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De “Historia del lápiz”

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    Editor Jefe
  • Ago 23, 201310:26h
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Es evidente que yo tenía algo de razón en la discusión. Pero precisamente eso hizo que luego me sintiera triste: tener razón ante un niño.

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Está claro: no puedo hallar una patria configurándola con la vista, el oído, el olfato, la memoria; tengo que escribírmela, inventármela (no decir nunca: “mi patria”, sino “mi tipo de patria”).

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En mi presencia, ella sólo había hecho reproches bruscos y desdeñosos a su marido; las pocas veces que le dirigió la palabra. Pero en una breve mirada furtiva de ella a él, advertí de repente que aquello era puro “amor”.

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Por desgracia, cuando me critico a mí mismo no lo digo en serio.

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La idea de comunidad parece caduca, aunque muchos mentirosos- tristes-desesperados-descarados perseveren en ella. Y sin embargo, la sensación de comunidad está allí, muy hondo dentro de mí, “desde un principio”, y a veces se agudiza al oír una melodía banal en algún restaurante; entonces es una sensación de comunidad incluso con perros.

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Odio: no veo ningún detalle; desprecio: veo sólo los detalles.

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Él no se ha resistido a todas las tentaciones; no se ha reprimido siempre. Naturalmente, esto trajo consigo culpabilidad, pero también que se hiciera visible una meta.

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Las penas de la escritura: una palabra sale volando de todo el estiércol lingüístico y luego vuelve a posarse, pero ahora en el lugar correcto.

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Un así llamado “narrador”: en su narración oral, todos los que no son él mismo hablan, por así decirlo, con voces “de marica” o infantiles. Y luego se dice de alguien así que “cuenta muy bien las historias”. (También la mayoría de los que narran por escrito son tales “charlatanes de la mesa de al lado”).

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En el trato con los niños, los padres se vuelven necesariamente mentirosos; lo único importante es que la mentira no sea tan tiránica que los niños, por fuerza de la sugestión, se conviertan ellos mismos en mentirosos.

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Sin objetos no hay estremecimiento: lenguaje o colores sin objetos no me estremecen, salvo que el color sea el negro o casi negro de Mark Rothko (en Kandinsky, por ejemplo, ya no había ningún temblor —convulsión— de las cosas; luego vino el giro de sus dibujos tardíos: ¿no era eso expresión de un sufrimiento por no poder retornar a las cosas?

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Él observaba absorto a un ciego, que atravesaba el vestíbulo de la estación andando a tientas con el bastón y pronto chocaría contra una columna de cemento. Y él mismo chocó en su andar contra una columna, mientras el ciego, tanteando juguetón, pasaba junto a la suya.

De: Peter Handke, Historia del lápiz. Vida y escritura, Península, Barcelona, 1991, traducción de José Antonio Alemany.

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