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Un texto inédito de Lezama Lima sobre Arístides Fernández

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    Editor Jefe
  • ene 22, 201319:18h
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Al reverso del póster con que se anunció la segunda exposición personal de Arístides Fernández Vázquez (1904-1934), organizada por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación en noviembre de 1950, aparece un pequeño texto, firmado por José Lezama Lima, que no ha sido recogido, que sepamos, en ninguno de sus libros o antologías.

Es algo así como el preludio del estudio introductorio sobre el pintor que Lezama editará para la ocasión en el segundo de los Cuadernos de Arte del propio Ministerio. La limitación de espacio no obligó al crítico al previsible ejercicio de contención, y su característico estilo, eso que Lorenzo García Vega llamó “el bailongo barroco”, muestra aquí sus habituales marcas de ampulosidad, incluso en los marcos de lo que se supone que sea una mera nota biográfica de presentación. Este texto lleva el sello inequívoco de toda la literatura lezamesca, maremágnum donde varias observaciones destacan por su singular agudeza —y por lo tanto, se le puede aplicar la norma básica para una lectura-provechosa-de-Lezama-el-arduo: espigar.

Arístides Fernández representa, entre nosotros, el extraño caso de un pintor cuya aparición pública viene escoltada simultáneamente por una densa obra crítica —que se debe, casi íntegramente, al propio Lezama. Le dedicó numerosas páginas, a las que ahora vienen a agregarse éstas. La razón de tanto interés: para Lezama, Fernández es el primer emblema de dos cuestiones fundamentales de su propia poética.

Primero, la refutación de una visión cronológica de la poiesis: por su fallecimiento prematuro, el pintor se le aparece siempre al escritor bajo el signo del “tiempo negado”, y debe ser juzgado desde la óptica de esa potencialidad visible, devenida Forma en suspenso. Ya no se trata más de la “evolución” del artista, sino de la temporalidad de la intuición creadora, “pues es obvio que cuanto menos se otorgó el tiempo a una obra o a una persona, el reverso del mismo parece alcanzar un resplandor donde la simple posibilidad es un hecho”. Se establece así la perspectiva temporal que regirá toda la obra crítica de Lezama, el juicio desde la imago, la definición a partir de “lo que pudo haber sido” una obra o un artista, independientemente de una historia de los estilos o los pintores. Lo que le importa en Arístides Fernández no es el legado material de su obra (pintada toda en los cinco o seis meses anteriores a su muerte, y a la que alguna vez se refiere como “las obras menores de un gran pintor cuyas obras fundamentales se han perdido”) sino descifrar esa obra como indicio visible de una potencialidad encarnada en un súbito creativo. De esta manera, Lezama evitó pensar en su difícil circunstancia desde la perspectiva de la frustración o lo “no alcanzado”, para a cambio sacar provecho incluso de figuras que una historia del arte tradicional bien podría calificar de prematuras. A sus ojos, la gran virtud de la pintura de Fernández —paradójicamente, el más joven y el más logrado de los pintores cubanos— era haber legitimado las virtudes de lo inconcluso, una sustancia y no una síntesis, dando ejemplo de una nueva temporalidad creativa.

En segundo lugar, con los años Lezama también cree descubrir en la pintura de Arístides Fernández una encarnación de lo cubano “sin ningún grito ornamental”. A diferencia de otros pintores emblemáticos de nuestra tradición plástica, como Mariano, Portocarrero o Amelia Peláez, la obra de Arístides Fernández exhibe una sobriedad que Lezama relaciona con el poder del arquetipo. Usando como ejemplos el retrato de la madre (“…ahí está para siempre. Es una madre cubana. Es el arquetipo de lo delicado. Colmo de la gravedad, colmo de la ascensión. Como si dijéramos lo verde francés, el amarillo español, es la madre cubana”) y el célebre cuadro La familia se retrata, donde por primera vez en la pintura cubana las figuras se retratan fuera de la casa, Lezama se acerca, en su particular estilo, a una fabulación del nacionalismo desde los terrenos del mito discreto, el mito anti-exuberante de una naturaleza esencial. Así, Arístides Fernández sería justamente ese pintor que escapa de los símbolos habituales de la identidad para hacer visible “lo más secreto de un pintor cubano, su participación y su desdén”.

PS: Este texto de Lezama no aparece referenciado en La visualidad infinita (Letras Cubanas, La Habana, 1994), antología de Leonel Capote que supuestamente recoge todos los textos lezamianos dedicados a la crítica de arte, pero sí se le menciona recientemente en el suplemento I a la Bibliografía de JLL, editada por Araceli García Carranza.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

* * *

Nacido en La Habana, en 1904, coincidiendo la ciudad y la fecha en un inicio de universalidad y republicanismo, de modernidad y ruptura. Asiste a la academia de San Alejandro, más como visitante espaciado e irónico, que afanoso de ganarse cualquier ordenanza artística. Al rechazar, en busca de más sobrias y ascendentes experiencias, y no por la pereza que sólo se fía de su orgullo y de la soberanía de sus dones, la brindada oficiosidad; se obligaba a perseguir en sus vicisitudes las intuiciones que verificaba sobre su aprendizaje y las formas, el color molido y las reapariciones y sumergimientos de la luz por la distancia vacía.

Escoger con apasionamiento, decisión que entraña mágicos aciertos antológicos y críticos, parece ser el primer perfil de la expresión americana. Si el ejercicio crítico y el constante oficio son siempre especie de reconocimiento, en que se apetece una constante para concluir, una previa memoria cíclica que se complace en insistir; es, entre nosotros, ese conocimiento crítico, más apasionado que irónico, ardoroso y casi nunca dubitativo, el que prefiere o escoge para crear una tradición, ya que sospecha que la secularidad o los estilos lo rozan sin posesionarlo. Ese patético conocer crítico de entresacar o distinguir, llevaba a Arístides Fernández del lado del padre Cézanne. Que no había escogido con más párpados humildes ni soltando riendas en las encrucijadas, lo revelaría su fatum, el tenaz desconocido que parecía vigilarlo tan de cerca.

Fue muy venturoso para él y para nosotros, que en el momento de escoger los granos para su harina, se librase de tantas fascinaciones y lamentos. Las demoras en una voluptuosidad a lo Renoir y Bonnard, o a lo Renoir y Matisse, ganadas dignamente por la siesta a la francesa; o la vuelta al vitral medieval subrayando con la ausencia de fervor de todo retour la exhautez de una forma ya cumplida; o la voracidad por una materia que sólo recibiese el orgullo de los más vigilados movimientos del sujeto de creación, parecían alejarlo en su curiosidad por la sustancia cezanniana, de su metáfora plástica.

En la forma en que se resuelve su obra, casi toda hecha seis meses antes de morir, rodea e intuye las esencias de su aprendizaje muy cerca de alcanzar la plenitud de su forma. De tal manera que su propio aprendizaje se puede también intuir como obra, como adquirido relieveLa aparente espera, llena de trabajados secretos marinos; los castigos y disfraces del ser llevados hasta los límites de la piel, ocupando un cuerpo; la voluptuosidad coincidente de la forma y el contorno de los objetos, lograban su aprendizaje llevando su plenitud hasta su destrucción, marchando hacia su misterio o segunda figura.

Para alcanzar esa alta medida de aprendices, Arístides Fernández comenzó por distinguir el color como sustancia y el color como cuerpo. Y el color como suma de gránulos y el arte como los infinitos posibles de un imposible. Dispuso así de las más delicadas variantes de rostros, circunstancias y preferencias de color, que mostraban en cada instante su aprendizaje, reobrando sobre las formas como si esas mismas variaciones fueran la máscara de su imposible.

Parecerá siempre que su aprendizaje y su forma luchan amistosamente con el devenir, trabajándolos como la continuidad secreta que va logrando la otra figura: aquella en que la Forma se transfigura en Acto.

José Lezama Lima

Imagen: Arístides Fernández, “Autorretrato” (Óleo sobre tela, 39 x 31,5 cm).

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2 respuestas
Comentarios

  • Liborio dice:

    Buen comentario, que solo pudiera deja dolor de cabeza a quien la tenga.

  • Miguel Iturralde dice:

    Sí señor, lezamanio hasta el tuétano ese preludio introductorio que después de leerlo deja a uno en preludio a un dolor de cabeza. Saludos.