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Descubrimiento del son jarocho

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    Editor Jefe
  • Jun 24, 201319:26h
  • 2 comentarios

jarocho

por Alain-Paul Mallard

A Chacaltianguis, pueblo ribereño del Sotavento veracruzano, habíamos llegado en lancha al caer la tarde.

El pueblo mira hacia el río y, ante el caserío, las aguas del Papaloapan se parten momentaneamente para abrazar una isla, verde de oscuros árboles de mango. La cuenca del Papaloapan es la tierra nativa de mi padre, la que lo vivifica y suaviza aún tras décadas de haberla dejado. Caminábamos por Chacaltianguis, por sus amplias calles de tierra, paseándonos con algunos parientes cercanos —citadinos ellos— de la familia de mi madre.

Una música comienza de pronto a insinuarse entre los grillos y, doblando en ángulos rectos, mi padre, con oído seguro, nos encamina hacia ella, que se va precisando y de pronto ya está allí, plena y festiva. Una música que incita a bailar. Viene de una casa encalada, sus puertas y ventanas abiertas a la noche.

Mi padre me alza en vilo para treparme al pretil, y quedo asido de los barrotes de la reja. Ante mí, un estrecho patio de cemento con un par de alados almendros de tronco enclenque. Más atrás, en el interior, varias siluetas oscuras, alineadas de espaldas, tocan una endiablada melodía. Un hombre de torso y antebrazos musculosos, el principal usufructuario del improvisado fandango, se mece vigorosamente en una mecedora.

Al vernos se levanta, inmenso, en camiseta, y en tres arrogantes zancadas ya nos abre la reja, nos insta a pasar, y la familia —tres los pálidos niños, cuatro o cinco los adultos— comienza a acomodarse en semicírculo ante los sudorosos jaraneros. De un ademán inapelable el gigante pide levantarse al par de mulatas jóvenes, que cierran sus abanicos y obedecen. Les manda traer vasos, arrastrar sillas.

Nunca los músicos se detienen, jamás retroceden ni trastabillan; arremeten con renovado ahínco.

Se sientan los imprevistos invitados; se sienta el anfitrión y el esbelto mueble cruje. Es el carnicero del pueblo.

Miro el anémico neón confusamente cortejado por zancudos, mayates, velludas palomillas. Miro los morosos ventiladores de pie cortando la noche en rebanadas. Al fondo de un corredor en penumbra un bulto impreciso se mece en una hamaca.

Miro las muchachas de párpados iridescentes, que han cedido sus lugares. Las sandalias de plástico. Miro, sobre el horizonte de la mesa, una ambarina ciudad de cervezas vacías.

Miro, casi con temor, los cuatro o cinco músicos, sus gastados botines, sus sombreros de palma, los paliacates empapados y la saliente nuez de Adán en cada cuello correoso. Rasgan salvajemente sus guitarras. Están borrachos. Son flacos. Dos se parecen mucho. Y parecen, decido, peligrosos.

Veloces y chillonas palabras cabalgan la música. Inasibles, se doblan y desdoblan y van a caer siempre justo donde deben. Es —hoy lo sé— la magia conjunta de métrica y rima:

Yo tenía mi cascabel
en una cinta morada
En una cinta morada
yo tenía mi cascabel

Y como era de oropel
Y como era de oropel
se lo di a mi prenda amada
a que jugara con él
allá por la madrugada

Una manaza con oro en los nudillos —casi sin uñas, como las suelen tener los carniceros— tamborilea en ritmo contra el brazo del sillón. A su alcance en el piso, a un costado del balancín, la fiera botella de aguardiente acecha el momento de volver a pasar de mano en mano, de boca en boca.

El decidor improvisa para mi madre algún piropo rimado —me recuerdo parado al lado de sus piernas, aferrado al pantalón blanco oloroso a toronjil; ella trata de apartarme en razón del calor— y entiendo que todo se me escapa.

Tendría seis años, no más. Y a los seis años era yo un niño taimado y encimoso que conversaba con las piedrecitas que recogía del suelo. La música, para mí, era Pedro y el lobo, eran unas cuantas canciones infantiles saliendo, siempre idénticas, de un tocadiscos…

Y ahí la música nace frente a mí: un tropel sonoro y dúctil que llena la casa, la noche, el pueblo, el río, el mundo.

Prieto, corpulento, cacarizo y brutal, el hombre se estira, me toma del brazo, me jala a su lado y sin mirarme me pone su pesada manaza en la cabeza. Anima a las muchachas a contonearse. Éstas se sacuden las sandalias y, en el reducido espacio entre nosotros y los músicos, zapatean descalzas una frente a la otra sobre el piso de cemento. Mis pies, por cuenta propia, comienzan a marcar tímidamente el ritmo. Huele a bravo sudor de caña, a Filt; huele, de golpe, a picantes olores femeninos.

El carnicero, potentado del pueblo, bien sabía pagarse de tanto en tanto algunas distracciones. Lo que nunca supo —o acaso sí— es que brindó a un niño retraído la experiencia musical más electrizante de su infancia, su mito fundador.

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2 respuestas
Comentarios

  • pedro dice:

    Hola. Soy un aficionado a la música tradicional. Resido en Murcia, España. Me gustaría saber de donde procede la foto del grupo de músicos, ya que estoy realizando un estudio sobre los guitarrillos o tiples a respecto de por que la foto me resulta interesante.
    Un cordial saludo

  • Anónimo dice:

    Alain P:
    Cervantes hubiera dado por “los morosos ventiladores de pie cortando la noche en rebanadas” lo mismo que yo por conocer ese “verde de oscuros árboles de mango” puedo asegurarte que no es poco. Gracias por tan hermoso texto.
    Axana