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Billie Holiday

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    Editor Jefe
  • Abr 08, 201301:09h
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por Elizabeth Hardwick

“Los inenarrables vicios de la Meca son un escándalo para todo el Islam y una fuente constante de sorpresas para los peregrinos piadosos”. Como una peregrina en la Meca vivía yo en el Hotel Schuyler, en West 45th Street de Manhattan, junto a un joven homosexual de Kentucky con mejillas sonrosadas. Nos conocíamos de toda la vida. Nuestra amistad era tan violenta, obsesiva, crítica, envidiosa y cruel como la de cualquier pareja. A menudo me despertaba en medio de la noche, rabiosa ante cualquier pequeño delito que hubiera perpetrado durante el día. Su coercitiva limpieza me irritaba en ocasiones, como si sus costumbres no fueran su derecho sino un veneno peligroso para la vida, como el lento escape de una estufa de hotel. Sus ropas estaban listas en la cama para el día siguiente; y lo peor era su inquebrantable necesidad de limpiarse los dientes inmediatamente después de cenar. Esto significaba que no podía aceptar ninguna invitación fortuita, ninguna propuesta amorosa que apareciese sin anuncio previo, sin una concentrada desazón. Estas santas costumbres arruinaban su vida sexual, aunque, como un reloj, se le viera cada sábado por la noche en ciertos bares gay, bebiendo su ración de cerveza.

Mi amigo había desarrollado, allá en Kentucky, una pasión por el jazz. Ese estudio se apoderó de él y él lo adaptó a la metódica, intensa, dogmática ansiedad de su naturaleza. Aprendí de él esa pasión. Es una enseñanza curiosa que se graba en tu carne, dejando una cicatriz, un deseo nunca satisfecho, una herida en los sentimientos con la que es difícil vivir. Puede ser perturbador escuchar jazz cuando uno está preocupado, solo, con la persona “equivocada”. Pueden pasar cosas en tu vida que hagan que te rindas completamente. Sin embargo, bajo su control, puede decirse que es más fácil que te suicides escuchando “Them There Eyes” que el Opus 132. ¿Por qué será? “…the sea itself, or is it youth alone?”

Vivíamos en el centro de Manhattan, creyendo que el emplazamiento del hotel era una extraordinaria bendición. Vivir en una jungla ensombrecida en medio de las cosas: ¿cerca de qué? A una distancia paseable de todos aquellos lugares a los que nunca íbamos paseando. Pero era historia, ¿no? El enconado anochecer que caía por los huecos entre los edificios grises y rojos. Dentro el hotel era como la maleza, una pantanosa base irregular. Las taciturnas inconsecuencias de los viejos ocupantes del hotel, sus desilusiones y desapariciones. Vivían como si estuvieran en una casa recién robada, los cables cortados, su mundo saqueado, por ellos mismos, y además alegremente. No imaginen que no recibían nada a cambio. Tenían mucho, se los digo yo. Su insolencia los ponía por encima de sus préstamos automovilísticos, su amargas deudas impagadas, sus matrimonios malgastados.

Las pequeñas, fútiles tiendas que nos rodeaban nos explicaban lo poco que sabemos de nosotros mismos y lo intrigantes que son nuestros recuerdos e iconos. Recuerdo a los extranjeros de la ciudad, asombrados, tomando decisiones, intercambiando monedas y billetes por aquellas nada curiosas curiosidades, aquellas nada excepcionales novedades. La Sexta Avenida yace enterrada en los cajones, mesas de despacho, cajas, áticos y sótanos de muchos nietos. Ahí, ennegreciéndose, están los relojes muertos, los largos anillos ovalados para el meñique, las pulidas piezas de madera talladas hasta llegar a ser cabezas africanas de afilado mentón, los llaveros con el Empire State Building. Y para nosotros estaban las tiendas de música, abiertas durante gran parte de la noche, donde uno podía comprar viejos, rayados, desgastados discos de jazz —con las etiquetas de Vocalion, Okeh y Brunswick. Nuestras manos resbalaban en los estuches hasta que la piel alrededor de nuestros dedos sangraba.

Sí, estaban los discos, por aquel entonces nos parecían pecios de precio incalculable. Y los siniestros clubes de jazz de la 52nd Street. The Onyx, el Down Beat, el Three Deuces. En la esquina, saliendo de un taxi, o en el White Rose Bar bebiendo, estaban “ellos,” los grandes intérpretes con sus caras gastadas, morenas, enigmáticas a principio de la tarde, sus toses, sus labios rotos y sus ojos amarillentos; sus ropas, crujientes y brillantes y tan duras como las fibrosas plumas de un pájaro. Y ahí estaba: la “extraña deidad,” Billie Holiday.

De noche bajo la fría luz de la luna, alrededor de 1943, el boato de la ciudad era benigno. Los jóvenes adolescentes dormían y la única amenaza estaba en el paisaje, estética. Sucias salpicaduras en las alcantarillas, un chanclo negro perdido, un par de bragas blancas, tal vez arrojadas desde un coche en marcha. El libertinaje asesino acompañaba a la música, inseparable, piel y hueso. Y siempre su luminosa autodestrucción.

Estaba gorda la primera vez que la vimos, amplia, brillantemente hermosa, gorda. En aquel momento parecía que nunca volvería a ser una matrona, alguien real y sensible que llebava dinero al banco, firmaba papeles, tenía cortinas a la medida, trajes colgados y zapatos por pares, dorados y plateados, blancos y negros, listos. Qué extraña, traicionera aparición era esa, una locura, porque nunca fue una mujer menos esposa o madre, menos apegada; ni siquiera podía parecer fácilmente una hija. Poco recordaba la lastimosa dulzura de una jovencita. No, ella era reluciente, sombría y solitaria, aunque desde luego nunca estaba sola, nunca. Señorial, siniestra y absolutamente decidida.

Los labios cremosos, los párpados pesados, el violento perfume —y en su voz eles y erres tropicales. Su presencia, su canto, creaban una inflamada ansiedad. Largas uñas rojas y el sonido de las guitarras electrificadas. Ahí estaba una mujer que nunca había sido cristiana.

Hablar como parte de una audiencia blanca acerca de “conocer” aquel barroco y misterioso fantasma resulta inmodesto; y sin embargo hay muchas personas, discretas y razonables, que tienen pequeños pedazos de memoria que parecen haber sido personales. A veces recuerdan un intercambio de cualquier tipo. Y siempre la lasciva gardenia, llevada como una grande, blanca, hermosa oreja, la pesada risa, los dientes maravillosos, y la esplendida y arcaica cabeza, sacada del Egeo. A veces teñía su pelo de rojo y los rizos caían lacios sobre su cabeza, como sangre seca.

A principios de la semana los clubes estaban muertos, como se decía. Y el escalofrío del fracaso llenaba el lugar, visible en los ojos fríos de sus propietarios. Aquellos hombres, siempre cambiantes, se preocupaban por cálculos fútiles. A menudo mantenían su propiedad tan brevemente que uno a duras penas podía pensar que la tinta se había secado en la licencia. Comenzaban con la esperanza del embaucador y pasaban rápidamente a la torpeza del que quiebra. Los camareros —delgados, vigilantes, testarudamente corruptos, resentidos, ladrones silenciosos. Soldados vagabundos, borrachos y preocupados, músicos y algunas personas, mirándose espantados en los ojos, como si estuvieran a salvo.

Mi amigo y yo, peculiares y tensos, experimentábamos durante las noches tranquilas una alegría culpable. Entonces, mostrando nuestra fidelidad, parecía que una especie de tema se revelaba por sí mismo, que bajo el cristal opaco antiguos diseños de un mundo perdido podían descubrirse. La mente se esforzaba por recuperar los espacios en blanco de la historia, y nuestros ojos pálidos, gris verdosos se reflejaban en aquellas oscuras inconstantes piscinas sin recibir nada a cambio.

En su presencia, en aquellas tranquilas noches, era posible experimentar la profundidad de su incredulidad, sentir a veces la desagradable, horrible libertad de la rigurosa sospecha del destino. Y aún así el corazón siempre nos llevaba de vuelta desde el poder de su voluntad y su compromiso con el desastre. Una inclinación nacida de las malas experiencias la llevaban a vivir gregariamente y sin afectos. Sus talento y la brillantez de su mente se enfrentaban a la fuerza del vacío. Nada podía degradar aquel genuino nihilismo; y así, de alguna manera, es casi un deshonor imaginar que vivía en las letras de sus canciones.

Su mensaje era otro. Era estilo. Aquello era su significado desde que comenzó a los quince años. No cambia la victoria de su gran esfuerzo, el milagroso descubrimiento o recuperación de la oscuridad de su puro estilo el saber que se ejercitó con “I love my man, tell the world I do….” Qué extraño me parecía, casi sin balance, estar segura de que no amaba a ningún hombre, o a nadie. También, a veces, uno tenía la gélida percepción de que su propia gente, aquellos que la rodeaban, la temían. Una cosa de la que se sentía avergonzada —o más bien la confundía: no ser sentimental.

En mi juventud, en casa en Kentucky, había un sitio para bailar juntos fuera de la ciudad llamado Joyland Park. Durante el verano llegaban las grandes bandas, Ellington, Louis Armstrong, Chick Webb, a veces un viernes o un sábado o tan sólo por una noche. Cuando hablaba de las grandes bandas eso no significa que pensásemos en ellas como tales. No, formaban parte de las noches de verano y los puestos de venta de hotdogs y la piscina fétida por exceso de cloro, la montaña rusa chirriante, las viejas mesas de picnic dañadas por la lluvia, los columpios de hierro rotos. Y las bandas también eran parte de la ebriedad sureña, parejas metiéndose coca y whisky, vomitando, siendo infieles, enamoradas, desesperadas. Los músicos negros, con sus pesados instrumentos, sus tuxedos, simplemente estaban allí para darle ritmo a los traspies abrazados del fox-trot de aquella época.

Los autobuses de las bandas, aparcados en el campo, las caravanas en la que sufrían los cigarrillos tirados y las botellas, el calor, corriendo las carreteras, toda la noche, o descansando unas pocas horas en los barrios negros: la Vía Dolorosa del negocio del espectáculo. Llegaban finalmente, a ningún lugar, a grandes o pequeñas audiencias, a menudo con nosotros siguiendo el calendario del Parque, en otras ocasiones la masa saltaba al salón de baile. La banda de Ellington. ¿Y qué hacíamos nosotros, tan cerca, murmurando aquellas letras?

En los bailes de nuestra secundaria en el invierno, pequeños eventos, baratos, locales. Teníamos rizos, trajes de tafetán rojo, zapatos de satín con el tinte nuevo desvaneciéndose en los charcos; y sobre todo estábamos vestidas por nuestro feroz deseo de ser populares. Era como una manta que te agobia, como una tienda sin aire; sin aliento, sonrientes, permanecíamos con ojos ansiosos, cerca del piano, rondando a Fats Waller que había acudido desde Cincinnati para la ocasión. Peticiones, miradas pérfidas, adolescentes borrachos, profesores chaperón asintiendo: esto ofrecíamos a la música, mirándola, supongo, como algo inevitable, surgiendo sin esfuerzo del suelo común.

En la Calle 52: “Sí, recuerdo tu ciudad,” dijo ella, sin inflexiones.

Y recuerdo su perro, Boxer. Era una de esas mujeres que admiran a los perros grandes, abrumadores, impresionantes y les dan el cuidado y la cortés puntualidad que niegan a todos los demás. Varias veces la esperamos asustados en el bar del Hotel Braddock en Harlem. (Mi amigo, furioso y tenso con su nuevo, odiado, trabajo como “relaciones públicas,” estaba intentando sin éxito que su nombre apareciese en la columna de Winchell. Estábamos esperando para llevarla al centro a sentarla para unas hermosas fotos que Robin Carson tomó de ella.) En el Braddock, los porteros llevaban bandejas de carne para el perro a su habitación. Pronto, uno de sus amigos, de apariencia casi infantil, tan fácilmente acababan rotos los demás ante los poderosos, enérgicos horrores de su vida, uno de esos jóvenes llevaba al gran perro a la calle. Esos animales, dormidos en los camerinos, eran como tesoros esculpidos, dignos de la tumba de una reina.

La increíble enormidad de sus vicios. Lo escandaloso de los mismos. Uno debe merecer una gran destrucción. Su talento implacable y la opulenta devastación. Hasta que llegó su más pesada adicción a la heroína, apiló las piedras de su tumba con cantidades prodigiosas de scotch y brandy. Nunca estaba, en ningún momento del día, libre de ese consumo, nunca excepto cuando estaba dormida. Y no parecía sentir ninguna necesidad de abandonar, de cambiar. Con cólera fría habló de las varias curas que le habían impuesto, y decía, inclinándose, tan segura de sus derechos como si la hubieran robado: “Y tuve que pagar por ellas yo misma.” Salida de una condena en la Prisión Federal para mujeres de Virginia Occidental subió, hinchada por una dieta a base de patatas, al escenario del Town Hall para agarrar algo de dinero y comenzar de nuevo el mismo día de su liberación.

Aún así, incluso con ella, la autenticidad se interrumpía ocasionalmente. Una invitacion para chili —una orden improbable. Fuimos hasta una calle en Harlem justo cuando el sol del invierno oscurecía. Ventanas oscurecidas con pequeñas franjas de luces vigilantes encima de los umbrales. Dentro, los recibidores estaban oscuros y vacíos. Nosotros, nuestras caras blanqueadas por el frío, dentro de nuestros delgados abrigos, con guantes negros, llevábamos pegada la falta de confianza de los miembros de una secta yendo de casa en casa, una determinación glacial, tímida y a la vez pedante. Nuestra alarma y fascinación heladas nos llevaron hacia el vacío de un bloque de edificios muerto. La casa estaba cerrada por la policía y cuando entramos, murmurando su nombre, el policía nos miró con furiosa incredulidad. La policía la acosaba, pero por una vez no era su fiesta. En algún lugar, escaleras arriba, tras otra puerta había habido una catástrofe.

Sus propios discos sonaban una y otra vez en el tocadiscos; todo lo demás estaba callado. Todos los sitios en que vivía eran temporales, en el más puro sentido del término. Pero llenaba incluso a una oscura habitación de hotel con un peso mordaz, diabólico. En aquel momento estaba viviendo con un trompetista que comenzaba a ser conocido y que poco después desaparecería completamente. Era delgado como un palo y su adorable, redonda, clara cara, de asustados, brillantes, ojos redondos, parecía un sacrificio empalado encima de la caña de su cuello. Su hermano menor salió de la habitación. Permaneció de pie delante nuestro, indeciso entre varias confusas posibilidades. Pequeño, delgado, tal vez unos veinte y pocos, el joven estaba absorto en numerosas funciones. Era una especie de Hermes agitado, que lo mismo compraba cigarrillos, que corría rápido hacia la habitación, o que, casi inaudible en el teléfono, ordenaba o disponía algo con una voz ligera, temblorosa.

“La señora está un poco atrasada. Ha adquirido demasiados compromisos”. Gruñidos y toses desde el cuarto, En la luz amelocotonada, la pálido colofonia de un golpeado sofá era visible. Una concha, recién arrancada de cualquier crustáceo, estaba llena de colillas. Una media en el suelo. Y el disco, una y otra vez, con la brillante claridad de sus canciones. Humo y perfume y en algún lugar un corazón batiente.

Un invierno llevó un magnífico abrigo de lince, y con él puesto andaba, bella y amenazadora como un cosaco, arriba y abajo, atrapada en su vitalidad. A veces en su discurso irrumpían sueños pendencieros, historias de heridas que ella había inflingido con un vaso roto. Y en el White Rose Bar, mil cigarrillos interrumpían sus apariciones, apariciones que, no sólo por su esplendor, sino también por el mero hecho de producirse, parecían tener algo de magia. Esperar y esperar: en eso consistía perseguirla. Te sentías como un viejo caballo de tiro parado en la entrada, listo para la gélida carrera de medianoche a través del parque. Ella siempre estaba tras una puerta cerrada: la suerte de los adictos, sea cual sea su adicción. Y luego, por fin, ella debía salir, emerger entre polvos y vaselina, con el pelo ondulado con un rizador de hierro, guantes de satén, jersey de seda, flores: el caro martirio de la ‘artista’.

Por aquel entonces no había grabado muchos discos, y en la radio se la oía poco porque su voz no se correspondía con los gustos populares de la época. Sus actuaciones en los nightclubs eran una necesidad. Estar ahí noche tras noche era una carga; lo que no suponía una carga era, cuando se disponía a hacerlo, cantar a su manera. Sabía que podía, que ya dominaba el escenario, pero ¿por qué no hacerse la pregunta? ¿Eso es todo? Su trabajo, como tan a menudo les sucede a las personas de talento, fue adquiriendo gradualmente un tinte destructivo: están condenadas a repetir eternamente los momentos álgidos de su inspiración.

Llegó tarde al funeral de su madre. Al menos llegó, ferozmente correcta con un turbante negro. Algunos músicos de jazz estaban allí. La luz de la última hora de la mañana caía implacablemente sobre sus rostros nocturnos e inseguros. Durante el día aquella gente, todos menos Billie, tenían un aspecto furtivo, suburbano, como hombres de familia que trabajan un turno nocturno. Las marcas de una vida doméstica fracturada, las señales de una vida real que es en sí misma casi secreta para el artista, flotaban sobre la pequeña iglesia, uniéndose a la incómoda irrealidad.

Su madre, Sadie Holiday, era bajita y sentimental, sorprendida de ser la portadora de tales noticias al mundo. Hizo esfuerzos por meterse en la vida de Billie, pero no había lugar para ella ni era necesaria. De cuando en cuando creaba pequeños restaurantes que dirigía sin ningún talento y fracasaban rápidamente. Nunca alcanzó el objetivo de su vida, el sueño profesional, que era ser la “ayudante de camerino de Billie.” Las dos mujeres no se parecían, ni en la cara ni en el rostro. La hija era profundamente inteligente y encontró un trágico uso de ello en su astuta destrucción. La madre parecía enfrentarse cada día con la clara esperanza de un niño y acabar cada tarde con un desconcertado gemido de desilusión. Sadie y Billie Holiday eran una violación, una grieta en la estadística de la vida. La gran cantante era una de aquellas para las que se inventó la palabra changelling (niño cambiado por otro-NdT). Compartía su espectacular destino y estaba familiarizada con las fuerzas del mal.

Vivió hasta los ochenta y cuatro; o sería mejor decir que murió a los ochenta y cuatro. De “enormes complicaciones”. ¿Fue una vida larga o corta? Los “puntos altos” que buscó con tanta concentración desde luego siguen siendo un misterio. “Ah, yo culpo a Jimmy por todo,” dijo alguien una vez en un taxi, citando a su primer esposo, Jimmy Monroe, el dueño de un fabuloso club de Harlem cuando ella era joven.

Una vez vino a vernos al Hotel Schuyler, acompañada por alguien. Nos sentamos en aquella clara sordidez y no había nada que hacer y nada que decir y ella no quería comer. En medio del ansioso mutismo, sentí la más profunda melancolía en sus ojos negros, un abismo en el que cada pregunta caía sin respuesta. Murió en la miseria debido a las erosiones y los venenos de su ferviente, felón narcotismo. La policía estaba junto a su cama en el hospital, vigilando para que ella, en coma, no consiguiese un último viaje interior químico.

Toda su vida había transcurrido en la oscuridad. La luz caía sobre el negro, silencioso círculo de un café; la luna se deslizaba lentamente sobre las nubes. Trabajar de noche, sonreir, maquillada, en largos, sedosos, trajes, cantando una y otra vez. El objetivo de todo aquello no era sino vagar hasta acostarse cuando los primeros rayos de la luz del sol amenazaban los párpados teatrales.

Este texto fue publicado originalmente en The New York Review of Books, el 4 de marzo de 1976. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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1 respuestas
Comentarios

  • omu dice:

    ah… tremendo trip este texto, negro y fatal, full of brief beatiful brutal images. esa billie, la billie bilis. y buena traducción.