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Mis diez libros del 2012

  • dic 31, 201216:00h
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Para quien lee casi sin parar —tal vez para evadirse del acto más responsable y arduo de escribir— le resulta difícil distinguir, al término de todo un año, diez libros que, por el regocijo intelectual que puedan dejar en el ánimo, merezcan sobresalir entre los demás. No obstante, intentaré una lista más apegada a un orden cronológico que jerárquico, como ejercicio de posterior degustación:

Moscow, December 25, 1991, The Last Day of the Soviet Union de Conor O’Clery. El título largo y peculiar me sedujo al instante. Recordaba ese día —cuando vi arriar en la televisión la bandera de la hoz y el martillo en el Kremlin— como el más feliz de mi vida. Adquirí el libro a fines del año 2011, con la intención de leerlo a los 20 años exactos del suceso; pero lo perdí en un aeropuerto y vine a comprar otro ejemplar al volver a casa en la primavera. Es un recuento minucioso de lo que ocurre esa último día de la URSS, desde que amanece en la dacha de Gorbachov hasta que éste entrega el poder por la noche, con documentadas retrospectivas a los sucesos que hicieron posible tal desenlace. Prolijo en los conflictos entre facciones dentro de la cúpula comunista responsables de la implosión del imperio soviético, el libro sirve para ilustrar el final del mayor ensayo de ingeniería social de la historia que, a la postre, no pasó de ser una ilusión sangrienta.

The Age of Innocence. La célebre novela de Edith Wharton, cuya lectura venía aplazando durante años, asoma al lector a un Nueva York idílico, caricaturescamente convencional y casi provinciano de las últimas décadas del siglo XIX. No es para nada la ciudad de desbordada pujanza y terribles contrastes que se nos revela, por ejemplo, en las Escenas norteamericanas de Martí; sino un ambiente perfectamente controlado que, por momentos, nos recuerda una pintoresca escenografía con ribetes de costumbrismo. Sin embargo, según nos adentramos en la obra, la personalidad de los caracteres consigue seducirnos y absorbernos, sus conflictos (en particular los de los protagonistas) llegan a ser de una convincente intensidad y las lecciones que imparte su lectura la emparentan con las mejores páginas de Tolstoi o Mann.

Did Jesus Exist? Hace un par de años, Bart D. Ehrmann logró seducirme con otro trabajo exegético sobre el fundador del cristianismo: Jesus, Interrupted en el que este profesor de Nuevo Testamento, que además es agnóstico, resalta las contradicciones del relato evangélico. En este más reciente prueba, con abundante y minuciosa labor documental, la existencia histórica de Jesús de Nazaret, frente a toda una corriente “miticista” que considera a Jesús una invención a posteriori de la Iglesia. Aunque puede apuntársele como un defecto cierto didactismo típico del erudito que escribe para legos, el autor consigue exponer vigorosamente su tesis, la cual frustra tanto a los humanistas ateos —que, empeñados en negar la divinidad de Jesús, terminan por negar, con argumentos endebles, su humanidad— como a los cristianos piadosos —que, en ánimo de afirmar la divinidad de Jesús, adulteran su humanidad. “Jesús fue inescapable e ineluctablemente un judío que vivió en la Palestina del siglo I” —dice Ehrmann—. “Él no era semejante a nosotros y si hacemos que se nos parezca transformamos al Jesús histórico en una criatura que hemos inventado para nosotros y nuestros propios fines… Su mundo no fue el nuestro, sus intereses no fueron los nuestros y —lo más notable de todo— sus creencias no fueron las nuestras”. Una conclusión en la que vale la pena reflexionar.

Hadrian and the Triumph of Rome, de Anthony Everitt. Una apasionante biografía de uno de los más notables emperadores romanos, que puede leerse casi como una novela y que, en alguna medida, sirve para recolocar la vida de un personaje suplantada por un novela extraordinaria. Pese a haber abordado el personaje en muchos y diversos textos, desde que leí las Memorias de Adriano, hace más de 30 años, el emperador había sido para mí el protagonista de esa obra maestra de Marguerite Yourcenar, en la que ella logra convertírnoslo en un individuo cercano y entrañable. Everitt me devuelve ahora al hombre de Estado —en ocasiones egoísta y cruel—, sin menoscabo de su humanidad, en una prosa amenísima que logra entusiasmar desde el comienzo. Celebro haber compartido ese entusiasmo con mi amigo Reinaldo García Ramos que también encontró razones para resaltar su lectura.

The Fourth Part of the World. Cuando el conocimiento de un tema y el talento para exponerlo coinciden en un autor, el que lo lee siente un regocijo que sólo puede describirse con la palabra “fruición”. Toby Lester posee esta doble virtud que hace de este libro suyo —que subtitula “La carrera hasta los confines de la Tierra, y el relato épico del mapa que le dio a América su nombre”— una deslumbrante aventura, tanto en la esfera de la exploración geográfica como de la cartografía. Los textos y testimonios que constituyen los antecedentes del famoso mapa de Martin Waldseemüller y Mathias Ringmann, el primero en mostrar el Nuevo Mundo como un continente (antes de que Vasco Núñez de Balboa descubriera el Pacífico) y nombrar esa vasto territorio en honor de Amerigo Vespucci, es un relato que se sigue con fascinación y que Lester va “armando” ante nuestros ojos como un prodigioso rompecabezas.

Rimbaud, the Double Life of a Rebel. La breve vida del poeta encuentra en el biógrafo, historiador y memorialista Edmund White fuente para un obra llena de lucidez y amor. Rimbaud regresa en esta biografía de 2008 para afirmar el retrato suyo que hemos visto en la película que protagonizara Leonardo DiCaprio: caprichoso, insolente, desamparado, rebelde, pero dueño de una fuerza verbal que lo sitúa, a la par de Baudelaire —y acaso con mayor atrevimiento— a la cabeza de la poesía contemporánea. La escabrosa relación de Rimbaud con Verlaine tiene amplia cabida en esta vida del gran inconforme que abandonó la literatura para encontrarse, sin mediaciones, con la aventura de vivir.

The Crusades Through Arab Eyes, traducción reciente de Les Crusades vues par les Arabes (1983) del historiador y novelista libanés Amin Maalouf, que cuenta el traumático episodio del encuentro de las campañas cristianas en Tierra Santa de hace casi un milenio desde una perspectiva islámica. Los datos que aporta el libro no difieren mucho de las obras fundamentales sobre el tema escritas por occidentales, como es The History of the Crusades, de Steven Runciman, tenida hasta el presente como la más completa y definitiva; sólo es novedoso el punto de vista y las consecuencias que el autor deriva de los hechos. Curiosamente, Maalouf resalta, al final de su libro —contrario a lo que podría esperarse— la superioridad institucional de los invasores francos, a pesar del estado de guerra en que vivieron con sus vecinos del Levante, si bien afirma que, gracias a las Cruzadas, los árabes rehusaron abrir su propia sociedad a las ideas de Occidente. Al respecto dice el autor: “asaltado por todas partes, el mundo musulmán se recogió en sí mismo. Se tornó hipersensible, defensivo, intolerante, estéril —actitudes que empeoraron progresivamente en tanto la evolución del resto del mundo…continuaba”. La desconfianza y enemistad perviven en la actualidad con mayor encono que nunca, pero el autor pasa por alto que las conquistas del islam, medio milenio antes que las Cruzadas, fueron siempre una cuenta pendiente para la cristiandad.

Hombres sin mujer. Aunque tuve el privilegio de conocer y tratar a Carlos Montenegro recién llegado yo al exilio, nunca había tenido la oportunidad de leer la novela que lo acredita como uno de los mejores narradores cubanos de cualquier época y que le da un lugar, en mi opinión, entre los grandes escritores contemporáneos de nuestra lengua. Mi amigo Pedro Yanes me la envió de regalo en una edición mexicana de bolsillo de 1959, y la leí, en poco más de una sentada, a la luz de las velas durante el apagón que nos trajo el huracán “Sandy” a finales de octubre. Confieso que me deslumbró: tanto la trama que se desenvuelve en ese mundo sórdido de la cárcel, donde sigue habiendo lugar para los sentimientos nobles a pesar de la degradación que impone el medio; como la manera de contar que no debe nada a la tradición literaria nacional y que se emparenta con la narrativa norteamericana del momento. ¡Qué bueno sería que muchos de nuestros escritores, deshilvanados y “neobarrocos”, que a veces no saben ordenar tres oraciones con gracia, se leyeran con devoción discipular esta breve novela de Montenegro que es, entre otras cosas notables, una lección de cómo narrar bien!

The Postman Always Rings Twice, de James M. Cain es otro modelo de la buena prosa narrativa de los años treinta. Al igual que la novela de Montenegro, El cartero… es breve y las acciones tienen lugar con sorprendente celeridad. Frank seduce a la mujer de su patrón en un lampo y, sin dilación, trama con ella el asesinato del marido engañado. La fatalidad de un accidente restablece la justicia moral después del aparente éxito de un crimen perfecto con el cual el lector ya se ha identificado, porque en el fondo uno quiere, inducido por el autor, que triunfe el amor desordenado y fatal de esta pareja homicida. A casi 80 años de escrita, esta novela llevada varias veces al cine, es un acto de reconciliación con la buena literatura. Recuerdo haberla leído en español hace una vida, aunque tal vez entonces sólo atendí a la historia y pasé por alto su magnífica estructura narrativa (que acaso flaqueaba en la versión en español).

Historia de la Isla de Cuba. Hace un par de semanas recibí de una librería de viejo de España los cuatro tomos de esta obra de Jacobo de la Pezuela en su edición príncipe y ya me he leído el primero de ellos. En un acto de amor hacia mi país y de comprensión hacia mi propia identidad no he encontrado mejor lectura para terminar este año y empezar el que viene. Se trata de la historia más completa de la Cuba colonial, que supera en rigor y alcance todos los intentos anteriores y se convierte en obligado punto de referencia de todos los textos que, sobre el tema, le suceden. Me ha sorprendido la escrupulosidad de la investigación que respalda este libro y la amenidad con que el autor hace uso de sus muchos datos. La existencia de Cuba —desde el descubrimiento hasta 1843— se desarrolla, gobierno por gobierno, como si se tratara de un edificio cuya lenta construcción nos permitieran presenciar. Leer este texto de Jacobo de la Pezuela es de veras una exaltación del espíritu.

Vicente Echerri
Nueva York

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1 respuestas
Comentarios

  • José Julian dice:

    Sin duda el mejor reporte sobre los libros del año de los publicados aquí. Echerri escribe con elegancia y con ideas propias. Sus lecturas son selectas. Se le agradece. JJ