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Treinta horas

  • oct 06, 201216:44h
  • 12 comentarios

Me quisieron impedir llegar al juicio a Ángel Carromero. Alrededor de las cinco de la tarde del 4 de octubre, un amplio operativo a las afueras de la ciudad de Bayamo detuvo el auto en que viajábamos mi esposo y yo, junto a un amigo. “Ustedes quieren boicotear al tribunal”, nos dijo un hombre vestido completamente de verdeolivo, para inmediatamente proceder a detenernos. El operativo tenía las dimensiones de un arresto hecho contra una banda de narcotraficantes o de la captura de un prolijo asesino en serie. Pero en lugar de tan amenazantes personas, solo había tres individuos que deseaban participar de oyentes en un proceso judicial, asomarse al interior de la sala de un tribunal. Le habíamos creído al periódico Granma cuando publicó que el juicio era oral y público. Pero ya saben, Granma miente.

No obstante, al arrestarme, en realidad me estaban regalando experimentar periodísticamente el otro lado de la historia. Vivir en la piel de Ángel Carromero cómo se estructura la presión alrededor de un detenido. Saber en carne propia los intríngulis de un Departamento de Instrucción del Ministerio del Interior. Lo primero fueron tres mujeres uniformadas que me rodearon y me quitaron el móvil. Hasta allí era una situación confusa, agresiva, pero todavía no tenía visos de violencia. Después, esas mismas fornidas señoras me introdujeron en un cuarto e intentaron desnudarme. Pero hay una porción de uno mismo que nadie puede arrancarnos. No sé, quizás la última hoja de parra a la que nos aferramos cuando se vive bajo un sistema que lo sabe todo sobre nuestras vidas. En un mal y contradictorio verso quedaría como “podrás tener mi alma… mi cuerpo no”. Así que me resistí y pagué las consecuencias.

Después de ese momento de máxima tensión le llega el turno al policía “bueno”. Alguien que se me presenta diciendo que lleva el mismo apellido que yo –como si eso sirviera de algo- y que le gusta “dialogar”. Pero la trampa es tan conocida, se ha repetido tanto, que no caigo. Me imagino de inmediato a Carromero sometido a la misma tensión de amenaza y “buen talante”… difícil sobrellevar algo así por largo tiempo. En mi caso, recuerdo haber tomado aliento y después de una larga diatriba contra la ilegalidad de mi arresto me quedé repitiendo por más de tres horas una sola frase “Exijo que me dejen hacer una llamada telefónica, es mi derecho”. Necesitaba una certeza y la reiteración me la daba. El estribillo me hacía sentirme fuerte frente a personas que han estudiado en la academia los diversos métodos para ablandar la voluntad humana. Una obsesión era todo lo que me urgía para enfrentarlos. Y me obsesioné.

Después de una larga diatriba contra la ilegalidad de mi arresto me quedé repitiendo por más de tres horas una sola frase “Exijo que me dejen hacer una llamada telefónica, es mi derecho”

Por un rato parecía que había sido en vano mi insistente cantaleta, pero después de la una de la madrugada me permitieron hacer la llamada. Unas pocas frases con mi padre, a través de una línea evidentemente pinchada y ya todo quedaba dicho. Podía entonces entrar en la otra etapa de mi resistencia. La llamé “hibernación”, porque cuando se nombra algo es como sistematizarlo, creérselo. Me negué a comer, a beber cualquier líquido; me negué al examen médico de varios doctores que trajeron a revisarme. Me negué a colaborar con mis captores y se los dije. No podía despegar de mi mente el desvalimiento de Carromero en más de dos meses lidiando con aquellos lobos que alternaban con el papel de oveja.

Una buena parte del tiempo toda mi actividad la filmaba una cámara que un sudoroso paparazzi manejaba. No sé si algún día pondrán alguna de esas tomas en la televisión oficial, pero organicé mis ideas y mi voz para que no pudieran ser transmitidas menoscabando mis convicciones. O les mantienen el audio original con mi demanda, o tienen que repetir la chapuza de sobreponerle la voz de un locutor. Traté de hacerles lo más difícil posible la edición posterior de aquel material.

Solo hice un pedido en 30 horas de detención: necesito ir al baño. Yo estaría preparada para llevar la batalla hasta el final, pero mi vejiga no. Después me llevaron a un calabozo-suite. Había pasado horas en otro que tenía una rara mezcla de barrotes y cortinas, con un terrible calor. Así que llegar al salón más amplio, con televisor y varias sillas, que desembocaba en una habitación con una cama realmente apetecible fue un golpe muy bajo. Solo de mirar el estampado de las cortinas, tuve el presentimiento que era el mismo lugar donde habían hecho la primera grabación que circuló en Internet de las declaraciones de Ángel Carromero.

Aquello no era una habitación, era un set. Lo supe de inmediato. Así que me negué a acostarme sobre la sobrecama recién tendida y a poner mi cabeza sobre las tentadoras almohadas. Me fui a una silla en un rincón y me acurruqué. Dos mujeres vestidas de militar me vigilaban todo el tiempo. Yo estaba viviendo el deja vú de otro, el recuerdo del escenario en el que transcurrieron los primeros días de detención para Carromero. Ya lo sabía y era duro. Una dureza que no estaba en el golpe o en la tortura, sino en la convicción de que no se podía confiar en nada de lo que ocurría dentro de esas paredes. El agua podía no ser agua, la cama más bien parecía una trampa y el doctor solícito estaba más cerca del soplón que del galeno. Lo único que quedaba era sumergirse en los abismos del “yo”, cerrar las compuertas con el afuera y eso hice. La fase “hibernación” derivó en un letargo auto provocado. Ya no pronuncié una palabra más.

Para cuando me dijeron que me “iban a trasladar hacia La Habana”, me costó despegar los párpados y mi lengua parecía salirse de la boca por los efectos de la prolongada sed. Sin embargo, yo sentía que los había vencido. En un último gesto, uno de mis captores tendió su mano para ayudarme a subir al microbús donde también estaba mi esposo. “No acepto cortesía de represores”, lo fulminé. Y volví a tener un último pensamiento para el joven español que vio torcerse su vida aquel 22 de julio, que tuvo que bregar entre todos aquellos engaños.

Al llegar a casa supe de los otros detenidos y de que la propia familia de Oswaldo Payá no pudo entrar a la sala penal. También del pedido de siete años hecho por el fiscal contra Ángel Carromero y de la condición de “concluso para sentencia” en que quedó el juicio de este viernes. Lo mío era solo un tropezón, el gran drama sigue siendo la muerte de dos hombres y el encierro de otro.

Yoani Sánchez
La Habana

* Este artículo fue publicado hoy en el diario EL PAÍS.

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12 respuestas
Comentarios

  • que tal si... dice:

    oye QUE TAL, fatales tus comentarios! me recuerdas a alguien que ya destruyo bastante en CUBA y a su arrogancia desmedida! que te dan? que tal si das tu cara como yoani? que tal si dices para quien trabajas? que tal si te dejas de criticar a alguien que te supera en todo (incluso en huevos)?

  • Deborah dice:

    Eres una mujer muy inteligente,super valiente y digna de la admiracion de todos,incluso de los cobardes.

  • AnonyGY dice:

    Yoani, me alegro mucho por tu liberacion. por que los Castros te temen tanto? Seguiremos empujando el muro desde adentro y desde afura. Mas de medio siglo de dictaduras, sin libertades y derechos violados.

  • Qué tal! dice:

    Permitanme un añadido pertinente; creo que esa falta de comedimiento, la alabanza desmedida, al exaltación, la cursileria en una palabra y el mal gusto (que Yoani despliega con absoluto abandono o gusto) es lo que nos metió en el hueco donde estamos. Si tantos adultos se rinden a la cursilería barata y la retórica hueca del heroísmo de treinta horas de supuesto SUFRIMIENTO Y CAUTIVERIO Y RAPTO, de una chica lista, pues estamos perdidos. Creo que hacen falta voces como la mía que señalen el desatino de algo así. y lo critiquen y lo pongan en solfa, Qué tal!

  • Qué tal! dice:

    Por si no lo entiederon, la estaba criticando. Léanme bien: dije: La magnificación de lo que me pasa a MI. Es decir, a Yoani. Magnificación. Es decir, inflar algo insignificante. o en castellano, una tormenta en un vaso de agua. Eso es lo que quise decir. Todo esa cursilería sobre los ovarios, por favor ahorrensela. Qué país el nuestro! Cada vez que leo ese asunto de los ovarios a) bien puestos b) grandes, c) por fuera, pues me da la pataleta y calculo que tendremos para muchos años más de desgracia. Ya tuvimos ocasión de ponderar y casi hasta palpar unos testículos gigantes, ahora nos proponen una operación semejante solo que, acorde a los tiempos que corren y al feminismo imperante, unos ovarios. Grandes, bien puestos, por fuera. Los de Yoani, por más señas. No, que me vomito! Perdón. Qué tal!

  • Jesus del Mar dice:

    Lo que mas le duele a esos infelices soldaditos de plomo es verse frente a los superovarios de una dama fragil como tu. Poesia en las alambradas del feudo.

  • cubana dice:

    Mi admiracion ante tu actitud heroica. esos engendros de del tirano algun dia le pasaran la cuenta si no es la justicia la vida se las cobrara todas juntas solo hay que darle tiempo al tiempo esos cobardes solo se engrandece por el respaldo del gobierno pero cuando no hay respaldo se tambalean se mueren de miedo porque su valentia es falsa la tuya es verdadera al igual que la de todos esos valientes que se enfrenta diariamente al gobierno porque son los verdaderos patriotas desendientes de Maceo Maximo Gomez Calixto Garcia y otros tantos patriotas de nuestra independencia Y no estos cobardes que ya han superado a los esbirros y asesinos como ellos mismos denominaron a los hombres de Batista porque sus torturan han sido mas sofisticadas y daninas que aquellos principiantes de asesinos de Batista estos estan a una escala mayor .Suerte y que dios los proteja a todos los disidentes cubanos

  • ADVIL PM dice:

    Bravo Yoani! El mundo estuvo cuidandote ayer!

  • Pan con gorgojos dice:

    Bravo, Yoani. Es mas que eso. Las agallas están mucho mas al norte.

  • Qué tal! dice:

    ¿Y? La magnificación de lo que me pasa a MI. Bien, Yoani, formidable!

  • solopinto dice:

    que agallas tienes, eres la pura representacion de la dignidad

  • matronize