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¿A dónde va Cuba? (I)

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    Editor Jefe
  • oct 08, 201223:22h
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por John Jeremiah Sullivan

En el avión sucedió algo extraño y aparentemente mágico: nadie sabía qué hora era. Justo antes de aterrizar, la asistente de vuelo anunció, en inglés y español, que, aunque el cambio de hora acababa de aplicarse en Estados Unidos, la isla no observaba esa costumbre. Como resultado, les habíamos alcanzado —nuestro horario había pasado a sincronizarse con el horario cubano. No necesitarán cambiar sus relojes. Después, momentos más tarde, volvió a salir y se disculpó. Dijo que se había equivocado. La hora en Cuba era distinta. No especificó cuántas horas de adelanto. En aquel punto, la gente alrededor nuestro comenzó a mirarse entre sí. ¿Cómo podía la línea aérea no saber el momento en que vivíamos? Otra asistente de vuelo, apresurándose a través del pasillo, dijo en voz alta: “Acabo de hablar con algunos cubanos, atrás, y dicen que es la misma hora.” Eso lo resolvió: aterrizaríamos en la ignorancia. Sabíamos que nuestros teléfonos no funcionarían porque eran de una compañía estadounidense que no operaba en la isla.

La niña de seis años que se sentaba entre nosotros, tras mirarnos una y otra vez, preguntó: “¿Algo va mal?”

“No,” dijo mi esposa Mariana, “es sólo divertido.” Pero a mí me alzó las cejas.

“¿Qué?” Dije.

“Nada,” dijo, “precisamente en la zona.”

Mi esposa viaja a Cuba cada pocos años, para hacer investigaciones cinematográficas (es profesora de estudios cinematográficos) y para visitar a la familia de su madre, un grupo decreciente, donde la muerte y la emigración han superado los nacimientos, que sigue viviendo en la misma pequeña ciudad del interior, una polvorienta ciudad agrícola de aspecto colonial, no el tipo de lugar que todo el mundo conoce. Para ellos, incluso después de medio siglo, se trata de la querencia, una palabra intraducible del español que significa algo así como “el lugar en que eres más auténticamente tú mismo.” No se ponen pesados contigo sobre Cuba de una forma mágico-realista. Ni sueñan con reclamar sus tierras cuando se mueran los Castro. El destino instaló a su rama de la familia no en Florida, donde si eres cubano-americano tu nostalgia y tu cólera (y tu sentido comunitario) se ven reforzados continuamente, sino en Carolina del Norte, donde a nadie le importa. Tienden a ser bastante relajados en cuestiones de política. Pero sus recuerdos están unidos sin remedio a aquella ciudad a lo largo de las generaciones, hasta llegar a los ancestros originales procedentes de un pequeño pueblo de las Islas Canarias.

La abuela cubana de noventa y un años de mi esposa, que vive con nosotros la mayor parte del tiempo, me dibujo una vez, en la tapa de una caja blanca de pasteles, un mapa de su ciudad. Comenzó como algo que podrías hacer para darle indicaciones a alguien, pero acabó siendo tan detallado en algunos lugares como un atlas de carreteras. Aún más, a decir verdad, porque había sido anotado personalmente. Ahí está la esquina en que mi padre tenía la bodega. Ahí el callejón en que el viejo solía pasear a su nieto, con un traje blanco, y siempre decíamos, “Vamos a verlo,” porque tenía los bolsillos llenos de piedras y cuando el chico corría, el viejo se las tiraba y le daba en las piernas. Recordaba más allá de Castro y Batista, a través de ellos, hasta los tiempos de Machado, incluso más allá, hasta los tiempos de sus padres, los tiempos del bigotudo Gómez con su levita negra. La noche que la conocí, hace dieciocho años, me cocinó unos frijoles negros con olivas españolas que eran una delicia turca, y flan en una lata de café. Dijo: “Mira, Yon, aquella vez” —se refería a principios de los cuarenta— “hicieron un censo, todos los maestros tuvimos que ir a un censo en Cuba. Vimos sitios de los que nadie sabía el nombre. Yo montaba un caballo pequeño. Una noche hubo una tormenta —y pasamos la tormenta debajo de una palma. En una casa había un enano. ¿Sabes lo que es? nos dijo. “Lo conté como media paersona.” Sus historias son así. En realidad querrías que fueran más largas. Lo que no es poco para mí, porque mi vida ha evolucionado a través de caminos imprevistos veo más a esta abuelita que a cualquier otro ser humano. Ninguno de los dos deja nunca la casa, y durante el día estamos los dos. Estas podrían ser larguísimas horas de aburrimiento en la cocina si me hablase de religión o de algo parecido. Pero sobre todo llama a gente en Miami y ve Univisión al mismo tiempo, esperando a que mi esposa y mis hijas lleguen a casa, tras lo cual se anima.

Como mi esposa y su familia tienen parientes qu viven en Cuba, pueden obtener una excepción humanitaria que te permite volar directamente desde Miami. Las lagunas legales combinadas para hacer eso posible deben llenar discos duros enteros. Pero puedes de hecho ir así, si obtienes una de esas excepciones o eres familia inmediata de alguien que lo hace. Me apunté hace doce años. Es con mucho la forma más rara de viajar a Cuba, que podrías no esperar, porque técnicamente es la más sencilla. Pero la burocracia del aeropuerto de Miami era tan pesada, al menos por aquel entonces, que tenías que aparecer la noche anterior y permanecer en el hotel del aeropuerto de forma que pudieras levantarte temprano y pasar el día en una serie de desconcertantes colas, firmando o sellando cosas. La primera vez el tedio se vio aliviado por un pequeño enjambre de parientes de Miami, que nos siguieron a lo largo de todas las colas, permaneciendo ligeramente a un lado. Por aquel entonces apenas si hablaba algo de español. Mi esposa me dijo que nos daban todo tipo de advertencias sobre La Habana y mensajes para varias personas de su pueblo. De vez en cuando uno de ellos me masajeaba el brazo y me sonreía cálidamente, gestos que asumí significaban, “Las palabras no son necesarias para expresar la mutua comprensión de la conexión familiar que ahora poseemos,” aunque ahora que lo pienso, hubieran sido los mismos que me indicaban, “Tú, tonto.”

Una cola era para que envolviesen tu equipaje en plástico. Una pareja de musculosos latinos de pantalón corto esperaban. Subían cada maleta o bolsa a una pequeña plataforma giratoria, la hacían girar sorprendentemente rápido para sellarla con un envoltorio de resistencia industrial salido de un rollo que parecía ser capaz de sostener todo un vertedero y te cobraban por ello. Su forma de darles vueltas era tan enérgica que era a la vez una demostración de fuerza. Todo el mundo miraba. Las razones del plástico no eran explicadas. Más tarde, en la zona de espera, una mujer nos dijo que era para descorazonar a los maleteros cubanos de dedos ágiles del otro lado. No cogían oro ni dinero, que muy poca gente era lo suficientemente torpe como para empaquetar, sino dentífrico y champú, cosas necesarias. Este año sin embargo el envoltorio plástico era opcional.

Habían otras diferencias post-Bush en la zona de los viajes a Cuba. Las colas eran menos y más cortas. Aún más evidentemente, los cubanos de nuestro vuelo —una mezcla de cubano-americanos y ciudadanos cubanos que habían estado en Florida o el D.C. regresando, con sus propias visas (alguna gente va y viene)— no cargaban tantas cosas. La multitud tenía un aspecto bastante normal. La última vez la gente llevaba muchos pares de zapatos atados alrededor del cuello por sus lazos. Apretadas gorgueras de gafas para leer. Los hombres llevaban diez sombreros, varios pares de pantalones, con todos los bolsillos abultados. Todo el mundo llevaba riñoneras. La regla era: si puedes colocarlo en tu cuerpo puedes llevarlo a bordo. Al menos cinco personas llevaban gigantescos animales de peluche y otros grandes juguetes. Esa es una de las cosas sobre la que normalmente la comunidad cubano-americana, para la que regresar es algo normalmente desaprobado, suele torcer el gesto —aunque si es para reunirse con tu nieto por primera vez… Nada de eso es lo que hace a los vuelos Miami-Habana extraños. Que está sea la ruta más obvia, más que cualquier otro de los rodeos a través de los que los ciudadanos americanos pueden llegar a la isla, te deja comprender plenamente la verdad de la gran proximidad de Cuba. Es uno de esos vuelos en los que apenas alcanzas la máxima altitud comienzas a bajar, y en minutos estás mirando hacia abajo, a un diorama de palmeras que crecen incongruentemente en campos verdes, y en segundos aterrizas y todo el mundo aplaude. El país en el que aterrizas demasiado distinto al tuyo para alcanzarlo tan rápidamente, casi instantáneamente, y después de todo, lo recuerdas, está en términos hostiles con el tuyo. Es como si hubieras viajado en el tiempo. “¿Por qué aplauden?” pregunta la niña de seis años.

Le explico que es especial, el venir aquí. Algunas de esas personas, cuando se fueron de Cuba, pensaron que nunca volverían a verla. Algunas habían oído hablar sobre ella toda su vida y la veían por primera vez.

“Y además les gusta dar palmas y gritar,” dijo mi esposa.

La de seis años puso su cara de filosofar, mirando a través de la ventana. Le aparece un hoyuelo en la frente cuando elabora grandes pensamientos. “Ahora estoy aquí,” dijo.

“Sí, lo estás.”

“Y soy cubana,” dijo.

“Eres parte cubana. Es verdad”

“Tú no eres cubano,” dijo, sin mala intención, tan sólo maravillándose.

Se parece a mí, pálida con ojos azules, el cabello de un castaño claro y pecas. Y sin embargo ha sido en gran parte educada de forma diariamente por esa intensa mujer cubanoamericana de ojos negros, y su sangre está en ella, y la historia de su familia, con todo su drama y todos sus problemas, ha ejercido una incalculable influencia en quién y qué es. En algún momento de su vida, tendrá que decidir lo que todo eso significa para ella; toda la historia y la forma en que la vea será parte de su rareza. Para mí estaba todo como detrás de un cristal. Sentí una súbita distancia entre nosotros, entre la relativa profundidad de lo que este viaje significaría para nosotros años después. Uno de esos momentos de mareo generacional que llegan al tener hijos, como darse cuenta de que hay una parte de sus vidas que no verás.

Aterrizamos con unos cielos ardientemente vivos, algo así como lo que la tableta azul de un paquete de tintes deja tras de sí. La tierra alrededor del aeropuerto está cultivada; vimos a un hombre arando con un buey. La fertilidad de la tierra cubana es tal que no puedes describirla con palabras. Nunca he estado en un pedazo de tierra tan latentemente, incluso pornográficamente, feraz. Arroja una batería usada en un pedazo de prado y le saldrán retoños — así es como se siente. Puedes olerlo en el olor ahumado, ligeramente pútrido de los campos arados. Más y más, a medida que conducíamos, ese olor se mezclaba con el olor del mar.

Esta era la primera vez que me encontraba en la Cuba post-Fidel. Es divertido pensar que no hace mucho tiempo había gente inteligente que dudaba que eso pudiera llegar a existir, por ejemplo, que creían que con la caída de Fidel llegaría la caída del comunismo en la isla. Pero Fidel cayó, físicamente —en la cinta que es mostrada una y otra vez en Miami, de él cayendo tras aquel discurso el 2004, tropezando y rompiéndose su rodilla— pero no su liderazgo. Ejecutó una de las más brillantemente orquestadas sucesiones de la historia, una sucesión que era al mismo tiempo un enroque. Primero, hasta cierto punto falsificó su propia muerte: una seria operación intestinal de la que podía no salir. Raúl es traído como “presidente en funciones.” Un año y medio después, Castro se encuentra bastante recuperado. Pero Raúl es oficialmente nombrado presidente, con la aprobación de Castro. Era caso como si “¿Castro sigue aún…?” Extraordinario. Así ahora gobiernan juntos, con Raúl al frente, pero con todo el mundo comprendiendo que Fidel mantiene una gran autoridad. Eso no significa que Raúl no tenga poder —siempre ha tenido mucho— sino que es una sociedad de algún tipo. Lo que venga después sigue siendo tan misterioso como siempre.

Nuestra relación con ellos sigue siendo igualmente incierta. Barack Obama iba a abrir las cosas, y jugó con las reglas relativas a los viajes, pero ahora dicen que cuando tratas de seguir esas reglas acabas atrapado en toda clase de papeleo y burocracia. Levantó las restricciones en las remesas, de forma que más dinero va a la Isla, y esa puede ser la mayor diferencia hasta ahora. Navíos con material medico y otra ayuda han dejado recientemente Miami, navegando directamente a la Isla, lo que no había sucedido en décadas. Esos envíos humanitarios, según The Miami Herald, incluyen prácticamente cualquier cosa que una familia cubanoamericana quiera enviar a sus parientes: muñecas Barbie, electrodomésticos, cereales azucarados. En muchos casos, tienes un caso en que la familia primero envía dinero, después manda los bienes. Siendo el dinero usado del otro lado para pagar las tarifas asociadas con el conseguir los bienes. Es como si volvieras a comprar la mercancía para tus parientes. El dinero, es innecesario decirlo, va al gobierno. Aún así, el capitalismo hace pequeños avances. Y Raúl ha dado pasos de niño hacia nosotros. Los cubanos pueden ser propietarios de sus propios coches, operar sus negocios, tener propiedades. Todo eso es nuevo. Por obvias razones no se trata de una posibilidad inmediata para la gran mayoría de la gente, y puede ser eliminada mañana por la mañana por decreto, pero importa.

Por otra parte, nuestra actitud hacia Cuba se parece mucho al esperar y ver qué pasa, a medida que lo que esperamos ver se hace cada vez menos claro. Hemos aprendido a vivir con ello, como cuando el doctor nos dice: “Lo que usted tiene puede matarlo, pero no antes de que muera usted de muerte natural.” Este mismo año Obama le dijo a un periódico español: “Ningún régimen autoritario dura para siempre. Llegará el momento en que el pueblo cubano sea libre.” No dijo, fijaos, ningún dictador puede vivir para siempre, sino ningún “régimen autoritario.” ¿Pero cuanto puede durar? ¿Doscientos años?

Tal vez un segundo mandato sea diferente. Todos los presidentes, si quieren implicarse en nuestras relaciones con Cuba, incluso a un nivel microscópico, se encuentran enfrentados con la comunidad de la Florida, y esa es una fuerza grande, poderosa y muy posiblemente loca.

La familia de mi esposa salió a principios de los sesentas, de forma que han estado en Estados Unidos medio siglo. Regulaciones poco estrictas, regulaciones estrictas, todo da igual. Asumen, supongo yo, un punto de vista cubano, que insiste en que la Isla está perpetuamente, y de alguna manera siempre ha estado inherentemente, jodida.

Hubo un momento en el taxi, un pequeño intercambio tan densamente sobrecargado de significados que si pudieras pasarlo a través de una máquina de citas comprenderían mucho acerca de lo que sucede entre cubanos y cubanoamericanos. El chofer, un tipo que dijo haber crecido en La Habana, soltó una pequeña mentira o una media mentira. El hecho de que no pudieras ni tan siquiera decir si era o no una mentira es significante. Mi esposa le había pedido que me explicase la manera en que funcionan las dos distintas monedas, CUPs y CUCs, pesos cubanos y pesos convertibles (también llamados “chavitos” o simplemente “dolares”). La última vez que había estado allí, no utilizamos ni unos ni otros, aunque ambos existían. Pagamos por todo en auténticos dólares verdes. Eso es lo que quería la gente. Habían tiendas en las que podías pagar sólo en dólares. Pero el 2004, Castro decidió —en parte como medida de desprecio hacia el embargo estadounidense— que aboliría el uso de dólares estadounidenses en la isla y reforzaría el uso del CUC, ligado al dólar pero diferente del mismo. Esto coexistió junta a la moneda original, ligada al espíritu de la revolución. Por razones obvias el peso cubano real vale mucho menos que el otro peso equivalente al dólar, en el orden de 25 a 1. Pero el conductor dijo simplemente, “No, son iguales.”

“¿De verdad?” dijo mi esposa. “No… no puede ser.”

Él insistió en que no había diferencia entre los valores relativos de las monedas. Eran iguales.

Sabía que estaba equivocado. Probablemente podría haber dicho las tarifas de cambio de aquel día. Pero también sabía que había algo de verdad en ello. A efectos de contabilidad oficial, las dos monedas son consideradas equivalentes. Sus valores respectivos puede fluctuar en un día dado, desde luego, pero podría decirse que el CUP valía menos que el CUC. Esto es en parte lo que él pretendía. También quería decir que si vas a volar a Cuba desde Miami y presumir de que nuestra moneda vale tan sólo una vigesimoquinta parte que la vuestra, te voy a dar una divertida matemática comunista para ver si te gusta. Los cubanos lo llaman doble moral, diferentes situaciones necesitan diferentes códigos éticos. Estaba diciendo aquello que mi esposa le había forzado a decir, Ella había sido un poco descuidada, al parecer, al mencionar la diferencia entre las monedas, que es el tipo de absurdo sobre el que su familia suele reírse en la cocina. Pero es que ellos ya no tienen que sufrirlo. Y él le recordaba eso, excluyéndola de una conversación donde los cubanos pudieran bromear acerca de la noción de que el CUP y el CUC tuvieran incluso la menor conexión entre sí. Aquello era por ellos, por esa risa. De ahí la muy compleja declaración, aquella cosa que no era realmente una mentira. Después de todo, fue muy amistoso y nos dejó en uno de los hoteles propiedad de los turistas en el límite de La Habana.

La gente andando por la calle no parecía tan delgada. Aquella era la diferencia más instantáneamente perceptible, si veías la Cuba de Raúl por primera vez. Antes no parecían enfermizos, pero bajo Fidel te dabas más cuenta de la forma en que las camisas de los hombres revoloteaban alrededor suyo y en la nudosidad de las rodillas de las mujeres. Ahora la gente llenaba su ropa. Aparentemente el nivel de la dieta de la isla había aumentado de forma generalizada. (Un posible factor implicado en ello fue un aumento en la cantidad de comida que llegaba desde los Estados Unidos. Aunque sea desconocido para la mayor parte de la gente, vendemos muchos productos agrícolas a Cuba, sólo por detrás de Brasil en valor. Según una ley colada por Bill Clinton cuando se iba, Cuba compra comida y medicinas de nosotros a base de efectivo, lo que significa, extrañamente, que gran parte del arroz con pollo consumido en la isla por los turistas canadiense es criado en el Medio Oeste —el embargo/bloqueo siempre ha sido confuso cuando lo ves de cerca).

La idea era pasar algunos días viajando antes de ir a ver a la familia. Una vez que los ves, las cosas se ponen emocionales, y después de eso, de alguna manera, ir de excursión te hace sentirte mal.

Las damas querían visitar el Acuario de La Habana antes de que lo cerrasen aquel día —mi esposa fue allí cuando era más joven— así que salieron. La hostilidad de los empleados del hotel era algo notable. Comencé a pensar en motivos para acercarme a ello, tan sólo para provocarlos y estar seguro de que no me lo había imaginado. Mi reflejo ante una interacción social rara es asumir la culpa, y esto puede crear sus propias distorsiones, dificultando el poder ver que es lo que hace la otra persona, pero no, esa gente era fantásticamente desagradable. Era uno de los grandes nuevos hoteles construidos por Gaviota —Gaviota es la organización turística casi oficial cubana (financiada en parte por inversiones transnacionales pero controlada por un prominente general cubano). Hablando con ligereza, esos hombres y mujeres trabajaban para el gobierno. No es que fueran incompetentes o malos; sencillamente carecían de motivación para ser amables con los turistas o apresurarse a hacer algo por ellos, y para mi, tras años inmerso en una cultura del puedo-ponerle-más-té-azucarado el contraste era fascinante. De alguna manera era refrescante ver gente no inclinarse tan enfáticamente ante los ricos turistas blancos, incluso si eras uno de ellos, pero desde luego no podía confiarse en ese sentimiento: te gustaba su falta de amistad porque parecían más auténticamente anticapitalistas de esa manera. Especialmente libre parecía una mujer de aproximadamente mi edad en el principal mostrador de recepción del lobby, que evidentemente tenía que ocuparse de todas las quejas sobre el servicio wi-fi. Te miraba como a un muerto medio sonriendo cuando te acercabas, como si mentalmente ya te estuviese clavando la hoja. En el mostrador, vendían pequeñas cartulinas, con contraseñas escritas, que parecían billetes de lotería y vistas de cerca tenían mucho en común con los billetes de lotería Pero aquel día no tenían tarjetas. “Están en la ciudad,” dijo —y mentalmente vi como las descargaban en canoas a mitad de la noche— pero no tenemos aquí.” Me aconsejaron que intentase en el hotel de al lado, a una distancia de pocos minutos —otro igualmente grande, igualmente genérico hotel Gaviota de un estilo pan-latino. ¿Funcionaría una tarjeta comprada allí, aquí? “Eso espero,” dijo, mientras seguía con su sonrisa. “Pero,” dije, “reservamos en este Hotel específicamente porque anunciaban el servicio wi-fi.” Una completa mentira. No lo necesitamos. Quería saber si cedería. Sacudió su cabeza muy lentamente, como una sufrida maestra forzada a decirle a su más insufrible pupilo que le había fallado. “Comprendo,” murmuró y regresó a su trabajo.

En parte lo que se había enfrentado eran nuestras respectivas ideas sobre el papel de individuo a la hora de resolver una crisis. En Estados Unidos vamos a todas partes y nos sentimos poderosos todo el tiempo, y cuando viajas lo sientes, un sentido hipertrófico, que nos hace parecer como niños gigantes ante los europeos. Traednos nuestros refills de soda o los cogeremos nosotros mismos. La simple noción de que yo pensase que ella podía hacer algo sobre el wi-fi, conseguir las tarjetas más rápido, era algo genuinamente divertido para ella. ¿Creía yo que ella no quería arreglar el wi-fi? ¿Creía acaso yo que a ella le gustaba permanecer de pie allí, contestando la misma pregunta de una inacabable fila de indignados infantiles extranjeros?

En el hotel vecino tenían tarjetas. Pero su wi-fi se había caído. “¿No trabaja?” Pregunté al hombre. “Está trabajando,” dijo, “pero no ahora mismo.” Todo el Internet de la isla funciona a través de tres impredecibles satélites, aunque leí que un cable de algún tipo había sido instalado recientemente. De ser así, no llegaba hasta aquellos hoteles. Lo que al final resultó una ventaja –aceleró el obligatorio cambio de piel tecnológico y te hacía sentirte más presente. En el sótano, cerca del centro comercial (donde una mujer disfrutaba diciendo a viajeros de todas las tierras del mundo que no podían hacer ningún tipo de ruido con las consolas de sus computadores), vi una pequeña tarjeta postal que mostraba un retrato de Fidel, y el lema decía en español: “En la historia del espionaje estadounidense, nunca se ha gastado más dinero para derribar a una sola persona, como se ha gastado para alcanzar a Fidel Castro.” Y debajo: “El mérito es estar vivo,” Más o menos “la victoria consiste en seguir vivo.”

Continuaba viendo pequeños grupos de asiáticos subir y bajar de los ascensores. Eso era nuevo. Diez años atrás las únicas caras asiáticas hubieran sido vistas en Chinatown —hay uno en La Habana, el Barrio Chino, varios bloques de cuadrados de restaurantes claramente chinos y carteles apagados con faroles y pagodas en los mismos, un barrio dejado tras de sí por los miles de trabajadores agrícolas que llegaron el siglo XIX y donde muy ocasionalmente pueden verse rasgos asiáticos. Estos hombres –sólo hombres, no vi mujeres– parecían vestir lo más discretamente visible, tejanos claros sueltos, camisas de polo genéricas y gafas de sol. El camarero me dijo que estaban haciendo negocios. China estaba haciendo “bastantes negocios” en Cuba esos días, incluyendo el petróleo, dijo. En aquel momento había un pozo exploratorio hecho en China a treinta millas de la costa norte. Podríamos verlo, dijo, conduciendo por la carretera principal. Cuba se ha asociado últimamente con compañías petroleras extranjeras, para explorar campos petroleros submarinos. Un gran descubrimiento sería una fuente importante para la independencia económica, ese objetivo largamente no logrado por la revolución. Hasta ahora, sin embargo, los pozos habían estado secos o sido desalentadores.

La relación de Cuba con China se ha intensificado durante más de una década, a medida que retrocedía la influencia rusa. Los chinos han construido un parque de atracciones y vendido flotas de autobuses. Se les ha garantizado el empleo —si se puede confiar en nuestra agencia de inteligencia— de una gran base de señales e información en las afueras de La Habana, cerca del aeropuerto, un gigantesco aparato de audición electrónica cerca de nuestras orillas, el precio que pagamos por renunciar a cualquier contacto con un país tan cercano. Está la clara rareza de que Guantánamo también está ahí: chinos y americanos operando desde la misma isla, frente a la costa de Florida. Guantánamo se suponía que debía haberse acabado. Nos agarramos a ella como los Castro.

El lobby vacío a media tarde era vasto, con baldosas cuadradas y lleno de liquido para encerar el suelo, y la niña de seis años reía al salpicarlo, con su madre corriendo tras de ella, intentando agarrarla. Me vieron en el bar y vinieron corriendo. “Tenemos que enseñarte esto,” dijo la de seis años. Estiraba del bolso de mi esposa. Sacó su teléfono y apretó play en una película, dándomelo. En el acuario, un niño celebraba su cumpleaños y sus padres habían ido a por la oferta del delfín. Colocas al crío en una balsa la empujas a la piscina. Poco después, uno de los delfines gigantes de 500 libras comienza a saltar sobre el crío y la balsa, en grandes saltos circulares, una y otra vez. El salpicado era considerable. El niño parecía aterrorizado, su cara hacia delante, sujetando la balsa por sus bordes. La imagen repetida del delfín —congelado inmenso y penduleando directamente encima suyo— mejoraba cada vez. La audiencia reía y aplaudía en los asientos de concreto, podía oírlo en el video. Mi esposa se reía tan fuertemente que tenía lagrimas en sus ojos. “Esto no lo vas a ver en Estados Unidos,” dijo orgullosa.

Buscamos la plataforma petrolera construida por los chinos el día siguiente, y aunque vimos algo podría haber sido un barco. Circular por la carretera costera con las ventanillas bajadas era algo sublime. Los espacios entre las casas te dejaban vistazos del mar tras de ellas. No habían muchos otros coches, pero los pocos que pasamos dejaban tras de sí un pesado, orgánico olor de tubo de escape en el aire. Podías saborear los dinosaurios dentro de los mismos. Llevaban consigo aquella nostalgia anterior al conversor catalítico. Conducíamos por la espina de Cuba, hasta el vasto interior verde de la Isla. Los autoestopistas se extendían a lo largo de la carretera, así como gente vendiendo distintas cosas —ajo, ristras de pescados. Corrían tras de ti cuando pasabas, chillando y demasiado próximas al coche.

Continuará…

Publicado originalmente en el magazine del NYTimes. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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3 respuestas
Comentarios

  • solopinto dice:

    muy bueno y no es mentira

  • Defasado dice:

    Muy buen articulo (la versión en inglés), pero cuidado con el Google translator…

    Por poner un ejemplo, que no el único: “y nos dejó en uno de los hoteles propiedad de los turistas en el límite de La Habana” Por Dios! Cómo que “hoteles propiedad de los turistas”? Juan Carlos, hijo, eso esta fatal.

    En el original: “Cuban-owned tourist hotels” se traduciría de otra forma, y el sentido cambia mucho muchísimo.

    Y así el resto.

  • Cloro Díaz Epóxido dice:

    La pésima traducción me hace dudar que la crónica sea tan mediocre. Mejor me leo las deportivas del Union-Tribune aquí en Temécula CA.