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Carlos M. Luis y el gramófono

  • feb 09, 201311:43h
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El día que conocí a Carlos M. Luis, me regaló un gramófono. No era un gramófono grande, ni siquiera era un gramófono vistoso. Pero era un gramófono. Y tener un gramófono en el Cerro era una de las cosas más extrañas que le podían suceder a uno en un país donde había muchos altoparlantes pero poca música, por más que a cada minuto la televisión vendiese el mito de “Cuba: melodía pura” o algo así.

Carlos había llegado ese mismo día al aeropuerto de Rancho Boyeros y después de las presentaciones de rigor (Carmen, en ese momento mi esposa, tenía con él una fluida correspondencia sobre Ponce de León que supongo debe estar todavía en algún lugar), nos fuimos a caminar por La Habana, el lugar que él había abandonado hacía 40 años y en su imaginario tenía como epicentros la casa de Lezama, su amistad con Jorge Camacho y los bailes en el “bayú” de Lola, donde más de una vez había visto al jefe de la policía de La Habana bailando medio encueros.

Citar ahora todas las anécdotas que salieron durante esa semana sería agotador. Carlos era uno de los mejores conversadores que he conocido, y no sólo podía empatar un tema con otro y continuar de largo (esto lo hace cualquier hijo “bienpeinado” de familia), sino de los que te escucha, de los que le gustaba saber hasta dónde hay puntos comunes, y de los que te reta, ya que a veces también podía negar algo anteriormente dicho para saber cómo reaccionabas.

Y de esa reacción se trataba cuando me (nos) regaló el gramófono. No sólo porque tuve que llevarlo a pie desde la calle L —pertenecía a uno de esos libreros que se ponen al costado del Habana libre— hasta el Cerro. Sino porque en la casa había poco espacio y después de aquella semana con Carlos M. Luis ya no sabíamos qué hacer con el bendito gramófono, ni dónde ponerlo.

El gramófono no era demasiado viejo pero su púa ya no funcionaba bien y recuerdo que el chirrido de ésta contra el disco era una de las cosas que más gracia le hacía a Carlos, quién veía esto como una suerte de “intervención” John Cage, de deconstrucción de la música o arrebato new. Ese chirrido, para él, que era un amante de los pintores y músicos asociados a Fluxus, era como la quintaesencia de todo, el ur-chirrido, para decirlo con una frase simple.

Ur-chirrido que alcanzaba su punto máximo en un disco de danzones cubanos: Veinte años, Mujer hechicera, Como arrullo de palma…, y que si alguien hubiese intentado, lo más seguro es que hubiera tenido que descoyuntarse en una suerte de break dance o cualquier otra cosa.

Escuchar las risotadas de Carlos ante aquella distorsión casi valía una misa. Decía: “esta será considerada algún día la verdadera música cubana”, y se reía. Y por lo menos en nuestra amistad, ese chirrido, que no sólo tenía que ver con la música sino con todo: Orígenes, Lezama, Cintio y esa cursilería que se llamó La isla infinita (en verdad le llamaba “La isla de Finita”, en referencia a la Marruz), pasó a ocupar un lugar importante. El lugar de lo que no quiere momificarse. Tal y como me aseguró unos años después en una larga entrevista Lorenzo García Vega, gran amigo de Carlos y a partir del regreso de éste a Miami también mío, al asegurarme que todo lo bueno siempre debe chirriar: “lo que no chirría no funciona”, señalándome precisamente Lo cubano en la poesía, el emblemático libro de Cintio.

Y ustedes se preguntarán, ¿a qué viene toda esta historia del gramófono aquí?

Pues sencillo. Hace muy poco leyendo una magnífica entrevista que le hicieron William Navarrete y Enrique José Varona, en París, vi que Carlos había soltado algo nacido en aquellas tardes de gramófono y whisky en mi casa: la posibilidad lúdica y plus-patriótica de cambiar el himno nacional de Perucho Figueredo por el danzón Almendra. Para Carlos, y para los que estábamos ese día en mi casa, era —en chiste, repito— una idea fundadora. Si había que demolerlo todo, había, claro, que empezar por los viejos emblemas. Y por supuesto, no había un emblema más “sabroso” de demoler que aquel himno tan escatológico. Sólo imaginar a los pioneros de tercer grado en la escuela de la esquina, a las 8 de la mañana, escuchando (y bailando) aquel danzón, nos llenaba de orgullo. Lo más seguro es que no existiera algo más político y vanguardista para nuestra particular República que aquel viejo danzón. Un danzón con sabor a almendra…

Después pasó lo de siempre: Carlos se fue, nosotros con el tiempo también. Y más tarde nos encontramos en diferentes ciudades y recorrimos varias exposiciones juntos, entre ellas una de Marcel Broodthaers —quien le fascinaba— y cuya obra nos hizo recordar nuestra vieja idea del himno, el danzón y aquel chirriante gramófono. Un gramófono que visto lo visto pudo cambiar la historia de Cuba, la historia de la música y hasta la historia del baile si nos lo hubiéramos propuesto.

Posdata: A mi regreso a Cuba de París en 2001 (salí definitivamente en 2002) traje un vinilo con la voz de Derrida leyendo textos suyos. Después de convencerme de que nunca iba a aprender suficiente francés como para entender a Derrida “en voz alta”, le regalé vinilo y gramófono a un artista plástico amigo mío, cofundador de una de las mejores galerías que había en La Habana, Aglutinador. Me consta que disco y gramófono fueron muy bien utilizados, ya que sonaron en algunas de las presentaciones de la magnífica galería. Por supuesto, cuando le conté a Carlos dónde había terminado su regalo, se puso muy contento. Lo que no chirría no funciona, me dijo citando a nuestro querido Lorenzo. Y tenía razón, como siempre…

Lo que no chirría, se atrofia.

Carlos A. Aguilera
Praga

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