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Por debajo de la mesa

  • dic 30, 201211:11h
  • 38 comentarios

por Julia Cooke

Casi cada noche, a lo largo de toda mi infancia y adolescencia, preparábamos y comíamos las cenas en familia, asumiendo cada uno un papel en la cocina familiar. Cortando, midiendo, poniendo la mesa, removiendo la comida. Las comidas eran rituales.

Estoy de pie en el portal de una mansión pintada de rosa en Centro Habana, esperando en la cola para entrar en la Tienda de los Rusos. Es una habitación en la parte trasera del edificio de una embajada, donde se venden productos importados vía diplomática, latas de vegetales etiquetadas con unas letras que no puedo leer. Las he visto colgadas en las estanterías de un amigo músico, Fernando. No estoy segura de si es legal dado que, técnicamente, sólo el gobierno cubano puede importar y vender productos en un estado comunista. Ayer por la tarde en la puerta me negó la entrada un hombre que me preguntó si era rusa. Cuando le dije que no lo era, me dijo que regresara hoy, y pasaría sin ningún problema. He estado en La Habana el tiempo suficiente como para saber que la legalidad es maleable. Pero estoy lo bastante nerviosa como para darme cuenta, con cierto alivio, de que las buganvilias fucsia y blancas que crecen encima de la pared que rodea la casa esconden a una docena de personas reunidas en la calle.

Permanecemos en bandadas, la línea visualmente desorganizada pero estructuralmente rígida. Una mujer de mediana edad se sienta entre un adolescente y una chica y les habla alternativamente en un ruso tartamudeante y un cubano cantarín. El hombre delante mío en la fila lleva una bolsa que dice “Es hora de estudiar ruso.” A medida que llega mi turno no tengo ni idea de lo grande o pequeña que puede ser la tienda. Todo lo que se que he visto son las pequeñas, suculentas setas enlatadas y mi casera, Elaine, dice que tienen tés negros, baratos, deliciosos, con sabor a frutas. Las únicas verduras que he visto en las desprovistas tiendas de la Habana durante los últimos seis meses que he vivido allí han sido unos guisantes y zanahorias aguadas en lata. El único té que puedo encontrar es flojo y demasiado caro. Cuando Elaine me dio la dirección, me pidió que comprase para ella también. Al llegar mi turno, entro en la pequeña, oscura, habitación en que la única luz se filtra a través de dos ventanas pintadas de verde.

* * * *

He estado antes en la Habana, mientras estudiaba en la universidad, y hecho viajes después a la ciudad. Pero ésta era la vez que más tiempo me había quedado. Las contradicciones de La Habana me fascinaban: ataques televisivos contra los imperialistas yankis seguidos por viejos episodios de Friends; estanterías de supermercado vacías y restaurantes clandestinos que servían platos deliciosos; el hecho de que en un estado policial que encarcela los disidentes, el secreto conocido por toda La Habana era que todo el mundo estaba haciendo algo ilegal para aumentar las exiguas existencias de la libreta de racionamiento. Cada vez, en cada nuevo viaje que hacía a la ciudad, aprendía algo nuevo sobre cómo se vivía allí, y esos descubrimientos me fascinaban. Había comenzado a trabajar en un libro sobre la cultura juvenil en La Habana un año antes de mudarme, haciendo viajes de investigación de un mes y regresando allí mientras vivía en Ciudad de México. Cuando decidí ir allí para quedarme un año mis objetivos intelectuales y profesionales escondían también una vaga curiosidad: llegando como llegaba de unos rígidos Estados Unidos, quería ver si podía adaptarme al código moral más lleno de matices que parecía gobernar la forma en que vivía la gente en La Habana.

Desde mi primer viaje al país supe que las estanterías del supermercado estarían llenas de verduras harinosas en lata; lata tras lata de oscuro y aceitoso atún; sopas de pasta hechas en China; galletas azucaradas del Brasil; y una carne tan dura como un chiclet que se hubiera masticado durante horas. Rara vez había pan del día o papel de baño. Nunca ví papel de aluminio o bolsas plásticas en ninguna parte de La Habana. Las listas de la compra eran poco más que listas de deseos.

Incluso cuando me mudé allí a finales del verano del 2009, el gobierno cubano seguía intentando encontrar una forma de recuperarse de la crisis económica que había seguido a la caída de la URSS en 1991, el inocuamente bautizado “Periodo Especial en tiempos de paz.” La economía nacional había perdido alrededor del 80 % de las importaciones y exportaciones y cerca de una tercera parte de su PIB; la nación se había hundido en la pobreza tan profundamente que los padres de mis amigos me contaron historias de cómo marinar y freír pieles de banana y restos de pomelo. Llamaban a estos platos “chuletas” y se los comían con pan. A lo largo de los años noventa, el embargo estadounidense había sido continuamente estrechado por los legisladores de Washington y los exilados de Miami anticipaban una derrocamiento que nunca se materializó. En su lugar, algunas políticas de la Isla se habían relajado —se legalizó el uso de dólares, se animó al turismo, y a los granjeros se les concedieron permisos para vender directamente a los consumidores en los agromercados, fruta fresca y puestos de vegetales. Los cubanos pudieron superarlo, incluso si los adultos perdieron de un 5 a un 25% del peso total de sus cuerpos entre 1990 y 1995. Décadas después, el embargo sigue limitando no sólo el viaje a los ciudadanos norteamericanos y el comercio del gobierno sino también a compañías de otros países que hacen negocios con Cuba. Los bienes importados en los supermercados incluyen el muesli canadiense a un precio de 14 dólares, lo mismo que un cubano que viva de un salario del gobierno puede ganar en un mes.

Sin embargo, de alguna manera comí deliciosos platos en casas de amigos, cenas de bienvenida servidas tan generosamente como si la gente supiera que yo estaba empezando a pensar en colocar todas mis posesiones en un almacén de Ciudad de México durante un año. Durante la semana que siguió a mi mudanza en septiembre de 2009, un diplomático amigo que había estado allí casi una década preparó un sofrito de tallarines con tiras de pollo, col fresca y semillas de sésamo. Fernando era un experto haciendo ceviche; él y su novia me invitaron a uno, fuerte y picante, fresco, servido encima de galleticas saladas, acompañado por botellas heladas de Heineken. La semana siguiente, cuando fui a ver mi apartamento por vez primera, Elaine me empujó a una silla y me sirvió una tortilla española esponjosa hecha a partir de productos poco caros: huevos, patatas y pimiento verde.

Esos festines alcanzaron en mi imaginación proporciones míticas. Descansaba cada noche en mi cama del apartamento alquilado, mi estomago saciado y mi curiosidad despierta, y en mi mente esas comidas crecían hasta ser banquetes con mesas llenas de comida que no podía encontrar en ninguna tienda. Las buenas comidas en La Habana parecían un desafío y una afirmación, una insistencia en la importancia de la sensualidad sobre la utilidad, y como tales, una declaración política indirecta. Tal vez como resultado de ello, parecía más decadente comer muy bien en La Habana, sobre todo dada la fama de su pollo fibroso y su arroz seco. A medida que me enfrenté con meses de viajes al supermercado llenos de latas de atún pero sin pescado fresco, la tarea de descubrir cómo esos amigos se procuraban su comida se hizo imperativa. No estaba segura de cuáles eran las penas por comprar comida en el mercado negro, pero a juzgar por su omnipresencia, quería correr el riesgo. Me abstuve de comprar carne roja —sabía que matar una vaca en Cuba acarreaba una sentencia de cárcel, dada su escasez— pero respecto al resto, me parecía que representaba la diferencia entre estar en La Habana y vivir en ella realmente.

* * * *

Siempre me ha gustado mirar a la gente. A lo largo de septiembre y octubre, miraba gente en las paradas del autobús. Grupos de tres y cuatro personas llegaban juntas a la parada cerca de la que vivía en las afueras del elegante Miramar, donde los pabellones de las ornadas mansiones de los barones del azúcar alojaban a familias enteras. Hombre correctamente vestidos miraban con calma sus relojes para ver qué tan tarde iban a llegar al trabajo y se unían a otros grupos de personas que esperaban bajo la polvorienta sombra de un árbol cercano. Las raíces del árbol habían crecido gordas y altas, como una gran mujer de tobillos con los dedos hinchados por el calor, y servían como bancos huesudos. Hombres desarrapados remoloneaban cerca y daban la lata pidiendo fuego a los fumadores (los cigarrillos eran más baratos que el gas de los encendedores). Se quedaban un rato hablando antes de descartar las colillas y marcharse. Las mujeres empujaban pesados cochecitos sobre las aceras que se habían roto hasta ser túmulos rotos de cemento. De vez en cuando levantaban las mantas con que tapaban los cochecitos para que alguien pudiera ver dentro.

Parecía como si todos se conocieran entre sí, pero no era eso exactamente. Las paradas de autobús eran enjambres de actividad del mercado negro. Los cochecitos a veces llevaban comida y no niños. Algunas de esas personas vendían cosas como sodas o yogurt que habían sido robados en almacenes o llevados hasta allí por parientes de fuera. Las regulaciones del embargo limitan la cantidad de dinero que los cubanos de Miami o New Jersey pueden enviar a una familia en la Isla, pero muchos eluden esas leyes llevando cosas que el gobierno no compra regularmente: joyería, pañales desechables, boxers, lápiz labial barato.

Era vista como una turista. En La Habana o eres cubano o eres turista. En la economía dual, los residentes extranjeros gastan CUCs como los turistas. El peso convertible cubano (CUC), se ve igualado con el dólar y compra todos los bienes de importación. Pero a los locales les pagan sus míseros salarios en moneda nacional, el peso local, que se cambia aproximadamente a veintiséis por cada CUC. Me veía empujada fuera del mercado que deseaba por mi acceso a las divisas fuertes y el conocimiento de que, con una visa de salida y un pasaporte, dejaría eventualmente Cuba. Sin embargo quería comer bien, y aunque sabía tan bien como los tramposos que se me acercaban en la calle con ofertas de Cohibas baratos que era claramente no cubana, me negué a aceptar mi status de extranjera.

“¿Dónde conseguiste este jamón serrano?” le pregunté a Fernando, el amigo músico, mientras comíamos lonchas del mismo con vino tinto, una tarde de octubre. Había pasado semanas lanzando miradas de deseo a su repleto refrigerador. Fernando parecía vivir en la desbaratada Habana tan lujosamente como si estuviera en París. Pero preguntarle sobre sus contactos era un paso cuidadoso en cualquier tipo de amistad: los vendedores del mercado negro asumían cierto riesgo que dependía de la discreción de sus clientes. Había una cantidad limitada de comida buena en venta en la Isla. Una persona más en la demanda sólo podía diluir el producto y hacer subir su precio. Pero Fernando no dudó. Fue a buscar su iPhone y me leyó el número del hombre al que yo acabaría llamando Mr. Dean & Deluca como la tienda gourmet en la que a veces compraba en Nueva York. Me sentí halagada.

La mañana siguiente lo llamé. El hombre que me contestó me dijo lo que tenía: bacón, jamón serrano, queso azul, parmesano, vinos y aceite de oliva, aunque en otro momento había tenido también salmón ahumado y mozzarella. Hice mi encargo.
La primera vez que Mr. Dean & Deluca vino con una entrega fue a finales de octubre y la mañana era fresca. Esperé en la ventana. Cuando le vi, me incliné fuera de la sombra del edificio y le llamé en voz baja. Era un hombre de unos treinta y tantos años, con una expresión seria y abundante pelo cubierto de brillantina. Le señale la escalera de caracol desvencijada de atrás. Las botellas sonaron una contra la otra mientras subía en dos viajes hasta mi apartamento.
Colocó mi encargo sobre mi mesa de cristal. Dos botellas de Cabernet Sauvignon chileno que se vendía a nueve dólares la botella en las tiendas del Estado, él a dos por diez dólares. Un litro de un aceite de oliva satisfactoriamente verde. Una bolsa de cuatro libras de parmesano rayado. Una pierna de quince libras, envasada al vacío, de jamón serrano.

Mire sobre la pila con una mezcla de temor, alegría y confusión. “Magnífico. ¿Cómo vamos a cortarlo?” le pregunté, señalando el jamón.

Él parpadeó.

“Dijiste que querías serrano” dijo, mientras su entrecejo se hundía en una mueca de confusión. “Si me hubieras dicho que querías medio jamón serrano, tal vez hubiera encontrado otro cliente que quisiera partirse éste y entregado mitad y mitad, pero es demasiado tarde para eso. Si no lo quieres, encontraré otra persona.”

“¿Pero qué haré con todo esto?” Movía mis brazos vagamente, como si intentase hacerle ver lo grande que parecía el jamón dentro de un espacio tan pequeño.
“Bien, mira, lo que la mayor parte de mis clientes hacen es ir a uno de los supermercados y darle al chico en el contador de la carnicería uno o dos dólares para que lo corten bien delgado en la máquina,” me dijo. Claramente se había equivocado. Quince libras de jamón delicadamente curado seguían siendo quince libras de cerdo.

Me retiré a mi habitación para telefonear a amigos que quisieran compartir medio, un tercio, un cuarto, algo. Ninguno contestó. El pensamiento de decirle adiós a un reluciente, rosado jamón serrano —cuando la única carne que podía encontrar eran unos bistecs duros, pollo correoso e inagotables cantidades de puerco— tocaba mi fibra sensible de gourmet. Si yo no lo quería, alguien más lo querría. Esta era la comida que normalmente iba directa a los restaurantes de los mejores hoteles, importada desde Canadá y Venezuela y reservada para los turistas de verdad, de los que dependía la economía cubana. Robada por los empresarios de la Habana de mañana, pasaba a través de una cadena de vendedores del mercado negro y vendida al por mayor a la gente que vivía en La Habana con CUCs, incluyendo a fanáticos de la comida tan frustrados como yo.

Setenta dólares después era la orgullosa propietaria de un jamón serrano del tamaño de un niño pequeño. Lo miré por algunos minutos después de que Mr. Dean & Deluca se fuera. No pensaba tener un cuchillo suficientemente grande como para cortarlo. Despejé la parte superior de mi nevera.

Más tarde aquel día, saqué mi cuchillo más grande, me puse un delantal y traté de cortar un pedazo. No puede cortarlo correctamente y acabé llamando tímidamente a la puerta de Elaine. Después de que su esposo, Nicolás, cortase exitosamente parte del jamón, llevé un plato a su apartamento. Elaine estaba removiendo los espaguetis y hablando con sus dos hijos. Me invitó a sentarme en una silla, sacó algunas galletas saladas, y comimos serrano y galletas mientras les oía cotillear las noticias del barrio. Cuando la cena estuvo lista, Elaine dispuso un plato para mí en su mesa. Después de la comida, los cinco nos sentamos alrededor de la mesa algunas horas y discutimos la siempre polémica situación de Cuba como si los líderes comunistas nos pidieran nuestra opinión.

Recibí un mensaje de texto de un amigo expatriado que decía que se quedaría medio jamón. Corte piezas del trozo restante y me las comí con tomate fresco y galleticas. Elaine empleó los pedazos de grasa que yo deje a un lado para dar sabor a cocidos que más tarde aparecían en contenedores plásticos en mi nevera. Al final el jamón despareció mucho más rápido de lo que yo había esperado.

* * * *

Nuestro edificio de apartamentos en Miramar no parecía gran cosa: palmas secas y pelonas y una piscina vacía en el frente, una fachada agujereada por la humedad, con la mayor parte de las ventanas tapiadas en X. El exterior no hacia juego con los suelos de mármol brillante de los apartamentos individuales, las maderas nobles de las estructuras, grandes plataneros se alzaban sobre el sofá en el salón de Elaine, la luz brillante y la ventilación cruzada atrapaba la brisa del océano a cuatro cuadras de distancia. El ambiente opulento contrastaba con el destrozado exterior del edificio, creando exactamente el misterioso sentimiento que yo amaba de La Habana. Alquilé un pequeño, casi independiente apartamento en la parte trasera del suyo.

Elaine era un ama de casa llena de vida que había dejado su trabajo para el estado como psicóloga para alquilar la parte trasera de su apartamento. A medida que los meses pasaban, Elaine y yo nos hicimos amigas, frente al desencanto de sus hijos que a los diecinueve y veintidós años no estaban acostumbrados a tanto estrógeno en la casa, tantas charlas sobre cocina y cutículas.

Su familia no compraba casi nada de las tiendas de importación del gobierno. Las cosas que compraba regularmente a través de medios ilegales incluían el queso, los huevos, el pescado (fresco y congelado), el yogurt, la pasta de tomate, el café, la carne de caballo (más barata, con menos grasa y más dura que la carne de res y en consecuencia mejor para la ropa vieja, el clásico plato de carne asada cubano), vino (cuando había dinero para ello, que no era a menudo), ropas, acetona para quitar las manchas del esmalte de uñas, cazuelas y sartenes, diesel para el coche que su hijo a veces conducía. Los funcionarios del partido comunista con coches oficiales vendían lo que no usaban de sus raciones de gasolina y diesel.

Elaine se convirtió en mi tutora de todo lo cubano, sobre todo en cuestiones hogareñas. El primer mes que viví con ella, me hizo un mapa en el que marcó las tiendas casi vacías en que más fácilmente podría encontrar papel de baño en cualquier momento. El segundo mes aprendí a no comprar huevos en la tienda sino a esperar hasta que un hombre del campo parase a vendérselos directamente a ella; sus huevos frescos siempre tenían las yemas más cremosas que he probado nunca. Poco después, Elaine me pasó el número de su pescadero favorito del mercado negro, cuyos pequeños pargos rojos cocinaba con mantequilla, cilantro y cebolla. Una mujer del otro lado de la calle empleaba una vieja máquina de coser para ajustar las ropas mal ajustadas que pasaban entre amigos y vecinos, ya que la ropa era rara vez desechada; cuando Elaine vio que yo necesitaba ajustarme una falda, sugirió que llamase a su puerta sin rotular. Me mandó a la pequeña tienda rusa, de la que regresé con mi bolsa de la compra cargada con tres cajas de té, galletas, suculentas sardinas enlatadas y chocolate blanco. Por aquel entonces, la ansiedad por participar en las actividades del mercado negro se había convertido en parte de la vida cotidiana.

La clase privilegiada entre los habaneros —aquellos que alquilaban a extranjeros o eran dueños de paladares, los restaurantes caseros legalizados en un esfuerzo de atraer turistas a La Habana, artistas, músicos, gente con familia en el exterior y la elite del gobierno— conocían los trucos para comer bien. La buena comida era un lujo invisible para los cubanos más pobres, los que vivían en los barrios interiores de la ciudad, lejos del mar o en la repleta Habana Vieja, mientras intentaban llegar a fin de mes con sueldos gubernamentales de quince dólares al mes y el dinero caído del cielo ocasionalmente gracias a un turista, un pariente o una operación propia en el mercado negro.

Así que aprendí los trucos de Elaine. Comencé a comprar de cinco en cinco, porque nunca sabía cuando algo iba a desaparecer de las tiendas. Tenía dinero para comprar en las tiendas en CUC, pero si algo que buscaba no había sido importado, poco importaba. La leche había desaparecido de las estanterías durante un mes, y el papel de baño también. Yo casi nunca bebía leche, pero saber que no estaba disponible me crispó como nunca lo había estado antes en México o los Estados Unidos. Elaine me miraba divertida con sus ojos oscuros a medida que crecía mi despensa. “Hija mía,” me decía con una sacudida enfática de su cabeza que hacía que su espesa, oscura, cola de caballo, saltase, “has adquirido lo que llamamos el Síndrome cubano del amontonamiento.” Entre la mala administración local y el embargo norteamericano, la golpeada economía local había creado una nación de amas de casa que acumulaban, cuando tenían dinero, pensando en las escaseces del próximo mes. Lo que Elaine disfrutaba de su papel como mi consejera habitual, pensé, era mi reacción frente a los pasos que ella tenía que dar para conseguir vivir confortablemente en La Habana. Sentía a partes iguales alegría e indignación mientras me maravillaba ante cómo se las había arreglado para encontrar un atajo para cada problema, dietario o de cualquier otro tipo. Mi respuesta dual validaba su sentimiento de que los problemas que había resuelto para poner comida en la mesa de su familia y papel de baño en el baño eran absurdamente grandes, lo bastante grandes como para yo me sintiese pasmada ante la idea de que los cubanos menos privilegiados pudieran superarlos de alguna manera.

En diciembre, comencé a comer los grandes almuerzos que Elaine preparaba para su propia familia. A menudo sencillamente me sentaba en su mesa y hablaba mientras ella removía sus cocidos. Una tarde acudí a ella con problemas de hombre, y hablamos mientras ella preparaba su rica ropa vieja; el ágil gato de la familia se subía a la mesa, haciendo resonar los cacharos que Elaine guardaba en el alfeizar de la ventana, encima del fregadero, con una sinfonía de desastre presentido. Carlos, su hijo mayor, entraba y salía mientras veía episodios de American Idol ilegalmente descargados en la computadora familiar. Pronto se sentó del otro lado de la mesa, haciendo declaraciones hiperbólicas y moviendo sus manos con énfasis. Elaine le gritó que se callase, pero sonrió apenas le dio la espalda. La conversación giró hacia la política y el género, y Elaine se apoyó contra el contador, gesticulando con una cuchara de palo en una mano y un cigarrillo en la otra, un poco de escote en lo alto de su delantal. A medida que comíamos la carne que envolvía nuestros tenedores, la comida parecía algo que nos hacía iguales, insistiendo juntas en que comer era más una experiencia sensual que el acto utilitario de alimentar nuestros cuerpos.

El apartamento que alquilaba de Elaine era ilegal, dado que ella no tenía el permiso estatal para alquilar a un extranjero. Si alguien en el edificio, por un capricho nacido de la venganza o la envidia, decidía delatarla, Elaine podría ver su casa confiscada. Pero corría el riesgo porque, mientras tenía que controlar lo que gastaba cada mes para mantener su familia de cuatro, vivía, de acuerdo a los estándares cubanos, muy bien. Además, quería ahorrar para mudarse. Ella y su familia estaban intentando emigrar —un pariente en Miami estaba procesando para ellos visas de reunificación familiar.

Unos días después de mi viaje a la tienda rusa, Elaine me miró con extrañeza mientras fumábamos nuestro cigarrillo de la tarde en su mesa. “Hija, has estado aquí demasiado tiempo,” me dijo. “Te has adaptado a cómo funcionan las cosas. Es por eso que nada cambia nunca —adaptación.” Parecía sugerirme que yo no debería aceptar cosas sólo porque fueran exóticas y diferentes a aquellas a las que yo había estado acostumbrada anteriormente, y considerarlas en consecuencia correctas, interesantes mientras ella y yo y Fernando tuviéramos buena comida en nuestras mesas, interpretando el papel de estetas que se burlan de las leyes, que tientan al peligro.
“Algunas cosas no están bien,” dijo. Algunas cosas son apenas tolerables.

* * * *

Elaine y Nicolas se mudaron a Miami el pasado abril. Cuando fui a la Habana en mayo, sus hijos vivían solos en su apartamento. Esperaban ser entrevistados en la Sección de Intereses de los Estados Unidos para reunirse con sus padres y rentaron el apartamento y otra habitación por efectivo. Aunque eran los últimos miembros de la familia en el país, el apartamento podía perfectamente convertirse en propiedad del gobierno cuando ellos se fueran.

La pasada primavera, Raúl Castro anunció nueva regulaciones económicas, incluyendo permisos que los cubanos podrían comprar para ejercer legalmente algunos oficios no profesionales —cualquier actividad para la que el gobierno hubiera educado a cualquiera en la Universidad— que no implicase comprar y revender bienes. Payasos, pasteleros, paseadores de perros, gente que hace reparaciones. A medida que exploraba la ciudad, encontré nuevos restaurantes y carteles hechos a mano que anunciaban que tal persona era una costurera o que tal familia vendía velas hechas a mano para ceremonia religiosas. Pero Mr. Dean & Deluca estaba tan ocupado como siempre y la chica que me hacía manicura a dos CUCs no había pedido el permiso. El gobierno quería controlar parte del mercado negro que bramaba debajo de la superficie comunista de la empobrecida Cuba, pero muchos cuentapropistas —el término legal para esos empresarios— no se molestaron.

Mientras visitaba a los hijos de Elaine, una de sus primas y su esposo vinieron. Ella pidió un café y él dejó caer una pesada mochila sobre el suelo.
“No nos vamos.” Le dijo el esposo a Carlos, el hijo mayor de Elaine. “Cuando os vayáis a los Estados Unidos, este apartamento debería ser nuestro, no del gobierno, pero para que eso suceda debemos vivir primero aquí. Dormiré aquí aunque sean en el suelo.”

Cuando Carlos dijo que no, que el apartamento era suyo, el primo comenzó a gritar. “Sabemos que estás haciendo cosas que no deberían ser hechas aquí. Sabemos que estás alquilando a un extranjero,” gimoteó ella —un chileno se había mudado a mi viejo apartamento— “y llamaremos a la policía.”

Carlos la dijo que se fueran y no volvieran nunca, pero estaba temblando. Si el primo cumplía, no sólo podía perder el apartamento familiar sino que los permisos de salida para Carlos y su hermano podrían verse comprometidos. ¿Por qué debía el gobierno hacerle un favor, dar pasaportes a gente que había desafiado sus leyes?

Nos sentamos en la mesa de la cocina, hablando, y las manos de Carlos temblaban mientras encendía un cigarrillo tras otro. Su hermano estaba atrás, diciéndole al chileno que tenía que buscarse otro alojamiento. Le hablé a Carlos de sus padres, y de cómo había hablado con Elaine por teléfono, a menudo, desde que habían llegado a Estados Unidos. Le conté lo entusiasmado que estaba su padre en el teléfono después de un primer viaje a un supermercado de Miami, como se reía por cualquier cosa: la carne en sus envases, los carritos con ruedas que no se pegaban, la excesiva plenitud que sabía que acabaría por causarle otro tipo de ansiedades.

“Me siento como un pescado congelado que no puede ver nada,” había dicho Nicolás.

Los ojos negros de Carlos —los ojos de Elaine— se habían encendido y soltó dos agudas, breves carcajadas. Había escogido pedir una visa también para Argentina; quería ser un ciudadano del mundo en lugar de unirse a las filas de los cubanos de Miami. Nunca había tenido un empleo en Cuba y hablaba un inglés mínimo. Tenía miedo de conseguir un trabajo mediocre en el que carenar durante años para pagar el alquiler, saltando esencialmente de un extremo al otro. Carlos no quería cambiar el aburrido, nervioso éxtasis de Cuba por la incómoda rutina del capitalismo. Elaine estaba histérica, convencida de que la suya sería sólo otra familia separada por el combate político entre los dos países.

Al final lo que Carlos quería era abandonar Cuba y hacer su vida en cualquier otro lugar, así que no importaba qué visa llegase primero; la aceptaría, “porque quedarse no es una opción.” Comprendí sus argumentos; coincidí con ellos. Todo lo que él podía hacer era esperar. En seis meses sabría algo.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición de agosto de Guernica Magazine. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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38 respuestas
Comentarios

  • RCL:

    No hay que ser conservador para despreciar a Marx:

    “Marx no cree en dios pero sí en su propia divinidad, y hace de todos los hombres sus esclavos. Su corazón no está lleno de amor pero de odio y siente muy escasa compasión por la raza humana”. — Bakunin

  • ~
    que los mismos reviewers yumas noten que Johson escribe desde su bias de conservador es una sugerencia que es difi’cil obviar, es como que Pa’nfilo le sugiera a alguien que se meta en un centro de detox ;-)
    ~
    los yumas ya de por si’ son bien conservadores (desde el punto de vista de los europeos, desde los que viven al modo del socialismo finlande’s hasta los que lo hacen bajo la cuna del capitalismo, Inglaterra) y, segu’n lo veo yo, tiene un modo algo trastornadito de enterder/interpretar realidades, ellos dicen ser “a Christian nation”, sin embargo jesucristo fue bien pinko y collectivista, y si tu le dices (tomando como ejemplo hasta a Cuba) que en aquellos escalafones so’lo se lei’a bien pu’blicamente el nombre, el municipio y el promedio de las notas, ellos; primero no te entienden, despue’s no te creen y acaban dicie’ndote que “eso es comunismo” … y si tratas de explicarles que el derecho ba’sico a la educacio’n es algo ci’vico … ellos te dicen (tiempo cuanto de “la buena pipa”) que, si’, que los pinkos piensan/hablan asi’ … “derecho ba’sico a la educacio’n es algo ci’vico” … ;-)
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    RCL

  • ~
    @Manuel A. Tellechea
    esa opinio’n que has posteado en la que Johnson expone su criterio de Marx es lo que los yumas llaman “psycho bable”
    hay autores que creen saber (!’e inclusive te explican! @@) que es lo que otras personas tienen en su mente …
    en base a la psychologi’a se puede “demostrar” cualquier tipo de p3nd3j@d@s, desde que Hitler termino’ siendo semejante personajillo porque no podi’a sufrir a Wittgenstein en el mismo highschool que asistieron en Viena, hasta que alguien pudiera convertirse un gran trompetista porque se tiro’ un peo bien sonoro y a’cido en una guagua llena cuando nin~o …
    ~
    si hay algo (bueno o malo, your take!) que hicieron los “comunistas” en Cuba ha sido la alfabetizacio’n/compulsive education, y ahore vivimos en “la libertad” ?’no?. Veamos, el libro de Johnson nos cuesta $4 incluyendo shipping and handling y, bueno, “Das Kapital” puede que nos resulte abusivo despue’s de generacione(!’)S(!) escuchando reggaeton y no pudiendo leer una idea escrita en ma’s espacio que el screen de los celulares por lo que les sugiero Karl + Engels Critique of Political Economy, which, as Johnson’s, costs us “only” 4 inmundos e h!j0s d3 p#t@s doyares. Hmm, what should I get if I want to have my own opinion about how bad that mf was?
    ~
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    RCL

  • No, I am not kidding you: I am in deadly earnest. I am also sure that despite your assertion to the contrary, it would take only one word from me for you to return instantly to the fray. But to resume in Spanish:

    Sí, Lafargue fue mayor pensador que Marx y mejor escritor; no porque fuera cubano pero porque tenía la razón, algo que Marx, desquiciado, delirante, tiránico con los suyos y nefasto para la humanidad, nunca tuvo ni jamás tendrá. Si ser malo es ser grande, entonces seguramente fue muy grande Marx. Si estar equivocado una y mil veces constituye título de grandeza, entonces jamás vivió hombre más grande que Marx.

    Lafargue escribió “El derecho a la pereza”, seguramente inspirado por su suegro, que jamás trabajó un día en su vida. Su propia madre dijo de él: “Karl debiera escribir menos del capital y tratar de ganarse un poco”. Sí, Lafargue se suicidó, pero también se suicidaron las hijas de Marx. Este hombre era tóxico, el veneno le salía de los poros, y el contacto con él mientras más cercano era más letal.

    Vd. en verdad no es nacionalista; todo lo contrario. Odia lo nuestro porque es nuestro. Si Lafargue, Luz y Caballero o Martí no fueran cubanos, Vd. le concediera su verdadera categoría; pero siendo cubanos, jamás. Ese anti-nacionalismo suyo, legado de Vd. sabe quien, lo desfigura mucho más que el amor a los valores de la patria.

  • José Julian dice:

    Pero Manuel , no siga que se pondrá en ridículo. Su patriotismo es más que loable, pero Pablo Lafargue mayor pensador que Marx? Lo dice en serio? El autor de ese opúsculo totalmente prescindible, El Derecho a la pereza, suicida por más señas, mayor pensador que el autor de Das Kapital? Are you kidding me? Cuidado, Cuba está en el abismo que está en gran parte debido a ese nacionalismo rampante que no conoce frenos ni límites. Es también una muestra del aldeanismo cultural más flagrante.
    La grandeza de Marx como pensador y escritor no es rebatible con la suma y enumeración de sus muchos errores y defectos. Eso es verdad y aplicable a toda gran obra. Tolstoy, el gran escritor ruso, era un decidor de sandeces de cuidado, la más notoria, su negación visceral de nada menos que toda la obra de William Shakespeare, y qué? Como dijo Borges, cualquiera puede encontrarle defectos a una página (o al caso, a una obra), lo verdaderamente difícil es escribirla. Cierro con ello la polémica. Muchas gracias a todos los que participaron en ella. Debo terminar una crítica demoledora que me han encargado a esa novela verdaderamente menor de Marti Perez, Amistad Funesta. Novela mediocre donde las hay, funesta, en una palabra. Nos vemos en otro post, que a este ya le ha crecido demasiado la cola con sus insulsos comentarios y mis brillantes y siempre elegantes refutaciones. JJ

  • No sólo Martí: Más científico que Marx, y mejor pensador y escritor, fue su hijo político cubano Pablo [Paul] Lafargue, a quien Marx llamaba “El Gorila” por tener una gota (imperceptible) de sangre negra.

  • José Julian dice:

    Eso sí se lo concedo para que vea, Martí era mejor poeta que Marx, sin duda alguna y no faltaba más.

  • Por cierto, Karl Marx era un poeta frustrado. Dejó un poemario en manuscrito más grueso que Das Kapital, que su hija Eleanor con muy buen gusto literario hizo desaparecer después de su muerte. No obstante se “salvaron” unas 45 poesías suyas, publicadas en revistas dispersas, que son pura mierda. Casi todas, por cierto, tienen como tema el fin apocalíptico del mundo.

  • José Julian dice:

    Oh, yes, right! Si algo grande distingue a Cuba es la cantidad de científicos que hemos dado al mundo! Please!

    El patético patrioterismo cubano (Jose de la Luz y Caballero Vs. Karl Marx!!!) da urticaria.

    No se le olvide mencionar que Cuba tuvo ferrocarril once años antes que España y por ahí pa alla, somo los mejores y los mas pasaos!

    Pobre Julia, espero que no se meta aquí a ver los delirantes comentarios que su simple post a generado. Una muestra de arroz con mango cubano.

  • Científico fue Carlos J. Finlay en la ciencia de medicina; científico fue José de la Luz Caballero en la ciencia de educación; científico fue Máximo Gómez en la ciencia de guerra; y científico fue José Martí en la ciencia del humanismo. Pero Karl Marx, si de algo fue científico, sería de la ciencia de maleficencia.

  • scrutinizer dice:

    ¿Suena más bonito “payasón”?

  • José Julian dice:

    Esta es la clave
    Marx was a child of his time, the mid-nineteenth century, and Marxism was a characteristic nineteenth-century philosophy
    Del mismo modo pudiéramos decir que Galeno, el padre de la medicina, no era un doctor en el sentido moderno, etc. Lo curioso es como los cubiches quieren quitarle peso a una teoría, el marxismo, que los puso a quechear en la USA. Y no fíjese que era algo tan serio que todavía lo estamos sufriendo. JJ

  • José Julian dice:

    Pues fíjese que no estoy de acuerdo con lo que dice Paul Johnson, es una opinión entre muchas. Marx era un sabio. Se podría escribir una refutación semejante del “caracter científico” de Santo Tomas. O bien menos “científicos” son Aristóteles y Platón, etc. En cualquier caso, mi punto no era ese, hablaba de escalas, Martí Perz no era de la escala de Marx y punto. Habrán escrito los Paul Johnson del mundo refutaciones tan detalladas contra Martí Perez? No lo creo, no es necesario. Das Kapital es una obra monumental, que alteró el curso de la historia mundial. Los Versos sencillos no. A eso me refería, mis queridos patriotas cubiches.

    Ricardo Camilo, no me venga ahora que no fuiste pionero! O es que eras Testigo de Jehova?

    A Scru si le creo que no fue pionero porque escribe y se expresa como un tembón de antes. Ya nadie usa esa palabras que el usa, como “payasín”. Que cheo suena eso!

  • Mas, no creo que sea necesario identificar al más grande de todos los Martí como “Martí-Pérez”. Pero Karl Marx, sí, para que no se confunda por uno de los hijos de Minny Marx, debe ser identificado por ambos apellidos: Marx-Pressborck.

  • scrutinizer dice:

    Bueno, creo que Tellechea se encargó de darle un buen tapabocas cibernético al payasín JJ. Así que, recoge que pa’ luego es tarde, payasín.

  • De científico no tenía nada el farsante de Marx. Su “ciencia” estaba llena de necedades y falsificaciones como lo demostró a cabalidad Paul Johnson en su Intellectuals (1988):

    Marx was a child of his time, the mid-nineteenth century, and Marxism was a characteristic nineteenth-century philosophy in that it claimed to be scientific. “Scientific” was Marx’s strongest expression of approval, which he habitually used to distinguish himself from his many enemies. He and his work were “scientific”; they were not. He felt that he had found a scientific explanation of human behaviour in history akin to Darwin’s theory of evolution…

    The first thing that we must ask about Marx is, therefore: in what sense, if any, was he a scientist? That is, to what extent was he engaged in the pursuit of objective knowledge by the careful search for and evaluation of evidence? On the face of it, Marx’s biography reveals him as primarily a scholar… He never received any Jewish education or attempted to acquire any, or showed any interest in Jewish causes. But it must be said that he developed traits characteristic of a certain type of scholar, especially Talmudic ones: a tendency to accumulate immense masses of half-assimilated materials and to plan encyclopedic works which were never completed; a withering contempt for all non-scholars; and extreme assertiveness and irascibility in dealing with other scholars. Virtually all his work, indeed, has the hallmark of Talmudic study: it is essentially a commentary on, a critique of the work of others in the field.

    Marx had an ambivalent attitude to facts, as he had to Hegel’s philosophy. On the one hand he spent entire decades of his life amassing facts, which accumulated in over one hundred enormous notebooks. But these were the facts to be found in libraries, Blue Book facts. The kind of facts which did not interest Marx were the facts to be discovered by examining the world and the people who live in it with his own eyes and ears. He was totally and incorregibly deskbound. Nothing on earth could get him out of the library or the study… He even declined Engel’s invitation to accompany him to a cotton mill, and so far as we know Marx never set foot in a mill, factory, mine or other industrial workplace in the whole of his life.

    Marx, then, was unwilling either to investigate working conditions in industry himself or to learn from intelligent working men who had experienced them. Why should he? In all essentials, using the Hegelian dialectic, he had reached his conclusions about the fate of humanity by the late 1840s. All that remained was to find the facts to substantiate them, and these could be garnered from newspaper reports, government blue books and evidence collected frm earlier writers; and all this material could be found in libraries. Why look further? The problem, as it appeared to Marx, was to find the right kind of facts: the facts that fitted. His method has been well summarized by the philosopher Karl Jaspers:

    The style of Marx’s writings is not that of the investigator… he does not quote examples or adduce facts which run counter to his own theory but only those which clearly support or confirm that which he considers the ultimate truth. The whole approach is one of vindication, not investigation, but it is a vindication of something proclaimed as the perfect truth with the conviction not of the scientist but of the believer.

    In this sense, then, the “facts” are not central to Marx’s work; they are ancillary, buttressing conclusions already reached independently of them. Capital, the monument around which his life as a scholar revolved, should be seen, then, not as a scientific investigation of the nature of the economic process it purported to describe but as an exercise in moral philosophy, a tract comparable to those of Carlyle or Ruskin. It is a huge and often incoherent sermon, an attack on the industrial process and the principle of ownership by a man who had conceived a powerful but essentially irrational hatred for them.

  • @José Julian
    bueno si esa compilación de poemas Martí la llamó “versos sencillos” (creo que por le formato métrico y la APARENTE simpleza metafórica de las estrofas) pero creo que el tema de esas estrofas alcanza temáticamente a lo que Ghandi se refirió con su máxima: “do no harm”
    ~
    http://en.wikipedia.org/wiki/Ahimsa
    ~
    y esas estrofas si las interpretas en el contexto en que el las escribió podrías notar que van mar afuera
    ~
    Además te digo que no estoy muy seguro si fuí pionero en Cuba, así que no sé de que hablas y si lees sobre mis libros del 2012
    ~
    [PD] /2012/12/16/mis-diez-libros-del-2012-3/
    ~
    notarás que ni estoy prejuciado en contra, ni me desvela el marxismo
    ~
    RCL

  • José Julian dice:

    Hombre, Caguento, yo no niego a Marti-Perez, lo pongo en su lugar. Entre Marti Perez y Marx va un tramo como de aquí a la luna, son simplemente incomparables. Marx era un científico en toda la regla y Martí un periodista y escritor, etc. No le niego méritos que los tiene y muchos, pero es lo mismo que comparar a Lecuona con Bach. Por favor!

    No entendí lo último que usted dice haciendo referencia a su escroto, no me quedó claro. Me lo puede explicar, por favor?

    Por otra parte no sé si llorar o reírme con la inocente veneración de Ricardo Camilo ante las sencillas cuartetas de Marti Perez. Créame que no es para tanto. Ya sé que las recitó usted de niño en su escuela con la manito en el pecho sobre el corazón, pero hay mucha más poesía que esa. Lo de usted es nostálgico, es como su debilidad ante ese “manjar” cubano del pan con guayaba.

    A Scru: deja de llamarme troll, por tu vida! No seas tan cheo y shospechoson! No todos los que piensan distinto de ti son trolles. Sácate esa mentalidad pupila-insomne-cederista.

  • “Una tarde acudí a ella [Elaine] con problemas de hombre, y hablamos mientras ella preparaba su rica ropa vieja [de] la carne de caballo (más barata, con menos grasa y [que] más dura que la carne de res…)”.

    La fascinación de Ms. Cooke por todo lo cubano se debe entender en función de su atracción por el cubano (o los cubanos). Esto también explica su preferencia por ropa vieja de carne de caballo.

  • ~
    creo que algo que muy claramente muestra que lo de nos los cubanos con Marti’ es “cultural” es que tan disi’miles personajes desde Mas Canosas y Batista hasta Castro; y hasta nuestro santo viviente que hemos perdido tan absurdamente, Oswaldo Payá; todos, han idolatrado a Marti’
    ~
    RCL

  • ~
    me he leído las impresiones de Julia (creo que demasiado digestivas tratándose de una turista newyorkina (por cierto buen manguito en la foto con rolos y to` ;-)) me han dicho que la Habana is a mess. ir a “provincia” quizás el hubiese dado otras perspectivas) ¿Julia, amor mío, sales a veces a bailar? Me encantan las largas caminatas en NYC (camino a todos lados de hecho (a veces me doy maratonadas de Inwood a Battery Park and back (hago esas locuras para “pensar” tranquilamente))) Mira que soy un negro brujo que curo todo tipo de males y penas con puro amor y poesía ;-)
    ~
    no veo que pudieran algunos de Uds encontrar tan ofensivo en sus impresiones
    ~
    ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ JOSÉ JULIÁN MARTÍ PÉREZ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~
    ~
    @Cagüentó, Ptolomeo e Intransigente (whichever your name is, whatever/whoever you are)
    ~
    ¿Puidera Ud. hacernos el favor público de citar sus fuentes?
    ~
    > … Estaba Marti, como usted afirma, en contra del marxismo? …
    ~
    En parte porque mi muy Maceista (y diría yo hasta quitinbanderista) madre piensa que Martí estaba haciendo (mi traducción) algo así como “participatory research” con los “negros” mambises ;-) yo vine a conocer a/desprejuiciarme con Martí de adulto
    ~
    En una ocasión leí un artículo en que un linguista (Literaturewissenschaftler) alemán Martin Franzbach muy conocedor de la literatura iberoamericana (y especialmente la cubana) hace un análisis (según recuerdo muy bueno) del pensamiento Martiano en que el mapeó su ideología al pensamiento de Rousseau y otros pensadores de la época. Según creo recordar eso fué publicado/premiado en una de las ediciones de “Casa de las Américas” (no pude encontrar el dato (quizás alguien sabe de que hablo)).
    ~
    Creo que Martí fué más un ilustrador que un pensador, pero eso no le quita mérito alguno. De hecho la gran mayoría de los filósofos occidentales desde Copérnico (quien muy evidente y sencillamente cotorreó/plageó una teoría que Aristarcus of Samos había desarrollado y publicado minuciosamente más de 18 siglos antes)
    ~
    // __ Aristarcus of Samos the Ancient Copernicus/T. Health
    ~
    Publisher: Peter Smith Pub (March 1983)
    ISBN-10: 0844658928
    ~
    hasta Sachieri cuando “descubrió” las inconcistencias en “Los Elementos” de Euclides (en manuscritos Árabes), Descartes con el evidente Platonismo de sus “cogitations” y Locke con su “tabula rassa”
    ~
    Creo además que las interpretaciones e implementacioes de ls ideas políticas (y en general de todo tipo (¡qué carajos la gente hasta se divorcia después de hacerle promesas a Dios!)) cambian. Me pregunto que hubiese pensado el propio Karl Marx, si hubiese visto a “explotadores” y “explotados” “unidos” en aquellas manifestaciones en California organizadas para protestar por los derecho de los trabajadores asi-llamados “ilegales” …
    ~
    De hecho, yo creo que José Julián Martí Pérez (nacido en Enero 28, 1853; hijo de Leonor Pérez Cabrera y Mariano Martí Navarro) ha sido sin duda (and by far) el panga con los c0j0n3s más bien calibraditos, espiritual e intelectualmente largo de todos los cubanos (la articulación de estos tres aspectos es lo que hace su muy particular carácter) y que Martí nos ha dado lo que nos sorely miss. Nos los cubanos somos orilleros natos y nuestro Martí fué LARGÍSIMO eso es lo que nos hace babearnos ante él. Hace no mucho se hizo una película en Cuba sobre su vida que me sacó gruesos lagrimones … (y no creo que sea muy melodramático que digamos)
    ~
    // __ “EL OJO DEL CANARIO” DVD Cubano NTSC/Region 1(US and CANADA)
    ~
    amazon.com/dp/B004HU2BW4/
    ASIN: B004HU2BW4
    ~
    // __ Jose Marti, El Ojo del Canario. Trailer
    ~
    (4:42) http://www.youtube.com/watch?v=75Ohqq9aFPI
    ~
    // __ JOSE MARTI El Ojo Del Canario
    ~
    (1:59:01) http://www.youtube.com/watch?v=75Ohqq9aFPI
    ~
    ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~
    ~
    Cultivo una rosa blanca
    en julio como en enero,
    para el amigo sincero
    que me da su mano franca.

    Y para el cruel que me arranca
    el corazón con que vivo,
    cardo ni ortiga cultivo,
    cultivo una rosa blanca.
    ~
    ¡p!ng@! ¡¡¡A recogerse!!!
    ~
    RCL

  • scrutinizer dice:

    El “hombrín” no solo se hace el fino sino también el culto y especialista en Ciencias Políticas moringueras. Pero el hombrín no es tal hombrín sino más bien un topo cibernético del sultanato castrofascista que se ha extravíado de lugar.

  • Cagüento y Ptolomeo   dice:

    A confesion de culpa, relevo de pruebas. Negar a Marti y celebrar al parasito mantenido de Engel lo dice todo. El hombrin haciendose el fino ha demostrado cual es su mision masoquista de odiando lo que aqui se comenta, es un troll intentando sabotear el blog y crear controversia. no gasto mas neuronas en el y lo que de ahora en adelante escriba me resultara tangente al escroto.

  • José Julian dice:

    Muy estimado Caguento,

    en una obra tan vasta y deshilvanada como notoriamente la de nuestro así llamado Apóstol se puede encontrar tantas citas a favor y en contra de cualquier tema como usted quiera.

    Lo que dijo Martí sobre esto o lo otro me tiene sumamente sin cuidado, créame. Me parece absurda esa calistenia escolástica de las citas martianas, a la que son dados tantos los cubanos. Marti no es la Biblia ni sus palabras ley.

    Estaba Marti, como usted afirma, en contra del marxismo? Y qué? Lo importante es que un pensador de muchísima más talla, el propio Marx, estaba, no hubiera faltado más, a favor del marxismo. Y eso es suficiente.

    Por lo demás, toda esa extensa cita (que no leí) no viene a cuento con lo discutido aquí: el derecho ubérrimo de esa chica a escribir lo que le venga en gana.

    Suyo affmo,

    José Julián

  • Cagüentó, Ptolomeo e Intransigente dice:

    @ Jose Julian. Adueñarse de los nombres de nuestro Apóstol para realizar una labor de zapa en este blog es una argucia muy tipica de los topos que el regimen fascista cubano ha venido utilizando por largos años. Para su conocimiento le recomiendo lea lo que mas abajo copio, donde el verdadero Jose Julian Marti y Perez pensaba sobre el socialismo y que le trasnmitia a su amigo Fermin Valdes Dominguez que habia sido expuesto al virus zurdo de las ideas del parasito Carlos Marx. Cuando Ud. vuelva a ser ordenado a desprestigiar a Carlos Alberto Montaner, recapacite, utilize sus neuronas nuevas que no han sido intoxicadas aun por ese maldito virus que tantas muertos tiene en su haber y aprenda.

    Cito:
    «Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, no tienen nada que curar en la selva del Amazonas»
    «…al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora…»
    (José Marti en su articulo La futura esclavitud)

    De siervo de sí mismo a siervo del estado socialista.

    Por: Maria Teresa Villaverde Trujillo
    ashiningworld@cox.net

    José J. Martí y Fermín Valdés Domínguez fueron amigos entrañables toda la vida. Mi hermano del alma llamaba Marti a Fermin. Halló el Apostol en él al servidor, tanto como médico y tanto como soldado de la libertad de Cuba. Fermín llegó a ser un gran colaborador del periódico PATRIA pero ya se le notaba la diversidad de pensamiento en cuanto a la política a seguir en la Cuba después de su liberación; porque Fermín era partidario de las ideas socialistas, y el Apóstol estaba muy distante en la aceptación del socialismo como régimen de gobierno.

    Así, en extensa y concisa carta expone a Fermín Valdés Domínguez y a su vez le profetisa lo que pudiera pasar en un estado con gobierno socialista:

    «Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanza y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio».

    «El hombre que quiere ahora que el estado cuide de él para no tener que cuidar el de si, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pudiese el estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facilidades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellas.»

    «De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él, y en ese sistema socialista dominaría la comunidad del hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo».

    «Y como los funcionarios son seres humanos y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyadas por todos los que aprovechan o esperaron aprovechar de los abusos, y por aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos, el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana…»

    «El funcionario autocrático, abusará de la plebe, cansada y trabajadora. Lamentablemente será, y general la servidumbre».

  • scrutinizer dice:

    JJ, el último de los payasos de la corte del sultanato moringuero.

  • José Julian dice:

    Caguento, con todo el respeto, muy bonitas sus palabras “que la moral sea la principal fuerza que controle la conducta nacional.”

    Lo único es que en Cuba la mora jamás fue la fuerza principal, etc. Por eso estamos donde estamos. Prio, José Miguel Gómez, etc. eran morales? Quizá si en el ámbito privado, pero no en el público.

    Esta señorita no es cubana, escribe lo que ve y como lo percibe. Hay que felicitarla por ello, por su interés en Cuba y por ser objetiva.

    Para usted feliz fin de año.

  • Cagüento, Ptolomeo e Intransigente dice:

    JJ aprendiste algo nuevo con ese escrito? Viste el video del trailer de la nueva pelicula de Perugorria donde este explota la aberracion en que se ha llevado a los cubanos de vender hasta los huesos de sus muertos? A lo mejor esta hasta bien hecha la pelicula como el dichoso escrito de esta aventurera tu dices que tambien lo esta. Pero ambos en que lugar ponen a los cubanos? En mi opinion sigo reiterandome de que son denigrantes y muchas veces he dicho que el deterioro antroplogico causado a los cubanos tardara muchas generaciones para que la moral sea la principal fuerza que controle la conducta nacional.

  • Pan con gorgojos dice:

    Esa es Cuba hoy. Artículos así son los buenos porque le explican las cosas como son a los no cubanos. Ellos necesitan descripción pausada y sin acaloramiento.

  • Cagüento y Ptolomeo   dice:

    Ernesto estas como la TV cuando tiene a los trabajadores en vacaiones por las festividades poniendo re-runs. atifico lo dicho por mi cuando lei esto por primera vez. Me parece denigrante y un sinsentido.
    feliz año nuevo y mucha salud.

  • José Julian dice:

    100% con Sonora y Matancera. Buen artículo, bien escrito, lleno de amor y respeto por Cuba y los cubanos, solidario.

  • Cató y Pmeo, en serio, viejo/a, descansa el dedito acusatorio… los motivos de la sra. Cooke de querer pasarse x período de tiempo en Cuba o donde sea no importan ni vienen al caso.

    Lo hizo porque le salió de los ovarios y decidió escribir esta crónica perfectamente sincronizada a la realidad que los cubanos viven, aunque en su caso desde luego que con más privilegio, y así lo expresa ella.

    It is a limpid, translucent narrative that informs with awe and warmth. Y la traducción muy buena, excepto por el uso del “vosotros” en el diálogo entre primos… pero bueno, muy bueno y un placer leerlo.

  • arge dice:

    nada nuevo…

  • ADVIL PM dice:

    Great!

  • ANONIMO dice:

    Excelente escritura. Patética historia.

  • laz dice:

    gracias, alquien con sensibilidad comun, la menos comun de las sensibilidades de los que por cualquier razon visitan a cuba.

  • Cagüentó y Ptolomeo dice:

    Yo mas bien diria indignante. Mira que escoger a Cuba y sus sufridos habitantes para experimentar aventuras como el que va de safari a Africa con todas las garantias de que lo hacen por eso, una aventura temporal y caprichosa de alguien aburrido de su existencia. Luego publican sus cronicas que no tienen ni una gota de critica a ese sistema malefico y se embolsan algun dinero por ello.
    A mi me causo desagrado y no me aporto ningun conocimiento nuevo o beneficio.

  • matronize