo estandarizado en que vivimos hoy en día, donde se han perdido gran parte de las identidades nacionales, por aquel entonces existían aún diferencias en la vida cotidiana, en la moda, en la prensa, en las costumbres de un país a otro. Sin embargo los miembros de las elites internacionales, banqueros, aristocratas (ya entonces los banqueros eran más importantes que los aristocratas), diplomáticos, artistas y escritores de éxito, como Emil Ludwig o el mismo Stefan Zweig, podían presumir de sentirse cómodos y en casa en cualquier capital de la Europa occidental, y ya existía, como antecesora de nuestra jet society una sociedad del Atlántico y de los trasatlánticos que cruzaba de Europa a Estados Unidos dos veces al año sin grandes problemas; gente que se sentía tan cómoda en el Ritz de New York como en el Ritz de París o Londres. Sin embargo, el común de los ciudadanos permanecía anclado a su tierra y su nación y dentro de su nación no era raro que los habitantes de una localidad no saliesen de su región sino al llegar el tiempo de servir a la corona, o a la república en el ejército. La gran masa de la población seguía siendo campesina, pero sustituyendo al artesanado y a sus pequeños talleres, había aparecido ya la clase obrera, más o menos organizada según el grado de represión ejercido por el Estado.

La vida social de aquella Europa era también muy distinta a la nuestra. Las diferencias entre las clases sociales eran evidentes, incluso en la vestimenta y el habla, y estas no se mezclaban entre sí. La aristocracía mantenía su peso en gran parte de la Europa Central. La masonería era todavía, sobre todo en los países católicos, el partido de aquella parte de la burguesía progresista que aún seguía siendo anticlerical sin ser ya revolucionaria. El servicio militar era común a casi todas las naciones de Europa, y el ejército era no sólo un arma en manos del Estado sino también una escuela de ciudadanos y, demasiadas veces, la única institución que funcionaba en algunas naciones como Rusia. Aunque la educación gratuita a a cargo del Estado fuera buscada por casi todos los estados nacionales, en numerosos países no era raro que durante su servicio militar los soldados de origen rural aprendiesen no tan sólo a desfilar sino incluso a leer y escribir y los reglamentos de muchos países incluían la obligación del soldado a conocer dos disciplinas no militares —precisamente la lectura y la escritura— para poder licenciarse y abandonar las fuerzas armadas. El ejército fue uno de los instrumentos que desde mediados del siglo XIX empleó Francia para hacer a los franceses más franceses, menos catalanes, provenzales o alsacianos, y de pasada menos católicos y tradicionales. El otro fue, desde luego, la educación pública, obligatoria y gratuita, por lo menos a nivel básico. No es por casualidad que el símil empleado por el francmasón Jules Ferry, Primer Ministro francés, para referirse al cuerpo docente francés al inicio de la IIIª República fuese el de “husares negros de la República,” por sus modestos trajes oscuros pero también por su militancia laicista, anticlerical y antirregionalista. Una política copiada en países centralistas como Italia y España, al margen de la forma política adoptada por los respectivos estados.

Por el contrario, los parlamentos, fuera de Inglaterra y los Países Escandinavos, no eran realmente poderosos, ni respetados, ni, a menudo, respetables. En España, desde la Restauración de la Casa de Borbón, no puede hablarse de elecciones limpias. El parlamento francés era sacudido por continuos escándalos personales, sexuales y, sobre todo, financieros que hicieron que la primera república europea fuera también el lugar en que se ajustasen todos los argumentos contra el parlamentarismo que se han empleado desde entonces: desde las páginas de L’Action Française, Charles Maurras, Leon Daudet y Maurice Pujo convirtieron el insulto al parlamentarismo, y a los parlamentarios, en un subgénero con carácter propio dentro del periodismo político. Centroeuropa carecía de parlamentos que fueran más allá de lo meramente consultivo, y Rusia era abiertamente una autocracia. Incluso en la Alemania del Imperio Guillermino, nominalmente parlamentaria, el que hubiera debido ser el partido más votado, el socialdemócrata, no lograba formar gobierno ante la oposición de la corona y de un sistema electoral clasista. La Corte, un término hoy olvidado, era todavía un centro de poder y de toma de decisiones en gran parte de la sociedad europea. Una sociedad en donde incluso en las monarquías constitucionales y liberales los lazos entre las fuerzas armadas y la monarquía escapaban al control de la clase política. Los príncipes, reyes y emperadores europeos que pasaban revista a sus tropas, vistiendo recargados uniformes, eran jefes reales y no sólo nominales de sus ejércitos. Algunos de ellos insistirían en dirigirlos durante la Gran Guerra.

La guerra regresa al centro de Europa

A lo largo del siglo XIX, y desde el final de las guerras napoleónicas, la “guerra” en Europa estaba limitada a conflictos entre dos estados, y desde el final de la breve Guerra Franco-Prusiana de 1871 el corazón de Europa no había vuelto a ver el enfrentamiento directo de ninguna de sus grandes potencias. En consecuencia las formas que adoptaría el nuevo conflicto tomaron por sorpresa a los europeos.

Sin embargo, todo lo que se aplicó en aquella guerra, excepto la guerra química —el gas mostaza—, los carros blindados y la guerra aérea, ya había aparecido en otro continente. Medio siglo atrás, una potencia industrial, los Estados del Norte de los Estados Unidos, había ido a la guerra contra una nación agrícola, los Estados del Sur de los Estados Unidos. La Guerra Civil norteamericana introdujo la bala de cartucho metálico, la ametralladora, el globo de observación, la guerra de trincheras (sobre todo alrededor de Richmond y de otras ciudades sureñas) y el acorazado, pero también otras formas de conducirla: la censura de prensa en la retaguardia, la movilización de las tropas a través del ferrocarril y sobre todo la movilización total del potencial industrial de la nación. Desde entonces las guerras luchadas en los campos de batalla pasaron a ser ganadas tambien en las fábricas. Ninguna potencia europea se enteró en su día de esas aportaciones de la industria al arte de la guerra, salvo quizas Prusia, que movilizó gracias a la red de ferrocarriles alemanes a sus tropas en 1871. Todas las demás lecciones estaban por aprender en Europa en agosto de 1914.

La Gran Guerra fue combatida en todos los continentes pero sus dos principales campos de batalla fueron europeos, más en concreto Flandes —en el frente occidental— y las llanuras que van desde Prusia hasta Ucrania en el frente oriental. Otros frentes, como el italiano, el griego o el turco fueron definitivamente secundarios. Las pérdidas humanas sufridas por las naciones europeas no sólo se notaron de inmediato sino que lastraron la política interna y externa de los países implicados mucho más allá de la primera generación de combatientes.

Iniciada bajo el pretexto del asesinato de un miembro de la familia real e imperial austriaca, acabó con la desaparición de los imperios alemán, austrohúngaro, ruso y otomano, y el nacimiento de las naciones checoslovaca y polaca y de las repúblicas bálticas, la división de Austria y Hungría, el cambio de las fronteras de Rumania, el afinanzamiento del poder serbio sobre Yugoslavia, y, para Alemania con la pérdida de numerosos territorios de lengua y cultura alemana en favor de otros países. Fueron unas fronteras nuevas, tan torpemente trazadas que se sabía, desde el mismo momento en que se pusieron sobre el mapa, que eran inaceptables y acabarían provocando otra guerra, tarde o temprano. O varias, en realidad, porque ya en 1920, Kemal Attaturk fue a la guerra con los griegos para recuperar territorios turcos perdidos con la Paz de Versalles, todos los conflictos fronterizos en Silesia entre alemanes y polacos nacieron de esa paz vengativa y mal pensada, e incluso después de la Segunda Guerra Mundial, la agotada Unión Soviética intentó arañar a Turquía algunas tierras perdidas durante la Gran Guerra, provocando la primera reacción de la recién creada Alianza Atlántica.

El comienzo

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, heredero de la doble corona austro-húngara, y su esposa, Maria Josefina, fueron asesinados por un nacionalista serbio, Gavrilo Princip, miembro de una organización secreta, La Joven Bosnia. Aquellos que crean que el odio entre serbios, croatas y bosnios es antiguo, eterno y profundo se verán tal vez sorprendidos ante la idea de que en La Joven Bosnia convivían miembros de esos tres grupos. La Joven Bosnia estaba aliada, o más bien bajo el control de otra organización secreta, la Mano Negra, y esta a su vez era protegida y equipada por la policía serbia. Tanto La Joven Bosnia como La Mano Negra pretendían la unidad de los Eslavos del Sur, yugoslavos, y la incorporación de Bosnia, en manos de Austria, al reino serbio.

El asesinato del archiduque tuvo lugar en Sarajevo, en el transcurso de una visita oficial, y durante los primeros días de crisis pareció que provocaría sólo un incidente localizado entre la agresiva monarquía serbia y la más pausada monarquía austro-húngara que escalaría con la entrada en escena de los protectores de los dos primeros contendientes, Rusia en favor de Serbia y Alemania en favor de Austria-Hungría y acabaría arrastrando a Francia e Inglaterra, que sin embargo esperaría hasta la invasión de Bélgica para entrar en guerra.

Aunque tanto Benjamin Disraeli como Otto von Bismark habían previsto que la próxima gran guerra europea comenzaría en los Balcanes, las guerras, incluso aquellas que parecen previsibles, siempre llegan cuando menos se les espera, de donde menos la esperas. Es sin embargo falso que el 28 de junio de 1914 la guerra fuera inevitable. Es cierto que hizo falta la coincidencia de muchas estupideces y la incompetencia de toda una clase política, para que estallase un mes más tarde la Gran Guerra y Europa recibiese uno de los peores golpes de su historia. Pero a esa explosión no fue ajena la mala fe de algunos.

Los amigos de Alemania, los germanófilos de la España de 1914, algunos escritores revisionistas después, han dado dos motivos básicos para la entrada en la guerra de Francia e Inglaterra contra el Reich Alemán: que Inglaterra veía con temor el progreso naval de Alemania y temía que este país compitiese con ella por el dominio de los mares, y que Francia deseaba vengarse por la humillante derrota de 1871, que había dado nacimiento al Segundo Imperio Alemán y a la Tercera República Francesa. El segundo motivo es cierto, y se hizo evidente en el discurso de todos los partidos políticos franceses al inicio de la guerra, pero por sí mismo no bastó para causar el conflicto. El primero, sin embargo, es falso: la carrera armamentística naval entre Alemania e Inglaterra se había decantado desde 1912 a favor de Inglaterra, que dotada por su Imperio de toda clase de materias primas pudo recobrar su ventaja marítima respecto a Alemania. Que entre Inglaterra y Alemania hubieran tensiones, como las había habido entre Inglaterra y Francia, no dejaba de ser una pantomima para uso de la población en general, pero ya no era un motivo directo de guerra, y el mismo Kaiser había dado por cerrada la cuestión. Alemania no deseaba la guerra con Inglaterra; e Inglaterra, que por una vez se vería arrastrada a la guerra por su política de alianzas y por la invasión de Bélgica, estaba más concentrada en la solución de su problema irlandés, con el Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, sopesando seriamente si la flota debería, o no, bombardear las ciudades de la costa irlandesa en caso de explotar allí una revuelta, que planteándose una guerra, sobre todo larga, en Europa continental.

Hay otras tres afirmaciones que han llegado a ser aceptadas como correctas por todos los que analizan aquel tiempo: que nadie deseaba la guerra, pero que la guerra fue inevitable y hubiera llegado tarde o temprano; que cualquier otro detonante la hubiera causado; y que el belicismo alemán fue el principal, cuando no el único responsable de aquel conflicto. Dos de esas tres afirmaciones son falsas.

El simple hecho de que a menos de dos meses del asesinato del archiduque casi toda Europa estuviese en guerra basta para demostrar la falsedad del “nadie quería la guerra.” Fueron muchos los que la habían deseado y conspirado para provocarla. Sin embargo es falso que hubiera podido explotar en cualquier otro momento y por cualquier otro incidente. Sólo pudo explotar en aquel momento porque en París había un gabinete belicista, que incluía a varios ministros a sueldo del Zar de Moscú y compartía sus deseos de guerra.

Cherchez la femme… o les femmes

La mayor parte de los historiadores hacen de los disparos recibidos por el archiduque en Sarajevo los primeros disparos de la Gran Guerra. Por lo menos dos historiadores ingleses, Jack Beaty en The Lost History of 1914: Reconsidering the Year the Great War Began y Sean McMeekin en su libro July 1914: Countdown to War, colocan esos primeros disparos en París, en el despacho de Gaston Calmette, director de Le Figaro, cuando Henriette Caillaux, esposa del ministro Joseph Marie Auguste Caillaux, le asesinó de cuatro balazos y Caillaux tuvo que dimitir de su cargo ministerial para defenderla en un juicio criminal por asesinato.

Caillaux era un buen abogado, como demostró al lograr que se absolviese a su esposa de un crimen que toda Francia sabía que había cometido. Era también un político pacifista que se oponía a la forma en que Francia alineaba su política exterior con la rusa y aquel escándalo le costó no sólo su ministerio sino también la posibilidad de alcanzar el Cargo de Primer Ministro de la República. Caillaux, miembro del burgués partido radical, era masón, anticlerical, positivista y apegado a todos los dogmas del liberalismo del siglo XIX; era también un político que junto a una vida íntima y familiar cuando menos imaginativa —y fue la revelación de esa vida familiar la que le costó la vida al director de Le Figaro— era honrado en sus creencias políticas y había trabajado en pro de la paz entre Alemania y Francia en un momento en que muchos de sus colegas franceses estaban a sueldo del Zar ruso y se movían en dirección contraria. Con él en el Eliseo la guerra probablemente no hubiera comenzado, cosa que sin duda sabía el principal impulsor de la campaña de prensa que lo desacreditó: Raymond Poincaré, que tanto hizo por desencadenar la guerra. No creo que Poincaré desease la muerte de uno de sus plumíferos a sueldo pero es evidente que se aprovechó de la muerte de Calmette para rematar una campaña de injurias contra su enemigo político.

Sólo otro hombre en Francia estaba en contra de la guerra y hubiera podido detenerla. Ese era Jean Jaurès, y fue asesinado el 31 de julio de 1914. En cuanto a Caillaux, en 1917 sus esfuerzos a favor de la paz —era contrario a las anexiones territoriales y las reparaciones de guerra en caso de victoria— le valieron ser acusado de traición a su país.

Se nos ha explicado también que cualquier otro asesinato hubiera provocado el conflicto inicial entre Austria-Hungría y Serbia que provocó la guerra. De nuevo estamos ante una afirmación si no falsa por lo menos incompleta. Cualquier otro asesinato de un alto funcionario, o incluso de otro miembro de la familia real e imperial austro-húngara hubiera sido inútil, o al menos no habría provocado un conflicto entre ambos países porque el archiduque asesinado, además de heredero de la doble corona autro-húngara, era también el principal partidario de la paz en los Balcanes. Con él vivo en Viena y con Caillaux en el poder en París no hubiera habido guerra en agosto de 1914. Sean McMeekin en sus dos libros sobre sobre el origen del conflicto, el ya citado y una de sus obras anteriores, The Russian Origins of the First World War, afirma que los cambios de alianzas que se estaban preparando en aquel momento entre las distintas potencias europeas, hubieran traído consigo el que de no explotar en agosto de 1914 la guerra nunca lo hubiera hecho.

Pero, desgraciadamente, el archiduque no era muy querido por su tío, el Emperador, que lo había aceptado a regañadientes como heredero, y su matrimonio morganático, celebrado con una miembro de la aristocracia checa, por amor y en contra de los deseos familiares, le había costado muchos amigos y partidarios entre el pueblo, sobre todo entre el partido alemán de aquel Imperio multiétnico, en la Corte y en su propia familia. Su esposa había sido a menudo desairada en temas protocolarios. El último de esos desaires fue la retirada de las tropas regulares que debían cubrir su visita a Sarajevo, ya que la archiduquesa, por no ser de familia real, no tenía derecho a que se le presentase una guardia de honor militar. Aquel desaire estúpido, que ella supo aceptar con una sonrisa y permitió actuar con más libertad a los asesinos, provocó millones de muertos.

El archiduque, a despecho de sus problemas familiares, era sin embargo un hombre de peso en la política imperial y su muerte, que no fue lamentada en lo personal por su Emperador, supuso un fuerte golpe al equilibrio europeo. Quien más sinceramente lamentó la muerte del Archiduque fue el Kaiser alemán, que lo tenía entre sus amigos personales y siempre había mostrado el mayor de los aprecios tanto para él como para su esposa, por los que había roto a menudo el pesado ceremonial de la corte prusiana. El dolor personal del Kaiser dictaría buena parte de su duro lenguaje y el de la diplomacia alemana durante el mes siguiente y ayudaría a dar peso a la tesis por largo tiempo sostenida por muchos historiadores sobre la exclusiva responsabilidad alemana de la Gran Guerra. Y sin embargo la correspondencia intercambiada entre París y Moscú desde principios de siglo nos permite saber que por lo menos uno de los bandos en conflicto estaba dispuesto a ir a la guerra bajo cualquier pretexto desde mucho antes. Del comportamiento del archiduque se deduce que no era precisamente el austriaco.

Nuevos estudios

La propaganda aliada y aliadofila primero, la Paz de Versalles después, y la historia finalmente han gravado la mayor parte del peso de aquella matanza sobre los hombros alemanes. Sólo ahora, un siglo más tarde, cuando Alemania ha acabado de pagar las reparaciónes de Versalles —que duraron hasta octubre de 2010— algunos historiadores, sobre todo anglosajones, a la luz de los archivos zaristas, reaparecidos al final de esa larga pesadilla que fue la Unión Soviética, han podido asignar nuevos responsables. No son sin embargo los primeros… L’Humanite, el periódico comunista francés ya lo había hecho en los años veinte, cuando el enemigo de los comunistas era aún el Zar derribado, los blancos en el exilio y la república burguesa en Francia…

La revolución rusa, que acabó con la dinastía de los Romanov de la forma más brutal y trató de borrar toda la historia anterior a la llegada de los bolcheviques al poder, hizo imposible durante largo tiempo investigar los archivos rusos como se estudiaron los alemanes, los austro-húngaros y los aliados. El redescubrimiento de los archivos zaristas ha permitido descubrir que Rusia no deseaba la guerra, y que además estaba poco preparada para afrontarla de forma adecuada, pero que su zar sí la quería, y que además hizo todo lo que pudo para provocarla.

Sean McMeekin, profesor de Estudios Internacionales en la Universidad de Bilken, en Turquía, ha aprovechado su conocimiento del idioma ruso y la oportunidad dada por la desaparición de la Unión Soviética para estudiar a fondo los documentos relativos a las relaciones turco-rusas durante el periodo final del zarismo y escribir los dos libros antes citados que demuestran que sin las ambiciones frustradas del zar respecto al control del Estrecho de los Dardanelos, sin su deseo de recuperar para la cristiandad ortodoxa la vieja Constantinopla griega, sin su política de confrontación con una Alemania que apoyaba al imperio otomano, y estaba contribuyendo a su modernización industrial y militar, no hubiera habido guerra. Fue el apoyo de Rusia, que deseaba un enfrentamiento con Austria-Hungría para arrastrar a Alemania a una guerra invencible, lo que hizo que la monarquía serbia, tras una temporal aceptación de una responsabilidad parcial en la muerte del archiduque, rechazase después los cada vez más severos ultimátum de Austria-Hungría; de la misma manera, fue el temor ruso a enfrentarse en solitario con una Alemania, a la que sin embargo provocaba, la que guió toda la política exterior rusa respecto a Francia. Una curiosa política por la que una monarquía ortodoxa y autocrática financiaba a cualquier partido anti-alemán en París, por radical, republicano y anticlerical que fuera. Aunque para ser justos hay que añadir que Austria-Hungría hubiera sido más comedida en sus peticiones de justicia sin el peso vociferante del Kaiser alemán cubriendo sus espaldas.

Pero Jack Beaty y Sean McMeekin en sus libros no hacen sino repetir algo que los lectores de la prensa comunista francesa ya sabían desde mucho antes, aunque después lo olvidasen convenientemente —junto al resto de sus compatriotas— durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el enemigo eterno volvió a ser el boche. En 1924 le correspondió a la prensa comunista francesa, exonerar a la Alemania del Kaiser de la responsabilidad total acerca del desencadenamiento de la Gran Guerra. En una colección de artículos, L’Humanité publicó una larga serie de cartas procedentes de los archivos del zar, facilitadas por la Unión Soviética. Los artículos llevaban el título de “La abominable venalidad de la prensa francesa” y demostraban que el gobierno ruso había pagado grandes cantidades de dinero a más de veinte periódicos franceses, incluyendo los más importantes del momento —Le Temps, Le Figaro, L’Aurore, Le Matin— para que apoyasen al gobierno zarista y la alianza franco-rusa. La prensa republicana-radical-socialista estaba entre las principales beneficiarias de la largueza zarista y algunas cartas implicaban directamente a Poincaire como intermediario de los sobornos. Esas cartas, que en algunos casos estaban fechadas cinco años antes del conflicto, indicaban ya todos los elementos que se darían más tarde para el inicio del mismo. El representante en París del Ministro Ruso de Finanzas, Arthur Raffalovitch, escribió al Primer Ministro de su país, Vladimir Kokovtzov, en 1909: “El gobierno francés es consciente de sus obligaciones, cuando el honor ruso se comprometa con Serbia contra Austria, sabrá cumplir con sus obligaciones.” Ya en 1909 se preveía una movilización rusa amenazando las fronteras austro-alemanas.

Guerra corta y guerra larga: dos objetivos para dos potencias

Durante el mes que siguió al asesinato del archiduque, Alemania trató con su diplomacia de limitar el conflicto a un enfrentamiento menor en los Balcanes entre las dos potencias implicadas directamente en conflicto, mientras al mismo tiempo empleaba el lenguaje más duro… los deseos encontrados de vengar al amigo caído y de no entrar en una guerra demasiado seria o larga enfrentaron al Kaiser y a su clase dirigente a la hora de tomar una decisión. Alemania estaba a favor de los conflictos cortos. Y explicar por qué exige visitar otro libro.

Un profesor de historia de North Texas University, Robert M. Citino, ha dedicado su estudio The German Way of War: From the Thirty Years’ War to the Third Reich, a desarrollar una teoría sobre los usos militares alemanes y la necesidad de victorias rápidas que tenía Alemania. Aunque el título mencione una forma alemana de guerra, lo cierto es que se trata, al menos inicialmente, sobre todo de una forma prusiana de hacer la guerra. La tesis de Citino, que el autor prueba a través de numerosos ejemplos, es que Prusia, debido a su situación geográfica, rodeada de otros poderes mayores, y carente además de materias primas, desarrolló una tradición de luchar guerras breves y rápidas, enfatizando la maniobra ágil y el espíritu de agresividad. Por ello los comandantes sobre el terreno tenían una considerable autonomía para juzgar por sí mismos cómo y cuándo atacar. Así a lo largo de la historia militar alemana no será raro, incluso con anterioridad a la aparición de los modernos medios de comunicación y enlace, ver como oficiales al mando violaban órdenes concretas de sus superiores para conseguir mejores resultados sobre el terreno. Pese a la fama de obediencia ciega que les rodeaba, desobedecer al rey, y ser sin embargo leales, era algo normal en los generales prusianos. Es el caso de Friedrich Wilhelm von Seydlitz en el 1700; de Hermann von Francois en Prusia Oriental en 1914, y de Heinz Guderian en Francia en 1940. Esa era una forma de combatir que sólo un Estado dotado de una clase militar educada en la autonomía y la responsabilidad podía permitirse. Ese fue el caso prusiano porque en el siglo XVIII cuando en el ejército inglés era aún posible comprar un cargo de oficial, y en los ejércitos borbónicos, en el francés tanto como en el español, era casi obligatorio ser parte de la nobleza para ser oficial, el ejército prusiano tenía ya oficiales de carrera profesionales. Resumiendo, lo que siempre es un error a la hora de juzgar un libro como el de Citino, la guerra de movimientos alemana, nacía del hecho de que Alemania, como antes Prusia, simplemente no tenía el lujo del tiempo. Por eso en 1914 el principal deseo de la diplomacia alemana era reducir el conflicto a uno de tipo bilateral, limitado, local y sobre todo breve.

Durante ese mismo tiempo, la diplomacia rusa trató de ampliar el conflicto para asegurarse de que toda Europa participase del mismo. Rusia deseaba acabar con los imperios otomano y alemán y lo logró, pero no sin antes destruir su propio Imperio.

No es necesario insistir sobre la evolución de las conversaciones que tuvieron lugar en los días que pasaron entre la muerte del archiduque y el comienzo de la guerra. Amparados por Alemania, en la creencia de que el mejor ejército de Europa respaldaba sus peticiones, las demandas austriacas de justicia fueron subiendo de tono hasta ser intolerables; dividido el poder alemán entre aquellos que sabían que una guerra larga era invencible y aquellos que consideraban que una paz sin honor era imposible, el Kaiser lanzó mensajes confusos en todas direcciones. Al final, Rusia fue la primera en ordenar la movilización general de sus tropas, pero lo hizo con la torpeza propia de un ejército que no quería combatir, compuesto por soldados que desde su derrota a manos japonesas en 1905 habían dejado de respetar a sus mandos.

Europa muere en las trincheras

Durante generaciones los historiadores aliadófilos, la historia oficial sobre los orígenes de la Gran Guerra, casi tan terminante en esto como en lo referente a los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, se ha extendido a la hora de hablar de los resultados obtenidos por el “soberbio militarismo prusiano” al desencadenar el conflicto. Pero si ahora hiciésemos lo mismo con respecto al otro bando, Rusia y Francia, el balance sería incluso más estremecedor: la ceguera de Nicolás II y sus ministros le costó la vida a él y a toda su familia directa, años de destrucción, la dictadura comunista y decenas de millones de muertos a su país. Inglaterra afrontaría, como premio de su alianza con Francia, el perder en Flandes, en cuatro años, a toda la generación que debería haber administrado su Imperio colonial veinte años más tarde: la India no se perdió en la India en la década del cuarenta sino en Flandes en 1914. Francia iniciaría en las trincheras del frente occidental un declive demográfico que llega hasta nuestros días. Sin duda el glorioso precio de la victoria en una guerra mal planeada, y sin embargo deseada desde Paris y San Petersburgo.

Todo eso estaba muy lejos en el futuro en el momento en que llegó la gran movilización de agosto de 1914. No nos engañemos: nadie se opuso a ella en aquel momento. No eran sólo los militaristas o los patrioteros los que se lanzaron a las calles dando “vivas” a su patria y “mueras” a la del vecino. Parlamentarios socialistas franceses y socialdemócratas alemanes aprobaron los créditos de guerra en sus respectivos parlamentos. Los socialdemócratas alemanes eran ya tan poderosos en la calle que hubieran podido paralizar el país con una huelga general pero en lugar de ello la apoyaron y votaron tanto la declaración como los créditos de guerra. Con una sola excepción, el hasta entonces nada distinguido segundón Karl Liebnecht. La guerra iba a cambiar las carreras de mucha gente.

Fueron pocos los que miraron la guerra con terror. Los mismos caballeros que se sentían igualmente cómodos en Berlín, París o Londres, la aplaudieron. Teólogos, novelistas, historiadores, compositores, poetas y otra gente considerada como el summun de la cultura europea aprobaron de forma unánime el despliegue de tropas en ambos bandos. Rainer Maria Rilke se declaró a favor de la guerra; Thomas Mann vio en ella un “proceso purificador.” No fueron los alemanes los únicos entusiastas. Sigmund Freud se declaró a favor del Imperio Austro-Húngaro creyendo que Alemania había hecho lo correcto respondiendo a sus compromisos. Para 1915 era ya un pacifista/derrotista.

También franceses y rusos estaban felices de ir a la guerra. En San Petersburgo —que pronto sería rebautizada como Petrogrado— y en París las masas salieron a la calle pidiendo guerra. En París la gente desfilaba antes incluso de ser reclutada, agitando banderas rusas y francesas mientras cantaban La Marsellesa y gritaban ¡A Berlín! La Croix, una publicación católica de un país oficialmente laico, con gobiernos habitualmente anticlericales, en su editorial del 15 de agosto de 1914 encontraba la guerra perfectamente natural y expresión del eterno enfrentamiento racial entre galos y germanos. Las acciones de la guerra que llegaba eran equiparables al “antiguo impulso de los galos, los romanos y los francos que renacen dentro de nosotros. Los germanos deben ser purgados de la orilla izquierda del Rin. Esas infames hordas deben ser arrojadas de vuelta dentro de sus fronteras. Los galos de Francia y Bélgica deben repeler el invasor con un golpe definitivo, de una vez y para siempre. La guerra de razas ha llegado”. Curioso lenguaje para un periódico católico, doblemente curioso cuando se piensa que los francos fueron una tribu germana.

Mientras que en Alemania, Ernst Jünger, lo cuenta así: “Por la tarde fui en tren a Hannover para inscribirme en un regimiento… Por la Plaza de Ernesto-Augusto pasaba desfilando un regimiento que marchaba al frente. Los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores. Desde entonces he visto muchas multitudes arrebatadas de entusiasmo; ningún otro ha sido tan hondo y poderoso como el de aquel día.”

Fracaso total, guerra total: algo nuevo nació en las trincheras

El fracaso del orden político de la preguerra se tradujo políticamente en la aparición del bolchevismo en Rusia, con revoluciones comunistas en Berlín, Budapest y Munich, e intentonas comunistas en otras partes de Europa, y la de distintos nacionalismos radicales y/o autoritarios entre los veteranos desmovilizados de muchos países de Europa occidental y central. Si la violencia nunca había estado del todo alejada de la política europea, tras de aquella guerra —la Guerra para acabar con todas las guerras— apareció un nuevo tipo de soldado-político, nacido en las trincheras, que había visto la muerte de cerca y tenía un concepto distinto de la fidelidad y el deber; forjado en un campo de batalla en que las clases sociales se habían desdibujado y se habían creado nuevas formas de entender la Nación y el Estado.

Las trincheras ¿Qué decir de ellas? Mete a una generación entera de jóvenes patriotas en un hueco apestoso, lleno de barro, que se inunda y se hunde cuando llueve, por el que corren ratas gigantescas, en medio de las pulgas, el tifus, el fuego enemigo, el olor a humanidad no lavada, las enfermedades —antes de la llegada de los antibióticos, cuando cualquier herida podía infectarse y matar por pequeña que fuera— y los somete además a bombardeos aterradores que dejarán sordos, ataques de gas que dejarán ciegos y fuego de francotiradores que dejarán muertos. Demasiados muertos. El destino de esa generación quedó en manos de viejos generales que no se habían enterado de la llegada de la alambrada, la ametralladora, el lanzallamas y el gas mostaza. Nada bueno podía salir de esas trincheras. Cito de nuevo a Junger: “Ahora miro al pasado: cuatro años creciendo en medio de una generación predestinada a la muerte, pasados en cuevas, trincheras llenas de humo, campos desolados iluminados por los proyectiles; años animados tan sólo por los placeres del mercenario, y noche tras noche de guardias sin futuro; resumiendo, un monótono calendario lleno de durezas y privaciones, marcado tan sólo por los días rojos de la batalla.”

¿Se está quejando Junger, el más prusiano de todos los soldados prusianos? Eso parecería, pero resulta que no; al final de ese mismo párrafo se lee: “Más templados que cualquier otra generación anterior en el fuego y las llamas, pudimos enfrentarnos a la vida duros como un yunque; en la amistad, en el amor, en la política, en nuestras profesiones, en todo aquello que el destino nos deparase. No todas las generaciones han sido tan afortunadas.”

El “afortunado” soldado de esa generación se convertirá en político, unido contra un enemigo real o imaginario, ahora a la vez interno —el reaccionario en Rusia o el comunista en Hungría, Italia o Alemania— y externo, para el alemán o el húngaro ese enemigo será el bolchevique ruso que intenta en los primeros años de revolución invadir Polonia y avanzar sobre Centroeuropa, sublevándose en Budapest, Berlín o Munich, de la misma manera que para el bolchevique ruso lo serán los soldados ingleses y franceses desembarcados en la Rusia europea o los marines norteamericanos desplegados en Siberia hasta la consolidación del regimen soviético. El político-soldado organizado tras un jefe al que obedece durante el conflicto, es bastante común en los primeros años de posguerra, en los que el final de la Gran Guerra no significó el final de las pequeñas. En los primeros años de posguerra nacionalistas polacos y alemanes combatirán por el control de Silesia; los rusos se enfrentarán en una guerra a tres y a veces cuatro bandos —rojos, blancos, anarquistas, independentistas de la periferia, milicias agrarias de autodefensa— hasta que venza el más implacable. Los Freikorps alemanes combatiran en el Báltico contra los bolcheviques, pero también contra los nacionalistas bálticos; los independentistas irlandeses, que ya habían intentado alzarse contra Inglaterra durante la Gran Guerra, con ayuda alemana, iniciarán una guerra de guerrillas que les dará algo parecido a una semiindependencia; Polonia y Finlandia se independizarán de una Rusia bolchevizada, pero lo hubieran hecho también contra una Rusia zarista o demócrata; mientras lo que queda del imperio otomano se convierte en una Turquía que se moderniza a través de la dictadura cívico-militar de Kemal Attaturk y combate contra Grecia para anular las fronteras fijadas por la paz.

La guerra no sólo desdibujará las diferencias de clase en muchos países sino también los límites entre conflicto y política. El soldado-político no creará partidos de cuadros sino movimentos de masas que llevan al mundo civil las lealtades de las trincheras —y también su brutalidad. Los hombres del frente, acostumbrados a morir sin discutir ni dudar, mirarán con desprecio a los dudidativos políticos profesionales que los mandan al combate desde la segura retaguardia. El socialismo de la preguerra, pacifista y parlamentario se convertirá en un comunismo agresivo que una vez llegado al poder, tratará a una buena parte de su propia sociedad, a campesinos tanto como a burgueses, como un enemigo a exterminar. Mientras el nacionalismo que adoptará el lenguaje y las formas revolucionarias en los años veinte y treinta llevará la lógica brutal de la trinchera a las calles de las ciudades.

Son muchos los personajes legendarios que, vestidos de uniforme, compartirán en la posguerra la portada de las revistas: un guerrillero, Michael Collins, y tres generales, Pildusky, Kemal y Mannerheim, ganarán la independencia de sus países a tiros. Para ellos las armas y la vida del soldado fueron sólo un paso en la creación de estados más o menos parlamentarios —y en caso irlandés y finés, democráticos. Pero hay una serie de movimientos y líderes que también nacerán en esa guerra, asumirán de forma total la herencia de las trincheras y llevarán el nacionalismo un paso más allá. Los nacionalismos radicales que durante un tiempo serán conocidos sobre todo por el nombre de su variante italiana, el fascismo, nacieron hace un siglo en ese frente. Su variante alemana será el nacionalsocialismo. Sus líderes no serán generales sino simples soldados, el cabo Mussolini y el Obergefreiter Hitler, dos hombres nacidos en las trincheras de la Gran Guerra de 1914, de la misma manera que esa guerra dio nueva vida a la carrera de otro hombre llamado Vladimir Ilich Lenin.

A cien años de 1914 se vuelve a hablar de guerra en nuestra Europa. Si la guerra que debía acabar con todas las guerras nos ha enseñado algo, esta vez deberíamos quedarnos en las palabras. Porque la gran lección de 1914 es que resulta más fácil empezar una guerra que acabarla.

Foto: Un soldado inglés y otro alemán comparten un cigarrillo en las trincheras, durante la Navidad de 1914.

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1 respuestas
Comentarios

  • Ramón Alejandro dice:

    Excelente ensayo, una verdadera lección de Historia y un lúcido psicoanálisis de la compleja mentalidad europea. Es decir, de esos hombres que creyeron haber alcanzado el más alto grado de humanidad, conocimiento y espiritualidad de nuestra especie antes de estar obligados en reconocerse como las bestias vestidas de seda que siempre fueron.