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Habana Abierta (fragmentos)

  • nov 28, 201223:06h
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El grupo Habana Abierta es un símbolo de mi generación pero eso no es lo mejor que se puede decir de ellos. Es la generación desengañada de tres décadas de propaganda de una dictadura que se presentaba en público como Revolución. Los últimos que crecieron en la fe que prometía que todas las penurias del presente serían recompensadas en el porvenir. Creíamos que el nuestro era el más justo de los mundos posibles y que, en cuanto por fin se diese con la fórmula para que nuestra vida material no fuera fea y escasa, también sería el mejor. Eso quiere decir que la nuestra fue la generación más desinformada en la Historia de la Nación. Habíamos crecido atrapados por los extremos de la tenaza formada por el castrismo en su período clásico y el embargo norteamericano. Lo bueno era que el desengaño, a diferencia del de nuestros padres, nos había sorprendido justo al arribo de la juventud, en un momento en el que enderezar nuestras vidas no nos sería demasiado trabajoso. Al menos era eso lo que pensábamos.

Los de Habana Abierta no siempre se llamaron así. De hecho todavía iban a tardar un par de años en presentarse en el mercado del disco con ese nombre. Al llegar a España a mediados de 1996, se hacían llamar Habana Oculta, que era el título usado por un sello independiente español para presentarlos como el último gran descubrimiento de la música cubana. Aquello que habían encontrado rascando la superficie de la música bailable y de la canción políticamente comprometida. Lo que se dice —pensarían los productores y hasta los músicos— una auténtica mina de oro.

[…] Cuando me los encontré de nuevo en Madrid a mediados de 1996 estaban en pleno tránsito de su avatar de Habana Oculta al de Habana Abierta. Llegaban dispuestos a estremecer el mercado español con canciones grabadas en los baños de sus apartamentos habaneros o en estudios en los que se habían colado con perfidia y nocturnidad. El éxito debía ser lo suficientemente grande para que aquella antología generacional se desarmara en tantas partes como integrantes tenía y que cada uno de ellos pudiera ganarse la vida por su cuenta.
Pero el mercado no se dio por enterado. No se inmutó con la acústica de los azulejos de los baños de La Habana.

Cuando me los encontré vivían todos en un piso de la calle Montera, atormentados por la lejanía de sus mujeres, la escasez de dinero y la demora del nuevo contrato. El único alivio en esos días les llegó en la forma de un milagro. En medio de un viaje por carretera bajaron a orinar en unos sembrados para descubrir que estaban en medio de un campo de marihuana. A todo el que pasaba después por el piso de Montera le mostraban orgullosos una gran bolsa de plástico transparente repleta de trozos de arbustos secos de cannabis sativa para fumar allí o llevarse un poco a la casa. Aquellos porros silvestres incluían semillas que estallaban cuando el fuego llegaba a ellas pero, según los entendidos, el material era de buena calidad. Encerrados en aquel apartamento los antiguos conjurados de 13 y 8 se sentirían como los Beatles en Hamburgo esperando que la fama y el dinero los asaltara en cualquier momento con la diferencia de que los ingleses no tenían como referencia al grupo más famoso de la historia. Porque el éxito para los de Habana Abierta tenía que ser monstruoso y así poder alimentar al doble de bocas de las que componían a los Beatles. Esos meses debieron vivirlos como un purgatorio, antesala del paraíso que les prometieron los productores, los agentes y el hambre, tantas veces pospuesta, de brillar con su música.

Por fin apareció el contrato con una disquera famosa, toda una trasnacional. Repetían los nombres de los que habían grabado con ella como si quisieran contagiarse de su fama. Más o menos fue ese el tono en el que le hablé a Emma Thompson para convencerlo de que debíamos dedicarle la página central del próximo número de La Tribuna Hispana. Se trataba —le decía— de un grupo destinado a revolucionar el panorama musical de España. Y quien dice España, toda Latinoamérica. Que teníamos la oportunidad de ser la primera publicación en el país que le dedicara tanto espacio a una banda que daba sus primeros pasos y su éxito futuro sería asociado a nosotros. Emma Thompson dio el visto bueno. Arrinconé a cuatro de ellos en el piso de Montera y a dos más en el estudio donde grababan el que iba a ser su primer disco español. Era difícil distinguir qué porciento de su excitación debía atribuirse a los porros y cuál a la creencia de que estaban haciendo historia. Repaso la entrevista y lleva la marca de la improvisación, la energía y el atropello con que siempre se habían presentado ante el público. Seguían siendo la voz de mi generación.

El disco debía de haber aparecido en marzo de 1997, pero no salió al mercado hasta el año siguiente. La pasaron bien mientras les duró el adelanto del contrato y no tan bien cuando se les acabó. Tocaban en varios sitios y yo los iba a ver cada vez que podía. Habían cambiado mucho desde los tiempos de 13 y 8, cantaban y se movían con mucha más soltura, como quien se siente dueño de la escena. Sin embargo, persistía en ellos aquel amateurismo de los primeros tiempos. Tras su seguridad ostentosa se escondía una timidez a la que no se atrevían a renunciar. Algo así como un miedo a dejar de ser ellos, a traicionar la imagen que tenían de sí mismos: el miedo del que está obsesionado con la autenticidad y lo auténtico como si fuera lo único que pudiesen poseer en este mundo.

En cierta ocasión todos visitaron nuestro apartamento de Carlos Arniches para celebrar algo. O alguno en solitario fue varias noches a dormir porque había peleado con sus compañeros de cuarto. Debe haber sido complicada la convivencia entre tanto ego revuelto y mal alimentado. Pero de cualquier forma que lo vea, fue bueno tenerlos cerca. Tranquilizaba saber que, a pesar de todos los cambios, seguíamos compartiendo la misma ciudad.

El disco salió al año siguiente con el nombre de Habana Abierta, que era al mismo tiempo el del grupo. Esta vez tampoco el mercado español pareció inmutarse. Apenas unos cuantos miles de discos vendidos, nada que justificara todas las inversiones o desplantes a los que los Rolling Stones no se habrían atrevido. En cambio, entre los cubanos de su edad o más jóvenes, su fama crecía con cada canción que circulaba en copias piratas. En su regreso de hijos pródigos a La Habana y en sus conciertos en Miami los recibieron como a un Mesías colectivo después de una larga espera. La voz de la generación. Al fin podían disfrutar del reconocimiento que durante años habían perseguido, aunque luego tuviesen que regresar a sus pisos compartidos y sus presentaciones en tugurios de mala vida. (“Antropólogo” se llama Vanito a sí mismo y aclara: “especialista en antros”).

En España, en cambio, su mayor éxito fue puro malentendido. Un cineasta local que había pasado varios años en Cuba reprodujo la historia del grupo en una película. Cambiaron el nombre de la banda y con ello cada detalle de su existencia. Un trabajo concienzudo de falsificación que alteraba cada giro y sentido de la historia real sin que dejara de ser reconocible. El guión de la película convertía la historia de la asfixia cubana y huida posterior en el conflicto maniqueo y falseado entre la autenticidad y el dinero. En eso y en la resistencia del protagonista a que una distribuidora de Miami lo manipulara políticamente. Las actuaciones eran lo suficientemente malas como para suponer que el protagonista era —en la vida real— un músico intentando actuar cuando lo cierto era lo contrario. La música era tan falsa como la trama y, sin embargo, insistía en reproducir ciertos dejes de Habana Abierta, evitando todo lo que originalmente le daba vida a sus canciones. Por supuesto que la película fue un éxito y sospecho que por las mismas razones por las que la música de Habana Abierta nunca lo fue. He conocido incluso muchos cubanos que se han llegado a identificar con la película como si fuera la cosa real. “La voz de la generación”, dicen de aquellos fantasmas de la película y ya eso habla mucho de una tribu poco acostumbrada a verse en pantalla. Sólo gente muy desesperada por ver su reflejo en cualquier sitio, aterrada por la maldición de no dejar huella en este mundo, se puede conformar con una imagen tan lamentable de sí misma.

La música de la película llegó incluso a ganar un premio Goya. Algunos de los de Habana Abierta pudieron beneficiarse en algo con aquella fama equívoca, juntándose a una banda que reproducía las canciones de la película. Cosa curiosa, aunque menos absurda de lo que parece: disfrazarse de una mala copia de uno mismo para ganarse la vida. O al menos unos cuantos meses. Justo el tiempo en que la gente demore en olvidar la gloria de una banda que nunca existió. Es irónico pero no es triste. Más allá de esa falsa gloria durante todos estos años no han dejado de componer canciones y de grabarlas engatusando una y otras vez a productores o haciéndose sus propios discos en casa, con mil esfuerzos y la ayuda de mucha gente que sigue creyendo en ellos. Triste habría sido que dejasen de cantar.

Enrique del Risco
New Jersey

*Lo anterior es un fragmento de Siempre nos quedará Madrid, el libro más reciente de Enrique del Risco, recién publicado por Sudaquia.

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