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  • mar 30, 201302:16h
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Manolito Carbonell había sido un hombre delgado, al menos eso afirmaban sus amigos y mi familia, que lo había protegido en tiempos de Batista, cuando se dedicaba a la subversión y la policía andaba en su busca para matarlo. Contábase —o lo contaba él mismo, acaso para ganar méritos en tiempos en que el pasado había empezado a reescribirse— que el temible coronel Ventura lo tenía al tope de su lista negra y que sólo el azar y la oportuna intervención de alguna buena gente lo habían librado de la tortura y de la exposición de su cadáver con un letrero en el pecho.

Yo, ciertamente, no lo recuerdo de esa época, sino de años después, cuando llegó a Trinidad como segundo jefe de las operaciones militares del Escambray en el momento en que los comunistas movilizaban a más de un centenar de batallones para aniquilar un foco de insurrección que había durado varios años. Entonces, el diminutivo cariñoso con que mi abuela insistía en llamarlo carecía de toda justificación: el capitán Carbonell era un hombre mofletudo y jadeante que exudaba prepotencia y ordinariez y que, con sus 250 libras de peso mal repartidas en un cuerpo mediano, y la continua obsecuencia de sus guardaespaldas, era exactamente lo opuesto a la imagen del líder estudiantil de la que alguna vez había presumido.

Se apareció en casa un domingo al mediodía, con el pretexto de que quería “almorzar en familia”. La presencia de la escolta con metralletas alarmó un poco al vecindario que, sabedor de nuestra antipatía por el régimen, acaso imaginó llegada la hora de nuestro arresto o, al menos, de algún registro en busca de armas o propaganda subversiva. Todavía había gente en las ventanas de las casas cercanas cuando, casi a las cinco, Carbonell se despidió afablemente de nosotros.

A mi abuela, pendiente del buen nombre de la familia, le preocupaba la opinión que podía generar aquella visita que, además, amenazaba repetirse, ¿qué ventajas podría tener significarse públicamente recibiendo a un hombre “tan comprometido con el régimen”? Un régimen que, en su opinión, no estaba destinado a durar.

Mi madre, en cambio, encontraba en la repentina reaparición de Carbonell una ventaja y hasta una coartada para sus actividades.

—Ojalá venga con frecuencia, eso nos libra de sospechas. Eso sí, tenemos que evitar que su visita coincida con los nuestros.

Los “nuestros” eran los colaboradores y emisarios de los alzados —que abuela insistía en llamar “prácticos”, término que era un rezago de la guerra de Independencia que ella había vivido de adolescente. Entre los “nuestros” también se contaban los que venían de La Habana y de otros lugares del país para incorporarse a la guerrilla y que, para la fecha, mi madre trataba de disuadir de lo que parecía una empresa sin futuro. Algunos llegaron a vivir en casa por varias semanas antes de ocultarse en sitios más seguros de donde, finalmente, pudieran regresar a sus lugares de origen o escapar al extranjero. Otros persistían en su proyecto y los “prácticos” se los llevaban un buen día hacia los campamentos de los alzados que, por la época en que Carbonell nos hizo su primera visita, el asfixiante cerco del Ejército tornaba casi inaccesibles. Siempre que alguien iba “para el monte”, mi madre aprovechaba la ocasión para enviar medicinas. Ahora la presencia del capitán Carbonell venía a agregar, paradójicamente, un elemento de peligro y sosiego a su labor conspirativa.

—Cálmate, esta amistad nos beneficia. Por el momento dejarán de chequearnos. Y hasta podremos obtener alguna información.

Y así fue. Seguíamos ayudando a los alzados, que cada vez eran menos, y enviándoles medicinas y latas de conservas cuando podíamos y, por supuesto, información de primera mano que el capitán Carbonell se ocupaba de darnos en sus largas sobremesas dominicales, en las cuales contaba, con minucioso sadismo, todos los horrores que cometía en su cuartel maestre de Rancho Consuelo: una amable granja de pollos que Antonio Aguirre había levantado en la desembocadura del río Cañas, convertida ahora en campamento militar, prisión y sitio de ejecuciones.

Me acuerdo de la última vez que estuve en Rancho Consuelo con unos amigos de los dueños, quienes esperaban que la granja llegaría a convertirse en un verdadero emporio: el nuevo concepto de la avicultura que terminaría por sustituir al más rudimentario de la “cría de gallinas”. Cuando Carbonell se residenció en la casa de los Aguirre —donde tenía una de sus muchas queridas— ya escaseaban los pollos y la “granja” pertenecía a la semántica de George Orwell. Ahora se trasegaba con carne humana.

Carbonell no se tomaba el trabajo de encausar ni de presentar a tribunales —ni siquiera a los llamados tribunales revolucionarios— a los alzados y colaboradores, campesinos en su mayoría, que capturaba en sus redadas. Al objeto de ser más eficaz y expedito, se había buscado los servicios de un “jurídico”, un abogaducho improvisado, mulato pequeño de cara siniestra, que celebraba juicios sumarísimos y hacia ejecutar a los reos con gran diligencia. Carbonell no entendía de debilidades cristianas. Rancho Consuelo era en verdad un matadero.

—A los que voy a fusilar se los aviso una semana antes—, nos dijo una tarde, en presencia del mulato siniestro y de un ayudante, mientras mordisqueaba golosamente un muslo de pavo.

Mi abuela, con auténtica ingenuidad, le preguntó.

—¿Y por qué haces eso, Manolito?

—Pues, para que sufran, señora, para que sufran.

Mi abuela no supo que contestar, pero su rostro reflejaba pesar y asombro a un tiempo. Nadie habló por un rato en el que sólo se oía el ruido de las mandíbulas de Carbonell y de sus dos secuaces. Yo me atreví a intervenir, con presunta inocencia y también con la audacia que me daba la edad.

—¿Y quién los juzga? —dije.

El “jurídico” levantó la mano del plato, sosteniendo aún un pedazo de pavo, para indicar que era él. Por debajo de la mesa mi madre me daba un pellizco feroz que, lejos de acallarme, me hizo ser más audaz.

—¿Y usted puede?

—Bueno… el inquisidor titubeó por unos segundos y su jefe le quitó la palabra.

—Estamos en guerra, muchacho. Una guerra en que la supervivencia de la Revolución está en juego, en que no podemos darnos el lujo de ser blandengues. Y eso, muchas veces, exige medida drásticas. La revolución es justa, pero no siempre se pueden hacer las cosas por el libro. En este momento tenemos que arrancar la mala yerba de raíz, aunque de vez en cuando se nos vaya la mano. Piensa en cuanta gente fusiló Máximo Gómez en la guerra de Independencia.

El mulato asentía con la boca llena. Mi madre creyó oportuno agregar:

—Siempre es así en los momentos críticos.

Y aquellos ciertamente lo eran. Carbonell, según se acrecentaba la ofensiva, arreciaba el terror. La ley que decretaba la pena de muerte para todo el que se hubiera sublevado contra el régimen era aplicada ahora con extremo rigor. El capitán, que en realidad tenía mando de general de brigada, hacía fusilamientos en masa, de los cuales nos daba periódica cuenta. Para entonces, su urgencia de matar era tanto que no creo que se tomara el trabajo de anunciar a sus víctimas la sentencia con una semana de antelación.

Una tarde, viniendo del colegio, me lo encontré a la puerta de la funeraria, haciendo cargar en un camión militar un buen lote de ataúdes sin forrar. No imaginaba por qué había tenido que venir en persona a ocuparse de esta horrible tarea que dirigía con su eficiencia habitual. Pensé por un momento que había habido bajas del Ejército en algún encuentro súbito con los insurgentes. Le pregunté si tenía algún problema.

—No, chico, es que esta noche tengo cepillo —y se pasó el índice por el cuello sudoroso. En el camión había como veinte ataúdes.

La subversión había entrado en una fase agónica. Por casa ya no venía nadie, ni candidatos a alzados, ni “prácticos” ni fugitivos. El cerco del Ejército liquidaba los últimos brotes de resistencia. La región estaba casi enteramente “pacificada”. Algunos campesinos desplazados por la guerra, que habían encontrado refugio en Trinidad —por temor al Ejército o a la guerrilla—, comenzaban a volver a sus tierras. También había rebeldes que se habían escondido en el pueblo, en casa de parientes y amigos, cuando la ofensiva se hizo insostenible, y que ahora se encontraban un poco perdidos, atrapados, sin saber adonde dirigirse.

Entre estos últimos recuerdo a un guajirito, de unos 30 años, que había sido guerrillero “de medio tiempo”, como él mismo decía, de esos que se alzan todas las noches y de día siguen trabajando sus tierras. Cuando la campaña se recrudeció, había enviado a su mujer y a sus hijos a Trinidad. Un día le había tocado traer un mensaje y ya no había podido volver. Su finca estaba en la misma línea de fuego.

Cuando podía, este hombre iba por casa en busca de ayuda y consejo. Se sentía en una ratonera. Sin recursos, sin empleo y sin valor para salir a conseguirlo. Temeroso de que sus propios parientes, abrumados por la carga que representaba su familia, fuesen a denunciarlo. La subversión estaba sofocada. Los cuatro alzados que podrían quedar a esas alturas eran un lamentable grupo de fugitivos. Su propiedad ya estaba en territorio controlado por las fuerzas del gobierno.

Fue entonces que a mi madre se le ocurrió una idea temeraria.

—¿Querrías volver a tu tierrita?

Era lo que más quería, pero arguyó que tenía miedo, que debía estar ocupada por el Ejército, que aparecerse de improviso podría significar que lo prendieran y lo fusilaran.

—Déjalo en mis manos. Yo voy a hablar con el capitán Carbonell. Él te dará un salvoconducto.

El hombre abrió los ojos como si mi madre hubiera proferido un insulto.

—Confía en mí. Le diré que te refugiaste en el pueblo porque los alzados te amenazaron de muerte. Sólo tienes que hacerte la idea de que esto es la verdad y pasar por cobarde. Carbonell es demasiado vanidoso para creer que eres capaz de burlarte de él de esa manera.

El hombre terminó por aceptar la propuesta de mi madre. Días después, cuando el capitán Carbonell volvió por casa, mi madre le abordó el asunto casi al final de la sobremesa. Le contó brevemente la historia y le preguntó qué tendría que hacer el campesino para regresar a su tierra.

—Ahí tienes. Por el bienestar de esos infelices hemos tenido que ser duros. Si bien es cierto que muchos de ellos mismos no lo entienden. Esa es la gente para la que se hizo esta Revolución. Dile que se presente en el campamento o, mejor aún, que esté aquí el domingo que viene y yo mismo lo voy a encaminar.

Una semana después, el temido capitán Carbonell se llevó al recomendado de mi madre. Lo hospedó una noche en el campamento, no lejos del sitio donde había hecho fusilar a tantos de sus compañeros de lucha y, al día siguiente, lo envió a la finca con uno de sus ayudantes, no sin antes regalarle un cerdito y algunas gallinas para que “fuera tirando”.

Pasado algún tiempo —terminada la guerra y Carbonell degradado y licenciado deshonrosamente del Ejército por borracho y “antisocial”—, el campesino volvió por casa con algunas frutas y hortalizas para mi madre, aunque ninguno de los dos mencionó la historia. Para entonces es posible que creyera que las cosas ocurrieron como ella las había inventado.

Vicente Echerri
Nueva York

* Del libro Historias de la otra revolución, Miami, Ediciones Universal, 1998.

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6 respuestas
Comentarios

  • Pánfilo Epifanio dice:

    Romántico, pero el autor evita mencionar que el bandidismo en el Escambray, alentado y financiado por Washington, costó a nuestro país la vida de más de 500 de sus hijos y cerca de mil millones de pesos.
    Lo que se había esforzado en mostrar al mundo como una contienda civil, un enfrentamiento entre el Gobierno revolucionario y la oposición interna, que se negaba a aceptar el comunismo “importado”, era desnudado ahora como una vulgar página de la ya extensa historia norteamericana de guerras sucias.
    ¿De dónde salieron las armas para decenas y decenas de bandas, integradas en su mayoría por desclasados sociales, ex militares de la tiranía y asesinos? ¿Quiénes les hacían llegar en aviones y de manera inescrupulosa los avituallamientos para la guerra que costó al país cerca de mil millones de pesos? ¿Quiénes alentaban a la lucha armada contra el gobierno y a la desobediencia civil? ¿De dónde trasmitía –y aún hoy trasmite- la radio anticubana que ensalsaba las “proezas” de Osvaldo Ramírez, Tomás San Gil, Maro Borges, Luis Emilio Carretero…?
    Nadie se atreve a negar que Estados Unidos fue el principal responsable de aquella epopeya, que dejó a nuestro país heridas que todavía duelen: Conrado Benítez, Manuel Ascunce, Pedro Lantigua, la familia Romero … y así una larga lista que supera los 500 muertos muchos de ellos civiles desarmados que la saña y el odio torturaron y masacraron sin piedad.
    De eso no habla el escritor de este panfleto romántico, que descarga su odio a la Revolución en el “capitán Carbonell”, pero no menciona el hecho que su abuela y su madre, más que prácticos y guerrilleros, ayudaban y alentaban a asesinos despiadados empecinados en destruir la Revolución, aunque cayeran campesinos indefensos en la contienda.

  • Cloro Díaz Epóxido dice:

    Guaurabo se llama el río trinitario. Sorry.

  • Cloro Díaz Epóxido dice:

    Polo Avilés: más casualidad, toponímica en este caso. El río cercano a Trinidad se llama Guayrabo. Siniestra historia bien escrita de Echerri, como siempre.

  • Isis Wirth dice:

    Muy bueno y útil. Gracias. Buscaré el libro de Echerri.

  • PolO Avilés dice:

    ¡Qué coincidencia! A principio de los 90′s un Carbonell, obeso e hideputa como el de la anécnota de Echerri; casi 30 años después y en la 3ra. unidad de la PNR en Holguín; me sacó de madrugada del calabozo y me llevó “a aclarar unos papeles” a la unidad de la Policía militar (boinas rojas) de Güirabo; a 8 km de Holguín, a orillas de un lago.

    Por suerte, la posta no lo dejó entrar; y no “me ahogué intentando escapar”.

  • Miguel Iturralde dice:

    Esta y todas las historias contadas por Echerri en “Historia de la otra revolución” son muy interesantes, mostrando la otra cara de la mal llamada “lucha contra bandidos”. Sin ignorar que uno u otro bando hayan podido cometer acciones deplorables, el libro en sí es un testimonio -uno de tantos- de como se tergiversa la historia cubana a conveniencia del régimen entronizado desde 1959. Saludos.

  • matronize