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Mis libros del 2012

  • ene 03, 201319:20h
  • 4 comentarios

El que acaba de terminar ha sido para mí un año de viajes, depresiones y lecturas en avión. Siento un poco de (sana) envidia cuando repaso esas listas de libros que varios colaboradores del blog me han enviado en las últimas dos semanas: me habría gustado encontrar la concentración suficiente para sagaces construcciones intelectuales, deliberadas tareas “productivas” o edificantes armazones temáticas. A lo largo del 2012 apenas alcancé a leer de manera desordenada algunos cuentos y novelas de amor (me siento tentado de agregar “valga la redundancia”, porque quizá lo romanesco alcanza su definición mejor cuando explora ese antiguo tema con variaciones).

No estoy seguro de que mi lista ofrezca mayor interés que el testimonio sentimental, pero sí ha funcionado como exorcismo curativo. Ya Wilde decía que la crítica literaria es la única forma civilizada de la autobiografía, y en ese sentido siempre prefiero los catálogos íntimos a los ejercicios de ostentación. Por otra parte, uno va envejeciendo y comienza a apreciar más ciertos romanticismos novelados que las circunstancias de una vida donde los finales se vuelven demasiado previsibles. Un amor que termina, otro nuevo que se insinúa, y no emergemos más sabios sino más confundidos. Leer novelas, entonces, no sólo para salir de la depresión o para sanar sentimentalmente (soy un creyente convencido en el poder terapeútico de la ficción) sino también para correr aventuras escabrosas, dar forma a lo imprevisto, descubrir emociones agostadas en lo cotidiano o sentir de manera vicaria aquello que a veces nos da miedo vivir.

1.
La primavera pasada leí con entusiasmo Libertad, la última novela de Jonathan Franzen. No me gustó tanto como Las correccciones, pero igual me atrapó durante una semana. Franzen tiene ese poder de encantamiento que admiro cada vez más en un escritor: convertir a sus personajes en inmediatos acompañantes de nuestra propia vida. Juro que sufrí y reí a carcajadas con las vicisitudes de la familia Berglund, y que durante días me persiguieron las dudas sobre hasta qué punto Patty, la protagonista, había hecho bien al regresar con el hombre que siempre la había amado, y no con el que ella amaba. En ese sentido tengo que dar la razón a la crítica insidiosa que aseguró que Libertad no es más que un culebrón sobre una familia disfuncional del Midwest. Novela tramposa en sus resoluciones dramáticas, y poco lograda como metáfora sobre el complejo tema de la libertad humana, resulta en cambio acertadísima como relato de las tortuosas evoluciones de la pasión en diferentes edades o como entretenida sátira de las contradicciones del mundo liberal estadounidense.

No hay que insistir en cargar a Franzen con la misión tolstoiana de escribir una Gran Novela Americana, cuando lo que ha probado esta vez es su aptitud para hacer una buena novela sentimental. El único Tolstoi que tiene algo que ver con este Franzen es el de Felicidad conyugal. Y eso no es cosa poca.

2.
Una experiencia de lectura completamente diferente fue la que me deparó El origen del mundo (así han traducido al español Le Grande Beune), de Pierre Michon.

Cada libro de Michon es para mí como una fiesta privada. He comprado, incluso, vinos especiales para acompañarlos. (Con el molesto resultado de leer, exultante, un centenar de páginas… de las que, sin embargo, al otro día sólo me queda un vago recuerdo aderezado con una profunda resaca).

Me leí tres veces esta noveleta (una de ellas, con no poco trabajo, en su idioma original). Es un volumen “raro”, incluso dentro del corpus de este escritor —ya un poco raro de por sí. Tal vez sea el libro más “novelesco” de los suyos, aunque Michon no es nunca novelesco a la manera, digamos, de Tournier. Llevo varios años leyéndolo, una y otra vez, para descifrar los acertijos de su “técnica”. Pero he sacado poco en claro, además del placer. Aún no entiendo cómo hace para contar de esa manera, fluida y densa al mismo tiempo. “No puedo escribir sin cantar”, dijo alguna vez. Y esa parte “cantada” de su prosa evade las definiciones tradicionales sobre la “buena escritura”. Veo a Michon como la encarnación de aquel ideal flaubertiano de una novela que no tratase de nada propiamente, y que se sostendría sólo en el estilo, en el “canto”. Pero siempre se las arregla para tejer historias fascinantes, hipnóticas. Desde luego, es un tipo de escritor que sólo podría existir en francés, como Gracq, Ponge o Pierre Bergounioux, tal vez el más reciente representante de esa estirpe.

El “Gran Beune” es el río de la Dordoña que baña Castelnau, un pequeño pueblo donde el protagonista de estas páginas llega a ejercer como profesor, justo antes de hacer el gran descubrimiento erótico de su vida: Yvonne, la mujer que atiende el estanco de tabaco. De ella sabemos que tiene “entre treinta y cuarenta años”, que es de piel muy blanca y caderas abundantes, que sus manos son casi perfectas y que en su rostro sin afeites, “desnudo como un vientre”, unos ojos claros contrastan con el cabello negro como un ala de cuervo… Cuatro o cinco frases después de que aparezca ya la amamos, de la misma manera desesperada que la ama el narrador.

Novela del deseo total, de la más delicada lujuria y del amor más trascendente, todo al mismo tiempo; relato de la sangre que se atropella ante la belleza madura, y de la herida memoriosa de un deseo no consumado. Suprema delicadeza narrativa para trasvasar algo sumamente íntimo, masturbatorio. Y de la misma manera que hay algo rotundo en la aparición de esa mujer recordada (“No creo en las bellezas que se van revelando poco a poco; sólo me importan las apariciones”), también hay algo rotundo y funcional en cada palabra de este libro apasionado y preciso. Son las palabras de un sabio, ya de vuelta de una vida que nosotros apenas vislumbramos. Un sabio que recuerda —y añora— ese deseo en vilo del que brotan sucesivos encantamientos verbales. Todo lo que dice este narrador sobre la pasión me hizo caminar varios días en estado de gracia. Me trajo noticias de un erotismo que yo nunca he logrado alcanzar, o apenas por momentos, como revelación de una nueva lengua de la que conocemos sólo los rudimentos; un goce primitivo y esencial que olvidamos hace mucho tiempo, mientras nos empeñábamos en ejercicios de posesión.

Hay tres grandes escenas en este libro de apenas 80 páginas: la primera descripción de Yvonne, objeto del deseo y tormento; la reflexión sobre la infancia y los celos infantiles que propicia un niño en bici, y el descenso final a la caverna de las pinturas rupestres, donde tendrá lugar el descubrimiento del arte a través de la comunicación con lo arcaico, un rito de pasaje propiciado por el Eros.

Historia íntima que se vuelve prehistoria: no conozco ningún otro escritor vivo capaz de esa magia.

3.
Un episodio erótico similar al que describe Michon es el detonante de Antigua luz, la novela más reciente de John Banville. El narrador, un viejo actor felizmente casado, rememora los sentimientos de un remoto pasado, en que se enamoró locamente de la madre de su mejor amigo. Desde el comienzo, cuando nos cuenta que cree haberla visto por primera vez con diez años —sobre una bicicleta, mientras un golpe de viento le levanta la falda—, hasta el sorprendente final de culpas redimidas, esta novela hace una ostentación retórica de todas las variantes del recuerdo, girando una y otra vez, como un huso de antigua hilandera, sobre la misma mujer, convertida en árbitro primigenio y perdurable de todas las relaciones del narrador con las demás personas y con el mundo en general.

Banville es hoy el heredero más confiable de la prosa de Nabokov y su religión de los detalles, el único capaz de referirse al “oro batido de las hojas caídas” para describir la hojarasca de un bosque de avellanas. Y en esta novela, que es una especia de Lolita temáticamente invertida, están todas las justificaciones posibles del fetichismo, puesto al servicio de un erotismo delicado que brota de la opulente lascivia de la mujer madura. El lector también tiene que agradecer a Banville sus provechosas lecturas de Henry James, de donde extrajo seguramente esa capacidad para revelar la manera en que los niños empiezan a acercarse al mundo adulto a través de los objetos o su especial habilidad para revelar la textura de ciertos sentimientos (el recelo que sigue a unos compinches de cierto delito intrascendente, la necesidad tan adolescente de contar los secretos, los primeros y confusos minutos de unos amantes culpables…), descritos como el paisaje minucioso de ciertos pintores holandeses. A veces demasiado bien descritos, si algo así es posible; casi como naturalezas muertas. Porque me pasa con este escritor que muestra tanto dominio de la técnica narrativa que a veces leyéndolo se tiene la impresión de pasear sosegadamente entre un bosque con árboles de hielo. En sus primeras novelas, mis preferidas, (Mefisto, El intocable, La carta de Newton) había un poder de seducción que se echa en falta en ésta y en las otras dos más recientes (El mar, Los infinitos). Pero Antigua luz me sirvió, además, como obertura de un tema, la muerte del hijo (hija, en este caso), que fue asomando, curiosamente, en otros libros descubiertos este año (entre ellos el estremecedor opúsculo de Abel Posse sobre el suicidio de su hijo adolescente, que fue parte de mis pesadillas veraniegas).

4.
La muerte del hijo y su contrapunto tenebroso con una idea del amor total es el tema, por ejemplo, del cuento “Dimensiones”, con que se abre Demasiada felicidad, de Alice Munro. Un marido loco, tras asesinar a sus tres hijos, recibe en la cárcel la visita de la madre doliente. Y entonces le cuenta que sus hijos están vivos, en otra dimensión, desde donde a veces vienen a visitarlo. La madre, hundida en el más profundo de los duelos, empieza a consolarse con esa idea, y a visitar al homicida para que le dé noticias de esos hijos reaparecidos en la imaginación de su asesino. Hasta que un día, felizmente, se desvía de ese camino directo hacia la insania, por un imperativo vital disfrazado de azar.

En otro de los cuentos, titulado “Ficción”, uno encuentra este párrafo perfecto:

“Empezar a enamorarse. Eso sugiere cierto paso del tiempo, cierto abandono: pero también se puede tomar como una aceleración, el momento o el segundo en que te enamoras. Ahora Jon no está enamorado de Edie. Tic, tac. Ahora lo está. Eso no se podía considerar probable ni posible de ninguna manera, a menos que pensaras en que de repente te parte un rayo, en una desgracia inesperada. El revés del destino que deja a una persona impedida, la broma terrible que transforma unos ojos claros en ojos ciegos”.

Demasiada felicidad es el único libro de Munro que he leído hasta ahora, pero es tan bueno que casi tengo miedo de leer otra cosa suya, para no decepcionarme. Hay muy poca felicidad conseguida en sus páginas, pero mucha gente que la busca, que la ronda una y otra vez. Esta escritora se atreve a contar cosas que nadie más podría contar. Sabe lidiar con el delirio, la crueldad y la humillación sin el menor efectismo, desde un tono chejoviano, emparentado muchas veces con la poesía de lo terrible, que tanto me recuerda a Flannery O’Connor. Hay también una hermosa historia de amor, que da título al libro, cuya protagonista es Sofía Kovalevski, célebre matemática rusa establecida en Suecia, y su pasión desesperada por Maksim, “un hombre que no estaba acostumbrado a ser relegado, que probablemente jamás había acudido a ningún salón, a ninguna recepción, desde que era adulto, donde hubiera ocurrido tal cosa”.

¿Cómo amar desde la certeza de la desigualdad radical del alma? ¿Cómo es que el amor no distingue al genio del mezquino? A lo largo de la historia del tormentoso toma y daca de esta pareja, que hará todo lo posible por destruirse alternando rachas de frialdad, rupturas, rupturas a medias y repentina cordialidad, se trasluce la idea de la pasión como sueño malsano o alucinación enfermiza, pero también inevitable. Pasión y matemáticas no son exactos opuestos, parece decirnos la Munro con una sonrisa, mientras desenrolla la detallada biografía de un amor romántico, que termina, como es lógico, con la muerte de la protagonista y el discurso funerario del amante.

El amor es visto en todos estos cuentos como una de las tantas formas de la ceguera. Y es admirable la manera en que Munro escoje contar esas pasiones como si hiciera las reseñas de un imposible Libro de la Vida. Escribir como si se hiciera la reseña del libro que a uno le gustaría escribir: gran consejo para escribir sobre la felicidad.

5.
Mi última gran novela de este año fue El buen soldado, de Ford Madox Ford, un clásico que hice bien, creo, en leer tardíamente pues hace años no me habría causado la misma impresión. Imagínense la versión victoriana de una fiesta de swingers, donde hay uno que se dedica a mirar. Dos parejas adineradas, un matrimonio norteamericano y otro inglés, los Dowell y los Ashburnham, entablan una amistad que dura nueve años, desde 1904 a 1913. Y estas relaciones, aparentemente normales, se van revelando poco a poco como un complejo entramado de ambigüedades, pactos, secretos y traiciones, contadas por uno de los protagonistas, una persona autodefinida como “respetable”, a quien su mujer ha engañado durante años y sus amigos han utilizado de la manera más turbia.

Uno no puede confiar en este narrador bienintencionado, ante el cual desfilan los hechos sin provocar las emociones previsibles. Y esa es justamente la gran hazaña técnica del autor, ese juego de espejos donde el lector tiene que espiar (muchas veces con un placer perverso) detrás de lo que cuenta el narrador. Así, una novela de amor e infidelidad se convierte en una gran pregunta metaliteraria por la realidad de lo narrado.

El tono dominante es la ironía, desde el título y el subtítulo del libro (¿cómo puede ser Edward Ashburnham un “buen soldado”, cómo puede ser ésta una “historia de pasión” si quien la cuenta es una persona incapaz de apasionarse, sexual y moralmente?) hasta el mecanismo de ruptura entre la índole de lo contado y la actitud del narrador.

Las cuatro personas que componen esta trama son parte de la “crema y nata” de la sociedad internacional, y lo primero que sabemos de ellos tiene la placidez del idilio. Los Ashburnham son nobles y terratenientes; Florence Dowell, la esposa del narrador, está muy delicada del corazón y debe ser protegida de cualquier sobresalto. Leonora es quizás demasiado estricta en su manera de llevar los asuntos domésticos, pero ha puesto de manifiesto su temple y su capacidad de sacrificio: la vemos como una espléndida mujer al servicio de su espléndido marido, “magnífico soldado, un terrateniente excelente, un magistrado amable como pocos, meticuloso y trabajador, un personaje público probo, honesto, que trataba bien a las personas y era imparcial en sus juicios…, el modelo de ser humano, de héroe, de atleta, de padre de la patria, de legislador”. Durante años estas cuatro personas se han venido reuniendo en balnearios y viajes, han compartido intereses y conversaciones. Y de pronto nos enteramos de que todo era una farsa: la enfermedad de Florence era la excusa para un libertinaje desenfrenado, la eficacia doméstica de Leonora era el reflejo de una voluntad maniaca de control, manipulación y despecho egoísta; la virilidad heroica del soldado escondía a un mujeriego sin remedio… Y el narrador, a diferencia del lector, no consigue reconciliar muy bien la verdad con su fe en las apariencias.

Hay un momento trágico y revelador en que John Dowell alcanza el punto máximo de tormento al que puede llegar un habitante de Nueva Inglaterra, para luego retractarse:

“Nuestra intimidad era como un minué… ¡No, Dios mío, es falso! No era un minué lo que bailábamos; estábamos en una cárcel… una cárcel llena de vociferantes ataques de histeria… Y, sin embargo, juro por el sagrado nombre de mi creador que era verdad. Era la verdadera luz del sol; la verdadera música; el verdadero murmullo de las fuentes desde las bocas de los delfines de piedra. Porque si para mí éramos cuatro personas con los mismos gustos, con los mismos deseos, actuando —o no, sin actuar—, sentándonos aquí y allá unánimemente, ¿no es eso la verdad?”.

Más allá de la disociación entre las convenciones sociales y la realidad humana, que es uno de los temas centrales del libro, esta duda sobre el “para mí” último de la realidad resulta el verdadero tema de El buen soldado. Al preguntarse si la pasión a la que asiste tiene algo que ver con la realidad última de los hechos o de las personas, el narrador esboza el dilema último de toda escritura. Y todo esto viene acompañado de un derroche de tecnicismo: el propio Ford decía, doce años después de publicada esta novela y sin asomo de modestia, “¿es posible que yo escribiera tan bien por entonces?”.

A pesar de ciertos asuntos anacrónicos, como la antítesis moral entre catolicismo y protestantismo, un siglo después de publicada por primera vez esta novela conserva la inagotable actualidad de los clásicos, el placer del arquetipo, donde se confunden las lecciones de vida y las de escritura. Como esta reflexión del narrador, ciego ante su propia vida, que descubre a tientas la más profunda razón que sostiene las pasiones amorosas: “Todos tenemos mucho miedo, todos estamos muy solos, todos estamos muy necesitados de alguna confirmación exterior de que merecemos existir”.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

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4 respuestas
Comentarios

  • Testimonial y terapéutica, quizá, pero sin duda incitante y conmovedora. Me has despertado mucho la curiosidad y un poco la nostalgia. Un abrazo, querido.

  • José Julian dice:

    Wow! Excelente. No en balde… Muy bien, muy bien. Desconfío totalmente de Franzen, no las tengo todas con Banville, Alice Munro ha escrito demasiado, pero PD se ha lucido aquí: bellamente escrito, lleno de ideas y observaciones propias, rozando ya él mismo la buena prosa de ficción. Venga acá, acérquese para darle un abrazo. Well done!

  • levantad carpintero dice:

    no hay nada más tierno que un hombre vulnerable, sufre sin miedo que todo pasa.

  • Anónimo dice:

    Vaya, que el tiempo sí pasa y no pasa en vano…Un Busto vulnerable. Enhorabuena.

  • matronize