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Wifredo Lam, un biografema

  • pd
    Editor Jefe
  • ene 15, 201314:26h
  • 1 comentarios

En dos vitrinas equidistantes están las cartas de Wifredo a Sara Sluger (1955-56). Las fotos de Wifredo y Sara, con sus amigos, en distintas partes del mundo.

Las cartas son cartas de amor, discretas, sutiles por el cuidado de los datos y las penas, concebidas como dibujos. Son llamativos los sobres, escritos con grandes caracteres de colores y dibujos: “como las de un niño” —dice Sara. En una de ellas un dibujo dice “yerba totémica”. De las fotos, una llama la atención: Picasso le dibuja con birome, en la rodilla, una mujer, a Sara.

En otra vitrina central, los libros que hablan de Wifredo, de su obra, como el de Max-Pol Fouchet. Otros que analizan paupérrimamente el trabajo de Lam.

En las paredes hay gouaches, dos óleos de pequeño formato pintados cuando Wifredo tenía 14 años. Y algunas litografías, dibujos sueltos. Y los dibujos que ilustraron un libro de René Char y el Fata Morgana, de André Breton.

En una necrológica Faustino Cordon cuenta: “se levantaba muy temprano, al alba, a leer antropología, era un gran lector”.

Recuerdo —dice Wifredo— a mi padre chino, muy severo, que hablaba mucho de los muertos y de toda clase de paisajes: de Siberia, de Mongolia, de Tartaria, el drama de Asia y del Mar de China.

Mi padre llenaba de ideogramas los muros de una habitación.

Mi padre tenía un bellísimo nombre: Lam Yan, que quiere decir: el hombre del promontorio agreste que mira al cielo azul.

Mi padre murió accidentalmente a la edad de 108 años.

Mantónica Wilson, comadrona y hechicera, lo inició en el mundo de los negros: hacía la “limpieza” de sus pacientes pasándoles por todo el cuerpo una moneda española. El enfermo después se la llevaba al salir de la casa, sin mirar hacia atrás —como Orfeo al salir del Averno— si no quería que lo acompañara el mal.

De niño, mi imaginación me daba miedo.

Niño aún, en los jardines vivían unos mellizos misteriosos: los Ibeyes. Había que ir con mucho cuidado con los chichirikúes, duendes enanos de afilados dientitos. “No te bañes en el río” —me aconsejaba Mantónica la sanadora—. Allí viven los güijes. Te cogerán y te llevarán con ellos”.

“Sagua la Grande, Cuba. No vi más rastro de los flamboyanes en flor, entre los que, según dicen, transcurrió la juventud de Wifredo”.

Estatuas que vio en lo de Mantónica Wilson. Las plantas del jardín de su madre. Los cocuyos. Máscaras. Rostros como rodajas de frutos y cuerpos de niños desnudos trabados entre vibrantes cañas. Follajes. Pie. Palmas húmedas. Geometrías arqueadas por el peso de un leve dios yoruba. Lujurioso. El alacrán de azúcar. Pureza de una escritura china, africana, española. Y lo que los hechiceros saben hacer con ella: ungüentos cenizosos y plateados, de ubicua caracola.

Foto: Jesse Fernández, 1958.

* Me ha llamado la atención este texto, incluido por Arturo Carrera y Teresa Arijón en su singular antología Teoría del cielo (Planeta, Biblioteca del Sur, Buenos Aires, 1992), donde se ensaya el ejercicio barthesiano del biografema (la biografía de un autor a través de las palabras de sus libros) para trazar una genealogía curiosa de cierta literatura latinoamericana por la vía de las correspondencias. Concebido casi como un poema en prosa, este texto “cose” otros del propio Carrera, Max-Pol Fouchet, catálogos y entrevistas del artista cubano.

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1 respuestas
Comentarios

  • omu dice:

    pd truhán, si no fuera por estas cosas que te sacas del pañal, no confesaría mi amor por ti en público… claro, luego me sales con un biograsflemia, y a empinar chiringas.

  • matronize