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Internet en Cuba: la ignorancia es la fuerza

  • nov 28, 201200:14h
  • 4 comentarios

Se llama Luis, es ingeniero informático, y deja de mirar el monótono paisaje de las Ocho Vías, en la guagua refrigerada china que nos lleva de La Habana a Santa Clara, para verme teclear en mi miniordenador.

Cuando me pregunta de dónde vengo, le respondo que vivo en Francia y que estaré seis semanas en una isla que de tanta ausencia ya casi no reconozco. Le comento (con una mezcla de sinceridad y desafío) que veo las cosas un poco mejor que cuando me fui, por allá por el Período Especial: se puede comer cualquier cosa en la calle, comprar y vender las casas, ejercer oficios por cuenta propia, etcétera…) “Lo que no entiendo bien es la manera de funcionar ahora de la gente, lo que piensan de sus vidas aquí”.

Justifico así que la curiosidad pasé de mi lado para ser yo quien haga preguntas. Pero es inteligente el muchacho, y reímos juntos cuando me propone que está bien, pero que después él necesita conocer algunas cosas sobre el mundo.

(Durante todo mi viaje a Cuba veo con frecuencia esa inconsciente confrontación: nosotros y el mundo, aquí y el resto, me dicen con frecuencia mis compatriotas insulares…). Rememoro entonces un pasaje de 1984 de George Orwell, pero al revés. En esa novela Winston Smith, el protagonista, le pregunta con insistencia a un anciano cómo era la vida en una época anterior a la Revolución, si es cierto que antes se vivía mucho peor que en el presente “glorioso” del régimen del Gran Hermano. El viejo divaga y no responde con precisión (por precaución) a la pregunta.

Para mis compatriotas esta indagación está invertida. El mundo es el futuro, y es de eso de lo que quieren saber, como si asumieran, con una certeza resignada, que ellos viven en el pasado. Y heme de pronto aquí, yo, que pretendo con este viaje arreglar mis cuentas sentimentales, familiares y hasta psicológicas con mi pasado, siendo la encarnación de un mundo y de un porvenir que ellos (por rebelión y desconocimiento), añoran.

Me cuenta Luis que está casado con una doctora y que puede viajar en esa guagua porque su empresa le paga los 18 CUC del pasaje. Me detalla lo que hace, Luis: programas para una corporación que se extiende por toda la isla: “no está mal —me asegura—, si todo funciona bien me premian con 30 CUC de estímulo al final del mes. Eso aquí es una excepción, me aclara. Algo insólito sí, reconozco, como toda excepción en un lugar de excepciones.

No quiero que la conversación tome por el camino de temas de sobrevida (desde que llegué cada interlocutor me repite decenas de veces el precio de la carne de puerco y los valores del cambio de la moneda local) y teniendo en cuenta que se trata de un informático le pregunto si lee el blog de Yoani Sánchez.

La provocación funciona, porque la cabeza y las miradas de Luis giran en todas direcciones, su cuerpo se mueve en el asiento, se persuade de que nadie nos escucha por lo bajo del tono de su voz, antes de comentarme en un susurro: “Eso aquí es candela, no se puede mencionar”. Después del susto me cita también páginas y blogs que deben evitarse: el más curioso para mí, el sitio de compra y ventas Revolico.com. “Si la gente lo consulta no va a comprarle nada al Estado”, me aclara.

Y es poco antes de llegar a Santa Clara que Luis me habla de lo que George Orwell, de estar como yo sentado en esta guagua Yutong, llamaría “la policía del pensamiento informático”. Un amigo de su aula en la universidad se ocupa de leer y suprimir los mails indeseados y de registrar los sitios consultados por los empleados de su empresa.

Le dejo mi tarjeta a Luis, antes de separarnos, para que me escriba de vez en cuando, y después me doy cuenta de lo absurdo que puede resultarle mi gesto.

Mi alegría turística por no estar conectado al mundo (como viajero que huye hacia el descanso) se vuelve una preocupación cuando veo las noticias de la televisión cubana. Pregunto en el vecindario quién tiene Internet, y con suerte alguien me confirma que puedo, al menos, enviar mensajes desde su casa. Sólo mensajes, nada de poder leer otras páginas, aclara.

Pero la respuesta a mi correo a Francia ha desaparecido: la esposa del vecino eliminó el mensaje, para ella sospechoso, que apareció en francés en su bandeja de entrada. Aprendo entonces que hay casos así, en que un amigo de Luis deja pasar el mensaje, pero la censura reaparece, por precavido temor, de manos de un destinatario inadvertido.

Las 24 horas diarias de transmisión de la Olimpiada de Londres, y las versiones oficiales sobre la guerra en Siria, desesperan mis programados días sin servicios tecnológicos. Me rindo y me voy a pagar unos cinco euros (es decir 6 CUC) a un centro telefónico de Santa Clara.

No me toma por sorpresa que la comunicación en el ordenador público sea lenta hasta la desesperación, sino que la persona que me vende la tarjeta con el código de acceso confidencial, me pida el pasaporte para copiar junto a mi nombre el número de la tarjeta: del tiro cambio la contraseña de mi dirección personal y me limito a leer El País y no los blogs de cubanos opositores como hago de costumbre.

Sin embargo, se comunican con ese “mundo” deseado los cubanos. Sobre todo los más jóvenes. Uno me cuenta que entra casi disfrazado a la empresa de un amigo y puede leer hasta los blogs de los disidentes. Supongo que ese amigo es, por ejemplo, alguien que como el amigo de Luis al mismo tiempo que vigila viola los controles para él y los suyos. Otros pagan 10 dólares al mes para que alguien les instale un canal de Miami. Orgullos y furtivos, me muestran las descoloridas imágenes en sus televisores Panda de un show kitsch o de una telenovela cursi.

Cuando le comento a un estomatólogo que me alquila una habitación en su casa en Cienfuegos, que la falta de Internet y de wi-fi es lo que más me afecta durante mi viaje, me espeta de un golpe una frase que me hace avergonzarme de mi majadería: “Porque usted con sus euros de turista tiene garantizado todo lo demás aquí puede darse el lujo de esa queja”. Termino rindiéndome y me voy a un hotel. Los noticieros de la televisión francesa que logro captar en la habitación casi me provocan una indigestión de horas de insomnio. Se pueden ver otros canales extranjeros. Pero a condición de ser políglota: ninguno aparece en las pantallas en español, hay que comprender el inglés, el alemán, el francés o el chino…

Bajo al lobby para desayunar con la certeza contrariada de que los rebeldes sirios no han logrado derrocar a la dictadura de Bashar al-Assad. Una pareja que no encuentra sillas libres se sienta cerca de mí y la conversación es inevitable. Una vez más hablan de deporte. Me preguntan qué impresión han provocado en Francia las medallas olímpicas cubanas, que si los franceses juegan bien béisbol, y en el colmo de mi paciencia me exigen una explicación sobre la manera en que Víctor Mesa llevó al triunfo al equipo de pelota nacional en Holanda.
Me levanto y me largo. Mientras camino por el borde de una piscina me siento como un Winston Smith de vacaciones en Angsoc, y me repito el tercero de los tres eslóganes que regía la disciplina de ese régimen: “La ignorancia es la fuerza”.

En la calle unos niños pateando un balón enfangado me explican, después de mirarme como a un extraterrestre, que ya nadie juega beisbol aquí. “Lo nuestro ahora es el fútbol, yuma”.

Armando Valdés-Zamora
París

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4 respuestas
Comentarios

  • azel shyts dice:

    cada uno con su cada un,a este socio le va bien pero a cuantos no les da para ir a ver a su familia ahora en este mundo en crisis,las carencias cambian pero los problemas se mantienen

  • Raule dice:

    “las descoloridas imágenes en los televisores Panda de un show kitsch” deben hacer referencia al programa “Esta noche Tunai”, no puedo adivinar otro del que se sientan orgullosos y vean furtivamente los cubanos, está considerado el de mas raiting de la TV cubana y nadie ha hecho ningún survey que lo demuestre, aunque yo personalmente elaborando uno muy particular, a todos los que visitan la Isla y están en mi ámbito familiar o personal les pregunto y me lo confirman.

  • kalida jelnandes dice:

    tanto han rejodido la isla y sus habitantes que ahora todo esta patas arriba y la gente anda como que loca….. y quien endereza aquello???? je je je je va a tomar mucho, mucho, muchiiiiiiiiiisimo tiempo…… esa familia real biranita, el unico aporte social, la locura generalizada……

  • Gabriel dice:

    Llama la atención como se instaló en los cubanos la concepción de que fuera de Cuba todo es radicalmente distinto a dentro de Cuba, como si Cuba fuese un país singular casi fuera del planeta.

    Se repite mil veces el mantra de la excepcionalidad cubana.

    Hay que puntualizarlo: los cubanos no son terrícolas excepcionales; es el gobierno cubano el que es excepcional.