castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

historia y archivo

PD en la red
  • abr 23, 201318:11h
  • 9 comentarios

fusilamiento

Aunque he olvidado su nombre —¿Julián, Francisco, Anselmo?—, conservo en la memoria el rostro risueño y coloradote de un campesino que iba mucho por casa hacia fines de los años sesenta, a quien mi madre llamaba “Guajiro” y yo —a sus espaldas, por supuesto— “El Muerto”.

El apodo con que lo bauticé hubiera parecido, a simple vista, contradictorio, pues pocas personas he conocido con tanta vitalidad. No obstante ser algo grueso, aquel hombre, que tendría poco más de cuarenta años, desplegaba una agilidad y una energía que sólo pueden originarse en la buena salud. A ésta unía una simpatía y un entusiasmo que enmascaraban muy bien el horror del que había sido víctima pocos años antes.

El Guajiro había estado entro los primeros campesinos que se alzaron en armas en el Escambray. Había pertenecido a la guerrilla de Osvaldo Ramírez, con quien había participado en algunas acciones notables. Una de las veces en que Ramírez burló el cerco del Ejército, el Guajiro, que estaba entre los hombres que le cubrieron la retaguardia, fue herido y capturado. Los soldados lo trasladaron al hospital de Manicaragua, donde no tardaron en empezar a intimidarlo.

—Tienes que reponerte, para que puedas ir por tus propios pies al paredón —nos contaba que le decía a diario uno de los enfermeros militares que lo atendían—, no nos puedes hacer la mierda de morirte en la cama.

Él pensó suicidarse para no esperar por el grotesco fin que le anunciaban y, en una ocasión, hasta llegó a arrancarse los vendajes y el suero intravenoso, después de lo cual lo ataron y lo mantuvieron custodiado el resto del tiempo. Aunque tenía una herida grave en una pierna —de la que quedaría cojeando un poco— su cuerpo respondió positivamente y, semanas después, reaprendía a caminar en los pasillos del hospital. Cuando estaban por darle de alta, lo trasladaron al campamento de Condado, donde empezaron sus interrogatorios.

—Yo trataba de hacerle ver al investigador que de mí tenía muy poco que sacar —nos dijo más de una vez cuando, presionado por mi curiosidad, contaba nuevamente su historia—. Que yo no era más que un guajiro que no aceptaba que le vinieran a ordenar la vida, que por eso me alcé; pero que no había conspirado con nadie ni pertenecía a ningún movimiento clandestino.

Sin embargo, no lograba convencerlos de su poca importancia y, durante dos semanas, cuatro investigadores se turnaban en un interrogatorio interminable para que no pudiera descansar ni un momento. Sólo podía dormir cuando iba al inodoro y aprovechaba la oportunidad para recostarse un ratito de la pared hasta el momento en que el guardia, impaciente, lo despertaba a sacudidas. Al cabo de unos días estaba inmerso en un permanente estado de fatiga en el que la muerte podría ser un alivio, muerte con que los investigadores no dejaban de amenazarlo.

—¡Con que te atreviste a levantarle la mano a la Revolución! ¿Eh?, pues, para que lo vayas sabiendo, eso lo vas a pagar con tu vida.

El sabía que las amenazas de matarlo no eran vanas y que muchos de sus compañeros de lucha habían sido ejecutados sin que mediara siquiera una parodia de juicio, de suerte que la noche en que le avisaron que lo fusilarían no se sorprendió demasiado. Como a las 7, uno de los oficiales había venido a su celda y le había dicho:

—Te fusilamos esta noche, pide lo que quieras de comer.

Las dos o tres veces que le oí contar la historia, yo no podía dejar de preguntarle cuál había sido su impresión, qué experimenta uno en esas circunstancias.

—Francamente, sentí miedo, pero el cansancio era más fuerte. Le dije al guardia que se olvidara de la comida y que me dejaran dormir por un rato. Él no podía entenderlo.

—No sé por qué te apuras. Dentro de poco vas a dormir bastante.

Pese a todo, dormía cuando fueron a buscarlo. Traían esposado a otro reo, a quien no conocía. A él también le pusieron las esposas y a ambos los subieron a un jeep que partió seguido por una camioneta con soldados: los integrantes del pelotón ejecutor.

Al cabo de dos o tres kilómetros, se detuvieron en medio del campo, junto a la tapia del viejo cementerio del pueblo. Había otro camión estacionado en el lugar. Cuando bajaron a los dos prisioneros, los faros de todos los vehículos se encendieron.

—Parecía que era el día. Habían hecho una zanja bastante honda de la que todavía unos guardias estaban sacando tierra y les quedaba por arriba de la cintura. Cuando los guardias salieron, nos llevaron a mí y al otro preso hasta el borde de la zanja. A él lo pusieron a mi derecha. Me daba la impresión de que las luces lo alumbraban más a él que a mí. Entonces lo miré de reojo. Era un guajiro como yo y no parecía tener miedo, aunque no sé si le pasaría lo mismo que a mí; porque tal vez yo parecía sereno, pero por dentro estaba en temblores.

Yo podía revivir esa noche de horror en la minuciosidad de su relato. Un momento después vino un sargento que, con cuerda y esparadrapo, le ató el brazo derecho al izquierdo de su compañero. A él, el pánico no lo dejaba articular palabra.

—Hubiera querido decirle a aquella gente que eran una banda de asesinos y que nuestra causa no se iba a acabar porque nos mataran; pero no podía hablar, me temblaba la boca, sentí vergüenza de hacer un papelazo. El otro sí era un bravo. Cuando oyó la voz de “preparen”, gritó a todo pulmón: “¡abajo el comunismo, muera Castro!”.

Un segundo después, él sintió la descarga y, sin saber cómo, se vio de repente dentro de la fosa, atontado, con una extraña humedad que empezaba a mojarle la camisa, aunque no sentía dolor alguno.

El jefe del pelotón se acercó a la zanja con una linterna, iluminó al otro y le hizo un disparo en la sien que le salpicó a él la cara de sesos. Luego fue moviendo lentamente la linterna hasta ponérsela frente a los ojos. Él no distinguía el rostro del oficial, pero sí el cañón de la pistola que casi le rozaba la cabeza. Le había llegado su última hora. Lo consoló, por un instante, pensar que todo sería muy rápido, que ni siquiera sentiría el ruido de aquel tiro de gracia. Fue entonces cuando oyó al oficial decirle con sorna:

—Maricón, si a ti no te vamos a matar.

Y él, que esperaba la muerte, perdió en ese momento el sentido y despertó en la enfermería del campamento. Al otro día vinieron a buscarlo y lo echaron desnudo en una de las famosas celdas frías, donde los dientes se le habían vidriado de castañearle tanto. A partir de entonces los interrogatorios siempre fueron sin ropa.

—Tú no sabes el valor de la ropa hasta que te ves, completamente en cueros, frente a unos tipos de completo uniforme que te interrogan y te interrogan…

Los investigadores no querían que alentara esperanzas.

—Lo de la otra noche no fue más que un ensayo, para que sepas bien lo que te va a pasar si no cooperas con nosotros. La Revolución te ha dado una prueba de su generosidad.

Pero él no tenía nada que contar, más de lo que ya les había dicho.

—Teniente, yo quisiera ayudarles; pero no sé nada. Soy un pobre diablo, apenas sé leer. Yo era un alzao, como usté sabe, pero no pertenezco a ningún grupo, ni conozco los planes de nadie.

—Tú eres un descarado que piensas que puedes jugar con nosotros. No te das cuenta de que gente mucho más inteligente y poderosa que tú no ha podido engañarnos. Si no te moriste la otra noche, ahora puedes tener una muerte peor.

La tercera vez que lo interrogaron, el teniente perdió la paciencia.

—Verás lo que te va a pasar ahora. De ésta sí no te escapas. Y le dio orden al guardia que se lo llevara.

Pero no regresaron a la celda fría. Lo sacaron desnudo al polígono, que era un hervidero de soldados entrando y saliendo en camiones, montando piezas de artillería o haciendo otras docenas de labores menudas. El intentaba cubrirse un poco, pero las esposas que le sujetaban las manos a la espalda no se lo permitían. Así atravesaron todo el campamento, en uno de cuyos extremos había unas tablas en el suelo que cubrían lo que, al parecer, era la entrada de un sótano; pero la escalerilla de mano por la que lo hicieron bajar no conducía más que a unos nichos cavados en la pared de aquella especie de sepulcro rudimentario. Los nichos tenían también unas puertas de madera que se superponían, de manera que permitían el paso del aire, pero no de la luz. Los guardias le quitaron las esposas y, a culatazos y empellones, lo obligaron a tenderse en uno de aquellos nichos —donde apenas cabía un hombre— sobre una nata pútrida repleta de gusanos. Cuando los guardias cerraron las puertas del nicho y del boquete de arriba, el preso —completamente inmóvil, sin poder escapar a la hediondez y al escozor de los gusanos, y con el techo de su encierro a solo unos dedos de la nariz— era, sin duda, alguien a quien habían enterrado vivo. Allí adentro, sin agua y sin comida, fue perdiendo la conciencia del tiempo. Cuando llegaba a ese punto de su relato, yo siempre le preguntaba:

—¿Y no pensaste en algún momento que podía ser verdad, que tal vez se proponían dejarte encerrado para siempre?

—Al principio, no. Creía que sólo querían asustarme, pero luego me fui acobardando hasta convencerme de que de allí me sacarían en los huesos.

No recordaba con exactitud los días que había estado en aquel inframundo donde, sólo muy rara vez, le llegaba un rumor de la vida que continuaba por encima de su cabeza. Ahora sabía, como muy pocos podrían saberlo, lo que era estar muerto, con humedad y con gusanos. Se había dado cuenta, empavorecido, de que él no era la primera víctima de aquel suplicio. La podredumbre sobre la que yacía era, sin duda, de otra persona que habían encerrado antes que él y que había comenzado a descomponerse allí mismo.

A las pocas horas, la sed y la incomodidad del cuerpo empezaron a atormentarlo, aunque nada lo atemorizaba tanto como la oscuridad, que acrecentaba por momentos la opresión del encierro. A ratos intentaba dormir, pero se lo impedía el constante escozor de los gusanos o las pesadillas que lo asaltaban en el sueño. Se acordaba entonces de aquel día de diciembre, poco antes del triunfo de la revolución, en que el Che Guevara había llegado a su finca con un partida de rebeldes y él les había cocinado un arroz con pollo que el comandante había juzgado insuperable. Todo ese asunto de la revolución lo había inquietado como algo que venía a perturbar su tranquila vida de agricultor; aunque tal vez fuera verdad que era el único modo de corregir ciertos abusos. El guerrillero argentino le había preguntado cuánto terreno tenía.

—No mucho, unas tres caballerías, pero dan bastante.

—¿No has pensado que te vendría mejor asociarte a otros campesinos en una cooperativa? Cuando triunfemos, ésa podría ser una de las soluciones del campo cubano.

El Muerto le había respondido, sin demasiado entusiasmo, que tal vez fuera así, y Guevara se había extendido en una charla sobre los valores del colectivismo agrícola y de lo que haría la revolución en el poder para promoverlo. Aunque no le dijo que el Estado esperaba adueñarse de su tierra, él se sintió alarmado, y le había respondido al jefe rebelde:

—Mire, Comandante, yo me siento feliz con la vida que llevo. Y si alguien quiere quitarme mi tierrita tendría que matarme.

El Che entonces le había dicho:

—Ten cuidado, guajiro, que ése es el camino de la contrarrevolución.

Era la primera vez que oía esa palabra —contrarrevolución— y hasta se sorprendió de que hubiera una cosa más nueva y radical que aquel movimiento que parecía tan seguro de triunfar y reordenar la vida de la gente; pero se alegró de que existiera esa posición contraria y se sintió afín a ella.

—Creo que ese mismo día me hice contrarrevolucionario, mientras oía hablar al Che Guevara de sus cooperativas. Pero me alcé antes de que intervinieran mi finquita y no me arrepiento.

Calculaba que había estado unos cuatro o cinco días en aquel encierro. Cuando lo sacaron estaba cubierto de llagas y el pelo se le caía en grandes mechones. Al parecer había contraído alguna infección en la piel y en la enfermería le untaron una pomada rosácea de pies a cabeza luego de que los guardias lo ayudaran a bañarse con chorros de mangueras. Sus compañeros de celda le dijeron que la podredumbre que lo infectó era la sangre corrompida de otro preso que se había desesperado en ese encierro y se había degollado con las uñas.

Él ciertamente era un resucitado, y se alegraba de serlo, pero había perdido la fuerza del cuerpo y sufría de depresiones y alucinaciones. El médico ordenó que lo internaran en un hospital psiquiátrico donde tardó mucho en recuperarse mediante un arduo tratamiento que incluyó docenas de electrochoques.

Nunca llegaron a celebrarle juicio. Estando en la clínica le llevaron a firmar unos papeles en que reconocía «su error» y, pocos meses después, lo liberaron con el consabido discurso de que la revolución le daba una segunda oportunidad. Y él volvió al Escambray, donde ya no había guerra, a trabajar en la finca de unos parientes. Pero ni aun entonces aceptó integrarse a una cooperativa, y una o dos veces por semana venía a Trinidad a vender carne y hortalizas en el mercado negro. Fue en esa época en que lo conocimos y, tan pronto se sintió en confianza, nos contó esta historia que yo le induje a repetir más de una vez.

A principio de los años setenta, el Ejército hizo una vastísima redada en la zona del Escambray y deportó a unas tres mil familias campesinas para el extremo occidental del país, donde ya existían comunidades enteras de personas consideradas desafectas. El Muerto cayó entre ellas, debido sin duda a sus antecedentes, pero acaso también a la actitud de independencia que había insistido en mantener. Al fin habían logrado colectivizarlo, obligándolo a trabajar como un peón lejos de su paisaje, en uno de los sitios más áridos y apartados de Cuba, donde no tardaría en morirse a causa de un ridículo accidente.

Para entonces, yo no vivía en Trinidad y había venido a pasar las vacaciones con mi madre. Desayunábamos juntos, y algo —algún plato, alguna carencia— me hizo acordarme de nuestro memorable proveedor.

—¿Qué es de la vida del Muerto?

—Muerto. —El juego de palabras la hizo sonreír, a pesar de que no podía ocultar un tono de tristeza—. Al parecer se cayó de un tractor. Un simple traspié y un golpe en la cabeza. La familia no llegó a verlo. Tuvieron que enterrarlo antes.

La noticia me ensombreció, y no pude dejar de pensar que eso de morirse y ser enterrado no era del todo inédito para aquel guajiro rubicundo y jovial. Mi madre pareció adivinar la razón de mi súbito ensimismamiento.

—Hay experiencias a las que no se sobrevive. El Guajiro nunca pudo evadirse de la noche en que lo fusilaron. Él contaba la historia una y otra vez para tratar de librarse de ella, pero no creo que lo consiguiera. Estoy segura de que nunca logró salir del horror de la zanja y de la linterna. Esperemos que ahora esté descansando sin ningún miedo.

Vicente Echerri
Nueva York

* Este relato fue incluido en Historias de la otra revolución, Miami, Universal, 1998.

Publicado en
9 respuestas
Comentarios

  • Tony dice:

    Formidable cuento, el cual me da entender el amor a la independencia y a “su tierra” que sienten los campesinos. Por algo Stalin mato’ a 23 millones de Kulaks (campesinos Rusos) que se oponian a ser colectivizado. Ejemplo clasico de la hipocresia del comunismo.

  • teresita diaz dice:

    Amiguito: Si por desgracia no hubiera vivido en aquel lugar y aquella epoca y no hubiera oido durante tantos anos los relatos de presos como “el muerto’ pensaria que estabas relatando una historia de ciencia-ficcion, y es asi como desafortunadamente despues de mas de medio siglo muchas personas opinan de estas narraciones, que son exageraciones, propaganda, pero bueno aunque no lo veamos algun dia la verdadera historia triunfara.La foto que pones me trae muchos recuerdos de aquellos anos de nuestra ninez de la cual teniamos lindos recuerdos que se vieron interrumpidos por ese tsunami que nos azoto y que todavia hoy sigue causando destruccion y muerte.en paz descansen todas esas almas.

  • ecumenico dice:

    por eso no quieren pero tampoco pueden soltar el poder….porque saben que son muchos los atropellos por los cuales tienen que responder…..

  • Memo Rojas dice:

    Tétrica, impactante y horripilante narración que solo puede hacerla el maestro Echerri. Felicitaciones mil.

  • ADVIL PM dice:

    Dito CLORO DIAZ…

    Espeluznante! Doblemente, porque no es ficción.

    Me recuerda lo que me contaba un tio que estuvo preso plantado por dos decadas. A ratos lo sacaban de su celda en la Cabaña para fusilarlo. Lo ponían frente al pelotón de fusilamiento y le disparaban salvas.

    Qué rabia da ver como estos cabrones se están yendo todos de muertes naturales y no van a enfrentar la justicia en una Cuba democrática.

  • Cagüentó, Ptolomeo e Intransigente dice:

    Para los que ya estan pensando que este tipo de historias deberian olvidarse y hacerse borron y cuenta nueva para lograr la unidad que tanta falta nos hace para acabar con la dictadura castrista, ojala que se pongan en el lugar de esas victimas y sus familiares, aunque sea por solo los minutos que les tome leer el articulo, para que comprendan que olvidar la historia es arriesgar a que se repita y volver a vivir los momentos mas malos del compartamiento humano. No se debe caer en la venganza pero si exigir la justicia y publicar estas historias para que se enteren los que las desconocen por haber nacido y crecido oyendo solo una parte de la realidad del daño que a Cuba le han hecho Castro y su gente.

  • Cloro Díaz Epóxido dice:

    Espeluznante.

  • Miguel Iturralde dice:

    Otra excelente historia de la mal nombrada “lucha contra bandidos”. Me imagino que para el glorioso ejército rebelde estas prácticas no se consideraban como torturas… lo de Guantánamo, sí.

    BTW, el a punto de ser fusilado en la foto era el capitán de la policía Alejandro García Olayón; el rebelde barbudo a la derecha, el capitán René Rodríguez, quien dirigió al pelotón de fusilamiento y después le dio un tiro de gracia en la cabeza a García Olayón.

    Saludos.

  • SAUCED2MIAMI dice:

    ¡Tremendo artículo !

  • matronize