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¿A dónde va Cuba? (y II)

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    Editor Jefe
  • oct 12, 201217:31h
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por John Jeremiah Sullivan

Me desperté al día siguiente con los sonidos de la actividad matutina en la piscina. El agua salpicando el concreto. El insistente, y poco familiar, sonido de un pájaro. Los murmullos dormilones de la gente untándose de crema. Los carritos del hotel sonaban más allá de las puertas dobles. Eran las ocho de la mañana de un cálido día de primavera en Varadero, que estoy bastante seguro es literalmente la Utopía, de alguna manera vagamente histórico-lingüística: la orilla norte de Cuba, que supuestamente motivó que Colon dijera que aquel era el lugar más hermoso que hubieran visto ojos humanos. Mi esposa siente algo respecto a Varadero cuando va a Cuba. Ni siquiera sé si le gusta. Lo hace por su familia. Para ellos parecería malsano evadirlo —era el sitio que más querían visitar cuando vivían allí—; no ir, al regresar, sería como viajar a Keystone, Dakota del Sur, y no ver el Monte Rushmore.

Sentado en mi cama gemela mire a la cama grande —ya se habían ido. La gran cafetería funcionaba sólo un par de horas cada mañana. Tenías que estar allí para la estampida. Nos movíamos entre las diferentes micro-Cubas muy rápido; demasiado rápido, en realidad. El día anterior habíamos cabalgado caballos a través de la jungla para ver las ruinas de viejas plantaciones cafetaleras y las chozas de piedra en que guardaban a los esclavos. Habíamos pasado por las cooperativas agrícolas de los campesinos y oído discursos políticos en los altavoces, algo sobre las nuevas leyes agrícolas. La noche anterior, salimos a las súbitamente oscurecidas carreteras cubanas, acercándonos demasiado a señales de “Camino cerrado” sin alumbrar a sesenta millas la hora, evadiendo bruscamente baches que hundirían a un coche y carromatos arrastrados por caballos… todo eso era ya como un sueño. Y ahora estábamos navegando entre las estaciones de las omelettes y los cereales, en filas compuestas sobre todo por turistas europeos; alemanes, italianos, centro europeos y también brasileños, argentinos y canadienses. (Sabes cuando estás viendo a un canadiense porque siempre te preguntan, con el mismo tono sorprendido de voz, “¿Cómo has entrado en el país?” Es una oportunidad para recordarte que no puedes ir legalmente y ellos sí pueden. Y por extensión, que vienen de una tierra más ilustrada. “Tenéis que superar todo eso,” me dijo un tipo con el que me vi en una reserva natural, a lo que me hubiera gustado contestarle que consiguiese una poderosa población de exiliados cubanos, los mudase a una provincia canadiense que pudiera determinar una elección y me llamase al día siguiente).

El cocinero en la estación de las omelettes, cuando preguntó de dónde era yo y se lo dije, levantó sus puños como un boxeador, como si estuviéramos a punto de enfrentarnos, después comenzó a reírse. Me dijo que tenía familia en Estados Unidos, en Florida. Es lo que dice todo el mundo. No puedes comprender la relación transnacional, disfuncional, mutuamente ventajosa entre Cuba y Miami, que desafía todos los embargos y políticas de “abandono definitivo,” hasta que te das cuenta de que la línea a menudo corta familias, casi siempre de hecho. La gente hace todo tipo de ajustes internos. Le dije al hombre que odiaba el embargo (el bloqueo, como lo llaman) y pensaba que era estúpido, lo que era en ambos casos cierto y lo que él quería oír. Me dio un varonil palmotazo. No seguí ni le dije que, desde luego, no me gustaba el embargo sobre todo porque, más que nada, mantenía a los Castro en el poder desde hacia medio siglo, facilitándoles un Goliat para ser David. Gracias al embargo, cuando los Castro despotrican contra nosotros como el enemigo imperialista, no están mintiendo en realidad. En efecto nos hemos declarado los enemigos del pueblo cubano y lo hemos hecho usando por bandera su libertad, golpeando a Cuba de una forma que, después de todo, hace sufrir sólo a la gente, y lejos de castigar a aquellos que están en el poder los recompensa y refuerza su argumento. En cuanto al argumento de que comerciar con tiranos haría a nuestra política exterior incoherente, negociamos con gente peor cada día —hemos armado gente peor— y en países que no tienen una historia tan íntimamente ligada con la nuestra, desde hace siglos. Todo esto porque una minoría relativamente pequeña pero altamente movilizable, la comunidad exiliada, ejerce influencia en un estado que tiene el poder de elegir presidentes. No había manera de medir con cuántas de estas cosas coincidiría el hombre. Lo dejamos en que mutuamente pensábamos que el embargo jodía.

Fuera de la piscina, donde mi esposa y mi hija nadaban, me tendí en una tumbona a la sombra, sintiéndome más pálido y flojo que nunca en mi vida e ilocalizablemente deprimido de esa manera que los centros turísticos tan bien conocen. Leí Doctor Zhivago, en una nueva traducción de Richard Pevear y Larissa Volokhonsky (la pareja de esposo y esposa que han retraducido los clásicos rusos durante los últimos veinte años). Zhivago no está a la altura de Tolstoi/Chéjov, pero tiene párrafos maravillosos, incluyendo uno que creí que hablaba de la aspereza que a menudo encuentras en los cubanos, la excesiva sospecha que muestran a veces en temas triviales. “El miedo conocido como espionitis —escribió Pasternak acerca de Rusia después de la revolución— ha rebajado toda charla a un único patrón formal predecible. El despliegue de buenas intenciones en el discurso no propicia la conversación.”

Cada vez que miraba por encima del libro, había más gente en la piscina o alrededor de ella, como si saliesen del agua, fuera de las ondas. Llevaba gafas negras, así que al cabo de un rato me situé en un ángulo desde el que pareciera que leía el libro aunque realmente movía mis ojos, mirando a todo el mundo. ¡Dios, con el cuerpo humano! Todo eran Speedos y bikinis, sin importar la edad o el tipo de cuerpo. Nunca verías una piscina en Estados Unidos en que la gente enseñase tanta piel, excepto una piscina en que la gente estuviese precisamente allí para mostrar la perfección de sus cuerpos. El cuerpo no conscientemente esculpido a través del ejercicio se ha convertido en la vergüenza secreta y grotesca en América, excepto que para mi sorpresa este grupo euro-latino de clase alta no había recibido esas noticias. Vi venas y celulitis, barrigas, pezones masculinos, las extrañas bolsas colgantes que comienzan a aparecer en la parte de atrás de los muslos, escotes que mostraban arrugas propias de uvas estropeadas, la piel ahumada de hombros perpetuamente quemados, en toda su belleza. Toda su belleza y tormento. Veías a una chica argentina en su primavera reproductiva paseando frente a una mujer con el aspecto de una vieja soviética, su cuerpo una escultura de bloques encima de otros bloques, las dos llevando bikinis negros, las miradas furtivas llegadas del Plioceno, desde la sabana. Los viejos con el ceño fruncido detrás de las gafas de espejo. Los jóvenes tensando cada músculo para no parecer obsesionados acerca de cómo les ven la chicas, un nivel de autoconciencia al que me di cuenta de que no podía regresar, como si estuvieran en un estado de ebriedad. Todo el mundo miraba de reojo a todo el mundo, con envidia, con desdén o sólo mirando como yo. Todos dentro de una matriz de lujuria y tristeza erótica, todos convirtiéndonos en versiones del otro, o viendo nuestros yoes pasados.

La gente de mi esposa viene de un pequeño pueblo de nombre extraño, una rara palabra española que casi no parece española cuando la ves. Cuando vivían allí, el lugar no era considerado tan lejos de las cosas, las ciudades, pero la decadencia de la infraestructura, el colapso de los trenes, la ha dejado abandonada. Simplemente no hay motivo para oír del mismo.

La primera vez que fui, antes de casarnos, me convirtieron en un gran acontecimiento. Los yanquis casi nunca aparecen en este pueblo, a menos que estén perdidos. Caminé hasta una casa estucada, en una calle tranquila, una casa llena de gente que hablaba en voz alta, manos asiendo mis brazos. Todo el mundo besaba y lloraba sobre mi esposa, que no habían visto desde que era una adolescente. Me apodaron “Wao,” porque a cualquier cosa que decían, yo respondía, “Wow.” Me parecía la respuesta apropiada. Wei-Wei, la abuelita, había venido con nosotros, o mejor dicho nosotros habíamos ido con ella —acabó siendo probablemente la última ocasión en que podría volver— y mandó dinero antes de nuestra visita, para que ellos comprasen comida. Siempre estaba mandando dinero, pero esta vez mandó más, y ellos dispusieron de cerdo y de todas las especies necesarias. Había una gran mesa. Todos los hombres llevaban alguna versión de Rafael, Rafaelito, Rafaelín. La matriarca, una mujer pequeña y tímida llamada Haydee, presidía con sus manos de pájaro, presentando pequeñas disculpas. Ni siquiera tenías que mascar el cerdo, podías dejar que se disolviese. Hicieron chicharrones de viento, un ingenioso nombre para algo inspirado por la pobreza, salteando sal, harina y un poco de manteca. Había una botella de Havana Club en la mesa —la primera vez que lo vi o probé. Conociendo un poco de español escolar, luché por seguir sus frases, el rápido y expresivo pero espeso español hablado en la isla.

Después de cenar, cometí el error de decir algo sobre un tabaco. No es que pidiera uno. Probablemente dije algo así como, “escuche que su país es famoso por sus puros.” Pero lo tomaron como una forma sobre educada de pedir uno, así que comenzó la búsqueda. Las tiendas estaban cerrada, pero los Rafaeles comenzaron a trabajar en el carro. Sin dudas habrán oído que en Cuba siguen conduciendo carros de los cincuentas, pero esto era algo distinto, un Frankenstein hecho con partes de cuatro carros de los cincuentas y de un carro ruso, aparentemente de los setentas. Encendieron esa criatura y comenzamos a movernos por las calles. Sin luces —uno de ellos sujetaba una linterna eléctrica por la ventanilla. Estaba conectada al encendedor. La necesitábamos desesperadamente. A una milla de dejar la ciudad, estábamos en la cerrada oscuridad de las carreteras rurales no alumbradas. Me llevaron a una especie de kiosco, un bar abierto en medio de un campo. No sé qué era realmente. Una especie de club. Todos los hombres, los siete, eran trabajadores de los campos de tabaco. Debían contrabandear un cigarro o dos cada semana, tal vez los defectuosos, para su uso personal o en espera de la oportunidad de comerciar con él. Rafaelito me dijo, “Este es el puro puro.”

De vuelta en la casa, medio barrio se reunió para verme aspirar esa cosa, muchos, me di cuenta poco a poco, esperando verme vomitar. Permanecí fuera en el patio trasero, entre los gallineros. El cigarro me dio en la cabeza como un rayo. Mis rodillas dejaron de ser fiables. Pero no vomité. Rafaelito había bebido demasiado y bailaba como un loco. Cuando niño había perdido a su único hermano, ahogado en el río. Su padre, Rafael, se me acerco moviendo el dedo, preguntándome si me gustaba la tierra. Desde luego, dije bonita, linda y la gente.

“Sí.” Se parecía un poco a un Groucho Marx cubano. “Sí, te gusta el país,” dijo. “Pero, te gusta el sistema?” Sacó las silabas de “el sistema” de su boca como si fueran trozos de melcocha.

Ahora ya todos los Rafaeles se habían ido. Los dos mayores habían muerto de varias enfermedades, y el más joven se había ido a Miami. Ni siquiera sé cómo. Existe, aparentemente, una especie de lotería. Tal vez la ganó. Trabaja como mecánico. La casa era completamente diferente. El piso bajo estaba vacío y silencioso.

Haydee, la anciana de la casa, seguía allí, incluso más anciana pero aparentemente sin cambios. La vi hacer las mismas cosas ahora a la niña de seis años que había hecho a mi esposa años atrás, apretar sus brazos alrededor de la niña y negarse a soltarla, como haría una criatura. “Me la quedo aquí,” dijo. “Tú, vete.”

Su esposo e hijo se habían ido, su nieto estaba en Miami. Su otro nieto, Erik, medio hermano del muchacho que se fue, estaba aún por allí. En realidad, estaba progresando. Había comenzado un pequeño negocio de muebles. Vivía en la casa con su esposa e hija, y todo le estaba yendo bien. Pero pocos meses atrás, había perdido un hijo, por una enfermedad respiratoria. Así que en un breve espacio de tiempo, había perdido padre, abuelo y hermano (a la emigración), y ahora a su hijo. Era el único varón de la casa.

La nieta de Erik, una joven con gafas y cabello castaño rojizo, era tan tímida como su abuela. Permanecía cerca de cualquier habitación en que estuviésemos. Mi hija estaba a mis pies, mirándola a través de mis piernas. Podía sentir la forma intensa en que se reconocían, pero ninguna se acercó a la otra.

Después de comer, mientras Erik me explicaba distintos aspectos del negocio del mueble, la de seis años llegó y comenzó a manosear mi camisa. Me estaba diciendo algo. Yo le decía, “Por favor no interrumpas, amorcito.” Ella decía, “Dame tu teléfono.” Me disculpe de Erik por un momento mientras la daba una pequeña lección. Sabía que estaba aburrida, dije, pero era un día importante, y necesitaba usar sus buenos modales, no jugar con el teléfono. “Dame el teléfono” dijo, y se fue sofocada cuando me negué.

Apenas veinte minutos después subimos las escaleras y pasamos delante del cuarto de la niña. Ella y la de seis años estaban sentadas en la cama, jugando con un teléfono. Era el de mi esposa. La de seis años había enseñado a su prima a jugar Angry Birds. Estaban sonriendo apoyadas la una en la otra. Durante los dos días siguientes fueron completamente inseparables y quisieron dormir en la misma habitación. Se comunicaban a través de mi esposa cuando realmente necesitaban resolver algo. Probablemente se conocerán por el resto de sus días gracias a ese juego.

Salimos fuera callejeando, dando vueltas para ver otros miembros de la familia — hasta la vieja iglesia, con su estatua pintada de San Julián, donde Wei-Wei se casó y donde la recordaban,“la maestra,” más allá de la escuela en que enseñó y la tienda de la esquina propiedad de su padre, donde ella y sus hijos, mi suegra y su hermano, crecieron jugando, antes de que se la quitasen —y a medida que paseábamos, tenía una visión disminuida, sin duda alguna repleta de fallos. del mapa de la anciana en la caja de pasteles. Oía su narración, todas las historias que me había contado durante casi veinte años, algunas de ellas repetitivas, pero con detalles que surgían y desaparecían.

Sus recuerdos de la revolución comenzaban con la radio de onda corta, guardada en una habitación trasera por su esposa. Wei-Wei y su esposo se reunían con amigos para oír las transmisiones que los hermanos Castro, el Che y Camilo Cienfuegos (el más amado de los jóvenes comandantes, al menos para la familia de mi esposa, adorado como una estrella del pop por mi suegra que tenía por aquel entonces once años) retransmitían desde las montañas, asegurándoles que estaban a punto de bajar y liberar la isla. Durante años asumí que la familia había escuchado esas charlas con temor —como pareja, estaban tan solidamente en la clase media como podía estarse, una maestra y un vendedor de tabaco, y su experiencia posterior con la revolución incluía tan sólo dolor y arrepentimiento— pero la abuelita me sorprendió una noche, en la mesa, diciendo que por el contrario, escuchaban esas charlas excitados. Nadie quería a Batista, nadie que no se beneficiase directamente de su chulería y favoritismo. El poderoso carisma de los luchadores por la libertad se había filtrado incluso a casas tranquilas, apolíticas.

Fue una noche, de vuelta en casa, tras una larga comida, cuando por vez primera, después de haberla conocido durante tanto tiempo, me puse un poco pesado con ella —respondí con preguntas en lugar de limitarme a asentir— y me describió lo que había sido en realidad ver como su optimismo se había transformado en miedo, y aún peor, a qué se parecía éste. Cuando los milicianos llegaron de las montañas, contó, “vinieron a saludarnos con sus collares hechos de madera y una cruz de oro.” Posaron para las cámaras con esas cruces en la boca. La pregunté por qué. “Para que tú los vieras. Para pretender que eran cristianos. Que creían en Dios.”

“Todo el mundo cooperó con Fidel,” dijo ella. “Todo el mundo estaba feliz de que tuviéramos la oportunidad de tener toda la libertad que había prometido.” Ella enseñó clases para adultos de noche.

El cambio llegó con la aparición de los comités, una casa en cada bloque, nombrados por el gobierno como representantes de los propietarios. La rapidez con que eso degeneró a la hora de espiar y ser cómplices de espiar fue rapidísima en términos antropológicos. En meses, estaban hablando con los niños fuera del colegio y preguntándoles por sus padres. Los padres comenzaron a sacar a los niños. Las primeras familias apolíticas comenzaron a irse. La gente traicionaba a sus vecinos a los comités. A una mujer que vivía en el barrio, llamada Solita, “alguien la acusó de tener puerco frito en su casa. Y la hicieron —era maestra— un ¿cómo se llama?, juicio?.” Juicio. Exactamente. Acusándola de tener puerco.”

El abuelo de mi esposa había dejado saber que estaba contra los Castro —no porque hubiera preferido a Batista, de hecho, la familia tenía algún tipo de oscura conexión, de la que nunca he logrado que nadie se sincere al respecto, con otro de los líderes revolucionarios de las montañas, un rival que fue ejecutado no mucho después del alzamiento —en cualquier caso se sabía que las simpatías de la familia no estaban con los comunistas. “Recuerdo una vez que estábamos yendo a la granja —dijo ella— y cuando regresamos nos paramos en la casa de la abuela de Mario, y vimos a mi hermano pasar por la carretera muy rápido. Nos asustamos, le dijimos `¿qué pasa?´ Nos dijo: `la policía está preguntando cómo llegar a vuestra casa.´ En aquel momento ya estábamos ahorrando algún dinero americano para venir aquí. Y puedes o no creerlo, pero lo primero que hicimos en la casa fue quemar los dólares. Para asegurarnos que no los encontrasen.”

El partido llegó y se llevó el negocio familiar. Se llevaron la tienda, Se llevaron el coche, cubierto de anuncios de tabaco. Se llevaron “una pajarera.” Ya no es vuestra. Se llevaron un perrito, llamado Mocha. Se llevaron fotos de la pared. Llegaron y contaron la cantidad de fotos y se llevaron un cierto porcentaje de las mismas. Cosas absurdas. Tomaron la pequeña casa de la playa en Playa del Rosario, “se la dieron a algún pescador.” Pero esta sucesión de pérdidas llegó a parecer poco importante ante lo que pasaba fuera. El retrato se había oscurecido. “Tan malas y crueles eran las cosas que hacían,” dijo. “La televisión estaba puesta todo el día.” Ella quería decir a la vez que la veían todo el día y que los revolucionarios retransmitían constantemente. “Había un hombre llamado Blanco,” dijo. Y su juicio tenía que ver “sobre si había abusado de los granjeros, si había hecho todas las cosas de las que se le acusaba.” Lo encontraron culpable. “Entonces la gente salió a la calle, cantando ¡Paredón paredón paredón! Paredón significa “matarlo frente a una pared”. Y pusieron eso en televisión. Y podías ver el cerebro de ese hombre saltando. Era cada vez más asqueroso, y asqueroso, y asqueroso.” Renunció a su empleo, y básicamente se escondió.

Sacó primero a sus dos hijos, mi suegra y su hermano, con pases facilitados por la evacuación aérea patrocinada por los católicos, iniciada por la CIA, conocida como Pedro Pan. La historia dice que la CIA comenzó a esparcir rumores en la isla acerca de que el gobierno estaba a punto de llevarse a los niños y educarlos en campamentos. Se extendió el pánico, y los aviones estaban esperando para sacarlos volando. Los niños acabaron viviendo con familias católicas en todos los Estados Unidos o, en este caso, con una tía en Carolina del Norte. Eventualmente Wei-Wei y su esposo salieron, a través de México, y se unieron a los niños. Pero Pedro Pan partió muchas familias.

Llegamos a la casa de unos primos, gemelos, hombrecillos que andaban por los cincuenta, uno con bigote y otro sin, que vivían con su madre, a la que cuidaban protectoramente. Su padre había muerto después de ir andando hasta el hospital, después de un ataque al corazón. Nadie tenía un coche, ningún teléfono funcionaba. La revolución es famosa en todo el mundo por su sistema sanitario, pero para un cubano esos cuidados pueden ser de difícil acceso, sobre todo si vives lejos de una de las principales ciudades.

La de seis años y su prima estaban sentadas en el sofá, ignorando a todo el mundo. Se enseñaban muñecas en diferentes poses, como: “¿Qué piensas de esto? ¿Apruebas esto?” Descargamos los regalos que habíamos traído para los gemelos. Le dieron a mi esposa un libro de crítica de cine socialista cubana de antes de la revolución, un libro raro y útil —uno de ellos vende libros desde casa y se lo había encontrado en algún lugar.

Mientras estábamos allí dijo, “¿Saben que mi hermano —el que no tiene bigote — estuvo en un concurso televisivo?”

Trajeron una cinta de video y comenzaron a configurar los cables para hacer que el VCR trabajase. Pronto la imagen de un estudio apareció, tres concursantes detrás de sus timbres. La cinta había sido grabada muchas veces. Había un constante relumbrar de meteoros blancos sobre la imagen. Felipe a la izquierda, sonriendo, confiado con una camisa verde clara de manga corta. El juego tenía que ver con las rimas. Decían, “Dos palabras, una de ellas describe un fruto, la otra un miembro de la familia.” Respuesta: lima y prima. Felipe no ganó, pero lo hizo lo suficientemente bien, tal y como lo comprendí, como para ser invitado a regresar. El concurso tenía una actitud desenfadada, comparado con algo parecido en Estados Unidos. Las apuestas eran bajas. No hay juegos de azar o de placer que impliquen ninguna cantidad de dinero, dijeron. Estaban prohibidos por la revolución, como parte de la reacción purificadora contra el poder de los casinos controlados por los delincuentes. Así que los premios eran cosas como un póster firmado por un famoso cantante pop español, o un espejo decorativo. Nadie iba a llorar por perder. Felicitamos a Felipe por resistir. Nos trajo la pequeña lámpara de metal que había ganado.

Antes de dejar el país, pasamos un último día y noche en La Habana. Buen clima. Fuimos hasta la gran catedral, en una de las plazas principales de la ciudad vieja, y escuchamos un coro femenino que practicaba para el Papa. Vi anuncios azules y rojos anunciando su inmediata visita, “Viene el Papa!”. Las mujeres y niñas vestían su ropa de diario. Cantaban muy bien. Estoy seguro de que eran lo mejor que había en Cuba.

Por la tarde, estuvimos en el Morro, el castillo español del otro lado de la bahía y le malecón, y miramos la ciudad. Ahí está una Habana —era la segunda vez que lo veía, una confirmación— que no puede ser capturada en fotografías, porque implica la totalidad de la luz de las nubes caribeñas y la forma en que juegan con toda la ciudad, y que aparecen suficientes veces como para representar uno de los rostros característicos de la ciudad. La luz difusa transforma todos los edificios en una gama de pasteles. Después, cuando el sol se retira, se vuelven color rosa.

Eran las 9.30 cuando regresamos a nuestro hotel. Normalmente eso hubiera sido después de la hora de acostarse de la de seis años, pero mi esposa tenía una entrevista telefónica —que hubiera debido tener lugar durante el día, se retrasó— así que nos necesitaba fuera de la habitación una hora.

Abajo nos sentamos y escuchamos cómo la banda ejecutaba el inevitable (en la Habana) “Hasta Siempre, Comandante,” con su extraña letra, “Aquí se queda la clara / la entrañable transparencia, / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara.” Los gatos se movían furtivamente. La gente que pasaba era de todos los matices, y muchos con caras notables. En muchas caras españolas podías ver reflejos de la raza del Viejo Mundo que había llenado la isla con sus colonos: las narices equinas, las grandes bocas, a veces un reflejo del oriente medio, rasgos que conocía a través de las fotos de la familia de mi esposa.

En la acera un joven conductor de bicitaxi, llamado Manuel, se nos acercó, un chico fuerte con pantalones cortos y una camiseta, de unos diecinueve años. Dijo que conocía una heladería que aún estaba abierta. Salimos en medio de la noche. Muchas de las calles estaban oscuras. Ya refrescaba, y la de seis años se agazapaba contra mí. Era uno de esos momentos en que sabes que estás donde debes estar. Si nuestro destino había dudado, al menos momentáneamente había recuperado su ruta. Comimos nuestro chocolate en un bar al aire libre, bajo una media luna.

De camino al hotel, Manuel me preguntó qué hacía. Cuando le dije que reportero, me dijo: “Odiaría vivir aquí. No hay libertad de expresión, aquí.”

Lanzó una diatriba contra el régimen “Es básicamente una prisión,” dijo. “Todo el mundo tiene miedo.” Las cosas que dijo ya las había oído muchas veces antes — que puedes ir a la cárcel por nada, que no hay oportunidades, que la gente tiene miedo de hablar—, son la razón por la que no puedo coincidir con mis amigos izquierdistas cuando tratan de disculpar el régimen. Es simplemente un hecho el que casi cada cubano que he llegado a conocer más allá de ser un simple conocido de paso, todo el mundo que no está en el partido, se volverá hacia ti en un momento dado y dirá algo así como: “esto es una prisión.” Acababa de oírlo de uno de los hombres que trabajaban con Erik, en el pueblo. Le señalé que los escaparates en las calles tenían mejor aspecto, estaban recién pintadas tenían la pintura más fresca. Era una observación vacía, de conversación anodina.

“No,” dijo, girando su cabeza y exhalando humo.

“¿Quieres decir que las cosas no han mejorado?” —le dije.

“No hay futuro,” dijo. “Estamos perdidos.”

La de seis años continuaba preguntándome qué decía Manuel. Yo intentaba lo mejor posible describir el sistema. Es interesante intentar explicar a una niña educada en una escuela cuáquera Montessori qué puede haber de malo en que todo el mundo comparta.

Pasamos por el museo con el Granma, el yate de recreo que en 1956 llevó a Fidel, Raúl, el Che, Camilo Cienfuegos y otros setenta y ocho revolucionarios cubanos de México a una playa en la costa sudoeste de la isla. El navío estaba iluminado con luces aguamarina, en un edificio construido de cristal. Parecía estar bajo el agua. Manuel detuvo la bicicleta taxi y lo miró con obvio orgullo.
“Siempre hay un guardia armado frente al mismo,” dijo, señalando con cabeza hacia un joven de uniforme verde, que descansaba con una metralleta al hombro.
“¿Les preocupa que alguien intente volarlo o algo así?”.

“Le preocupa que alguien se lo robe y se vaya a Miami,” dijo.

Hubo una vez que Mariana me llevó a Cuba, y fuimos a una ciudad llamada Remedios, en la parte central de la isla. Es una de las ciudades cubanas más antiguas. La iglesia en la plaza mayor data del Renacimiento. Cuando la restauraron en los cincuentas, los trabajadores descubrieron que debajo de pintura blanca del elevado techo había una capa de puro oro. Los lugareños lo habían salvaguardado así de los piratas. Permanecimos en en casa de un hombre llamado Piloto. Un amistoso conductor de bicitaxi, que se presentó a sí mismo como Max, nos dijo que Piloto trabajaba para el gobierno y rentaba su habitación libre sólo para espiar a los turistas, y debíamos ser cuidadoso sobre que decíamos allí. Pero todo lo que recibimos de Piloto y su esposa fue una casi silenciosa corrección y una noche una soberbia cena de langosta. Mi recuerdo más vivo de Remedios fue el ser llevado a la casa de un artista que vivía allí, un tallador. El conductor de bicitaxi nos dijo que cualquiera que estuviese “muy interesado en la cultura” necesitaba visitar la casa de ese artista en concreto. Al día siguiente nos llevó allí, por la tarde. Circulamos tras una hilera de casa que tenían extrañas pinturas y figuras animales colgando de sus galerías. Tras lo que pareció mucho tiempo para un paseo en bicitaxi, llegamos al sitio de la mujer. Sacando un cigarrillo, Max nos dijo que fuéramos delante, él esperaría. En la entrada de una pequeña casa color salmón, una anciana se reunió con nosotros. No la artista, tal y como supimos. Era la madre de la artista. Nos sentamos con ella en una especie de estrecha galería en el frente, donde mantuvo un dulce formal parloteo durante casi veinte minutos, diciéndonos de cuando en cuando que la artista pronto saldría.

En un momento dado, una mujer apareció en el pasillo que llevaba de la habitación del frente a la parte principal de la casa, un mujer con rulos de grasa en sus extremidades, como un niño, y una piel cubierta de lunares. Andaba en muletas, con abrazaderas en sus rodillas. Tenía un hermoso peinado afro con un pañuelo atado en torno al mismo. Era simplemente un espectáculo visual. Nos dijo los precios de sus obras, y compramos una talla de un pollito. Por lo demás no dijo casi nada —le costaba hablar— pero cuando se levantó para irse, levantó una mano y habló, o más bien entregó esta frase. Era evidentemente el mensaje, entre todos los demás, que la parecía más esencial para visitantes estadounidenses. “Sé que ahora hay grandes dificultades entre nuestros pueblos,” dijo, “pero en el futuro todo irá bien porque todos somos hijos e hijas de Abraham Lincoln.”

Publicado originalmente en el magazine del NYTimes. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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9 respuestas
Comentarios

  • hector sintaire dice:

    para @anonimo : el hecho de que coincidas con el 90% con el articulista no significa que ni tu ni el sepan las verdaderas causas que originaron al embargo…….lo demas que si es una fe, o que si es justo o injusto habria que analizar primero por que ellos expropiaron todas las propiedades sin justa compensacion, ademas ellos pueden comprar con su dinero todo lo que se les ocurra…..el lamento por el embargo es que ellos quieren credito por millones de dolares de los usa, y eso funciona aqui en el orden personal…..cuando tu pides credito te revisan tu historial de pagos y si eres malo pagando o un transfuga no te dan ni un penny en creditos…..ese mismo concepto le han aplicado a la dictadura cubana

  • scrutinizer dice:

    No estoy de acuerdo con lo que dice el ANONIMO
    14 octubre, 2012 a las 14:47 que “nadie ha podido demostrar que sirve de algo”. Esa es la misma falacia de siempre pero dicha con otras palabras.
    El post de NITTIKKO está más que claro.

  • nittikko dice:

    Este Sr. no tiene ni la más remotísima idea del significado del Embargo…ni la dinámica historia que lo fue conformando hasta hoy…Como si ponerlo o quitarlo fuera cuestión de una ficha que mueve una mano divina o por el caprichoso antojo de alguien…Y habla de ello con absoluto desparpajo e ignorancia…Y encima tiene además la osadía de llamar a todo un complejo proceso de “estúpido” sin conocerlo…Los comunistas suelen ver siempre este fenómeno como si de una especie de castigo se tratase..como si se tratara de un juego entre dos ladrones del tipo “tu me quitas yo te quito” y sin la más mínima sospecha de que hay normas y sanciones en todos los sistemas para los morosos y para preservar el orden…No puedo creer que sea periodista…

  • anonimo dice:

    …respecto…

  • anonimo dice:

    @Hector Sintaire
    Yo coincido en un 90% con el criterio del articulista respuesto al embargo. El embargo es como un dios en una fe religiosa, puedes creer o no creer en él, pero nadie ha podido demostrar que sirve de algo, o que no.

  • Cagüentó, Ptolomeo e Intransigente dice:

    A esto es a los que van los turistas a Cuba:

    http://www.youtube.com/watch?v=7uNG4UfqtgM

  • hector sintaire dice:

    este individuo no tiene puta idea de las razones del embargo, y repite la misma estupidez que argumentan los comunistas

  • Anónimo dice:

    que diarrea

  • Pedro Damian dice:

    Gracias por esa entrega.No puedo definirla: Es tan buena.

  • matronize