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La poética del doble rasero

  • sep 25, 201221:35h
  • 17 comentarios

Gracias a la invitación de la profesora Mónica Lavosky y de sus alumnos, el pasado domingo, por tercer año consecutivo, tuve la oportunidad de presentar una película y luego moderar un debate en el marco del XI Festival de Cine Latino de Montclair, que organizan la biblioteca pública y el preuniversitario de dicha comunidad. En años anteriores, presenté y comenté Viva Cuba, un prescindible panfleto de Juan Carlos Cremata y, a sugerencia mía, ese hito de la cinematografía del exilio que es El súper, basada en la obra de teatro homónima de Iván Acosta.

Esta vez le tocó el turno a La cosecha, un documental que recoge los testimonios de tres niños sin infancia. El filme sigue las vidas de igual número de familias que viajan de Texas a Mississippi o a la Florida en busca de trabajo en las recogidas de cebolla, fresa, tomate… o lo que aparezca en el surco que deba ser empacado para su impostergable arribo al supermercado de la esquina. Son trabajadores migrantes —que no necesariamente emigrantes—, viajan de un estado a otro, de cosecha en cosecha, en condiciones de trabajo y vida que distan mucho de ser deseables.

La situación es realmente triste, como lo es el ciclo de estos hijos de hijos de jornaleros agrarios, eslabones de una cadena que parece no tener fin: tienen que priorizar el trabajo agrícola y descuidar sus labores escolares, lo que los condena a trabajar la tierra por los siglos de los siglos, por el hecho de que no han tenido oportunidad de aprender otro oficio o de abrirse camino por medio del estudio. Las estadísticas reflejan la indefensión de más de 400,000 menores de edad que cada año se alejan un poco más de la niñez mientras doblan el lomo de sol a sol. Eso acontece en Estados Unidos. Está mal. Y hay que condenarlo.

Al concluir el documental y como antesala del vaivén de preguntas y respuestas, lo primero que destaqué y agradecí fue que fueran precisamente unos estudiantes de high school quienes lo hubieran traído a esta comunidad en tantos sentidos privilegiada. Había cierta justicia poética en estos jóvenes que, a su modo, querían ayudar a otros. Luego, hice un resumen de la idea central que enlazaba los testimonios, abundé en un par de detalles que la sustentaban, e invité a los presentes a participar en una charla informal. En realidad, no había mucho que debatir, del mismo modo que no hay que debatir si se está a favor o en contra del tráfico de personas. Por tanto, el conversatorio final era más para que el público comentara sus impresiones, precedidas o convoyadas de alguna acotación del moderador.

La primera en tomar la palabra fue una señora de cierta edad que con entusiasmo de recién llegado se dedicó a condenar lo condenable, las ausencias básicas de la vida de estos trabajadores agrícolas: sin salario mínimo, sin horario mínimo de trabajo, y con la imposibilidad de cobrar horas extra. Durante quince minutos, la audiencia y este escriba intercambiamos opiniones, interpretaciones y posibles lecturas de tal o cual escena, siempre teniendo presente que hablábamos de personas, no de personajes, y sin olvidar aquel precepto científico que establece que el acto de observar un fenómeno lo modifica. En ese cuarto de hora, todo giró en torno a La cosecha, el drama que contaba y cómo lo contaba.

Juro que no recuerdo qué me dio el pie de amigo —que no pie forzado—, pero me pareció oportuno mencionar que yo había trabajado en el campo, también en contra de mi voluntad, desde los doce años, pero en condiciones distintas. Y solté las palabras mágicas: en Cuba. Aclaré que la intención no era llevar la atención a la isla, que es el tema de nunca acabar, sino que mencionaba ese aspecto pues entendía que, de lo contrario, les estaba escamoteando una realidad que, salvando la distancia, me acercaba a estos niños. “Regresamos al documental”, dije, y esa era mi intención, pero la abuela de la primera fila me salió al paso. “No puedes comparar…”, me increpó. Y siguió insistiendo: “Porque en Cuba no estabas trabajando para una avariciosa corporación capitalista. En Cuba estabas trabajando para el bien común. Y en Cuba puedes estudiar y hacerte médico. Yo lo sé porque yo he estado en Cuba”.

Le respondí que el trabajo agrícola en la isla era obligatorio para todos los mayores de doce años, de lo contrario, no podían estudiar medicina ni ninguna otra carrera. Y luego cité a Camus: “Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”.Y le dije esa verdad del tamaño de la biblioteca que nos acogía: “los estudiantes cubanos fuimos Sísifo: empujamos esa roca inútil loma arriba, solo para ver como rodaba cuesta abajo”. “Por pensar así te fuiste”, me regañó.

Una mujer en la audiencia nos pidió que continuáramos la conversación en privado y que volviéramos al documental. Y eso hicimos. Es decir, volvimos a La cosecha, y la tarde terminó con ovación cerrada. Pero la que peinaba canas no tenía ninguna intención de continuar la controversia que había iniciado conmigo, pues no le interesaba que le empañaran su idílica visión del paraíso revolucionario. La misma señora que a las 4:35 pm había despotricado en contra del uso y abuso de la mano de obra infantil en este país, a las 4:50 pm, en el medio minuto que duró nuestra discrepancia, no tuvo ningún reparo en alabar la misma violación del derecho a la infancia en Cuba. Se fue sin despedirse. Cuando la vi cruzar el umbral de la biblioteca, llevaba consigo el discreto encanto de la hipocresía.

Alexis Romay
New Jersey

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17 respuestas
Comentarios

  • cubanoenmadrid dice:

    vaya, que tal, nos volvemos a encontrar por acà luego de que juraste y perjuraste que no volverìas, pero tu, al igual que tus jefes los Castro, son especialistas en promesas incumplidas.

    La becas en Cuba siguen existiendo, señora agente, y si bien es cierto que las jornadas no son de 8 horas sì hay que cumplir una norma, con profesores y trabajadores de la granja, cooperativa o finca en cuestiòn vigilàndote para que lo hagas bien. Todo ello con las dietas de hambre de las escuelas internas en Cuba.

    Para que tengas una idea ahora mismo peso alrededor de 75 kilos y no soy un hombre gordo. En mis tiempos de becado lleguè a pesar 50, gracias a los Dachau y Auschwitz cubanos de uniformito azul. Si a ti eso te parece bien tu nivel de mongolismo es mayor de lo que creì. Sigue con tu vana pretensiòn de tapar el sol con un dedo, para eso te pagan.Nosotros seguiremos ponièndote como un zapato, que es lo que merecen los de tu calaña.
    !Heil que tal¡

  • scrutinizer dice:

    He visto gente sinvergüenza pero adonde llegó esa que padece de “mongolismo saludador”, creo que va a ser difícil llegar.
    No hay que perder el tiempo explicándole nada a la “agentica trotadora”, que termina sus posts con esa estúpida frasecita de saludo. Que siga trotando por su 5ta Avenida.

  • Anonimo dice:

    Señores míos, muchas gracias por aportar tanta y tan finas distinciones, matices. Pero eso no es lo que se discutía, lo que pretendió decir el autor del post.
    Había compulsión, sin duda. Lo de que los padres recibían un salario bajísimo, también es cierto, etc. Pero no de eso hablaba la señora. Lo que estuvo fuera de lugar fue hablar de un pequeño problema como el trabajo de los estudiantes en Cuba cuando se habla de la explotación de los niños jornaleros. Como si te estuvieran hablando de una matanza y usted respondiera: “sabe usted, no sabe como lo entiendo: ayer mismo tenía yo un terrible dolor de muelas!” Bueno, es que son cosas bien distintas. Y decirlo es una muestra de insensibilidad. De creerle a los cubanos, no existe peor experiencia que haber vivido en la Cuba revolucionaria, y eso no es así, créanme, de lejos no es así. Qué tal!

  • SAUCEDO MIAMI dice:

    A veces nos cuesta trabajo explicar el proceso por medio del cual el comunismo tiene los mejores principios, las mejores ideas, es mas humano, es más desinteresado, es mas libre, pero en un lugar tan dulce como ese, uno está siempre en la mierda.

  • gf dice:

    En lo que Alexis no es exacto es en eso de los 12 años. No era la edad el criterio que decidía sino el grado escolar. Entrando en séptimo grado, lo mismo si entrabas con 12 que con 11, que en teoría si entrabas con 10. Una vez que cursaras el 7mo grado tenías que trabajar en el campo. Para los becados eran unas horas diarias, para los que no estaban en las becas existía el plan de 45 días en el campo.
    En séptimo, estando en una beca en Güira, había uno de los acostumbrados planes- emulaciones de la papa. Y después de las clases de la tarde, volvíamos al campo y seguíamos recogiendo papas hasta que oscurecía. Cómo recogí papa!, cómo trabajé!
    En lo que “Que tal!” tiene razón es que ciertamente tanta papa no se la podían comer sólo los jefes y la papa llegaba a las bodegas.
    No conozco cuál era el mecanismo para no trabajar en el campo y de todas formas poder estudiar medicina porque ni siquiera conozco el mecanismo para estar sano, no trabajar en el campo y estudiar en la secundaria.

  • Rolando Pulido dice:

    Obviamente Qué tal sabe de lo que habla, por la seguridad con que se expresa. ¿Quizás estuvo en Cuba también, como la bruja vieja que insultó a Alexis?…¿quizás fueron juntos?.
    Me gustaría que Qué tal nos explicara a los lectores cubanos, qué cosa es La escuela al campo y que cosa es La escuela en el campo y, cual es la diferencia.

  • Sandra dice:

    Bueno, no es verdad QUÉ TAL. Los que no estábamos becados también teníamos que ir al campo una vez al año. Y no es verdad tampoco que el trabajo tuviera un fin pedagógico, si me puedes explicar dónde está tal fin en arrancar la hierba de un campo, tener alergias varias, que te piquen bichos, no tener las mínimas condiciones higiénicas, etc.
    Tampoco es verdad que estudiásemos gratuitamente, lo pagábamos con lo poco que ganábamos al empezar a trabajar, con ir al campo, a la guerra, a dónde nos mandara el gobierno. Fíjate si era así que el que no iba no tenía el aval para continuar los estudios superiores.

  • Vueltabajo dice:

    (Por favor, publicar esta versión, que está corregida. Gracias.)

    Ni tan-tan, ni muy-muy… y esto va para Alexis, pero también para “Qué Tal!”

    El trabajo agrícola en Cuba fue, sin lugar a dudas, un despropósito.

    En primer lugar, sí que fue obligatorio, sobretodo si lo entendemos a la manera cubana: participación igual a supervivencia social. Yo no estuve becado en la secundaria -era urbana-, y sin embargo tuve que ir “al campo” 45 días por curso. Para algunos privilegiados, para un par de muchachos realmente enfermos y para los típicos vividores del sistema, siempre aparecieron certificados médicos y justificaciones varias. El resto teníamos que asumir.

    Más tarde, durante el preuniversitario, aún estando en una Vocacional, tuve que trabajar en el campo de 3 a 4 veces por oncena. Unos días en el huerto del instituto, y otros -más jodidos-, en cualquier lugar donde se estuviera “ahogando” la yuca por culpa de las lluvias…

    Por su puesto, independientemente de la crudeza de nuestra situación, de las presiones sociales relacionadas con la asistencia, de la insalubridad y la falta de privacidad de los campamentos, y más allá de cualquier tropelía de la que nos sintamos víctimas los cubanos de esta generación; el caso NO es comparable -ni por asomo-, con lo que sufren diariamente los muchachitos que protagonizan el susodicho documental…

    Emmmmmpero -como dijera uno de mis viejos profesores de la universidad-, haber sufrido nuestra propia experiencia, SÍ que redefine y relativiza la perspectiva frente al asunto. Nos acerca, todo la más que puede acercarse alguien a un fenómeno de explotación como este… por lo menos nos permite marcar una diferencia frente a esa porción de público -sea estadounidense o europeo-, que en su vida ha tirado palo al agua, y que es incapaz de imaginarse, por mucho que lo vea en pantalla, cómo se siente escardar frijoles ocho horas al sol, sin apenas comida y con doce abriles en las costillas.

    Acerca de los fines “pedagógicos” del trabajo en el campo, pues mejor zanjar la discusión antes de comenzarla: la ironía misma de la frase debiera ser apabullante: Las movilizaciones y los campamentos agrícolas siempre se utilizaron para solucionar problemas sociales y económicos, al menos en primera instancia. Luego, se formalizaron y fosilizaron en nuestra cotidianidad como un intento por mantener vivo el voluntarismo y la euforia de los primeros días de la “revolución” -aquellos días en que decenas de miles de jóvenes sí se sacrificaron desinteresadamente para, por ejemplo, alfabetizar a otros…

    Si hoy el trabajo en el campo ha desaparecido de las escuelas, no es porque el gobierno haya desistido en su tarea de inculcarnos sacrificio, y mucho menos porque la excusa pedagógica se les haya derrumbado. El caso es que hace mucho tiempo que no hay contenido de trabajo en el campo, y lo poco que hay no amerita ni los ínfimos gastos en mano de obra estudiantil. Además, por su puesto, de la baja productividad y el maltrato a las plantaciones por parte de una “manada” de chiquillos que -lamentablemente para el gobierno- no entienden de “seriedad” ni de “sacrificios”, en el mejor sentido estalinista, claro.

  • siracuso de alejandria dice:

    Qué tal! No te acusaré de ideólogo porque no creo que tengas mucho que ofrecer al respecto. En cambio es admirable tu lealtad a un régimen que seguramente te permitió estudiar una carrera que indirectamente reconoces que no merecías estudiar. Tu fidelidad a ese régimen es un modo de reconocer que tu talento no te alcanzaba para estudiar en ningún otro, que sólo su infinita generosidad lo permitió, algo por lo que le estás agradecido infinitamente y eso de alguna manera te honra. Pero hablando del hijo de jornalero, si podría estudiar medicina, no sería el primero en hacerlo ni el último. (En medio de un sistema esclavista un hijo de esclavos como Juan Gualberto Gómez terminó estudiando ingeniería en Francia). Lo que sí es seguro que si ese hijo de jornaleros llega a ser médico no tendrá que agradecerle más que a su propio esfuerzo y a sus padres y no a ningún gobierno. El médico cubano aparte de haber sido explotado en la infancia, en la adolescencia y en la juventud (escuelas al campo por 45 días si estabas en la calle, internados en el campo caprichosamente llamados “becas”, trabajos “voluntarios”, servicio social y un largo etc) deberá estarle agradecido a un sistema que lo mantiene trabajando como un esclavo a precios de miseria y se verá muy afortunado si puede ir a Venezuela y desde allá mandar cuatro aparatos para que su familia vaya tirando. Qué tal?

  • deleonjoser dice:

    Los ninhos en Cuba no son obligados a trabajar tan asi.Si son adoctrinados desde muy pequenhos,eso si,a seguir las ideas del Castrismo,so pena de ser excomulgados de la sociedad feudal castrista por “contrarrevolucionario”.
    Y despues cuando ya “gracias a la Revolucion” te hicistes medico,acaso no tienes OBLIGADAMENTE que trabajar para los proyectos politicos de Castro DE POR VIDA?
    Es esto una realidad o una “forma de pensar’?.

  • Eon Flux dice:

    En mi epoca habia que ir a la escuela al campo, todos los años, en la secundaria basica y el pre-universitario. Condicion sine qua non para poder continuar los estudios universitarios.

    Estamos hablando de dos condiciones diferentes: los niños jornaleros tienen que trabajar, pues los padres no ganan lo suficiente, pero no por que los obliguen ideological o politicamente.

    En el paraiso tropical, los niños tienen que trabajar, por obligacion ideological/politica, y sin pago alguno, solo por aquello de que Marti dijo “que era bueno”.

    Alexis – 1

    Que Tal – 0

    Señora norteamericana – 0

  • jorge dice:

    correccion 1: ninguno de nosotros estudiaba gratuitamente, ni mucho menos se hacia medico de la misma forma. si lo analizas bien pagamos mas que cualquiera en este mundo, nuestros padres eran despojados mensualmente de casi todo el fruto de su trabajo, los gobiernos no producen. (esta si es una verdad como un templo para usar tus mismas palabras)

    correccion 2: en mis annos de estudiante el trabajo agricola en cuba si era obligatorio para todos los mayores de 12 annos: 45 dias seguidos en un anno, para las escuelas secudarias basicas urbanas, ESBU, y 4 horas diarias de lunes a viernes para las escuelas secundarias basicas en el campo, ESBEC (de esta ultima me acuerdo muy bien pues mis manos sangraban casi todos los dias chapeando canales de regadio como un perro en guira de melena, asi que sumale lo que no me pagaban a lo que le quitaban a mis padres y veras que “gratis” me salian mis estudios, give me a break! :-(

    me parece que eso fue lo que quizo decir alexis

  • wampampiro dice:

    Sr. “Que tal”

    No se en que año salio de cuba. Bueno, de hecho no se si salio de Cuba pero no me parece por lo que escribio aqui.

    Evidentemente las condiciones de trabajo de los dos casos que se plantean son diferentes.

    Sin embargo, parece usted desconocer algo llamado “el aval”, que era (o aun es, no lo se) lo que le permitia a un estudiante de pre aspirar a estudios superiores.

    El aval era como una tarjeta blanca para la universidad y para obtenerlo habia que ser un estudiante integral. Eso por supuesto incluye ir a trabajar al campo.

    La unica excepcion era cuando habia una enfermedad de por medio.

    Entonces, “que tal”, aunque no era obligado per se, si que lo era si querias hacerte medico, o licenciado en algo.

    Otra cosa, no se trataba solo de los becados. Tambien existia algo llamado escuela al campo. Esto era desde 7mo grado hasta 12 grado y consistia en pasarse 30 o 45 dias en un campamento fuera de la ciudad, bien fuera por cierto, y ahi habia que trabajar por la mañana y por la tarde.

    Por favor, informese mas al respecto. Mire que hay muchisimos cubanos que leen este sitio.

  • Qué tal! dice:

    Patinando, porque la ideología te hace patinar, Alexis. La señora tenía razón cuando dijo

    “Porque en Cuba no estabas trabajando para una avariciosa corporación capitalista. En Cuba estabas trabajando para el bien común. Y en Cuba puedes estudiar y hacerte médico.

    Y tu no cuando afirmaste:

    que el trabajo agrícola en la isla era obligatorio para todos los mayores de doce años,

    Lo que es notoriamente falso. El trabajo era obligatorio si estabas becado, pero no todos lo estaban, ni tenían que estarlo. Hoy eso ya tampoco es verdad, porque las becas dejaron de existir. El trabajo en Cuba era de tres horas, o cosa así, perseguía un fin pedagógico y en nada era comparable con las largas jornadas a las que son sometidos esos jornaleros.

    En Cuba si que cualquiera de esos niños en las becas, tú incluido, podía estudiar GRATUITAMENTE y hacerse médico. Esos niños jornaleros NO.

    Eso es una verdad como un templo.

    En una palabra, no puedo no darle la razón a la señora y no puedo no señalar la poca que te asiste a ti. Qué tal!

  • Otello dice:

    ¡Ah! La “Izquierda Norteamericana”…

  • Sin Salida dice:

    Cuando el fin justifica los medios, los mismos medios se valoran diferente según el fin.

    La señora no fue hipócrita, su valoración fue consequente con su filosofía. Lo que si fue es tendenciosa, sectaria, y cruel.

  • [...] la lectura en Penúltimos Días]. Corre la voz:FacebookTwitterMásDiggCorreo electrónicoLinkedInImprimirRedditStumbleUponMe [...]