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La cercana lejanía

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    Editor Jefe
  • jul 15, 201323:50h
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por Rebecca Solnit

Se cuentan muchas historias acerca del artista Wu Daozi de la dinastía T’ang, a veces mencionado como uno de los tres grandes sabios de China: que ignoraba el color y pintaba sólo con tinta negra; que pintó de forma transgresora su propio rostro sobre una imagen del Buda; que pintó un halo perfecto de un sólo trazo sin la ayuda de compases, que pintó retratos de los dragones que causan la lluvia tan bien que las pinturas mismas exudan agua; que el Emperador le mandó a dibujar una hermosa región y le reprendió por regresar con las manos vacías, tras lo cual pintó un rollo de cien pies que replicaba todos sus viajes en un flujo continuo; que hizo todas sus pinturas de forma atrevida y sin dudas, pintando como el viento, de tal manera que la gente disfrutaba ver el mundo que salía de su pincel.

Siempre he recordado una historia sobre él que leí hace largo tiempo. Mientras mostraba al Emperador el paisaje que había pintado en una pared del Palacio Imperial, señaló un gruta o cueva, entró en ella y se desvaneció. Algunos dicen que la pintura también desapareció. En el recuento que recuerdo, era un prisionero del Emperador el que escapaba a través de su pintura. Cuando era mucho más joven vi otra versión de esa hazaña que me impresionó igualmente.

En un episodio de los dibujos animados del sábado por la mañana, El Correcarrimos y el Coyote, el eternamente esperanzado predador hace una trampa para el pájaro. En el punto en el que una carretera acaba en un precipicio, coloca una tela en la que pinta una extensión de la carretera, completa con un acantilado rojo a un lado y el guardabarrera del otro. El correcaminos ni se estrella en la pintura ni cae a través de la misma, sino que sigue corriendo y desvanece a lo largo de la curva pintada. Cuando el coyote intenta seguirlo, cruza y rompe la pintura, cae, es golpeado, y entonces, de nuevo, como siempre, resucita. Su puerta es mi pared; su pared es mi puerta.

Una criatura representa la gracia, la otra el deseo desenfrenado, como si fueran dos principios elementales que no pudieran mezclarse nunca, en cuerpo o espíritu. El Coyote Vil de Chuck Jones es una versión de la gran deidad creadora del continente norteamericano, el Coyote. Ese es el dios cuyos ojos y pene a veces se separan para perseguir sus propias satisfacciones, que a menudo es derrotado, ocasionalmente muerto, siempre resucitado y nunca aniquilado, que representa el principio cómico de la supervivencia. Pero sólo a medida que escribo me doy cuenta de que el pájaro es el maestro taoísta, como los maestros calmos a los que nada puede afectar en las historias de la vieja China. Andan en medio del fuego, a través de la roca y en el aire con idéntico aplomo.

Estas hazañas del pájaro y el pintor son paradójicas e imposibles, pero tan sólo literalmente, y sólo en algunos medios. La gente desaparece dentro de sus historias todo el tiempo. Vivimos en historias e imágenes, inmersos en las mismas como si fueran las marcas de tinta de Wu Daozi; respiramos en preposiciones y exhalamos otras historias. En occidente hemos sido confundidos por la afirmación de Platón de que el arte es imitación e ilusión; creemos que es un reino aparte, uno cuyo impacto es limitado, uno en el que no vivimos.

Palos y piedras pueden romperme los huesos pero las palabra nunca me dañarán, le gustaba recitar a mi madre, aunque las palabras la dañaban todo el tiempo, y detrás de las palabras las historia sobre cómo las cosas debían ser y cómo fracasaban, contadas por mi padre, por la sociedad, por la iglesia, por las mujeres felices de los anuncios. Todos vivimos en un mundo de imágenes e historias, y la mayor parte de nosotros nos vemos afectados por alguna versión de las mismas, y si tenemos suerte encontramos otras o hacemos algunas mejores que nos aceptan y bendicen.

Mientras escribía esto, mi amiga Annie me mandó una nota desde la isla de Pascua, donde estaba trabajando en una historia para la radio. Me escribió acerca de “magníficas praderas, volcanes durmientes, acantilados volcánicos inmensos cayendo sobre el mar y sobre esos magníficos, severos moais” —las grandes cabezas de piedra— “dispersas por toda la isla. No puedo dejar de pensar qué fue lo que empujó a los Rapa nui a construirlos y después cuando todo acabó, a concebir el culto del hombre pájaro.” Cientos de años después de la casi extinción cultural de sus creadores, las cabezas siguen provocando reflexiones; siguen dentro de nuestras cabezas; Annie me escribió y colocó el culto del hombre pájaro dentro de la mía.

Tras su devastador contacto con el mundo europeo, que comenzó en la Pascua de 1722, los Rapunui, la gente de la Isla de Pascua, hicieron del culto, con sus peligros y arbitrariedad, algo aún más central en sus vidas. Aquellos que tenían el don de la profecía escogían a los participantes en sus sueños. Ser soñado es algo peligroso. Los participantes debían nadar hasta un islote lejos de la costa, intentar recoger el primer huevo de golondrina de la temporada, nadar de vuelta, escalar un acantilado, sin romper el huevo. Los perdedores a veces se ahogaban, o eran devorados por tiburones, o caían del acantilado. El vencedor recibía un nuevo nombre y un aislado pero espléndido status durante el año, y su clan obtenía los derechos exclusivos para recoger huevos durante la temporada en la pequeña isla donde el huevo de golondrina había sido tomado.

El culto del hombre pájaro puede ser simplemente un caso extremo de las historias que tejemos todo el tiempo convirtiendo algo pequeño en un trofeo, un signo de estatus espiritual o social, una señal que te cambia la vida. Sólo la falta de familiaridad con el culto del hombre pájaro hace que nos demos cuenta de su arbitrariedad, dado que en nuestro mundo la gente muere intentando escalar montañas sin motivo alguno, acaba muerta por palabras que les insultan a ellos o a sus dioses, y reverencia a aquellos que han obtenido un premio entregado por un jurado caprichoso o porque una combinación de factores manda una pelota a una red o sobre una red.

Vivimos en sueños; vamos a aguas llenas de tiburones para realizarlos; convierten al huevo de una gaviota, también conocida como “la siempre despierta”, en algo en torno a lo que organizar toda una sociedad. El huevo de gaviota es pequeño, moteado y anodino. El dios que presidía sobre todo aquello era llamado el HaceHace. “Las cosas que soñamos…” escribía Annie. Convertirse uno en un hacedor es hacer el mundo para los demás, no sólo el mundo material sino el mundo de las ideas que dirige el mundo material, los sueños que soñamos y en los que vivimos juntos.

Como muchos otros que acabaron como escritores, desaparecí en los libros cuando era muy joven, desaparecí en ellos como alguien que entra corriendo en el bosque. Los que me sorprendió, y aún me sorprende, es que había otro lado en el bosque de las historias y la soledad, que llegué del otro lado del bosque y allí conocí gente. Los escritores son solitarios por vocación y necesidad. A veces pienso que la prueba no es tanto el talento, que no es tan raro como la gente cree, sino el propósito o la vocación, que se manifiesta en parte como la habilidad para soportar mucha soledad y seguir trabajando. Antes de que los escritores sean escritores son lectores, viviendo en los libros, a través de los libros, en las vidas de otros que son también las cabezas de otros, en un acto que es tan íntimo y sin embargo tan solitario.

Estos trucos de desapariciones son parte básica de los libros infantiles, que a menudo cuentan historias que son mágicas, porque se desplazan entre niveles y tipos de realidad, y cruzar de uno al otro es a menudo una iniciación al poder y la responsabilidad. Son en cierto sentido, alegorías ante todo para el acto de leer, de entrar en un mundo imaginario, y una vez allí de la forma en que el mundo donde realmente vivimos se compone de historias, imágenes, creencias colectivas, todas las dependencias inmateriales que llamamos ideología y cultura, las imagenes por las que paseamos entrando y saliendo todo el tiempo. En los libros infantiles son objetos inanimados que viven, estatuas que hablan, anillos y palabras de poder, talismanes y amuletos, pero sobre todo son puertas, particularmente en las historias en las que yo, como tantos niños, residí imaginativamente durante algunos años: Las crónicas de Narnia.

Leí una en cuarto grado después de que un maestro al que a duras penas conocía me la entregase en la biblioteca de la escuela. Aún puedo ver su bigote y la pared de libros. La leí y releí y después comencé a ahorrar para comprar los siete libros, uno a la vez. Los encuadernados en rústica llegaron de una librería encantada en medio de la ciudad, cuyo amable propietario me recompensó con una caja en la que cabrían los siete libros una vez pagase por el último de ellos. Aún tengo el juego en la caja, un poco manoseado aunque creo que nadie más que yo los ha leído. Cuando tomé uno de ellos hace poco, me di cuenta lo sucia que estaba la contraportada del libro debido a mis pequeños y sucios deditos de aquel entonces.

Mucho se ha escrito sobre los temas cristianos, las costumbres de los internados británicos y otros aspectos contenciosos de la serie, pero poco se ha dicho sobre sus puertas. Desde luego está el guardarropa en el primer libro que escribió C. S. Lewis, hecho de la madera cortada de un manzano crecido de semillas de otro mundo que, cuando los niños entraban en el mismo, se abría hacia aquel mundo. Dos de los otros libros presentan una puerta que se alza solitaria de forma que cuando la rodeas es sólo un marco, tres piezas de madera en un paisaje, pero cuando lo cruzas conduce a otro mundo. Hay la pintura de un barco que se vuelve real cuando los niños caen a través de su marco al mar y a otro mundo. Son libros y mapas que se convierten en reales cuando los miras.

Y después ahí está el “bosque entre los mundos”, en el libro El sobrino del mago, que cuenta la historia de la creación de Narnia tan encantadoramente que a veces pienso en ello como en una visión inmóvil de la paz. Es más sereno y extraño que el laborioso simbolismo del resto de los libros, con sus bestias parlantes, enanos, brujas, batallas, encantamientos, castillos y demás. El joven héroe se pone un anillo y se encuentra saliendo de una laguna al bosque.

“Era el bosque más silencioso que pudieras imaginar. No habían pájaros, insectos, animales, o viento. Casi podías sentir cómo crecían los árboles. La laguna que me había traído no era la única. Había docenas de ellas —una laguna cada pocas yardas hasta donde la mirada podía alcanzar. Podías casi oír a los árboles beber el agua con sus raíces. Este bosque estaba muy vivo.” Es el lugar en que nada sucede, el lugar de la paz perfecta; en sí mismo no es otro mundo sino una interminable extensión de árboles y pequeñas lagunas, cada una de ellas como un espejo por el que pasar a otro mundo. Es el retrato de una biblioteca, de la misma manera que todos los portales mágicos son alegorías de obras de arte, a través de cuyos umbrales entramos en otros mundos.

Las bibliotecas son santuarios del mundo y centros de mando del mismo: aquí en habitaciones silenciosas están las vidas de Caballo Loco y Aung San Suu Kyi, la Guerra de los Cien Años, las Guerras del Opio y la Guerra Sucia, las ideas de Simone Weil y Lao Tse, información sobre cómo construir tu velero o disolver tu matrimonio, mundos de ficción y libros para equipar al lector a reentrar en el mundo real. Son, idealmente, lugares donde nada pasa y todo lo que ha pasado es almacenado para ser recordado y revivido, el sitio en el que el mundo queda plegado en cajas de papel. Cada libro es una puerta que se abre a otro mundo, que puede ser la magia a la que todos esos libros infantiles están aludiendo, y las bibliotecas son una Vía Lactea de mundos. Todos los lectores son Wu Daozi; todos los libros imaginativos, absorbentes, son paisajes donde los lectores se desvanecen.

El objeto que llamamos un libro no es el libro real, sino su simiente o potencial, como una partitura musical. Existe plenamente tan sólo en el acto de ser leído; y su hogar real está dentro de la cabeza del lector, donde la simiente germina y la sinfonía resuena. Un libro es un corazón que sólo bate en el pecho de otro. La niña que fui antaño leía constantemente y apenas hablaba, porque era ambivalente acerca de los méritos de la comunicación, sobre los riesgos de ser burlada, castigada o expuesta. La idea de ser comprendida y animada, de reconocerse a sí misma en otros, de afirmarse, a duras penas se le había ocurrido a ella y tampoco la idea de que tenía algo que dar a los demás. Así que leía, tomando palabras en grandes cantidades, una novela infantil y después una adulta al día, durante muchos años, siete libros a la semana o algo así, devorando libros, ayunando en palabras, cargando pilas de libros de a casa desde la biblioteca.

Escribir es decirle a nadie y a todo el mundo las cosas que no es posible decir a alguien. O más bien, escribir es decirle al nadie, que eventualmente puede ser el lector de esas cosas, que uno no tiene a quien decírselas. Cosas que son tan sutiles, tan personales, tan oscuras que normalmente yo no puedo imaginarme diciéndoselas a la gente más cercana. De cuando en cuando trato de decirlas en voz alta y encuentro que aquello que se vuelve sensiblero en mi boca o no alcanza sus oídos puede ser puesto por escrito para completos extraños. Es dicho a completos extraños en el silencio de la escritura que se recupera y se escucha en la soledad de la lectura. ¿Es la soledad compartida de la escritura, es qué todos residimos separadamente en un lugar más profundo que la sociedad, incluso que una sociedad de dos? ¿Es que la lengua falla donde los dedos triunfan, diciendo verdades tan duraderas y matizadas que son casi imposibles de decir en voz alta?

Había comenzado en silencio, escribiendo tan calladamente como había leído, y entonces, eventualmente, la gente leyó algo de lo que había escrito, y algunos de los lectores entraron en mi mundo o me atrajeron a los suyos. Comencé en silencio y viajé hasta que llegué a una voz que era oida muy lejos —primero la voz silente que sólo puede ser leída, y entonces me pidieron que hablase en voz alta y leyese en voz alta. Cuando comencé a leer en voz alta otra voz, una que difícilmente reconocía, brotó de mi boca. Tal vez era más relajada, porque escribir es hablarle a nadie, y e incluso cuando lees a una multitud, sigues en esa conversación con el ausente, el lejano, el que aún no ha nacido, el desconocido y el que ya se fue para el que los escritores escriben, la multitud de ausentes que rondan alrededor del escritorio.

En algún momento del siglo XIX, una gitana le dijo a una pobre chica de campo inglesa que crecería hasta ser una escritora: “Serás amada por gente que nunca conocerás.” Este es el raro pacto con los extraños que se pierden en tus palabras y la parcial recompensa por la soledad que crea a los escritores y la escritura. Tienes una intimidad con lo lejano al alcance de la mano. Es como cavar un agujero hasta China y lograr salir del otro lado, la profundidad de esa soledad y después escribir un libro, me llevó a conectar con la gente de una forma inesperada. Era una increíble riqueza para alguien que había sido tan pobre.

Publicado originalmente en Guernica, el pasado 15 de mayo. Traducción del inglés: Juan Carlos Castillón. Foto: Sharon Beals.

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1 respuestas
Comentarios

  • Isis Wirth dice:

    Gracias también por este magnífico texto, y a Juan Carlos Castillón por la traducción.

  • matronize