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Ruta de lecturas 2013

  • Dic 18, 201304:13h
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entrada al morro de santiago

Este año he regresado como lectora paciente y sistemática a ciertas zonas del siglo XIX y primeras décadas del XX cubano, después de algún tiempo de relativa distancia. He regresado con calma, con/vencida de buscar, de remover capas, intuyendo que habría una literatura-fragmento atascada en el limo. (La metáfora no es idónea, lo sé: la literatura más expuesta y desde luego, fundacional, ha estado realmente más atascada en el limo, aún en sus gestos de vanguardia: literatura territorial, enterrada o desterrada). Así que, para ser más precisos, he buscado una literatura desatada del territorio, con menos palmas y látigo de negrero… O más quejumbrosa, enfermiza, débil; más reconcentrada en el pliegue romántico-nihilista que en el romántico-patriótico.

Autores menores u obras menores de autores mayores. Paciencia y buenas dosis de optimismo para afrontar el schedule. Enfrentarme al cientificismo/nihilismo de los finiseculares cubanos, a tono con el mal du siècle; recuperar las huellas de Poe y Darío, de Darwin y Lombroso, de Max Nordau… Redescubrir la “inspección (poético) craneológica” de El frenologista romántico, de José Victoriano Betancourt; la Aventura de las hormigas de Esteban Borrero —y repasar sus relatos magníficos como “El ciervo encantado”—; las ironías cultistas de Francisco Calcagno; el prosaísmo anti-timorato, ulceroso, de Emilio Bobadilla —Ganga, la ciudad post-colonial de A fuego lento me parece, a ratos, la Habana de hoy. Releer la prosa exquisita de Tristán de Jesús Medina o, ya en el XX, el inventario patológico de Hernández Catá…

De entre los libros desenterrados recomiendo un raro ejemplar, en ciertos momentos más ingenuamente (post) moderno que muchos de nuestros autores contemporáneos: Cuentos del signo: la silueta negra (Jesús Montero Editor, La Habana, 1916), de Amado Méndez. Cada pieza del libro está contaminada por las extrañas presencias de eso que él llama “El Signo”: acaso los síntomas discretos y recurrentes del mal. Se trata de un esbozo de lo siniestro, a medio camino entre el lugar común naturalista y el horror fantástico. Mal escrito por momentos, y seguramente, por esto, olvidado, pero disfrutable por lo raro —su género es escaso en el repertorio cubano e inusual en el inicio de siglo republicano, obsesionado con la identidad y la crisis social.

Reproduzco aquí un fragmento del cuento “Enfermo” —un pedazo del delirio del moribundo, para tentar a posibles lectores, aunque advierto de antemano que la caza del libro es tarea de hábiles.

Parece que los crustáceos son llamados así entre otras cosas porque tienen el esqueleto por fuera. Es un hecho que a los crustáceos les da el sol, luego los crustáceos son hombres, con la diferencia que éstos tienen su esqueleto por dentro (Aquí el Signo).
La luz oscurece el firmamento y éste es el solio de las tinieblas. Todo sigue como antes y antes es hoy. Verdad. El sufrimiento es risible. Cantemos llorando y así sabremos cuál de los dos es menos perceptible; los dos casi son lo mismo, ambos producen lágrimas, llanto y risa, esto es, si se tiene corazón… No nos riamos de esa víscera y respetémosla. Siempre es una amenaza continua.
¡Que se parte! ¡que se salta! ¡que se ahoga!… y él continúa en su andar como golpe de caballo sobre suelo hueco.
(Otra vez el Signo)
Voy a crecer en el infinito a pesar de la pequeñez de la célula; porque cuando dirijo investigaciones hacia mi antro, son tantas las muecas que me hacen las enanas, que se horrorizan de sí mismas, se diseminan y me transformo instantáneamente en una disgregación atómica.
¡El trabajo que me cuesta recogerme a mí mismo! ¡A mí en mis células!
Uno, dos, tres… ¿ cuánto tiempo tardaré en reunirlas?
(Signo)
Te presentas ahora en son de paz como si fueras paloma.
Uno, tres, cinco. El horror de mis circunstancias me reanima; la fiebre me enfría. Soy tan ardiente ya como el hielo; es decir, como el aire líquido, un poco menos que tú, fuego; y has helado un alma: un alma es un… nombre. (Signo)
Las letras de molde son células del mundo.

2.
El 2014 es el año de Gertrudis Gómez de Avellaneda: hay que justificar partidas o presupuestos e, incluso, hay que aprovechar la celebración para salvar la ignorancia. Contraje, como se dice de una latosa enfermedad, el compromiso de escribir un texto sobre “Tula”, para un dossier por el 200 aniversario de su nacimiento.

Al leer casi toda su obra —que apenas conocía, inmunizada por años de malas enseñanzas— me contagié definitivamente de un avellanedismo textual, lejos de la disputa de cubanía o anticubanía o de los asedios romántico-biográficos…

Disfruté la agudeza de Avellaneda; su capacidad para modular la voz en cada género y la energía a cada circunstancia —pactó estratégicamente con el des(a)tino y la excentricidad, con la corte, la política y los amantes: descubrir su papel de “agente secreto” ha sido toda una sorpresa (véase el excelente blog “La divina Tula”). Lo más admirable, en fin, el ser una escritora profesional, por demás de éxito, sin la demanda plañidera de una lectura condescendiente, en calidad de mujer, o la apelación a un “lector natural”, al modo del exiliado sin gloria.

Sugiero leer su última novela, El artista barquero (1861), bastante desatendida por la crítica y por los intereses editoriales de la isla, ya que no ha sido republicada en Cuba hasta el momento. Vale la pena leer esta historia (a pesar de que el estilo se aleja del gusto contemporáneo), por el simple hecho de que fue escrita durante su estancia en Cuba en 1860, y allí no aparece el paisaje cubano en su concreción vívida, aún teniéndolo Tula al alcance de su ventana. No olvidemos que los nacionales habían insistido, al regreso de la poetisa, que ésta asumiera la misión de cantarle a la patria, a esa “virgen no tocada” que “ostenta sobre el hombro indio carcax”, como simboliza a Cuba José Fornaris. Difícilmente podría pedírsele algo más imposible a la viajera cosmopolita, recién llegada de su último tour de salud por los balnearios pirenaicos (historia de viaje que, por demás, publica en el Diario de la Marina apenas llegar a Cuba).

En El artista barquero Avellaneda se desplaza hacia el más sofisticado de los escenarios, la corte de Luis XV, donde vive Hubert Robert (pintor francés cuya vida amorosa recrea Tula como una Yourcenar aventurera), y coloca en Marsella a una familia cubana, aclimatada aunque melancólica.

El padre de familia, que por demás no es cubano, sino francés, pero que asume que la patria es eros y no geos, quiere reproducir a través del arte el lugar donde fue feliz (esa es su “monomanía”). Pero está claro que las buenas intenciones no bastan para hacer obra, ni al más patriota de los artistas: sólo un genio verdadero —en este caso, Hubert Robert— puede satisfacer la demanda nostálgica del emigrado, aunque nunca haya pisado tierra cubana. Que aquel que no haya visto Cuba, “ni aun en pintura”, sea el que logre copiar fielmente el paisaje insular, o mejor, hacerlo creíble, es por sí sola una idea desafiante. La “novelita” palaciega dice y no dice muchas cosas. Al final, la isla se recupera por la imagen; se suplanta con el fetichismo del arte, y una vez hecha cuadro, nadie se vuelve a quejar de melancolía.

3.
Y porque las obras del XIX a veces cansan, y porque los libros que los amigos te envían con generosidad no pueden aplazarse más, intercalé la lectura de Cuerpo a diario (Tse-tsé ediciones, Buenos Aires, 2007) de Gerardo Fernández Fe.

Si la novela El último día del estornino, que reseñé con placer hace más de un año, se disfruta sobre todo por su laberinto argumental (impulsado por construirlo, parece que se deslizan algunas palabras indóciles), el libro Cuerpo a diario se distingue por la pertinencia de las palabras, escogidas con la precaución de quien invoca fantasmas patéticos sin caer en el estertor efectista y mucho menos en el trance empático. Y por la pertinencia, desde luego, de los fantasmas elegidos, pedazos de una suma monstruosa engendrada por la maquinaria de la confesión religiosa, nutrida por la secularización de la intimidad moderna y asediada o impulsada por los totalitarismos.

Se invocan restos de la mayor de las anti-utopías posibles: el CUERPO (basta mirarse al espejo para saber que en ese no lugar reflejado no está la magia alada de las utopías). El cuerpo, ese lugar absoluto, “topía despiadada”, como diría Michel Foucault en “El cuerpo utópico”, y a la vez, como enseguida pasa a precisar el filósofo, el punto cero de todas las utopías, el origen del impulso que nos hace escapar de la carne, delirar.

En palabras de Fernández Fe: “De todas las utopías, la del cuerpo es la única a la que no le sobra el phatos. Des-esperar. Atribularse, tartamudear ante la piel, ante los pliegues del sexo —cualquiera de ellos-, además ante el tajo que inaugura la herida. Toda otra utopía a estas alturas merece la broma”.

Al parecer es la escritura íntima, reveladora del pliegue —como el espejo de aumento—, el último aliento de la utopía, porque hace creer en la prórroga eterna, en la suspensión del derrumbe, aún en su inminencia; la escritura en cuadernillo, casi piel; el diario de campaña, el diario del prisionero y del fugitivo, del condenado a muerte y del enfermo, del inmoralista y del confeso, del fascista y del pornógrafo… Escritura impostergable, escrita para la posteridad. Con el libro de Fernández Fe acudimos a una arqueología de anotaciones íntimas que el ensayista comenta con una sensibilidad y lucidez remarcable. Fragmentos de Ernst Jünger, Drieu La Rochelle, Wittgenstein, Ana Frank, Carlos Manuel de Céspedes, Rousseau, San Agustín, Benjamin, Paul Léautaud, Sade…, y como núcleo que imanta las piezas, la obsesión del propio autor por el personaje Martí —“Martí como novela en cada una de nuestras cabezas”— y su diario de campaña.

Mientras las bestias intentan huir de los corrales unos minutos antes del terremoto (leemos abrumadoramente en Cuerpo a diario), aquellos otros animales, reducidos a la esencia escatológica por los totalitarismos de casaca verde o roja, recuperan su zoé, su dignidad humana o su culpa, en una página ajada.

Mirta Suquet
Nueva York

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5 respuestas
Comentarios

  • Estimada Mirta:

    Hace ya tiempo que no tengo noticias tuyas. Espero que tanto tú como tu familia se hallen en buena salud.
    Leyendo tu bitácora encuentro tu comentario acerca de El artista barquero de La Avellaneda. Quería mencionarte (también para beneficio de tus lectores) que Ediciones La gota de agua, con motivo del Congreso Internacional celebrado en Miami este año en homenaje simultáneo a esta autora y a Gastón Baquero, re-editó en una edición muy hermosa, precedida de un estudio de Emilia Sánchez, ésta y otra novela de Tula: Dolores. También una antología de la poesía de Baquero en edición bilingüe. Estos y otros títulos se hallan disponibles en http://www.edicioneslagotadeagua.com/catalogoedicione.html y asimismo mediante otros distribuidores.
    Ojalá te sirva la información que comparto.
    Aprovecho para desearte felices pascuas de navidad y un próspero año nuevo,

    Rolando

  • Anónimo dice:

    Excelentes sugerencias, parecen textos que nos destascan de ideas preconcebidas respecto a literaturas nacionales.
    Todo un desafí de Suquet el sonsacarnos a encontrar esa joyita de cuentos del signo.
    El Hubert Rober de la Tula me hace recordar una canción de cubanísima esencia, “Romance en La Habana”, compuesta por el costarricense Ray Tico y magistralmente interpretada por Bebo Valdés. Así que…
    Gracias a Mirta, por iluminarnos tanto con estas sugerencias.

  • la loca del blog dice:

    Gracias por compartir este maravilloso texto. ¿Podria la autora adelantarnos quien va a publicar ese dossier sobre La Avellaneda? Solo para estar al tanto

  • Anónimo dice:

    Excelentes lecturas de una literatura, la cubana del XIX y principios del XX, que se debería revisitar más, para atentar contra la saturación de algunas voces hiperpresentes. El libro de G. Fernández Fe es magnífico. Un autor que siempre vale la pena leer.

  • a tomas dice:

    Magnifico! me muero por leer Cuerpo a diario.

    Gracias a Mirta Suquet y PD.