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Esto es el agua. Un discurso de graduación

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    Editor Jefe
  • May 15, 201321:59h
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por David Foster Wallace

Si alguien se siente con ganas de sudar, le aconsejo que lo haga, porque yo seguro que voy a hacerlo [murmura mientras se quita su toga y saca un pañuelo del bolsillo]. Saludos [¿”padres”?] y felicitaciones a los graduados de la promoción 2005 del Colegio Kenyon.

Están dos jóvenes peces nadando juntos y se cruzan con un pez viejo, que los saluda y dice: “Hola, chicos ¿Qué tal está el agua?”. Y los dos peces jóvenes nadan un rato y después uno de ellos mira al otro y le dice: “¿Qué diablos es el agua?”.

Este es el requisito estándar de todos los discursos de graduación estadounidenses, el despliegue de una pequeña historia didáctica o parábola. El cuento resulta ser uno de los convencionalismos menos tontos del género, pero si están preocupados, pensando que voy a presentarme aquí como el viejo pez sabio para explicarles a ustedes, los peces jóvenes, qué es el agua, por favor no lo estén. No soy el viejo pez sabio. El punto de esta historia sobre peces es meramente que las realidades más obvias e importantes son a menudo las más difíciles de ver y comentar. Dicho así, desde luego, esto suena como un lamentable lugar común, pero el hecho es que en las trincheras del día a día de la existencia adulta, los lamentables lugares comunes pueden tener una importancia de vida o muerte, o al menos eso deseo sugerirles en esta seca y hermosa mañana.

Desde luego, el principal requisito de un discurso como éste es que se supone que debo hablarles de su educación en el terreno de las humanidades, intentar explicarles hasta qué punto lo que van a recibir tiene un auténtico valor humano en vez de ser una simple recompensa material. Así que hablemos del cliché más persuasivo dentro del género de los discursos de graduación, que es que una educación humanista no consiste tanto en llenarlos con conocimientos como “en enseñarles a pensar”. Si ustedes son como yo cuando era estudiante, no les gustará oír eso, y tenderán a sentirse un poco insultados por la afirmación de que necesitan a alguien que les enseñe a pensar, dado que el hecho de que se hayan graduado de un centro educativo tan bueno como éste parece la prueba de que ya saben pensar. Pero voy a sugerir que el cliché sobre las humanidades no es en absoluto insultante, porque enseñar realmente a pensar, lo que se supone que debemos obtener en un lugar como éste, no gira realmente alrededor de la capacidad de pensar, sino más bien sobre la elección de en qué pensar. Si la total libertad de elección con respecto a qué pensar parece demasiado obvia para perder el tiempo discutiéndola, les voy a pedir que piensen en el pez y el agua, y que pongan entre paréntesis el escepticismo sobre el valor de lo totalmente obvio.

Aquí les va otra pequeña historia didáctica. Hay dos tipos sentados en un bar en medio de la remota Alaska. Uno de los tipos es religioso, el otro es un ateo, los dos están discutiendo sobre la existencia de Dios con esa especial intensidad a la que se llega después de la cuarta cerveza. Y el ateo dice: “Mira, no es que no tenga razones para no creer en Dios. No es que no haya experimentado todo el asunto de Dios y la oración. El mes pasado, por ejemplo, me vi atrapado lejos del campamento en medio de una terrible tormenta, estaba completamente perdido y no podía ver nada, a 50 bajo cero, y lo intenté: caí de rodillas en la nieve y lloré, ‘Oh Dios, si hay un Dios, estoy perdido en esta tormenta, y me voy morir si no me ayudas’.” Y, en el bar, el tipo religioso mira al ateo, extrañado. “Bueno, ahora sí creerás” dice, “Después de todo estás aquí, vivo.” El ateo deja los ojos en blanco. “No, tío, un par de esquimales pasaban por allí y me llevaron de vuelta al campamento.”

Es fácil pasar esta historia a través del análisis estándar de las humanidades: la misma experiencia puede significar dos cosas totalmente distintas para dos personas distintas, dadas dos creencias distintas y dos maneras diferentes de construir el significado a partir de la experiencia. Porque apreciamos la tolerancia y la diversidad de creencias, en ninguna parte de nuestro análisis humanista deseamos proclamar que la interpretación de un tipo es correcta y la otra falsa o mala. Lo cual está bien, excepto que tampoco acabamos hablando de dónde vienen esos patrones y creencias. Lo que quiere decir que vienen de DENTRO de los dos tipos. Como si la orientación más básica hacia el mundo y el significado de la experiencia estuviera de alguna manera conectada profundamente, como la altura o el tamaño del pie; o fuera automáticamente tomada de la cultura, como el idioma. Como si la forma en que construimos el significado no fuera en realidad una cuestión de elecciones personales, intencionales.

Además, está el asunto de la soberbia. El tipo no religioso está completamente seguro al descartar la posibilidad de que los esquimales que pasaban tuvieran algo que ver con sus oraciones. Es cierto, hay un montón de gente religiosa que también parece soberbia y segura de sus propias interpretaciones. Son probablemente más repulsivos que los ateos, al menos para algunos de nosotros. Pero el problema del dogmático religioso es exactamente el mismo que el del no creyente de la historia: una certeza ciega, equivalente a un encierro tan absoluto que el prisionero ni se da cuenta de que está encerrado.

El punto aquí es que creo que esto es una parte de lo que significa realmente enseñar a pensar. A ser un poco menos soberbio. A tener un poco más de conciencia crítica sobre mí mismo y mis certezas. Porque un amplio porcentaje de lo que tiendo a dar por sentado de manera automática resulta equívoco y engañoso. Lo he aprendido a las malas, como predigo que a ustedes, graduados, también les pasará.

He aquí un ejemplo de lo completamente erróneo de algo sobre lo que tiendo a sentirme automáticamente seguro: todo dentro de mi experiencia inmediata apoya mi profunda creencia en que soy el centro absoluto del universo; la persona más real, más viva, más importante que existe. Rara vez pensamos sobre este tipo de egoísmo natural, básico, porque es socialmente repulsivo. Pero viene a ser más o menos lo mismo para todos nosotros. Es nuestra posición por defecto, programada y conectada dentro de nosotros en el momento de nacer. Piensen en ello; no hay ninguna experiencia que hayan tenido donde ustedes no hayan sido el centro absoluto. El mundo tal y como lo experimentan está ahí frente a USTEDES o detrás de USTEDES, a la derecha o la izquierda de USTEDES, en SU televisor o SU monitor. Y así. Los pensamientos y sentimientos de otra gente tienen que serles comunicados de alguna manera, pero los de ustedes son inmediatos, urgentes, reales.

Por favor, no teman que me esté preparando para darles una charla sobre la compasión, el alocentrismo o las llamadas virtudes. Esto no es una cuestión de virtud. Se trata sólo de tomarme el trabajo de alterar o liberarme de alguna manera de mi configuración por defecto, profunda y literalmente egoísta, y ver e interpretar todo a través de esa lente propia. La gente que puede ajustar su configuración por defecto de esa manera es a menudo descrita como “equilibrada” [well-adjusted], algo que, les sugiero, no es un término accidental.

Dado el triunfante escenario académico, una pregunta obvia es cuánto de esta tarea de equilibrar o ajustar lo predeterminado implica al conocimiento real o al intelecto. Esta pregunta es muy tramposa. Probablemente la cosa más peligrosa de una educación académica —al menos en mi caso— es que facilita mi tendencia a sobre-intelectualizar las cosas, a perderme dentro de los abstractos argumentos de mi cabeza; en lugar de simplemente prestar atención a lo que está justo frente a mí, presto atención a lo que está dentro de mí.

Como estoy seguro de que ya saben, es extremadamente difícil estar alerta y atentos, en lugar de quedarnos hipnotizados por el constante monólogo dentro de nuestra propia cabeza (podría estar pasando ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación, he llegado gradualmente a comprender que el cliché acerca de las humanidades que nos enseñan a pensar es en realidad un atajo para una idea mucho más profunda y seria: aprender a pensar realmente significa aprender a ejercitar algún control sobre cómo y qué piensas. Significa estar consciente y suficientemente despierto para escoger cómo construyes el significado de la experiencia. Porque si no puedes ejercitar este tipo de elección en la vida adulta, estarás completamente empantanado. Piensa en el viejo cliché acerca de que “la mente puede ser un excelente sirviente pero también un amo terrible.”

Esto, como tantos clichés, tan patético y carente a simple vista de emoción, expresa una gran y terrible verdad. No es en modo alguno una coincidencia que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparen en la cabeza. Disparan contra el terrible amo. Y la verdad es que muchos de esos suicidas están muertos mucho antes de apretar el gatillo.

Propongo que esto es lo que se supone que debería ser el valor real, sin chorradas, de una educación en las humanidades: cómo no ir a lo largo de vuestra confortable, próspera, respetable vida adulta como un muerto, inconsciente, como un esclavo de vuestra cabeza y de vuestra programación por defecto para estar única, completa, imperialmente solo un día tras otro. Esto puede parecer una hipérbole, o una tontería abstracta. Seamos concretos. La verdad es que ustedes, estudiantes a punto de graduarse, todavía no tienen ninguna pista de lo que significa realmente “un día tras otro”. En general, hay muchas partes de la vida norteamericana adulta de las que nadie habla en los discursos de graduación. Una de esas partes implica el aburrimiento, la rutina y la frustración mezquina. Los padres y personas mayores que están aquí saben demasiado bien de lo que hablo.

A manera de ejemplo, digamos que es un día habitual de un adulto, y te levantas por la mañana, vas a tu trabajo, lleno de desafíos, trabajo de “cuello blanco”, de graduado universitario, y trabajas duro ocho o diez horas, y al final del día estás cansado y de alguna manera estresado y todo lo que quieres es irte a casa, cenar bien y tal vez relajarte un rato, y después meterte en la cama pronto porque, desde luego, tienes que levantarte al día siguiente y repetirlo todo, otra vez. Pero entonces recuerdas que no hay comida en casa. No has tenido tiempo de comprar esta semana debido a tu trabajo lleno de desafíos, así que después del trabajo tienes que coger el coche y conducir al supermercado. Es el final de la jornada laboral y el tráfico tiene que estar fatal. Así que llegar a la tienda te lleva más de lo debido, y cuando finalmente llegas allá, el supermercado está demasiado lleno, porque desde luego es ese momento del día en que toda la otra gente que trabajo también intenta acomodar la compra de comestibles. Y la tienda está iluminada de una forma odiosa y resuena con esa música muzak que te mata el alma o con pop corporativo, y es el último sitio donde querrías estar pero no puedes entrar y salir rápidamente; tienes que vagar a todo lo largo de los confusos pasillos demasiado iluminados para encontrar las cosas que quieres y tienes que maniobrar un carrito averiado en medio de toda esa otra gente cansada, apresurada con carritos (etc., etc., recorto cosas porque esta es una larga ceremonia) y eventualmente consigues todos tus productos del súper, excepto que ahora no hay suficientes cajas abiertas a pesar de que es la hora punta al final del día. Así que la cola para pagar es increíblemente larga, lo que resulta estúpido e irritante. Pero no puedes descargar tu frustración en la frenética chica que trabaja en la caja, que está sobrecargada de trabajo en un empleo cuyo tedio y falta de sentido cotidiano supera la imaginación de cualquiera de nosotros en esta prestigiosa universidad.

Pero de todas formas llegas finalmente a la caja, y pagas tu comida y te dicen “Que tenga un buen día” con una voz que es absolutamente la voz de la muerte. Entonces tienes que llevar tus horripilantes y endebles bolsas plásticas de la compra en tu carrito, el de la rueda loca que tira insanamente hacia la izquierda, a todo lo largo del repleto y desigual aparcamiento cubierto de basura, y tienes que conducir hasta casa en medio de un tráfico de hora punta, lento, pesado, repleto de SUVs, etc., etc.

Todo el mundo aquí ha pasado por eso, desde luego. Pero aún no ha sido parte de la verdadera rutina vital de todos ustedes, graduados, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

Pero lo será. Y también otras muchas rutinas monótonas, molestas, aparentemente carentes de sentido. Pero ese no es el punto. El punto es que entre esa mierda mezquina, frustrante, será exactamente donde tendremos que hacer el trabajo de escoger. Porque los embotellamientos y los pasillos repletos y las largas colas en la caja me dan tiempo para pensar, y si no tomo la decisión consciente de cómo pensar y a qué prestar atención, voy a sentirme molesto y miserable cada vez que tenga que hacer la compra. Porque mi programación por defecto es la certeza de que situaciones como estas tienen que ver conmigo. Con MI hambre, con MI cansancio y MI deseo de regresar a casa, y va a parecerme, como a todo el mundo, que el resto de la gente simplemente se mete en medio, me molesta. ¿Y quién es esa gente que me molesta? Y miren lo repulsivos que son en su mayoría, y qué estúpidos, vacunos, cansinos e inhumanos parecen en la cola de la caja, o qué molesta y grosera es la gente que habla a gritos en sus teléfonos celulares en medio de la cola. Y mira lo profundo y personalmente injusto que resulta eso.

O, desde luego, si me encuentro en mi programación por defecto de humanista socialmente consciente, puedo pasar el tiempo en medio del tráfico de la tarde disgustado con todos los grandes, estúpidos, SUV y Hummers que bloquean los carriles, y las camionetas pickup V-12, quemando sus derrochadores tanques de gasolina, egoístas, y puedo alargarme sobre el hecho de que las calcomanías patrióticas o religiosas siempre parecen estar en los vehículos más grandes, más desagradablemente egoístas, conducidos por los más feos [aplausos] (esto es un ejemplo de cómo NO pensar) y más insoportablemente egoístas, conducidos por los más feos, desconsiderados y agresivos conductores. Y puedo pensar en cómo los hijos de nuestros hijos nos despreciarán por derrochar todo el combustible futuro y probablemente fastidiar el clima, y lo malcriados, estúpidos, egoístas y desagradables que somos todos, y cómo la moderna sociedad de consumo simplemente jode, y todo eso.

Se hacen una idea.

Si prefiero pensar de esta manera en una tienda y en la autopista, bien. Muchos lo hacemos. Excepto que pensar de esa manera tiende a ser tan fácil y automático que no tiene que ser una elección. Es mi programación por defecto. Es la forma automática en que experimento lo aburrido, lo frustrante, las partes atestadas de la vida adulta cuando opero a partir de la creencia automática, inconsciente, de que soy el centro del mundo, y que mis necesidades y sentimientos inmediatos son los que deben determinar las prioridades mundiales.

El asunto es que, desde luego, hay formas completamente distintas de pensar sobre este tipo de situaciones. En ese tráfico, con todos esos vehículos parados y vagando ante mí, no es imposible que alguna de esa gente en los SUVs hayan estado en horribles accidentes automovilísticos en el pasado, y ahora los aterre conducir y que sus psicoanalistas les hayan ordenado conseguir grandes, pesados SUVs, de tal manera que puedan sentirse lo bastante seguros como para conducir. O que al timón del Hummer que acaba de cortarme el paso esté tal vez un padre cuyo hijo está dañado o enfermo en el asiento a su lado, tratando de llevar a su chico al hospital, y tenga una prisa mayor, más legítima, que la mía: en realidad soy yo el que está atravesado en su camino.

O puedo escoger obligarme a considerar la posibilidad de que alguien más en la cola del supermercado esté tan aburrido y frustrado como yo, y que alguna de esa gente probablemente ha tenido vidas más duras, tediosas y dolorosas que la mía.

De nuevo, por favor, no piensen que les estoy dando consejos morales, o que estoy diciendo que deben pensar así, o que alguien espera que lo hagan automáticamente. Porque es difícil, requiere voluntad y esfuerzo, y si ustedes son como yo, algunos días no podrán hacerlo, o simplemente no querrán hacerlo.

Pero muchos días, si son lo suficientemente conscientes como para tener la posibilidad de elegir, podrán escoger mirar de una forma distinta a esa señora gorda, abotargada, recargada que acaba de chillarle a su niño en la cola. Tal vez no siempre es así. Tal vez acaba de pasar tres noches seguidas sujetando la mano de un esposo que se está muriendo de leucemia. O tal vez esa misma señora es la empleada mal pagada del Departamento de Tráfico que ayer mismo ayudó a tu esposa a resolver un terrible, irritante, problema burocrático con un pequeño gesto de bondad administrativa. Desde luego, nada de esto es probable, pero tampoco imposible. Simplemente depende de lo que quieras considerar. Si estás automáticamente seguro de que conoces la realidad, y operas a partir de la programación por defecto, entonces tú, como yo, probablemente no considerarás otras posibilidades que no sean las molestas y miserables. Pero si aprendes a prestar atención, entonces sabrás que existen otras opciones. Serás capaz de experimentar una situación llena de gente, calurosa, lenta, como un infierno consumista, no sólo como algo significativo, sino sagrada, encendida con la misma fuerza que hay en las estrellas: amor, amistad, la mística unidad que tienen finalmente todas las cosas.

No es que esa cosa mística sea necesariamente verdadera. La única cosa que es una V mayúscula es que tú decides como vas a intentarlo y verlo.

Esta, propongo, es la libertad de una educación real: aprender a ajustarse, a ser equilibrado. Ustedes pueden decidir conscientemente qué tiene sentido y qué no. Decidir qué adorar. Porque hay algo más que es raro pero auténtico; en las trincheras cotidianas de la vida adulta, no existe nada como el ateísmo. No existe eso del no adorar. Todo el mundo adora. Lo única elección es qué adorar. Y la irresistible razón para escoger tal vez un tipo de dios o de cosa espiritual que adorar —ya sea Jesucristo o Alá, o puede ser Yahvé o la Diosa Madre de los Wiccanos, o las Cuatro Nobles Verdades, o algún conjunto inviolable de principios éticos — es que casi todas las otras cosas que adoras pueden devorarte crudo. Si adoras el dinero y las cosas, si son lo que realmente te aportan significado en la vida, entonces nunca tendrás suficiente, nunca sentirás que tienes suficiente. Es la verdad. Adora tu cuerpo, belleza y encanto sexual… y siempre te sentirás feo. Y cuando el tiempo y la edad comiencen a mostrarse morirás un millón de muertes antes de que ésta te alcance. De cierta forma, todos sabemos esto. Ha sido codificado en mitos, proverbios, clichés, epigramas, parábolas; el esqueleto de toda gran narración. El truco está en mantener la verdad frente a ti, conscientemente, de forma diaria.

Adoren el poder, y van a acabar sintiéndose débiles y asustados, y van a necesitar cada vez más y más poder sobre los otros para nublar vuestro propio temor. Adoren vuestro intelecto, ser vistos como gente inteligente: van a acabar sientiéndose estúpidos, un engaño, siempre a punto de ser descubiertos. Pero lo insidioso de estas formas de adoración no es que sean malas o pecaminosas, es que son inconscientes. Lo son por defecto.

Son el tipo de adoración en que resbalamos gradualmente, día tras día, siendo cada vez más y más selectivos acerca de lo que vemos y cómo medimos el valor, sin ser nunca plenamente conscientes de qué es lo que estamos haciendo.

Y el así llamado mundo real no los va a desanimar para que operen según la programación por defecto, porque el llamado mundo real de los hombres y el dinero y el poder tararea alegremente junto a una piscina de miedo, cólera, frustración, codicia y auto adoración. Nuestra propia cultura actual ha controlado esas fuerzas de forma tal que han rendido extraordinaria riqueza, comodidad y libertad personal. La libertad de ser todos señores de nuestros pequeños reinos del tamaño de un cráneo, solitarios en el centro de toda creación. Ese tipo de libertad tiene muchas cosas por las que congratularse. Pero, desde luego, existen muchas clases de libertad, y el tipo más precioso de aquel del que no oirán hablar mucho en el gran mundo exterior del querer y el conseguir… La libertad auténticamente importante implica atención, conciencia y disciplina, y ser completamente capaces de preocuparse por otra gente y sacrificarse por ellos una y otra vez de mil maneras insignificantes, nada sexy, cada día.

Esta es la auténtica libertad. Esto es ser educado y saber pensar. La alternativa es la inconsciencia, el actuar por defecto, la carrera de la rata, la constante y persistente sensación de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.

Sé que todo esto probablemente no suena divertido y despreocupado o tan grandiosamente lleno de inspiración como debería ser un discurso de graduación. Lo que es, hasta donde yo puedo ver, es la V mayúscula a la que se la ha quitado un montón de sutilezas retóricas. Desde luego, ustedes son libres de pensar lo que quieran. Pero, por favor, no lo dejen a un lado como uno de esos sermones tipo Dr. Laura. Nada de esto tiene que ver con la moralidad o la religión o el dogma o las grandes preguntas de la vida después de la muerte. La V mayúscula de Verdad se refiere a la vida ANTES de la muerte.

Es sobre el valor real de la educación real, que no tiene casi nada que ver con el conocimiento, y todo que ver con la simple conciencia; conciencia de lo que es real y esencial, tan escondido a plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que recordárnoslo una y otra vez.

“Esto es el agua.”

“Esto es el agua.”

Es inimaginablemente duro hacer eso, permanecer consciente y vivo dentro del mundo adulto, día tras día. Lo que significa que otro gran cliché resulta ser cierto: vuestra educación es realmente un trabajo que les ocupará toda una vida. Y comienza ahora.

Os deseo mucho más que mera suerte.

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Aquí está el texto del discurso en inglés. Fue editado también como librito, que debería repartirse gratis al llegar a la vida adulta. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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