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“Back to blood”: una reseña

  • ene 23, 201320:09h
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Hace muchos años recién regresado a Barcelona, en las oficinas de la difunta revista Lateral, alguien me preguntó cuál era la novela de Miami. Si existía alguna novela que definiese de forma clara a Miami, ese cruce de culturas, esa frontera entre dos idiomas (tres contando el creole), ese lugar en que se juntan el Caribe español y francés con los Estados Unidos, el viejo profundo conservador Sur norteamericano y el Nueva York liberal y judío de los años cincuenta. Tuve que responder que no. Que nadie había logrado aún retratar la que considero mi segunda ciudad. Imagínense cómo he esperado a lo largo de los años este libro…

Siempre me ha gustado Tom Wolfe. Y aquí está, en su última novela, en el estilo más que en el fondo, el autor que siempre admiré. Sigue presente su empleo de la onomatopeya, su forma liberal, excesiva y original de emplear los signos de puntuación —que aquí parece aún más extrema—, e incluso los temas de su obra que siempre me atrajeron. El estatus y el poder siempre han formado parte de sus reflexiones, el rechazo de lo “políticamente correcto” es algo que le acompaña desde aquel artículo de los años setenta en que retrataba, y se burlaba sin piedad, de una recogida de fondos a favor de los Panteras Negras, realizada en el lujoso apartamento de Leonard Berstein —un artículo que contribuyó a acuñar la expresión Radical Chic y continua provocando ampollas cuarenta años después de ser publicado.

Antes incluso de mudarme a Estados Unidos, leí gran parte de sus artículos en español, publicados por Anagrama. Volví a releerlos cuando aprendí el suficiente inglés como para poder disfrutarlos en el original, y a pesar de ser el reflejo de una época muy concreta no han envejecido en absoluto. Su The right stuff, sobre el programa espacial norteamericano, era realmente épico. Sólo ahora, en la distancia, me doy cuenta de que todo lo que me ha gustado y aún recuerdo de Wolfe ha sido parte de su obra periodística. Una obra en la que el autor redescubre y experimenta con los usos de la narrativa para ponerlos al servicio del periodismo de opinión. En realidad, Tom Wolfe ha escrito sólo cuatro novelas, pero su periodismo es tan novelesco, sin por ello dejar de ajustarse a la realidad, que nos parecen muchas más. En esas cuatro novelas ha retratado sucesivamente Nueva York, Atlanta; una universidad que bien podría ser Duke —con equipo de Lacross incluido—, y finalmente, en esta su última novela, ha querido retratar Miami, en toda su disparatada grandeza.

Este es un libro donde valía la pena que hubiera reaparecido el Wolfe periodista de hace cuarenta años, que está casi tan ausente de sus páginas como el Wolfe novelista de The bonfire of vanities, de hace veinticinco años.

Nunca es fácil acercarse al libro de un autor admirado, es difícil hacer una crítica sobre un tema conocido que uno ve maltratado, como es Miami, y es increíblemente difícil decir en voz alta que un libro sobre un tema que conoces, escrito por un autor al que admiras, no te gusta. Así que comencemos por el final para ahorrar tiempo y malentendidos: Back to blood no me ha gustado. Es una novela que transcurre en Miami pero que no refleja Miami. No reconozco ese Miami de sus páginas. Con este libro me ha pasado lo mismo que en su día me pasó con James A. Michener y su novela Caribe. Antes de Caribe, Michener me parecía un gran investigador y un novelista que sabía de qué hablaba, lo mismo si nos contaba la historia de Polonia o la de Texas. Por el contrario Caribe, un libro sobre un tema conocido, me pareció lleno de lugares comunes.

¿De qué trata Back to blood? Siendo esta novela, como todas las suyas, una reflexión sobre el estatus y el poder, toma la forma aproximada de una novela policial. Las novelas policiales suelen ser buenas para ese tipo de reflexiones: tienen la gran ventaja de poder explorar los aspectos más sórdidos de una sociedad, desde lo más alto a lo más bajo, y de dotar a esa exploración de una dimensión ética.

El personaje central es un desventurado policía cubano-americano: Nestor Camacho. Ca/Macho, no es que el apellido sea improbable, pero aún así vemos que la sutileza no va a ser el punto fuerte de esta novela. Camacho es a la vez responsable de una serie de actuaciones policiales que él y lector pueden ver como disparatadas y a la vez justificadas, y víctima de la forma en que sus actos son percibidos por la ciudad que le rodea, a través de un prisma racial. En el capítulo inicial del libro Camacho descuelga del mástil de un velero a un refugiado cubano a punto de pedir asilo en Estados Unidos, y lo hace a sólo 18 metros de suelo americano, por lo que su acción es vista de forma muy distinta por las comunidades anglófona y cubana de la ciudad, y reportada de forma radicalmente contraria por el Miami Herald en sus ediciones en español e inglés (Rope-climb cop in “mast”-erful rescue en inglés, ¡Detenido! A 18 metros de la libertad, en español). Estas diferencias en los titulares, son uno de los pocos detalles que dan una sensación de verosimilitud a un libro por otra parte lleno de detalles irreales. Para los cubanos, incluido su padre, Camacho es el traidor que ha impedido a un compatriota alcanzar la libertad, y no un policía que ha cumplido con su deber arriesgando su propia vida. Después, socorriendo a otro agente de policía, desarma y detiene violentamente a un traficante de droga afroamericano, pero todo lo que verá y oirá el gran público, a través de Youtube, será la descarga racista de su compañero contra el detenido ya reducido. Camacho se convierte en una desgracia para el departamento; pocas veces antes un hombre mejor intencionado ha causado más problemas. Se ha convertido en un one man race riot.

Por encima de Camacho hay un alcalde cubano y un jefe de policía negro, que lo consideran una desgracia y un riesgo. Junto a Camacho, al menos al principio, está su novia Magdalena, una enfermera que lo engañará con su jefe, un médico sexólogo que chantajea a algunos de sus clientes, antes de hacerlo con un rico oligarca ruso que está a punto de traer una gran colección de arte moderno al museo de Miami, y convertirse así en el gran héroe una ciudad acomplejada y desesperada por obtener respeto y reconocimiento. Junto a Camacho está también un periodista que le empujará a investigar al oligarca ruso —los cuadros resultarán ser falsos—, y antes de que acabe el libro tendrá una nueva amiga. Según el autor será la más improbable de las relaciones para un policía cubano: una haitiana. Eso sí, una haitiana de piel clara, hija del más snob de todos los padres, un profesor que no desea sino pasar por francés, vive en una casa Art Déco y odia la idea de enseñar creole en la Universidad casi tanto como el tener un hijo que se comporta como un típico adolescente afroamericano —o más bien como su caricatura. Al final todo se resolverá para Camacho y en las páginas finales de la novela el jefe de policía, duro pero justo, acabará por devolverle su placa, en una escena más propia de una serie de televisión de segunda que de un libro serio.

Todo eso, los problemas del policía y su novia, los chantajes y los clientes del sexólogo, los cuadros falsificados del oligarca ruso, las luchas de poder entre los distintos grupos étnicos dentro de la administración de la ciudad, los recelos de los anglosajones frente a los recién llegados, parece complicado pero no lo es. El problema de todas esas tramas es que son increíbles, están desarrolladas de una forma tan grotesca que es fácil pensar que al autor en realidad le importan un comino tanto las situaciones presentadas como los personajes implicados.

Las primeras páginas de la novela, el prólogo, nos dan el título y nos sitúan frente a la gran constante del libro. En ellas Edward T. Topping IV (¿se puede tener un nombre más anglosajón?), editor del Miami Herald, y su esposa, Mac, compiten por una plaza de aparcamiento con una cubanoamericana (si es rica e hispana tiene que ser cubana) y se enzarzan en una pelea a gritos. En medio del griterío la mujer anglo exige a su contraria que hable —o que chillé— en inglés. La cubana responde que no están en Estados Unidos. Ahora estamos en Miami, o tal y como lo trascribe Wolfe: We een Mee-AH-mee Now. A esa afirmación sigue una reflexión del personaje que, a juzgar por algunas de las entrevistas recientes de Wolfe, es también una reflexión del autor:

“Everybody… all of them… it´s back to blood! Religion is dying… but everybody still had to believe in something.” Y ese algo sólo puede ser la sangre “only our blood, the bloodlines that course through our very bodies to unite us. ‘La Raza!’ as the Puerto Ricans cry out.” Para concluir: “All people, everywhere, you have no choice but—Back to blood!”

Esa escena dura diecinueve páginas. Lo que no está mal para ser una pelea por un aparcamiento entre un personaje que no volverá a aparecer en el libro, la conductora cubana, y dos personajes que pasarán gran parte de libro ausentes y/o mudos, el editor y su esposa. No trata de presentar a los personajes del libro sino su tema central, que supera y da forma a todos los demás: la pertenencia a un grupo, o el racismo que es la contrapartida necesaria y a veces no confesada de esa pertenencia.

Ese We een Mee-AH-mee Now, esa forma de malpronunciar el inglés es lo que más marca la diferencia entre la cubana del Ferrari y la esposa del periodista anglo, y en muchos momentos es realmente la única diferencia y la característica más distintiva de los personajes no angloamericanos del libro. Un libro que insiste en lo distintos que son los recién llegados a Estados Unidos, en cómo son necesariamente los “otros”, no logra sin embargo crear personajes realmente muy distintos de los norteamericanos. Quitémosle los acentos y los cubanos, rusos o haitianos del libro, son idénticos entre sí y a los anglosajones del mismo. Todos ellos tienen los mismos deseos y hablan con la misma voz interior, o quizás deberíamos decir que todos gritan igual, de la misma forma entrecortada, con insultos, entre algunos toques de color local, como un Dios mío, repetido más de cien veces a lo largo del texto, o un …ñoooooo que a veces sospecho robado de un viejo disco de Álvarez Guedes. Todos los personajes, con independiencia de su origen, tienen la misma obsesión con el estatus, la misma necesidad de reflexionar continuamente acerca de su papel y lugar en la sociedad multicultural en que han aterrizado, y sus monólogos, tanto si pertenecen a un policía cubano como a un profesor haitiano, son intercambiables entre sí y nos recuerdan que estamos frente a un autor que es completamente ajeno a la realidad de los mismos. Porque un personaje necesita algo más que decir ñooo o Dios mío, para tener una identidad propia.

Wolfe ha escrito antes libros en los que trata de reconstruir toda una ciudad, The bonfire of vanities es desde luego el mejor, y el que más invita a las comparaciones con éste. A pesar de ser el autor un hombre del Sur y no un neoyorquino, siempre asumí que aquel vistazo a todos los excesos de los años 80 era un retrato fidedigno. Ha pasado un cuarto de siglo y ahora siento frente a Wolfe las mismas dudas que sentí frente a Michener: si el Miami retratado por Wolfe en su último libro es una caricatura, tal vez también lo fue su Nueva York; si sus personajes me parecen hoy simplistas, tal vez lo fueron también hace veinticinco años. Quizás sólo ahora, algo molesto conmigo mismo, me doy cuenta de que Tom Wolfe en sus novelas no crea o recrea arquetipos sino crudas caricaturas. No soy el primero que opina esto sobre su obra, aunque yo ignorase las críticas anteriores, probablemente porque, seamos sinceros, a todos nos gusta una caricatura cruel, pero sólo unos pocos no somos capaces de aceptar una hecha a nuestras expensas.

Lo cierto es que a veces Miami invita a la caricatura. Es excesiva, es ruidosa, es tan diferente de otras ciudades del mismo tamaño de Estados Unidos, es a la vez provinciana y cosmopolita hasta extremos inconcebibles, y eso lo han sabido ver autores como David Rieff o Joan Didion antes que Tom Wolfe. Autores que la han retratado con mucha más delicadeza y cuidado que el novelista.

La caricatura, incluso cuando nos molesta (quizás sobre todo cuando nos molesta) es muchas veces una forma válida de retratar una persona y de enfrentarse a una sociedad. Pero hay que tener cuidado cuando el caricaturizado no es un miembro de tu propia comunidad, cuando el caricaturizado es el “otro”, alguien a quien el caricaturista asume distinto y no como una parte de la propia sociedad. Hay que tener cuidado porque la caricatura puede caer fácilmente en lo que algunos podrían llamar racismo. Y definitivamente, en esta novela, los cubanos son un “otro” increíblemente lejano para Tom Wolfe, como lo son también los haitianos, los judíos neoyorquinos trasplantados a la playa, o los rusos… todos ellos tan distintos de los norteamericanos anglosajones. Un grupo que, justo es decirlo, tampoco logra escapar de la sátira en estas páginas.

Aún no he decidido si éste es un libro abiertamente racista, o yo un lector demasiado sensible —y en la duda prefiero la segunda opción, que me parece más justa para con el autor, pero en cualquier caso me siento incómodo ante algunos retratos del mismo. Porque muchos de los personajes de este libro, sino todos, parecen practicar alguna forma de racismo. Todos ellos se ven definidos no sólo por sus acciones sino por su pertenencia activa o pasiva a un grupo étnico. Un policía musculoso, bien intencionado, no particularmente brillante y cubano es definido ante todo por la única de esas cualidades que no depende de su voluntad o esfuerzo, su cubanidad, y es sólo un policía cubano. Los personajes son anglos o son cubanos, rusos, haitianos, blancos o negros, y todos ellos, al margen de sus características individuales asumen, como el narrador que los retrata, que su conducta siempre va a estar marcada ante todo por su pertenencia a un grupo determinado. Aceptan que su origen étnico es lo que más va a marcar su existencia, al margen de cualquier otro elemento cultural o ambiental. Incluso cuando un personaje rechaza su origen sigue estando, en ese mismo rechazo, condicionado por el mismo, como ese profesor haitiano que quiere ser francés, que ha rastreado su familia hasta un general francés enviado a Haití a aplastar a los locales, ahora indignado ante la simple idea de tener que enseñar creole, que trata de hacer pasar a su hija por blanca y se avergüenza de su hijo que adopta las formas callejeras afroamericanas. Cada personaje representa un grupo y además a todo ese grupo, por encima de las diferencias generacionales o culturales, por lo que apartarse de su ortodoxia, o para ser más exactos de la ortodoxia que Wolfe asigna a ese grupo, es necesariamente el inicio de una tragedia, o en este caso de una serie de tragicomedias.

Tradicionalmente las novelas sobre inmigrantes en Estados Unidos han sido las novelas de la integración; Back to blood es, en bastantes, momentos la de la incomprensión y el rechazo mutuo. Y sí, reconozcámoslo, la incomprensión y el rechazo mutuo han formado parte de la historia del Miami reciente, pero no son toda la historia ni de esa ciudad ni de los que en ella viven.

Hace años recién regresado a Barcelona, me preguntaron si existía alguna novela que definiese de forma clara Miami. La respuesta sigue siendo NO. Miami tiene demasiadas facetas, demasiadas realidades a veces contradictorias, como para caber en una sola novela, y en ésta menos que en cualquier otra.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

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9 respuestas
Comentarios

  • pedro medina dice:

    Estimado Juan Carlos, hola. Soy editor de Sub-Urbano, revista literaria -cultural de Miami. Quisiera contactarte, ¿cómo puedo hacer? Esta es la web de la revista http://www.sub-urbano.com y esta la mía http://www.pedromedinaleon.com mi mail: pmedina@sub-urbano.com Saludos y gracias.

  • Goday dice:

    Excelente reseña… Y coincido en que Wolfe en realidad es un novelista pero que bastante menor, incapaz de evadirse a sus propios prejuicios, no demasiado originales por lo demás.

    Siempre he pensado que “La hoguera de las vanidades” –libro entretenido, por cierto– bien podría haberse llamado “Ellos y Nosotros”.

    La prolija descripción de los pensamientos y mecanismos mentales de los protagonistas de raza blanca –muy efectiva a veces– brilla por su ausencia cuando los personajes son de pigmentación oscura. El resultado es una deshumanización flagrante. ¿Voluntariamente proyectada por el escritor? ¿Simple ineptitud de novelista mediocre? Como apunto más arriba, yo sospecho lo segundo.

    (Léase: negros, hispanos y demás son una especie aparte. No son como nosotros. Uno no puede fiarse nunca de gente así. Etcétera, etceterísima). Los modernos indios apaches, diría yo.

    Y bueno, felicidades por la publicación de una novela pero que mucho mejor: “La ofensiva”.

    Un abrazo,

    Goday

  • juan carlos castillon dice:

    Gracias Nestor.

  • NDDV dice:

    Una de las mejores novelas “de” Miami y sobre Miami la escribió el mismo JC, “Nieve sobre Miami”, que tiene personajes logrados y retrata un momento y un problema específicos. Debía ser contada entre las obras importantes de la literatura de la ciudad. En cuanto al racismo: es el fator determinante en el horizonte mental de un gringo. Todo lo miden con el rasero de la raza. Todo lo tipifican y lo vulgarizan a través de la visión distorsionada de la raza, solo los gringos saben hacer eso. No se les ocurre que la cultuara cubana y española antecede a la anglosajona en Miami, que Miami es una cantón cubano, una ciudad multilingue, una Alejandría con varias culturas vivas y varios idiomas con su literatura etc.

  • castillon dice:

    Boarding Home, que se comentó en este blog hace varios años, es una novela genial, que fue premiada en su día por un jurado que incluía nada menos que a Octavio Paz. “Un puente en la oscuridad” de Carlos Victoria es igualmente buena, pero las dos se concentran en el Miami cubano… y son magistrales. El colombiano Luiz Zalamea tiene una buena novela sobre Miami, “El Círculo del Alacrán”. Los norteamericanos Joan Didion y Carl Hiassen han descrito muy bien Miami.
    No es que Miami no tenga grandes novelas o novelistas, lo que no tiene es una novela en que quepa todo Miami.
    Hay novelas cubanas sobre Miami, hay novelas cubanoamericanas sobre Miami, hay novelas norteamericanas sobre Miami y, sinceramente, me extraña que Bashevis Singer que vivió en la Playa durante un tiempo (como buen judío polaco-neoyorkino) no escribiese sobre aquel Miami judío que comenzó a desaparecer en gran parte durante los años ochenta…
    Supongo que la única forma de escribir una novela que cubriese todo Miami, desde Francys Dade hasta nuestros días, sería algo parecido a lo que hacía el por mi criticado Michener, que escribía unas novelas multigeneracionales en las que seguía la historia de un país o un lugar a lo largo de la historia. Ahí si podría caber todo esto… los viejos sureños, los jubilados neoyorkinos, los contrabandistas de la prohibición, la casa de Al Capone, los primeros exiliados cubanos (escapando de Machado), los segundos exilados cubanos (escapando de Batista), los demás exilados cubanos… Miami sucesiva capital del exilio cubano, nicaragüense, panameño y ahora venezolano…
    Pero volviendo al punto inicial de la repuesta, Boarding Home es una de las mejores novelas jamás escritas por un cubano.

  • Castillón,

    En su momento, Tourist Season de Carl Hiaasen.

  • Solabaya dice:

    Buena resenia. Pero te digo, la novela de Miami es
    Boarding Home de Guillermo Rosales. Vivir para ver.

  • omu dice:

    Eso es TWolfe, un caricaturista, siendo él en carne propia el vivo ejemplo, con todas sus poses de dandy. Buena reseña.

  • Dr. John Fortes dice:

    Usted sabe mucho más que el autor sobre Miami, por eso siente como una caricatura, como simplista la representación de esa realidad. Pero para una persona que no posea su información de esta ciudad, probablemente la obra resulte efectiva, creíble y sobre todo profunda. No deseo terminar mi comentario sin felicitarlo por sus reseña, que une la sensibilidad del lector y la experiencia del crítico de manera admirable.