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Amor de ciudad grande. Martí en Nueva York

  • Oct 29, 201317:50h
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A la memoria de Carlos Ripoll

El 19 de julio de 1980, día en que llegué por primera vez a Nueva York, el profesor Carlos Ripoll, que había ido a recibirme al aeropuerto La Guardia, me llevó a ver la estatua ecuestre de José Martí, a quien la escultora Ann Hyatt Huntington captara en el momento de su caída en Dos Ríos. El monumento disfruta de una posición privilegiada: al centro de una suerte de plazuela sobre el Parque Central y entre las estatuas, ecuestres también, de Bolívar y San Martín, domina la Sexta Avenida, o Avenida de las Américas, que viene a morir a sus pies. Desde su inauguración en 1965, ha sido lugar de peregrinación de los cubanos y, en los primeros años, hasta fue testigo de algunas confrontaciones entre exiliados y castristas.

El honor no es gratuito. Aunque en versos que lo demeritan dijera que “el mayor mal de los mundos es vivir en Nueva York”, y en diversos escritos se quejara de la dinámica voraz de la ciudad, de su prisa inhumana, de la crudeza de su invierno, de la avaricia de sus ricos y la miseria de sus pobres, Martí es el más neoyorquino de todos los próceres de América y de todos los grandes escritores de habla hispana. Su vida y su quehacer en Nueva York, que a veces se mencionan de pasada, son ingredientes fundamentales para entender su pensamiento. Él fue también el gran cronista de esta ciudad en el momento del pujante despegue que habría de convertirla en la metrópoli del siglo siguiente; de suerte que las Escenas norteamericanas de Martí, que constituyen un segmento tan apreciable de su obra, podrían llamarse, en gran medida “escenas neoyorquinas”. La primera imagen que muchos en América Latina se hicieron de Nueva York se le agradece a aquel menudo agitador cubano.

Martí había llegado a Nueva York exactamente un siglo antes que yo, en enero de 1880, a unos días de cumplir los 27 años. Aunque desconocido para muchos, lo precede alguna fama: de las denuncias que ha hecho en España de los abusos del régimen colonial al inicio de su destierro un decenio antes, de sus actividades políticas y literarias en México y Guatemala, de su falta de avenencia con el régimen español durante su corta estancia en la isla después del fin de la guerra de los Diez Años… Luego de un breve paso por Europa, estrena su segundo exilio en la ciudad donde los cubanos emigrados habían encontrado refugio y sostén desde hacía varias décadas.

En ese año de 1880, Carmen Miyares (santiaguera de origen venezolano y descendiente de los Paoli, héroes de la lucha por la independencia de Córcega) regenteaba una casa de huéspedes en el número 51 de la Calle 29 Este, a la que iría a vivir Martí a poco de llegar a esta ciudad. Ése era un barrio mucho más residencial entonces de lo que sería un siglo después, no muy lejos de Grammercy Park que, en esa época, era un enclave de la aristocracia. (Carmen Miyares mudó varias veces su casa de huéspedes y, salvo por cuatro breves temporadas, Martí vivió todo el tiempo en ella.)

La Calle 14

En enero de 1880, la colonia cubana de Nueva York es un hervidero. Se vive en medio del clima de lo que luego se conocería como “la Guerra Chiquita”: una nueva intentona independentista, preparada desde el exilio, que reinicia la subversión en la provincia de Oriente poco más de un año después de la Paz del Zanjón. El joven Martí no tarda en vincularse a la Junta Revolucionaria que tiene como uno de sus puntos de reunión la casa del general Calixto García, un piso interior que se encuentra en la esquina sureste de la 9na. Ave. y la calle 45; y casi enseguida es invitado a hablarles a los emigrados en una velada patriótica que tiene lugar el 24 de enero en el Steck Hall, salón que se encontraba en el No 11 de la Calle 14 Este, a mitad de cuadra entre la Quinta Avenida y Broadway, y en la que Martí lee lo que se tiene por el más largo de sus discursos, que le sirve de presentación —y le consagra como líder y orador político— ante la colonia cubana en Nueva York. El edificio no existe hace muchos años. En su aproximada ubicación se encuentran actualmente varias dependencias comerciales con una fachada ordinaria. Es un lugar por el que, en una época, yo transitaba bastante, y siempre que pasaba por sus cercanías no podía dejar de acordarme del memorable aforismo que le sirve de exordio a ese discurso: “El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente”.

la14

También en la Calle 14 —que era entonces una arteria principal de la ciudad, algo así como sería la Calle 42 mucho después—, pero del Oeste, estaba el estudio de Herman Norrman, pintor noruego, autor del único óleo de Martí que se conoce, y que compartía el espacio con el peruano Patricio Gimeno y el cubano Federico Edelmann (a quien todos llamaban Fico), casado con Adelaida Baralt, para servir a la cual Martí escribiría esa novela lamentable que es Amistad funesta. Adelaida era cuñada de Blanca Zacharie de Baralt que, en su ancianidad, en los años cuarenta del pasado siglo, escribió un testimonio muy ameno que tituló El Martí que yo conocí, en el que recoge numerosas anécdotas de la vida de Martí en Nueva York, así como de algunas familias cubanas que lo apoyaron y lo ampararon en esta ciudad.

Una de las viñetas de ese libro está dedicada al Hotel Fénix, muy frecuentado por cubanos, que ocupaba los números 211 y 213, también de la Calle 14 Oeste, y en el que se hospedó Carmen Zayas Bazán en su tercer y último viaje a Nueva York en 1891 cuando, desesperada ante la intransigencia de su marido, abandonó el apartamento que compartían y le pidió protección a las autoridades del consulado español para que la repatriaran a Cuba . Cualquiera que se proponga ir hoy “tras las huellas de José Martí” en Nueva York, tendrá que tener en cuenta estos sitios de la Calle 14, aunque hayan sido desfigurados por el tiempo.

Luego, el recorrido tendría que orientarse hacia el Sur, rumbo al Bajo Manhattan, con algunas escalas obligatorias. Una de las primeras sería el lugar donde estuvo el Hotel de Mme. Griffou (en el No. 21 de la Calle 9 Oeste) en el que tuvo lugar, en 1884, el encuentro de Martí con Máximo Gómez y Antonio Maceo (huéspedes ambos de ese hotel) que terminó en amarga ruptura. Éste es uno de los pocos edificios asociados con Martí en Nueva York que conserva la fachada intacta, aunque hace mucho que dejó de ser hotel para convertirse en casa de apartamentos. Recientemente se abrió en el sótano una especie de taberna-restaurante, con el nombre de “Hotel Griffou”, que intenta recrear un ambiente decimonónico y que resultaría más acogedor si no fuera por la música estridente que en nada armoniza con el lugar.

No lejos del hotel de Mme. Griffou, bajando por Broadway, se encontraba, a mano izquierda, en el No. 756 de esa vía, la revista América, en la que Martí trabajó en 1883 como colaborador, redactor y jefe de la sección de Literatura, y de la cual se convierte en director al año siguiente. En la acera opuesta, en lo que hoy es un muro lateral de una de las escuelas de la Universidad de Nueva York (NYU), correspondiente al No. 707 de Broadway, estaba el estudio fotográfico de los hermanos Mora, al que Blanca Baralt también le dedica una viñeta en su libro. Por los mismos años en que Martí vivió en Nueva York (de 1880 a 1895), José María y José Manuel Mora fueron los fotógrafos de la sociedad elegante, los famosos “cuatrocientos” que integraban la más exclusiva élite de la ciudad. Al parecer, el estudio era un ambiente frívolo, visitado por petimetres pendientes de la moda y de los últimos acontecimientos sociales que pasaban por allí a retratarse. También era muy frecuentado por elementos de la emigración cubana que, más dedicados a sus ocios o a sus negocios, se sentían tentados a ridiculizar la labor de Martí. Éste, enterado de los comentarios, se personó un día en el estudio (tal vez por el mismo tiempo en que trabajaba para la revista América) y les dijo: “yo sé que ustedes no me quieren bien, pero no obstante aquí vengo a que me retraten”. Martí no tardó en ganarse la simpatía y la admiración de los fotógrafos y de sus contertulios, según cuenta Baralt, a cuyo libro le sirve de ilustración un creyón que está basado en la foto de los Mora, acaso la mejor que se conserva de Martí.

En el Bajo Manhattan

Aunque el exiliado siente viva curiosidad por toda la ciudad que lo fascina y lo esclaviza a un tiempo, es en el Lower Manhattan —donde Nueva York se fundara casi tres siglos antes— que encontramos más lugares asociados al trabajo, literario y político, así como al mero ganapán, de Martí: el periódico The Hour, localizado en el No. 42 de Broadway (aunque, según Mañach, en 1889 se encontraba más al norte en el No. 52 de University Place), donde comienza a escribir crónicas de arte a poco de llegar; la imprenta de Thompson and Moreau, en los Nos. 51 y 53 de Maiden Lane, donde publica Ismaelillo en 1882; el local de la calle William No. 77, donde edita La Edad de Oro en 1889; la Casa Appleton and Co., editores y distribuidores de libros, que tiene un espléndido edificio correspondiente a los números 1, 3 y 5 de Bond Street y para la cual Martí tradujo, entre otras obras, Antigüedades griegas de J. P. Mahaffy, Antigüedades romanas de Wilkins, la Lógica de Stanley Jevons y la popular novela Ramona de Helen Hunt Jackson. Sus colaboraciones con la Appleton fueron bastante regulares entre 1882 y 1886.

En su libro Ámbito de Martí, Guillermo de Zéndegui dice:

“Martí recorrió en Nueva York el vía crucis del desterrado: solicitó afanosamente trabajo donde pudo, respondió a los anuncios que aparecían en los diarios en demanda de empleados bilingües; logró hacer para la casa Appleton and Company algunas traducciones, y aun trabajar regularmente bajo contrato; sentó plaza de oficinista en la firma Lyon and Company… y, por conducto de Luis Baralt, profesor del ‘City College of the City University of New York’… fue también maestro de la ‘Central High School’. Cinco veces por semana, durante dos años, concurría a sus aulas para enseñar español en clases nocturnas”.

Es también en el Lower Manhattan donde instala su oficina personal a partir de 1887, en el edificio marcado con el número 120 de la calle Front, a un paso de Wall Street: una estancia modesta de sólo veinte metros cuadrados, a la que se subía por una escalera de hierro, pero que, gracias a dos amplias ventanas, se llenaba de luz los días soleados. Las paredes estaban cubiertas de libros con apenas sitio para su propio retrato hecho por Norrman, unos bocetos de Estrázulas y de Edelmann y unas palmas reales de Héctor de Saavedra, además del retrato de su padre y el de Wendell Phillips, y un gran mapa de las Antillas. Puede decirse que este sitio fue un auténtico taller en el que Martí desempeñó en algún momento su triple función de cónsul de Uruguay, Argentina y Paraguay, donde escribió gran parte de su obra y en el que tendría su sede la dirección del movimiento político que habría de desencadenar la última guerra de independencia en Cuba. En ese lugar estaba también la dirección de Patria, el órgano del Partido Revolucionario Cubano, que Martí funda en marzo de 1892, periódico que él escribía casi en su totalidad y que luego no era remiso en ir a buscar a la imprenta y en cargar los fardos y ayudar a repartirlos en los puestos de venta: la bodega española y la tabaquería de Piña en el 97 y en el 105 de Maiden Lane, respectivamente; el restaurante Pollegre, en el 214 de Pearl Street; la tabaquería de Agüero en el No. 50 de Fulton Street, entre otros sitios.

El edificio de la calle Front se conservó hasta la década del 60, sin que ningún gobierno cubano mostrara interés en adquirirlo o conservarlo. En la remodelación de la manzana se reservó un pedazo de terreno como espacio público, donde se levanta un muro construido con los adoquines originales de la calle. El Profesor Ripoll recordaba que el edificio fue demolido cuando ya él se encontraba viviendo en la ciudad, aunque sin los recursos para intentar salvarlo. Me contaba que solía pasar con frecuencia por el lugar y, casi a punto de que lo derribaran, subió un día al apartamento vacío donde había estado el estudio de Martí (el 13) con la misma unción con que se peregrina a un santuario. Posteriormente, cuando ya estaba en pie el moderno edificio que ocupa casi toda la manzana, él mismo hizo esfuerzos por colocar una tarja conmemorativa en su vestíbulo o en el muro de la plazuela; pero los propietarios no dieron su autorización aduciendo que ya se la habían negado antes a muchos otros. Más de treinta años después, el Centro Cultural Cubano de Nueva York recibió la misma negativa.

Bath Beach

En el verano —y a veces en otras vacaciones— Carmen Miyares solía alquilar una casa de temporada en Bath Beach, una playa de Brooklyn, no lejos de Coney Island. El propio Martí describe la casa como un cottage, pintado de blanco, que le servía de remanso siempre que no se llenara de visitas, como ocurría en ocasiones. En esa época se llegaba a la playa —que era un balneario bastante frecuentado— en unos vaporcitos que iban desde Battery Park, a pocas cuadras de Front Street, y que conectaban a los pasajeros con un tren que llegaba hasta Bath Beach: verdadero sitio de recreo en cuyas cercanías no faltaba algún hotel de lujo y que también contaba con una zona menos elegante (la “barranca de todos”) donde solían llevar a centenares de niños pobres algunas instituciones de caridad. Esta playa fue el escenario que inspiró a Martí “Los zapaticos de rosa” y de la que se conserva una foto de él con María Mantilla, la hija de Carmen Miyares, a quien Martí quería como a una hija. En la foto, tomada por algún fotógrafo ambulante, la niña aparece muy seria, ya que acaba de picarla una abeja, episodio que Martí registraría luego en sus Versos sencillos.

playa

Se debe a la constancia y minuciosidad de Carlos Ripoll el haber podido identificar la dirección exacta de esta casa donde vacacionaba Martí en Bath Beach (lugar al que puede llegarse en automóvil desde Manhattan por el túnel de Battery Park siguiendo una autopista que corre junto a la costa atlántica de Long Island), situada en la Avenida 18 y a unos 70 metros de la esquina de Bath Boulevard. Ni que decir que del Bloom Stead Cottage —cuyas señas le da Martí a Teodoro Pérez cuando éste se dispone a visitarlo en la playa en 1893— no quedan ni rastro. En el sitio donde estuvo la casa hay en la actualidad un solar yermo cercado donde se almacenan autos de uso. En el antiguo balneario aún se encuentran algunas casas que pueden haber estado ahí en la época de Martí, y en la “playa” misma —una explanada de asfalto con algunos banquitos y una especie de malecón que bordea la costa rocosa y a la que se tiene acceso por unos puentes peatonales que cruzan por encima de la autopista— sólo con la imaginación podemos ver a “las señoras como flores/ debajo de las sombrillas”.

No es temerario afirmar que Nueva York es para Martí una gran forja que ayuda decisivamente a templar su espíritu, que lo empuja a radicalizarse, en pro y en contra de tendencias éticas, estéticas, políticas… En medio de la corrupción que mina aún la sociedad norteamericana, aprende a distinguir el valor de la democracia, el respeto a la ley y al sufragio, el amor a la libertad que ha traído a inmigrantes pobres y perseguidos a levantar una gran nación, de las injusticias que coexisten con el sistema. Le admira la pujanza de la modernidad que se ve en esta ciudad como en ninguna otra del mundo, pero le teme al filisteísmo que genera y a la codicia desbordada que es uno de los motores de ese progreso. Aunque él morirá sin saberlo, es un precursor, en muchos rasgos, del “liberal” neoyorquino que alcanzará su perfil más definido en el siglo XX.

En 1883 se inaugura el puente de Brooklyn y Martí escribe una larga crónica sobre el acontecimiento para sus lectores de Hispanoamérica: un artículo hermosísimo que hoy cubriría una página entera del New York Times y en el que prueba saber narrar con elegancia. Si bien es cierto que esta crónica no se ajusta al estilo periodístico de hoy, es de lamentar que la alteza de un discurso así se haya perdido en la prensa periódica de nuestros días, pues el artículo combina, de manera magistral, los pormenores que le interesan al lector (la longitud de los cables de acero y el peso que sostienen, la resistencia de las bases y el tiempo empleado en levantarlas, las vías de comunicación, férreas y peatonales, con que cuenta) con la belleza de un gran estilo asistido, al mismo tiempo, por el criterio que presidió toda su vida: la búsqueda de un superior estadio moral.

A esta crónica siguen otras que llenan páginas y páginas de sus Escenas norteamericanas: el entierro de Ulises Grant, la muerte de Longfellow, la semblanza del filósofo Ralph W. Emerson, la inauguración de la Estatua de la Libertad… que van plasmando para los pueblos de la América hispana la fisonomía de Estados Unidos y, especialmente, de la ciudad que, con un poco más de un millón de habitantes a fines del siglo XIX, ya se proyecta como una gran urbe.

A partir de aquel primer discurso en el Steck Hall, Martí va ganando crédito, primero como orador y, ya en la década del 90, como líder indiscutido de la emigración cubana. Estaban muy en boga entonces estos salones, auspiciados muchos de ellos por firmas comerciales, que se alquilaban para actos políticos y culturales. Como es fácil suponer, el 10 de octubre, la fecha del inicio de la primera guerra de independencia de Cuba, era para los cubanos exiliados de entonces su más importante conmemoración. Por varios años sería Martí el que clausuraría estos actos patrióticos. En 1883 y 1885, lo hará en el Clarendon Hall, situado en el No. 114 de la calle 13 Este; en 1887 y 88 en el Templo Masónico que se encontraba en la esquina nordeste de la Sexta Avenida y la calle 23, tristemente desaparecido como otros tantos edificios neoyorquinos de ese tiempo; y en el Hardman Hall (localizado en la calle 19 casi en la esquina nordeste de esa calle con la 5ta. Avenida) los discursos de 1889, 90 y 91.

Es en el Hardman Hall donde lo conoce Rubén Darío en 1893, quien describe el encuentro en un capítulo de su autobiografía:

“Fui puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por unas de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: ‘¡hijo!’.”

Y dice más adelante Darío: “Concluido el discurso, salimos a la calle. No bien habíamos andado algunos pasos, cuando oí que alguien le llamaba: ‘¡Don José!, ¡Don José!’ —era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso—. ‘Aquí le traigo este recuerdito’ —le dijo. Y le entregó un lapicero de plata. ‘Vea usted’ —me observó Martí—, ‘el cariño de esos pobres negros cigarreros. Ellos se dan cuenta de lo que sufro y lucho por la liberad de nuestra pobre patria’.”

Y concluye Darío su semblanza diciendo: “Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables”.

Pero en medio de todas las tareas que le consumen, Martí encuentra tiempo para hacer vida social, para aparecer por los salones de algunas amistades. A pesar de sus escasos medios económicos, se las arregla para hacer regalos de gran delicadez en ocasiones señaladas, especialmente a los hijos de sus amigos, y siempre estos regalos van acompañados de algún poema, de alguna nota afectuosa. Se interesa hasta el detalle por las vidas de los que ama, y ama a muchos. Si la ocasión es de pesar, allí estará él para socorrer o consolar; si es de alegría, no es remiso a compartirla como un niño. Cuando Blanca Baralt se fue a casar, él quiso que le mostrara el ajuar —que sólo era costumbre mostrárselo a otras mujeres— y se interesó en las prendas con una delicadeza y una curiosidad casi femenina o infantil, poniéndoles sobrenombres tales como el “sombrerito casto” o el “abanico perverso” con que posteriormente los reconocería. No era, en fin, ese hombre adusto que siempre decía aforismos para la posteridad, como alguna vez supusimos, sino un ser encantador que podía discutir de finanzas con un banquero y de pintura con un artista, y también comentar de frivolidades y de tiendas con mujeres, y de fábulas y cuentos de hadas con los niños. Una persona llena de simpatía por la vida y por los demás, a quien era difícil no querer y muchos menos olvidar.

Después del fracaso de la expedición de la Fernandina, en enero de 1895, donde ha estado a punto de ser arrestado por violar las leyes de neutralidad de Estados Unidos, Martí regresa a Nueva York casi como un prófugo. No volverá a vivir en la casa de huéspedes de Carmen Miyares, estrechamente vigilada por los agentes de España, sino que se hospeda en la residencia del Dr. Ramón Luis Miranda, su amigo y su médico (que también es el suegro de Gonzalo de Quesada, quien habría de ser su albacea literario). La casa del Dr. Miranda se encontraba en el número 116 de la Calle 64 Oeste, a dos puertas de la casa de los Baralt, en los terrenos donde ahora se levanta el Lincoln Center, y sería allí donde Martí habría de pasar sus últimos días en la ciudad.

El 28 de ese mes, fecha en que cumple 42 años, los hombres de la casa lo sorprenden con una cena, que tiene lugar en el restaurante Delmónico, uno de los preferidos de Martí, situado en la esquina de la Quinta Avenida y la Calle 26, en un edificio demolido hace mucho. Asisten a la cena el Dr. Ramón Luis Miranda, su sobrino Luis Rodolfo, Gustavo Govín y Gonzalo de Quesada. Era, sin duda, una comida de familia, porque Gustavo Govín era cuñado del Dr. Miranda, y Gonzalo de Quesada, su yerno. Luis Rodolfo Miranda cuenta en un libro, Reminiscencias cubanas de la guerra y la paz, publicado en Cuba más de cuatro décadas después, algunos detalles de aquella reunión, que tiene lugar en un reservado del restaurante y en la que él tiene el privilegio de sentarse a la derecha de Martí.

delmonicos

Para entonces, Delmónico hace mucho que es un nombre señero entre las casas de comida de Nueva York, donde ya existen varios establecimientos de ese nombre, derivados todos ellos de un inmigrante suizo (Lorenzo Del-Monico), a cuya muerte, en 1881, Martí escribe un prolijo obituario que se publica en La Opinión Nacional de Caracas y en el que resalta la importancia del hombre a quien Nueva York le debe su ingreso en la haute cuisine: “En estos tiempos prodigar es vencer; deslumbrar es mandar; y aquélla es la casa natural de los deslumbradores y de los pródigos; en ricas servilletas las botellas húmedas; en fuentes elegantes manjares selectos; en leves cristales perfumados vinos; en platos argentados panecillos suaves: todo es servido y preparado allí con distinción suprema”.

En este ambiente exquisito y rodeado del afecto y el calor de sus íntimos, de aquellos que ha logrado convencer de la necesidad que le obliga a enfrentar los peligros y privaciones que le aguardan en breve, se despide Martí de Nueva York, la ciudad donde llegara a convertirse en el hombre que ha de reconocer la posteridad. Al día siguiente de esta cena firma la orden de alzamiento general que dará inicio a una de las guerras más cruentas y costosas de América. El 31 toma el barco que ha de acercarlo a su destino.

Vicente Echerri
Nueva York

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8 respuestas
Comentarios

  • ~
    http://www.josemarti.cu/files/El%20puente%20de%20Brooklyn.PDF
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    http://es.wikipedia.org/wiki/Puente_de_Brooklyn
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    Literatura
    José Martí publicó en 1883 un artículo denominado El Puente de Brooklyn, en el periódico La América, sobre la inauguración del puente. Este artículo fue más tarde incluido en su libro Escenas norteamericanas, recopilado por su albacea Gonzalo de Quesada y Aróstegui. En el artículo, se destacan las comparaciones metafóricas entre ciertos animales (como la serpiente) y la estructura metálica del puente.
    ~
    http://en.wikipedia.org/wiki/Brooklyn_Bridge
    ~
    The Cuban poet José Martí wrote an article named “The Bridge of Brooklyn” for the magazine La América, published in June 1883, shortly after the bridge opened to the public.[58] The article was published in his book “Escenas norteamericanas”.[59] In the article, Martí made comparisons between certain animals (like snakes) and the structure of the bridge.[citation needed]
    ~
    [58] Martí, José. “El puente de Brooklyn”:
    ~
    http://www.josemarti.cu/files/El%20puente%20de%20Brooklyn.PDF
    ~
    Retrieved 2012-03-04
    ~
    [59] Sampath Nelson, Emmanuel (2005). The Greenwood Encyclopedia of Multiethnic American Literature: I — M. Greenwood. p. 2692. ISBN 978-0-313-33059-9
    ~
    // __ The Greenwood Encyclopedia of Multiethnic American Literature by Emmanuel S. Nelson (Oct 30, 2005)
    ~
    Hardcover: 2692 pages
    Publisher: Greenwood (October 30, 2005)
    Language: English
    ISBN-10: 031333059X
    ISBN-13: 978-0313330599
    Product Dimensions: 7.8 x 7.5 x 10.5 inches
    ~
    RCL

  • Cagüentó, Ptolomeo e Intransigente dice:

    “LOS OJOS ZARCOS DE JOSÉ MARTÍ”

    por José Prieto

    Martí tenía los ojos zarcos (azul, claro y puro) sin embargo, en las pocas fotos que existen de Martí no se percibe, ya que no existía aún la fotografía en colores.

    En mi juventud, siendo un estudiante del Instituto de Segunda Enseñanza del Vedado, yo residía con mi familia en un apartamento de la calle H #160 y también en el mismo edificio el “coronel Cantillo” veterano del glorioso ejército Mambí, muy respetado por los vecinos y venerado por la muchachada del barrio. En su modesto apartamento, mientras esperaba que corrigiera un escrito mío, noté tres cuadros pequeños –como de una cuarta- Uno de ellos era el rostro de Martí con una bandera cubana de fondo. Las bandas azules de nuestra bandera armonizaban con los ojos azules de Martí. Era la primera y única vez que he visto a Martí con ojos azules por lo que al notar su firma: Cantillo, lo felicité por el acierto de armonizar los ojos con la bandera…

    Repuso que así eran los ojos de Martí, lo que él sabía por haber sido secretario de Gonzalo de Quesada, quién a su vez había sido secretario de José Martí. Después me señaló los otros dos cuadritos: un paisaje en colores, como el recodo apacible de un río donde dominaba un verde intenso y otro que era solo un boceto a plumilla con firmes y diestros trazos. Y me hizo notar que ambos estaban firmados por… José Marti.

    Muchos años después, en el club San Carlos, de Cayo Hueso, durante una conferencia a la cual tuve la suerte de asistir, una investigadora norteamericana (posiblemente miembro del staff del club), mencionó durante la lectura de un detallado retrato literario los ojos “zarcos” de José Martí; que se publicó por su famosa visita a aquella ciudad-islote, entonces bullente emporio de fábricas de tabaco y familias enteras de tabaqueros cubanos expertos en las delicadas y numerosas fases de la confección de un “puro”. Hoy documentable en los archivos de la antigua ciudad de origen cosmopolita.

    En conversación personal con el Dr. Santiago Rey Pernas (eminente orador, Senador de la República y Gobernador de la Provincia de Las Villas) en un pequeño restaurante de la calle 8, en Miami… Ya anciano, le pregunté por los ojos azules de Martí y, se le iluminó el rostro al recordar con deleite: “… Yo no conocí a Martí, pero sí…, “Azulitos”, me decía el general Loynaz del Castillo, quién sí lo conoció.”

    Martí bien merece que se documente de una vez el azul de sus ojos. La Internet sería un instrumento idóneo. Tal como Cantillo, el sensible guerrero mambí, hoy los artistas podrán pintar el bondadoso rostro en justa armonía con la bandera por la que ha de morir. A pesar de su estilo preciso, Jorge Mañach en: “Martí el apóstol” menciona al paso (página 174) -ojos almendrados- (¿por decir: claros, o por un original en sepia?) Sin embargo, en las últimas páginas del mismo libro –las más terribles- escribe: “Ximénez de Sandoval, incrédulo, examina el cadáver; el práctico Oliva… un capitán… Chacón el mensajero, asienten que es Martí. Bajo la azul chamarreta ensangrentada, los papeles no dejan ya lugar a duda. Tenía –escribe Ximénez de Sandoval- “las pupilas azules…”

    Éste y otros excelentes artículos del mismo AUTOR aparecen en la REVISTA GUARACABUYA con dirección electrónica de:

    http://www.amigospais-guaracabuya.org

  • Raulmanny dice:

    Ese encuentro con Ruben Dario es algo que le llega al alma a cualquiera. Es buena la mencion que hace Vicente de que Marti era un hombre de menuda corpulencia. Nos ayuda a ponerlo en contexto. Pocos conocen que tenia los ojos azules. Siguiendo con el tono historico,recomiendo este link de fotos de España durante el sigle 19 en el que hay algunas de Cuba.
    Aparecen unos cubanos ha punto de ser fusilados por los militares españoles (la expedicion de el Virginius?)
    http://www.jotdown.es/2013/10/un-paseo-en-tres-dimensiones-por-la-espana-del-xix/

  • sonora y matancera dice:

    muy buen post. orgásmico para los martianos, imagino, y para los que consideran a nyc la meca, pues orgasmo múltiple.

    cuando viví en nyc, pasé por la estatua varias veces, siempre de casualidad, de paso. confieso que me agitaba estar allí, mirando aquel desastre de jinete cayendo vencido. siempre me iba de mal humor, mascullando como despedida algún insulto, a pepe, a cuba, o a mí misma.

  • Clara(Cordova)Perez dice:

    Gracias a Moises Asis por publicar en FB. este articulo tan interesante, muchas personas debian leerlo para, tener una idea del sacrificio de nuestro apostol, en el exilio.

  • Cloris dice:

    Muchas Gracias, a usted por enseñarme tantos pasajes de la vida de nuestro “Apóstol”.
    Agradecida.

  • jose L. Proenza dice:

    Todo lo referente a Marti emociona, que gran hombre, Cuba nunca se lo merecio, pero ahi esta su grandeza, ya lo dijo dadme la luz que ilumina y mata, que cosas tan sublimes, es nuestro primer mistico, y le doy las gracias al professor Echerri por tan buen trabajo, quiere usted ver gran belleza que ese poema al Niagara en la cual compara la Oda Herediana con el poema de Bello.
    Siga publicando escenas martianas,

  • a tomas dice:

    Gracias por el excelente recorrido y amor a Marti. Enhorabuena!