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Carlos M. Luis: un recuerdo

  • feb 04, 201322:05h
  • 3 comentarios

Recuerdo a Carlos M. Luis. Durante años cada vez que Lorenzo García Vega necesitaba salir a comprar libros o hacer gestiones por Miami, recurría a él para moverse en una ciudad más pensada para los coches que para las personas. García Vega y Carlos M. Luis eran algunos de los supervivientes de aquella generación de Orígenes que circulaban por Miami. Los otros eran el crítico Armando Álvarez Bravo y monseñor Ángel Gaztelu.

Durante los primeros meses que siguieron a la Revolución, cuando una generación de revolucionarios más o menos bien intencionados intentó enterrar todo lo que les había precedido, incluso aquello que no estaba mal, un termocéfalo crítico super revolucionario, que ejercía en una revista revolucionaria con la R al revés, no se sabe muy bien si como guiño futurista a la revolución rusa o a como presagio de que muchos de sus colaboradores acabarían en la tierra de Toys R Us, atacó de forma brutal e innecesaria a Lezama y a su grupo. Carlos M. Luis, acudió a la redacción del termocéfalo a contestar con un artículo a aquel ataque y el crítico, en un ejercicio de revolucionarismo radical, le dijo que allí no se publicaban réplicas y le enseñó una pistola que guardaba en el cajón de su escritorio. Como si un arma fuera el mejor de los intrumentos de crítica literaria concebidos por la mente humana. Años más tarde, los dos en el exilio, Carlos M. Luis, a la sazón directivo del Museo Cubano de Arte y Cultura, presentó una conferencia de ese mismo crítico termocéfalo, convertido en disidente anticastrista, y lo hizo con la misma equidad con que presentaría a cualquier otro de los allí recibidos. Ahora ambos están muertos, en tierra lejana. Creo que aquello, la presentación, fue una muestra de la elegancia de espíritu que debe definir a un intelectual. La historia es más elegante porque Carlos nunca me la contó y yo me enteré de ella por terceros, pese a que siendo Miami como era, contarlo le hubiera hecho más popular.

Después de la Revolución, en 1962, se exiló en Nueva York, donde trabajó para Doubleday, y de allí pasó a Miami cuando en los ochentas se creó el Museo Cubano de Arte y Cultura y requirieron su colaboración. En el Museo organizó conferencias, exposiciones y publicó catálogos, antes de cometer el “error” de verse metido en una subasta en favor del Museo, en la que se vendieron cuadros de pintores que aún residían en la Isla. Aquel acto, que concluyó con la quema de un Mendive, El pavo real, en la puerta de la sala de subastas, le convirtió a los ojos de algunos —sobre todo los que no lo conocían—, en alguien que nunca había sido: un supuesto aliado del regimén del que había huido.

Después de aquellos sucesos, en que fue tan injustamente maltratado, le recuerdo como un hombre triste, cansado de tener que explicarse a alguna gente incapaz de comprenderlo, que en medio de su tristeza y cansancio sabía ser amable con todos y pasaba de cuando en cuando por la librería donde yo trabajaba a encargarnos libros inexistentes en el limitado mercado local, cosas de crítica literaria, clásicos semiolvidados, rara vez libros comunes. Gracias a él descubrí libros tan distintos como el Decamerón negro de Leo Frobenius y el Sade/Fourier/Loyola de Roland Barthes. Donde quiera que estés ahora, Carlos, muchas gracias.

Carlos M. Luis fue poeta y artista plástico, y a otros, más entendidos, corresponderá hacer la crítica de su obra. Fue también curador y crítico literario y de arte. Fue así una de esas personas, a menudo injustamente minusvaloradas, que ayudan a que la obra de los demás sea vista, recordada, reconocida, e incluso comprendida. Desde el Museo primero, desde galerías independientes después, desde sus libros de crítica en todo momento, Carlos luchó por mantener la unidad de la cultura cubana, trayendo a pintores exilados lejos de Miami y La Habana, residentes en sitios tan lejanos como Chile o París. La primera exposición que recuerdo entre las muchas que él organizó (la primera que yo recuerdo, no la primera que él preparó) estuvo dedicada a Cundo Bermúdez. Carlos trabajó así, discreta y seriamente, por la memoria y por la cultura cubanas, una tarea no siempre grata, no siempre recompensada. En una ciudad donde el patriotismo se confunde a menudo con la algarada, él practicó ese tipo de patriotismo distinto que se manifiesta a través del trabajo diario y callado.

Le sobrevive su familia y su obra; deja tras sí la memoria de un hombre honrado, bueno y discreto.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

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3 respuestas
Comentarios

  • Michael H.M. dice:

    Juan Carlos, patriotismo es algarada, o peor, algarabía, ruido, cosa hueca.
    El patriotismo es como un cacharro endémico, pero que, si resulta expulsado de lo endémico alguna vez, igual seguirá siendo vacío.
    Y da la impresión que, como solía decirse por ahí en asuntos de muertos que se van uno detrás de otro, Lorenzo se llevó a su socio Carlos Eme. Se lo llevó, la haló por una pata.

  • juan carlos castillon dice:

    Yo también añoró Miami en muchos momentos, y las conversaciones que tenía con los clientes de la librería. Allí, en las peñas del sábado, se reunían antiguos revolucionarios del 33 y del 58, gente que había sido de la Organización Auténtica, brigadistas de la 2506, profesores universitarios, chicos (ya no tan chicos) que habían pasado por Abdala y bonchistas y entre gritos, los cubanos sois como los españoles, chillones por naturaleza (y lo digo desde el cariño), aprendí y comprendí muchas cosas de Cuba.
    Algún día volveré pero no ahora mismo que tengo una madre de 89 años que cuidar…

  • quovadis1959 dice:

    Bueno usted me recuerda otra anecdota con pistola frente a la barbarie, un militar se le enfrenta a Unamuno en laUniversidad de Salamanca y Unamuno habla en el paraninfo y el militar saca su pistola y dice cuando oigo hablar de cultura saco mi pistola, es curioso que usted mencione esa referencia con la pistola. Juan Carlos Castillon le conoci cuando usted trabaja en la calle Ocho donde esta el HomeDepot, se le echa de menos, vuelva por aca.

  • matronize