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Mis libros del año

  • dic 30, 201217:24h
  • 6 comentarios

Philip Roth: Nemesis (“Némesis”, Mondadori).

Al principio la historia recuerda inevitablemente La Peste de Albert Camus. Estamos en el verano de 1944, mientras los americanos combaten contra el nazismo en Europa, después del desembarco en Normandía, y en el Pacífico, contra los japoneses. El protagonista, Bucky Cantor, vive en New Jersey porque no ha podido ir a luchar como todos los de su generación, por culpa de su miopía. Y, de repente, bajo el último mandato del presidente Franklin D. Roosevelt, llega a la ciudad de Newark, agobiada bajo una implacable canícula, una epidemia de polio, traída por los italianos o por quién sabe quién, al barrio judío. Bucky allí se ocupa de actividades deportivas para niños y adolescentes. La enfermedad empieza a extenderse indiscriminadamente y a golpear a todos aquellos inocentes. Bucky ve caer como moscas a sus protegidos. Él, que no ha logrado ser héroe en la guerra, intenta actuar como tal en su barrio. Pero no llegará a serlo, presa a su vez de su cobardía y de su vulnerabilidad. Más allá de la trama, resueltamente desesperada, como en todas las últimas novelas del autor (¿por qué coño no acaban de darle el premio Nobel?), surgen sus preguntas recurrentes sobre la enfermedad, indiscriminada, y sobre la bondad o no de Dios, cuya acción aparece tan indiscriminada como la enfermedad. Posiblemente sea el último libro de Philip Roth, según él mismo ha declarado. Si así es, habría que volver a valorar el conjunto de su abundante obra, particularmente el hilarante Portnoy’s complaint (traducido a veces por “El lamento de Portnoy” o “El mal de Portnoy”) de sus inicios y el magnífico The dying animal (“El Animal moribundo”, Alfaguara), donde aborda, al pasar, el tema de Cuba, a través de una muchacha exiliada enamorada del viejo escritor, ella enferma de cáncer, arremetiendo los dos con una violencia inusitada contra la revolución castrista, a través del espectáculo del Tropicana, transmitido por la televisión americana durante la Nochevieja del paso al año 2000. Una novela atrozmente romántica y desgarradora a la vez.

Jorge Semprún: Le mort qu’il faut (“Viviré con su nombre, morirá con el mío”, Tusquets).

A un año de la muerte de Semprún y varios de la desaparición de su hermano Carlos Semprún-Maura, ambos fallecidos en París, la obra de Jorge se presenta como un mismo relato mil veces recomenzado, el de su deportación (por su participación en la Resistencia francesa) al campo de concentración nazi de Buchenwald. Se puede empezar por El largo viaje (Tusquets) o por L’écriture ou la vie (“La escritura o la vida”, Tusquets), escritos unas veces en francés, otras en español. En cada uno de esos libros, se adopta una óptica distinta. L’écriture ou la vie es un largo poema sobre el horror, en el que los versos de Rubén Darío eran un grito necesario, surgido de las entrañas, en el momento de la liberación del campo por las tropas americanas. “¿Se puede escribir poesía después de Auschwitz?”, se preguntaba el filósofo Theodor W. Adorno. La respuesta, múltiple, se encuentra en parte en los libros de Primo Levi, de Imre Kertesz, de Robert Antelme o en los poemas de Paul Celan. Y también en los libros de Semprún. En Le mort qu’il faut, el autor responde indirectamente a las críticas. ¿Cómo? ¿Existía una biblioteca en Buchenwald? Sí, y allí se produjo un extraordinario descubrimiento, su deslumbramiento por la obra de William Faulkner. O ¿quién dirigía la administración diaria del campo de concentración? Los militantes comunistas. Semprún no presenta a los deportados como héroes o víctimas intachables, intenta mostrar la parte de humanidad que cada uno ha podido conservar en sí, a pesar de las condiciones extremas y de las humillaciones cotidianas. También en el libro hay una alusión al castrismo, al que combatió con todas sus fuerzas después de haber sido un “compañero de viaje” más. ¿Qué relación entre Buchenwald y Cuba? El poder de los comunistas en cualquier circunstancia, la pérdida de las ilusiones a raíz de la instauración del “socialismo real”. Lo que ha hecho Jorge Semprún es indagar en sí mismo en búsqueda de sus traumas más profundos, los de toda una humanidad o de la parte que ha podido escapar a la destrucción programada.

Carlos Alberto Montaner: Otra vez adiós, Suma de letras.

Podría ser una novela romántica, a partir de la historia de un joven judío austriaco que huye de Viena nazificada, para llegar a Cuba a bordo del Saint-Louis, aquel barco que, junto con otros dos, todos cargados de fugitivos que le huían al nazismo, se quedó esperando en vano en la bahía de La Habana a que las autoridades de la isla, bajo la presidencia de Laredo Bru, a la sombra de Batista (curiosamente indiferente ante la tragedia), dieran la autorización de desembarcar en la isla. La odisea del Saint-Louis ha dado lugar a un gran número de obras, testimoniales o cinematográficas, como The voyage of the damned (“El viaje de los malditos”), de 1976. Entre los libros más recientes se pueden señalar la novela Concierto para Leah, de Maira Landa (Pasadizo) o el libro basado en testimonios de los sobrevivientes Un bateau pour l’enfer, de Gilbert Sinoué. Carlos Alberto Montaner no aborda, pues, una temática nueva, pero lo hace movido, sin duda, por una imperiosa necesidad, la de rescatar una memoria negra, sabiendo que en la isla y a veces en el exilio resulta peligroso remover el pasado. Y el presente también. En las primeras páginas de la novela hay ecos más que evidentes de la Cuba actual, cuando el joven protagonista es víctima de “un acto público de repudio” o cuando los miembros de la “juventud hitlerista” empiezan a corear: “¡Fuera los gusanos judíos! ¡Fuera los gusanos judíos!” Salvando las distancias y la intensidad del terror, Carlos Alberto nos dice que la historia no hace más que balbucear, o repetirse. Su novela es un canto a todos los exiliados y a todos los fugitivos, unidos por una comunidad de destinos.

Ricardo González Alfonso: Emigrar al patíbulo. Prólogo de Vicente Botín (Editorial hispano-cubana).

El volumen reúne una serie de crónicas de uno de los periodistas encarcelados durante más de siete años a raíz de la siniestra “primavera negra” de 2003. Ricardo González Alfonso es periodista independiente, responsable de los dos números publicados en la isla de la revista De Cuba, y poeta, autor en la cárcel de Hombres sin rostros, publicado en varios idiomas, entre ellos en francés (Buchet-Chastel) mientras aún no tenía esperanzas de abandonar la cárcel antes de cumplir sus veinte años de condena. Liberado e inmediatamente expulsado hacia España en 2010, como decenas de sus compañeros de infortunio, entre ellos el periodista Normando Hernández, autor de El arte de la tortura (Editorial hispano-cubana) o el poeta Regis Iglesias Ramírez, quien firmó Memorias de otoño (Editorial hispano-cubana), se encontró allí con otros desterrados anteriores, como Raúl Rivero. Ricardo González Alfonso ha elegido no llorar sobre su suerte, sino al contrario desarrollar una veta humorística que lleva anclada en él, a pesar de los pesares. En esta recopilación de artículos, de cuentos y de textos inclasificables, destacan sus escritos humorísticos, llenos de gracia y de juegos de palabras cubanísimos. Lo que resalta del conjunto es la “Biografía de una casa”, testimonio particularmente sensible de cómo, en su propia vivienda, se forjaban los prolegómenos de una prensa independiente, es decir libre. Este libro es imprescindible para seguir las huellas de los luchadores desde el interior por la libertad de Cuba, precursores del combate de los jóvenes activistas blogueros de hoy, quienes cotidianamente arriesgan su libertad para informarnos de la vida cotidiana y de los atropellos del régimen contra los derechos de todos nosotros.

Jacobo Machover
París

Foto: Refugiados judíos a bordo del “St. Louis”.

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6 respuestas
Comentarios

  • Celestino dice:

    La novela de Carlos Alberto Montaner (como las 3 precedentes) es muy mala.
    Esa es mi opinion.
    Los que dicen que es buena, que lo ejemplifiquen.
    Ah, para mostra que es mala, no se necesita mucho tiempo.

  • Anónimo dice:

    FDR no tuvo nada que ver con la decisión del gobierno cubano de entonces de impedirle la entrada a los refugiados judíos del St. Louis. Contrariamente a la propaganda asentada, Cuba era un país soberano. Lo que sí FDR hizo fue prohibirle la entrada en territorio de los US a esos refugiados, antes y después de la negativa de La Habana.

  • Fue FDR — y no Batista o Laredo Bru — quien prohibió la entrada de los refugiados judíos en Cuba y en los EE.UU. Antes y después del funesto St. Louis Cuba recibió a 15 mil de estos refugiados y a medio millón de refugiados de la Guerra Civil española. Ningún país en las Américas brindó semejante acogida a las víctimas del fascismo/nazismo.

  • Cagüento, Ptolomeo e Intransigente dice:

    @Apito, Ud a CAM ni le llega al Pito…

  • Agapito dice:

    Esta lista es demasiado tragica e irreguar, sin mucho placer de lector que digamos.
    Considero a su vez que el libro de CAM no es bueno, él es un excelente periodista, no un narrador, casos asi abundan mucho, sobre todo, entre los cubanos.
    Es una lastima que un hombre culto y formado en Paris como el Sr. Machover priorice una vez mas sus delirios personales a la calidad y al gusto de leer.

  • Cagüento y Ptolomeo   dice:

    La novela de CAM es muy buena y enseña mucho