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El músico que nunca existió

  • mar 27, 201301:53h
  • 2 comentarios

Pertenezco a una generación que creció en medio de una reescritura de la historia para la cual no faltaron amanuenses bien dispuestos, quienes no sólo enarbolaban la pluma sino también el borrador. Se nos educó para pensar que la historia cubana antes de 1959 había sido un accidente desastroso o la de una nación manipulada por fuerzas malévolas que nada bueno pudieron aportar. Debíamos sentir culpa por nuestro pasado y ser revolucionario era la única forma de ser y de definir la cubanidad. Se nos preparaba para entonces recibir la versión de los triunfadores. No se nos enseñaban hechos, se nos daba una visión, una opinión y una relación editada de la historia. A pesar de haberme pasado la adolescencia y algo más luchando contra las limitaciones de mi educación, algo quedó. De eso me di cuenta mucho más tarde, ya en el exilio. Esa fue quizá una de las razones por las cuales nunca supe quién fue Bebo Valdés, o sea, hasta que todo el mundo supo, gracias a Paquito D’Rivera, quién fue Bebo Valdés.

No soy músico ni especialista en música, pero sí soy un musicófilo y estoy seguro que conozco mucho más que la persona promedio. El jazz, en todas sus variantes, siempre me ha interesado sobremanera. Aunque nunca participé de círculos culturales oficiales, sí tuve una relación distante, episódica, más tangencial que marginal, con algunos de quienes a ellos pertenecían, incluyendo a pianistas como el propio Chucho Valdés y a Emiliano Salvador, entre otros. Conocí también a músicos que fueron tempranamente marginados, como Mike Porcel y Sergio García-Marruz, este último no solo un extraordinario guitarrista, sino un gran conocedor de la historia su arte. También tuve muchos amigos que no llegaron a ser músicos, pero si eran grandes aficionados y la música era prácticamente su vida. Sin embargo, en Cuba, jamás oí hablar de Bebo Valdés. Se hablaba y se conocía la trayectoria de muchos que estaban prohibidos por ser enemigos de la revolución, pero que seguían sonando por el extranjero. De todos se tejían interminable leyendas. Hasta de Los Sobrinos del Juez oí hablar y pude escuchar, pero de Bebo Valdés nada.

Quizás otra de las razones de su desaparición de la memoria nacional fue su propia actitud, ya que optó por disfrutar la intimidad que un cálido amor le ofreció en la gélida Escandinavia. Lo supongo, no lo sé, porque es difícil interpretar a quien no se conoce. Aparte de su valor musical, Bebo Valdés se erige en síntoma y símbolo del poder de la censura, del resentimiento social y de las frustraciones artísticas cuando estas se ligan al poder.

Muchas generaciones de músicos crecieron y se educaron sin tener la menor idea de su importancia en nuestra historia musical. Durante ese lapso de tiempo no es solamente que haya sido olvidado, sino que fue como si nunca hubiera existido. No es el único, Cándido Camero es otro que me viene a la mente, pero en estos momentos es el más destacado. Por suerte lo pude disfrutar una vez rescatado, pero siempre me he preguntado cuántos otros hay en otros sectores del arte y de la ciencia. Puede que la ignorancia sea una bendición, pero nunca si viene acompañada de la mano de la censura. Con su muerte, Bebo Valdés se despide, pero esta vez va camino de la memoria. Muere y por tanto existe.

Roberto Madrigal
Cincinnatti

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2 respuestas
Comentarios

  • Miguel Iturralde dice:

    Muy bueno, Roberto. Somos muchos los que conocimos a Bebo Valdés de la misma manera que tú lo hiciste. Que descanse Bebo en paz, y en libertad. Saludos

  • José Julian dice:

    Muy interesante su introducción, Roberto. Ahora esperaré su artículo. Gracias.