castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Hemingway y Stevens: una pelea

  • Nov 14, 201304:49h
  • 1 comentarios

hemingway-boxer-life

Estuvo lejos de ser la más disputada de la historia de la literatura. Pensemos, por ejemplo, en la riña entre Paul Verlaine y Arthur Rimbaud. Verlaine le disparó dos veces a Rimbaud, Rimbaud apuñaló a Verlaine… Eso sí fue una pelea seria. La de los escritores Wallace Stevens y Ernest Hemingway es, sin duda, menos intensa pero también menos conocida.

Stevens, el gran poeta norteamericano, era un hombre de una perfecta respetabilidad burguesa en su vida cotidiana. Trabajaba en una compañía de seguros y no solía disfrutar de la compañía de otros literatos, porque a su bella y respetable esposa no le gustaban. Es por eso que durante el verano el poeta solía pasar temporadas lejos de su señora, en la Florida, mucho antes de que el aire acondicionado civilizase la península. (La esposa de Stevens, la hermosa Elsie, es más popular de lo que parecería, pues en 1916 su perfil ganó una competencia del Departamento del Tesoro y acabó inmortalizado en la moneda conocida como “Winged Liberty Dime”).

Durante sus estancias floridanas, de las que salieron numerosos poemas, Stevens no era tan respetable como el resto del año y, aparte de beber demasiado, solía meterse con otros escritores. Hemingway también solía pasar temporadas en la Florida y había comenzado ya a desarrollar su fama de hombre rudo y temerario. Los detalles: año 1936, en una fiesta en Key West, Stevens acosó a Ursula, la hermana de Hemingway, diciéndole de forma insistente, con esa molesta insistencia característica del beodo, lo que pensaba de la hombría y de la escritura de su hermano. No sabemos qué la molestó más, pero la hermana acudió llorando a Ernest, que no estaba en la fiesta pero sí en la misma ciudad. Hemingway fue a pedir explicaciones al señor malo que había hecho llorar a su hermana, y que ya antes había hablado mal de él. Todo muy de patio de escuela primaria. Hubo una pelea en la Waddell Avenue. Todos los testigos concuerdan: Hemingway, a pesar de su fama de bronco, no la empezó. Un Stevens de 56 años lanzó el primer golpe. Y un Hemingway de 37 le tiró dos o tres veces al suelo, antes de quitarse las gafas —a instancias del público— y de que comenzase la pelea de verdad. Stevens conectó un gancho a la mandíbula del novelista pero, a pesar de haber boxeado en la Universidad, lo dió tan mal que en lugar de romper la mandíbula del rival se partió la mano. Hemingway prometió que no le contaría a nadie la historia, como si un escritor no fuera a contar una anécdota tan sabrosa, e inmediatamente después la incluyó veladamente en el cuento que estaba escribiendo, The Short Happy Life of Francis Macomber, aparte de presumir de ello en un par de cartas.

Que fuera Stevens quien provocase la pelea, aunque Hemingway le hubiera salido al paso, y la forma en que aquel poeta hermético solía ser agresivo no sólo con Hemingway sino también con DosPasos o Scott Fitzgerald (¿a quien puede caerle mal un tipo como DosPasos?), me ha llevado a formular un par de teorías complementarias sobre por qué Stevens odiaba a Hemingway.

La primera teoría es que Stevens, constreñido por su vida burguesa de empresa de seguros y oficinas respetables en Hartford, lo que deseaba era ser un intelectual bohemio y canalla, y a eso se consagraba en las largas tardes de verano floridanas. Hemingway, por su parte, presumía de ser el intelectual canalla, bebedor, broncas, viril, que Stevens era realmente pero suprimía en favor de una insípida vida burguesa…

Mi segunda teoría es que para Stevens una gran parte de esa fama, la de macho alfa de Hemingway, era impostada. En realidad, a pesar de sus poses de macho, Hemingway correría muy pocos riesgos a lo largo de su vida. En la Primera Guerra mundial fue camillero (y esa fue toda su contribución al esfuerzo de guerra aliado; junto a correr frente a los toros en San Fermín, su actividad más peligrosa). En la guerra de España fue corresponsal y sólo vio el frente en visitas guiadas, pero cuando le tocó contarlo lo hizo en una novela y una obra de teatro donde sus alter egos se comportaban de forma bastante más activa y riesgosa. Durante la Segunda Guerra mundial también se vestiría de soldado, pero de nuevo, a pesar de haber presumido de liberar su bebedero personal en París, está lejos del escritor-soldado que sí fue Malraux, piloto de caza en España, combatiente de la resistencia en el París ocupado… En Cuba, durante la Segunda Guerra mundial pero antes, había presumido de salir a cazar submarinos alemanes en su barca de pesca, cuando todos sabían que a lo que se dedicaba era a pescar y beber. A todos aquellos que prefieren el Hemingway de la leyenda al Hemingway real les recomiendo encarecidamente que se mantengan apartados de la biografía que hizo Anthony Burgess en 1978: Hemingway and his world.

Desde luego, gran parte de las exageraciones con que Hemingway construyó su mejor personaje no habían ocurrido cuando Stevens le dijo que no era un hombre y, borracho, acosó a su hermana en aquella fiesta. Lo que sí parece perfectamente posible es que Stevens supiera a través de sus amigos comunes, o más bien conocidos (¿tal vez Scott Fitzgerald?), que Hemingway, en París, en sus tiempos de corresponsal, cuando había comenzado a escribir, no había sido el tipo bronco que después afectaría ser, sino un escritor responsable, disciplinado, trabajador, que cumplía sus plazos con editores y redactores, un joven encorbatado que se inclinaba sobre su máquina de escribir tan seria y disciplinadamente como el empleado de una compañía de seguros.

Hay una nota al pie de esta pelea que protagoniza un cubano, el joven José Rodríguez Feo, quien le sacó a Stevens varios poemas para Orígenes y sostuvo con él una amplia correspondencia recogida en Secretaries of the Moon.

En una de sus cartas a Feo, Stevens señaló: “Yo… leo realmente mucho menos de todo lo que lee la mayoría de la gente. Es más interesante sentarse tranquilamente y mirar por la ventana”. Me dijo esto —le cuenta Feo a Peter Brazeau— para justificar el hecho de que no había leído a Hemingway. Esto es muy divertido porque es exactamente lo mismo que Hemingway me dijo. Después, cuando fui a ver a Hemingway a La Vigía, en las afueras de La Habana, donde él vivía, descubrí que tenía todos los libros recientes, todas las revistas, todo. Ambos estaban a la defensiva; pienso que Hemingway lo hacía por una razón diferente a la de Stevens. Pienso que Stevens era un gran lector, que leía muchísimo; si se revisan sus cartas se puede ver cuánto leyó, muchas cosas que no merecían ser leídas; cuando se reunía conmigo en Nueva York quería hablar de otras cosas que le interesaban a él como poeta. Pero en el caso de Hemingway, esta actitud era una actitud machista, de hombre duro: ‘Yo soy un hombre muy viril, no tengo nada que ver con la literatura, escribo, pero…’ En realidad, Stevens leía mucho más de lo que él decía; ahora, cuando leo sus cartas completas, me doy cuenta de que me engañaba siempre.”

“Cuando por primera vez le mencioné a Hemingway y lo de mi admiración —sigue Feo— se puso yo no diría que enfadado, pero sí molesto. Me dijo que no le gustaba Hemingway, me dio la impresión de que pensaba que Hemingway era una especie de persona horrible y ruda. Recuerdo el encuentro con Allen Tate [con Stevens, para tomar unos tragos un mes después de que Rodríguez Feo se encontrara por primera vez con Stevens, en 1947]. Allen Tate era, claro está, lo opuesto a una personalidad como la de Stevens. Me imaginaba a Tate y Stevens en una mesa; sin conocerlos, probablemente hubiera identificado a Tate como un intelectual, un profesor, o quizás un matemático. En esa mesa nunca hubiera pensado que Stevens era un poeta o un hombre que trabajaba con las ideas. No sólo por la manera de vestir. También en la conversación; Tate era el tipo de hombre con la clase de conversación que uno espera de un profesor; un poco pedante, sin ese sentido del humor y la broma que Stevens tenía.”

Despistado, el cubano ignoraba que ese odio literario tenía su origen en una barra de Key West. “Hemingway —le dice Stevens en una carta a Rodríguez Feo— no ha explotado lo grotesco de nuestras vidas”.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Publicado en
1 respuestas
Comentarios