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    Editor Jefe
  • dic 11, 201210:49h
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Diario de Cuba: Polina Martínez Shviétsova, sobre las críticas de escritores y artistas a la nueva ley tributaria.

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2 respuestas
Comentarios

  • José Julian dice:

    Pues a mi Kacho me parece un personaje muy admirable, la verdad, todo un empresario.

  • Carlos Pérez dice:

    Estas fueron las palabras que leyó Desiderio en la reunión mencionada por Polina Martínez:

    KACHO: Desde muy joven he tenido el privilegio de obtener diferentes premios internacionales…

    Ante todo, debo detenerme en la errónea idea de que la obtención de un premio es un privilegio. ¿Qué significa “privilegio” “Privilegio” significa en español: “Exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia”.

    Obtener un premio nacional o internacional, si la participacion no ha sido previamente preseleccionada o filtrada según criterios ajenos al premio, y si el jurado, al tomar su decisión, no ha concedido exención o ventaja alguna a ningún participante por encima de los otros, no es un privilegio concedido: es, todo lo contrario, un merecimiento reconocido.

    Un premio tampoco es un pago o “entrega de un dinero o especie que se debe”; los organizadores y jurados de premios no le deben nada al artista o intelectual sometido a consideración, porque éste no les ha hecho ningún trabajo para cobrar; de ahí que, desde luego, no exista un contrato por el cual se comprometan previamente a entregar el premio a un determinado participante.

    KACHO: Desde muy joven he tenido el privilegio de obtener diferentes premios
    internacionales por los cuales siempre he tenido que pagar impuestos en los países sedes de las bienales o de las organizaciones que otorgan estos premios. Nunca en ningún país me han perdonado un centavo de un premio que he ganado. Estoy de acuerdo con que Cuba cobre impuesto por los premios porque, además, sería justo para el resto de la sociedad.

    En la exhaustiva relación de sus premios y distinciones nacionales e internacionales que el propio artista nos ofrece en su página web http://www.kchoestudio.com/awards/ figuran sólo dos premios extranjeros, ambos recibidos en 1995: el Gran Premio de la Bienal de Kwang-Ju, Korea, y el Premio UNESCO para la Promoción de las Artes, París, Francia.

    O sea, que, en realidad, su generalización sobre la base de su experiencia personal se basa exclusivamente en dos países: Corea del Sur y Francia. Pero la mención de uno de esos dos países, Francia, suscita dudas: o los 17 años transcurridos desde ese Premio confunden la memoria del artista o fue víctima de un cobro indebido. Y es que precisamente en la página que el portal de la UNESCO dedica al Observatorio Mundial sobre la Condición Social del Artista se destaca como paradigmática una medida fiscal de Francia en materia de impuesto sobre la renta. Cito:

    ? El Premio Nobel, así como, bajo ciertas condiciones, los premios literarios o artísticos franceses y extranjeros son exonerados de impuesto sobre la renta bajo las condiciones siguientes:
    . recompensar una obra o el conjunto de una obra de carácter científico o artístico;
    . ser otorgados por un jurado independiente;
    . ser concedidos desde por lo menos tres años antes.

    · http://portal.unesco.org/culture/es/ev.php-URL_ID=34727&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html

    Y es que, en contra de lo afirmado por Kcho, no sólo en Francia sino en toda una serie de países culturalmente avanzados los premios literarios, artísticos y científicos no están sujetos a impuestos, siempre y cuando cumplan tales o cuales condiciones destinadas a prevenir manejos sucios –sobre todo, premios creados ad hoc por camarillas para autoasignarse dinero libre de impuestos. También en Suecia, Australia, Canadá, Alemania y Japón así lo disponen leyes y regulaciones fiscales en ese sentido. Y de que el fisco de Holanda no toma un solo centavo de los ganadores de premios culturales, aunque se trate de premios holandeses y ganadores extranjeros, puedo dar fe yo mismo por mi propia experiencia en ocasión de haber recibido el Premio del Príncipe Claus de Holanda. En el caso de España, podemos leer lo siguiente en el artículo 3 del Capítulo I (Rentas exentas) del Título I (Sujeción al impuesto: aspectos materiales, personales y temporales) del Reglamento del impuesto sobre la renta de las personas físicas. Capítulo I. Rentas exentas:

    Artículo 3. Exención de determinados premios literarios, artísticos y científicos.

    1. A efectos de la exención prevista en el artículo 7.l de la Ley del Impuesto, tendrá la consideración de premio literario, artístico o científico relevante la concesión de bienes o derechos a una o varias personas, sin contraprestación, en recompensa o reconocimiento al valor de obras literarias, artísticas o científicas, así como al mérito de su actividad o labor, en general, en tales materias.

    2.

    1. El concedente del premio no podrá realizar o estar interesado en la explotación económica de la obra u obras premiadas.

    En particular, el premio no podrá implicar ni exigir la cesión o limitación de los derechos de propiedad sobre aquéllas, incluidos los derivados de la propiedad intelectual o industrial.

    No se considerará incumplido este requisito por la mera divulgación pública de la obra, sin finalidad lucrativa y por un período de tiempo no superior a seis meses.

    2. En todo caso, el premio deberá concederse respecto de obras ejecutadas o actividades desarrolladas con anterioridad a su convocatoria.

    (…)

    3. La convocatoria deberá reunir los siguientes requisitos:

    a. Tener carácter nacional o internacional.

    b. No establecer limitación alguna respecto a los concursantes por razones ajenas a la propia esencia del premio.

    c. Que su anuncio se haga público en el Boletín Oficial del Estado o de la Comunidad Autónoma y en, al menos, un periódico de gran circulación nacional.

    Los premios que se convoquen en el extranjero o por Organizaciones Internacionales sólo tendrán que cumplir el requisito contemplado en la letra b anterior para acceder a la exención.

    Ya en la América Latina, en el caso de México, podemos leer lo siguiente en el artículo 125 de su Ley de Premios, Estímulos y Recompensas Civiles:

    Artículo 125.- Los premios y las entregas adicionales en numerario o en especie, así como las recompensas, estarán exentos de cualquier impuesto o deducción.

    Y en la Ley del Impuesto sobre la Renta de México, artículos 129 a 131, se establece que

    “Están exentos del pago de impuesto (…) los premios obtenidos con motivo de concursos científicos, artísticos o literarios, abiertos al público en general o bien a determinado gremio o grupo de profesionales”

    Y es que en el mundo existen dos patrones de tratamiento de las obras y actividades culturales: el patrón europeo continental, basado en los ideales humanistas de la Ilustración e irradiado a otros países de América, para el cual esas obras y actividades son ante todo importantes valores humanos y sociales cuya creación es preciso estimular, y el patrón estadounidense, adoptado por Corea del Sur, para el cual esas obras, actividades y premiaciones son ante todo o exclusivamente mercancías y operaciones económicas sujetas al mismo tratamiento que cualesquiera otras.

    De ahí que, por ejemplo, mientras que en Suecia, país que concede el Premio Nobel, ese premio está libre de impuestos para suecos y extranjeros, en los Estados Unidos el que reciba ese premio sueco por alguna extradordinaria contribución a la humanidad tiene que pagar impuestos por él.

    Mientras que las leyes fiscales de México, por ejemplo, distinguen entre los premios recibidos en loterías, rifas, juegos con apuestas o concursos televisivos y los premios literarios, artísticos y científicos, exonerando de impuestos a estos últimos, para el fisco de los Estados Unidos todos los premios están sujetos a imposición: a éste le da lo mismo que se trate de una lotería o un juego de apuestas o del Premio Nobel o el Pulitzer.

    Por eso no pude menos que quedar sorprendido al leer en la lejana Polonia que un artista revolucionario cubano, por demás miembro de la Asamblea Nacional de un país socialista, se pronunciara en este asunto a favor de la adopción de un modelo fiscal análogo al estadounidense con su visión economicista de las obras y actividades culturales y de la estimulación estatal y social de sus creadores.

    KACHO: Hoy estamos en una revolución dentro de la Revolución, para fortalecer
    nuestro socialismo, sin prisa, pero sin pausa, como exige el General de
    Ejército, y tenemos que tener en cuenta nosotros, los artistas del pueblo,
    que tenemos que seguir dando más, ese es nuestro deber, sacrifiquémonos los
    que más tenemos por el bienestar colectivo. Por tanto, creo firmemente que
    nosotros no debemos considerar necesario que se nos reconozca como algo
    deducible de nuestra responsabilidad tributaria, lo que considero es la
    responsabilidad moral y cívica más importante para con nuestro pueblo de
    obreros, campesinos, médicos, artistas, constructores, maestros,
    arquitectos, ingenieros, amas de casa, pueblo todo, que ha pagado cada
    centavo que nos ha permitido llegar hasta nuestros sueños.

    Ganamos más, pues, entonces, paguemos más. Hagamos este sacrificio por respeto y por el bienestar colectivo, es nuestro deber y tenemos que seguir trabajando gratuita y voluntariamente para el pueblo, sin recibir ningún beneficio tributario por ello, solo el respeto, el aplauso y la satisfacción de hacer lo correcto.

    Aceptar que el hecho de que el pueblo haya pagado “cada centavo” invertido en la formación de un determinado artista o intelectual es una razón para que éste pague impuestos o incluso más impuestos, implicaría que el gran número de autodidactas que existen en el campo de la música popular, las artes plásticas, el teatro, el cine, la literatura y hasta la teoría, la crítica y la traducción deberían ser exonerados de un gran por ciento de los impuestos establecidos para su profesión.

    KACHO: nuestra responsabilidad tributaria, lo que considero es la responsabilidad moral y cívica más importante para con nuestro pueblo de obreros, campesinos, médicos, artistas, constructores, maestros, arquitectos, ingenieros, amas de casa

    Lamentablemente, en esa afirmación se abre paso la misma visión economicista de la cultura que habíamos visto anteriormente. El artista y el intelectual no pueden ser vistos sólo o ante todo como un contribuyente. “La responsabilidad moral y cívica más importante” del artista y el intelectual para con nuestro pueblo no puede ser la de pagar impuestos por ganancias obtenidas no importa cómo –sea con la obscenidad, con el humor racista, con la autoventa como objeto sexual para turistas, con el jineterismo cultural, con el falso folclor y así sucesivamente. Y es que la primera y más importante responsabilidad moral y cívica de un artista o intelectual es entregarle al pueblo una obra con la mayor cantidad posible de valores artísticos, culturales y sociales.

    KACHO: Nosotros, los artistas del pueblo, que tenemos que seguir dando más, (…) sacrifiquémonos los que más tenemos por el bienestar colectivo. (…)

    Ganamos más, pues, entonces, paguemos más.

    Esas declaraciones me resultan doblemente problemáticas: como representación colectiva en el doble sentido de la palabra representación: en ellas habla un “nosotros” generalizado –“los artistas del pueblo”— sobre ese mismo “nosotros” generalizado. Kacho habla allí en representación de toda la colectividad de artistas del pueblo, acto cuya legitimidad no voy a discutir en el contexto de esta reunión, aunque es precisamente la UNEAC el marco en el que debería discutirse esa autoatribución. Obsérvese que, con sus verbos imperativos en primera persona de plural, las frases “Ganamos más, pues, entonces, paguemos más” y “sacrifiquémonos los que más tenemos por el bienestar colectivo” no están dirigidas a los delegados de la Asamblea que están a su alrededor, sino a los artistas que no están ahí, pero que hubieran podido escucharle, y responderle, en la UNEAC que los acoge a él y a ellos.

    Ahora bien, el artista, además, tematiza ese “nosotros” y ofrece una representación, una imagen, de toda la colectividad de artistas del pueblo: Los artistas –así, en general– son los que más tienen y son los que más ganan.

    No creo que entre nosotros haga falta mucha reflexión y discusión para percatarse de lo errado de esa afirmación: todos sabemos no sólo de las enormes, incluso abismales diferencias de ingresos entre los artistas de unas ramas y otras del arte y la cultura, sino también de las grandes diferencias de promedios de ingreso dentro de una misma rama del arte –por ejemplo, entre los cultores de las músicas llamadas popular y culta– e incluso entre géneros de la propia música popular –por ejemplo, entre regguetoneros y boleristas. Y un gran número de artistas de la palabra, si no la mayoría de ellos, está muy lejos de los ingresos de un Kacho o de un Juan Formell o incluso de un Leonardo Padura. Todos sabemos que, estadísticamente hablando, la mayoría de los que más tienen y los que más ganan hay que buscarlos en otros sectores de nuestra sociedad. Esa imagen ficticia de la abundancia económica en posesiones y ganancias de los artistas en general justificaría, desde luego, el apoyo de delegados y de la población en general para esa nueva medida relativa a los premios, que serían vistos como algo que sólo hace más ricos a los ya ricos.

    También todos sabemos que los ingresos salariales en moneda nacional no alcanzan para sustentar los gastos básicos de una familia en materia de alimentos, ropa, transporte, reparaciones domésticas, etc., etc. Los magros y ocasionales ingresos adicionales en divisas de la mayoría de los escritores y artistas no son un plus que podría estar destinado a lujos, sino que en la mayoría de los casos vienen a cubrir por un tiempo muy breve las carencias salariales. Y un premio en metálico, que no es algo que los artistas y escritores reciban todos los días, ni todos los años, ni siquiera una vez al lustro, puede significar para ellos algo crucial en sus vidas: la diferencia entre tener o no una computadora o un plottero un sintetizador o una cámara cinematográfica o un clarinete o unos diccionarios que el Estado no le suministra para su trabajo en instituciones del propio Estado, entre arreglar o no una casa o mobiliario en mal estado, entre poder o no dedicarse por entero durante varios meses a terminar una novela o un libro de ensayos, dejando a un lado por un tiempo los coyunturales trabajitos ligeros para asegurar los frijoles.

    Un premio literario, artístico o científico no es un mero paso de dinero de unas manos a otras. Es, de muchas maneras y por muchas vías, un hecho cultural, un influyente factor cultural y social, un reconocimiento de valores ya creados y un estímulo y facilitador para la creación de otros nuevos. La adopción del paradigma economicista estadounidense en este asunto, haciendo caso omiso de sus implicaciones culturales, sociales y políticas, nos llevaría, por ejemplo, en el caso de los premios estatales o subvencionados estatalmente, a una situación paradójica, esquizofrénica, en un Estado socialista: una parte del Estado estaría otorgando un estímulo al mérito artístico o intelectual excepcional o descollante, mientras otra parte de ese mismo Estado estaría quitándole al artista o intelectual merecedor una parte de ese mismo estímulo. El Estado socialista no puede tratar sus propios premios como una paga adicional de un empleador (la “Empresa Cultural Nacional del Estado”) por una faena bien realizada, como los aguinaldos o bonus de las corporaciones capitalistas. Por las mismas razones político-culturales no puede someter a ese tratamiento desvalorizante los premios culturales limpiamente concedidos a sus ciudadanos creadores e intelectuales en otras partes del mundo, para gloria de nuestro país.

    Resulta más que preocupante que en los últimos años con frecuencia cada vez mayor algunas personas pretendan legitimar tales o cuales medidas económicas locales alegando que en tal o cual país o grupo de ellos (casi sin excepción capitalistas, y en particular, a menudo, lamentablemente, los Estados Unidos) existen tales medidas y hasta en formas más severas. Se olvida así que el criterio de referencia y valoración de nuestra sociedad no pueden ser las prácticas y las ideologías subyacentes de ninguna de esas sociedades, sino el conjunto de los principios e ideales políticos y sociales del socialismo –con arreglo a los cuales, a la inversa, podemos juzgar la valía de cualquier práctica ya históricamente existente o sólo proyectada. Lo contrario sería, en última instancia, privar de sentido a los últimos 53 años de nuestra historia, antes de los cuales ya esos patrones foráneos en la economía, la cultura y la política social estaban disponibles y se ofrecían como referencias obligadas.

  • matronize