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Sobre un verano memorable

  • Jul 26, 201311:26h
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cuartel moncada

Por estos días, hace 60 años, mientras Fidel Castro planeaba y ejecutaba su fallido ataque al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, yo aprendía a leer y a escribir en mi natal Trinidad, en la modesta casa de una maestra a punto ya de jubilarse.

Tengo presente ese verano desde la inocencia de quien se asoma por primera vez al conocimiento, en esa edad en que todo es fragante y jubiloso, sobre todo cuando se goza de buena salud y del respaldo de una familia acogedora y amorosa.

La casa donde aprendí las primeras letras era pequeñita como una casa de muñecas (de mayor era capaz de alcanzar el alero con la mano tendida), lo cual era insólito en Trinidad, donde la mayoría de las casas tienen altísimo puntal. Siempre pensé que la casa de Hansel y Grettel debe haber tenido unas dimensiones semejantes, aunque mi maestra no tenía aspecto de bruja. Era dulce y afable, si bien sabía imponer una severa disciplina. Sólo otra niña y yo teníamos el privilegio de ser sus alumnos ese verano y de iniciarnos a la lectura en una antigua y cuidada cartilla de la época colonial que, delante de la “A”, en el abecedario de la primera página, tenía un crucifijo que nos obligaba a decir “Cristo” antes de empezar el deletreo.

Los sucesos políticos que conmovían al país llegaban con mucha sordina al mundo de mi infancia. Recuerdo vagamente algún talante preocupado entre mis mayores, alguna discusión en torno a unos sucesos que me parecían ajenos y remotos. En algún momento le oí argüir a mi madre, sentados a la mesa, que el desempleo alentaba la rebeldía política. Ella habló de “brazos caídos” y me acuerdo de que fue la primera vez que oí esa expresión para referirse a la falta de trabajo. Ella creía que el gobierno —con el cual simpatizaba— podía eliminar o atenuar el descontento con la creación de empleos. Sospecho que es lo que debe haberle escrito a Batista en una carta que le envió por esos días y que el presidente respondió con un escueto texto telegráfico que ella conservó hasta la muerte entre sus papeles: “AGRADEZCO VUESTRO SINCERO MENSAJE DE ADHESIÓN”. A juzgar por estos detalles, el asalto al Moncada debe haberse visto en casa como un acontecimiento ominoso.

Me acuerdo de la luz que entraba a través de los balaustres de madera para iluminar la salita que nos servía de aula en aquel inolvidable verano del 53. La mujer que me enseñó a leer exigía la dicción más perfecta, cualquier torpeza o balbuceo se traducía en un golpe de regla contra los nudillos de mis manecitas de cuatro años. A ella debo el haber aprendido a leer muy bien, como para salvar sin titubeos las arduas lecciones de aquella cartilla, algunas de las cuales podían pasar por trabalenguas: “En el Guaurabo navegan guairos y aguaitacaimanes” o “Id a decir a Panchita Pitirre que su quitasol fue tarde porque a Concepción la mordió un ratón”.

Mi maestra, que había nacido en la última década del siglo XIX y que había ejercido el magisterio desde el gobierno de Mario G. Menocal (1913-1921), tenía una hermosa letra decimonónica que yo intentaba, con poco éxito, imitar. Sin embargo, siempre que escribo a mano reconozco en algunos de mis propios rasgos la influencia de esa primera caligrafía que, en su opinión, debía tener algún acento personal para llegar a ser reflejo del carácter.

No me acuerdo, a la distancia de 60 años, si los viajes a la playa o al campo, que habrían de ser diarios en otros veranos, interrumpieron en algún momento las jornadas de aquel aprendizaje, ni que el calor fuera agobiante. En ocasiones, un aguacero refrescaba el ambiente y convertía momentáneamente en arroyos las cóncavas calles de la ciudad. Mi madre solía llevarme cuando iba camino de su oficina y pasaba por mí cuando regresaba a casa para almorzar; y luego volvía a repetir el trayecto por la tarde. Algunas veces, se detenía a conversar con mi maestra, a indagar sobre mi aprovechamiento, o a hablar de plantas, de nutrición o de política. Uno de aquellos días salieron a relucir unos sujetos que mi madre calificó de “bandoleros”. Sospecho que debe haberse referido a los asaltantes del Moncada. Lo deduzco por la respuesta de la maestra: “es cosa de jóvenes, acuérdate que tú también has sido revolucionaria”.

Camino a casa, me dio por repetir esa palabra nueva y larga que hasta ese momento no conocía: “revolucionaria”, “revolucionaria”. Mi madre no pudo menos que echarse a reír. No sé bien ahora si llegué a preguntarle lo que significaba eso que mi maestra decía que ella había sido, pero no habría de tardar en enterarme. En Cuba se había vivido durante mucho tiempo en un clima de revolución.

Vicente Echerri
Nueva York

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