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Esplendor entre la pobreza: noches de galería con la élite dorada de Cuba

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    Editor Jefe
  • sep 07, 201211:26h
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Por Lois Farrow Parshley

LA HABANA, Cuba – No hace mucho, en una oscura noche habanera, la brisa nebulizaba el oleaje por encima del desmoronado muro del Malecón, la avenida costera de la ciudad, mientras el fotógrafo neoyorquino Michael Dweck estaba sentado a una mesa cara a cara con Alex Castro, uno de los hijos de Fidel. Alex es medio calvo y macizo; en las fotos de Dweck, que forman parte de un proyecto más amplio encaminado a documentar la casta superior de Cuba, el joven y corpulento Castro aparece sentado con la mano en la barbilla.

Dweck había llegado al restaurante, un pequeño patio al aire libre de simples bombillos colgantes, tras una serie de giros equivocados por las tiznadas calles de un suburbio situado al oeste. Era una especie de lugar privado, de los que carecen de avisos y muestran en la puerta principal las cabezas de grandes tornillos; un sitio popular entre “la familia”, como llaman por aquí a los Castro.

“Mi padre es un artista de las palabras”, le dijo Alex a Dweck en una entrevista, “Es muy bueno con ellas”. Él, en cambio, es menos locuaz. Dweck se había encorvado nervioso mientras Alex hojeaba un libro en que el fotógrafo había captado a sus amigos y familiares en diversos contextos íntimos. “Era la primera vez que las veía”, me contó Dweck. Las camareras les traían rondas de atún ahumado; de sushi: de ceviche; todo entre botellas de vino blanco bien frío. Alex repasó las páginas, deteniéndose en la foto de la ex-novia de su hermano que posó semidesnuda, y pasando aquellas de la entrevista donde le citaban diciendo que en Cuba “todo el mundo puede mejorar su situación, incluso sin recursos financieros”.

Las fotos muestran modelos con copas de martini riendo desde el asiento trasero de un descapotable; mujeres jugando mini-golf en el mismo club náutico desde donde Hemingway salía de pesquería; aparecen los jóvenes fumando puros habanos. Las brillosas imágenes en blanco y negro presentan a los más privilegiados de Cuba —artistas, músicos, modelos y directores de cine— retratando estas vidas esplendorosas en uno de los países más pobres del mundo. Esta vez era la octava visita de Dweck a Cuba, para inaugurar su exposición Habana Libre, una exhibición en la Fototeca de Cuba de sus instantáneas de la élite habanera. Dweck es el primer fotógrafo estadounidense en tener una exposición individual en Cuba desde que comenzó el embargo hace 52 años. “Yo he podido ver”, dijo, “lo que la mayoría de los norteamericanos, e incluso la mayoría de los cubanos, nunca tendrán la oportunidad de ver”.

No se refería solamente a su intimidad con la familia del líder comunista, aunque eso también ha formado parte de la experiencia. Dweck ha invitado a Alex a visitarle en su casa en Montauk. Y se dice que Fidel tiene colgado sobre la cama un desnudo de mujer perteneciente a uno de los proyectos anteriores del fotógrafo. En Cuba, tomar fotos de la familia gobernante o reportar sobre sus vidas personales está prohibido; en el Indice Mundial de Libertad de Prensa, Cuba ocupa el lugar 167 entre 178 países. Este es un lugar donde el capital social puede ser una moneda más poderosa que el peso, y donde, para ver este lado de la sociedad, es imperativo conocer a la persona idónea.

Como confiesa el propio Dweck, él tuvo “la suerte de tener suerte”. Dio con el agujero de entrada después de un encuentro casual durante su primera semana en Cuba en 2009, cuando un bien conectado ciudadano británico residente en la isla le invitó a pasar una espléndida velada “Me deslicé en la fiesta”, cuenta Dweck, “y para la hora en que terminó, las 3 de la mañana, supe que me había infiltrado en este mundo oculto”. Terminó alquilando un apartamento en La Habana, un escondite rodeado de terrazas en el piso 13 del último edificio moderno construido en Cuba, una torre cuya construcción concluyó en 1960. Camilo, el hijo del Che Guevara, vivía varios pisos más abajo. Dweck hizo amigos rápidamente (¿a quién no le gusta que le digan que es interesante y bien parecido?) y organizó dos fiestas nocturnas en las que continuó conociendo a la crema y nata de La Habana. No tardó mucho en pasar como uno más de ellos.

* * *

El escenario social reinante en La Habana es muy acogedor, incluso para un americano. Esta ciudad es quizás uno de los últimos lugares donde las bacanales de la casta superior están abiertas a quienquiera que se presente; aunque los cubanos son uno de los más pueblos más hospitalarios en el mundo, la hospitalidad aquí se basa sobre todo en que uno nunca oye hablar de estas fiestas a menos que sea la clase de persona que sería invitada.

En mi primera visita a Cuba, yo no era ese tipo de persona, y tampoco los cubanos que había conocido. Llegué a La Habana en un viejo Yakovlev ruso, un avión en el que los muelles de los asientos importunaban y los paneles estaban sujetos con cinta adhesiva; a mi llegada me hospedé en un edificio de mampostería semejante a una barraca, con una familia cuyo hijo de 14 años acababa de evacuar su cuarto para que sus padres pudieran alquilarlo. El padre, quien había hecho un posgrado en ingeniería en Rusia, ganaba 20 dólares al mes y estaba ahorrando con la esperanza de enviar algún día a su hijo al extranjero.

Más adelante esa misma semana de enero de 2010, me conseguí un taxi, un Chevrolet de 1954 con algunas partes literalmente sostenidas a base de alambre y cordel, y atravesé la ciudad en busca de granjas. Cuando la Unión Soviética colapsó, la pérdida de sus subsidios al azúcar puso de rodillas a la economía cubana. En la isla, se le llama a hora a la década de los 90 el “Período Especial”, un tiempo sombrío durante el cual el cubano medio bajó 10 libras de peso. Los gatos del país la pasaron peor, y una especie nativa de anaconda fue consumida en las mesas de los cubanos hasta su extinción. Las granjas urbanas, consideradas a menudo una idea liberal, fueron introducidas en la isla no por ideología, sino por pura necesidad.

Encontré una de los mayores granjas urbanas de La Habana en un barrio de Centro Habana que tenía el aspecto bombardeado y desgastado de una zona de guerra. Deteriorados apartamentos de mampostería proyectaban su sombra sobre estrechos surcos sembrados de maíz. Una pata de gallina yacía en la tierra cerca de las zanahorias. En el Ministerio de Agricultura, un portavoz me dijo que a principios de los 90 el gobierno creó un sistema para reconvertir edificios ruinosos (más que abundantes) en parcelas cultivables. Las cosechas de estas 3.810 granjas urbanas son subvencionadas y se venden a nivel local. Son la única manera que tiene mucha gente para conseguir verduras.

Una funcionaria del gobierno cubano aceptó hablar conmigo a condición de que no revelara su nombre. Me dijo que con el salario de menos de 20 dólares mensuales del cubano promedio resulta casi imposible sobrevivir. Yo no tenía ni idea entonces de que, a pocos kilómetros de distancia, otros cubanos tenían colgados en las paredes de sus dormitorios grabados de Matisse.

Los diarios cubanos han proclamado la Primavera Árabe como revoluciones hermanas (“¡Unidos venceremos!”), Pero no ha habido ninguna mención al movimiento Occupy Wall Street. Desde 2008, el presidente Raúl Castro ha introducido cautelosamente algunas reformas favorables al mercado: la gente puede ahora ser propietaria de casas y pequeñas empresas, e incluso emplear a cubanos que no son sus parientes; pero, hasta ahora, las masas siguen siendo pobres y las elites herméticas. Un hombre con una sola pierna que vendía CDs a los turistas en una calle cerca del Museo de la Fototeca de Cuba donde se exhibían las fotos de Dweck, me confesó que no creía que Cuba, o la suerte de los ricos, fuera a cambiar nunca. “Para ellos”, dijo refiriéndose a la clase gobernante, “si nosotros comemos, bien; y si no, también”. Solamente el hecho de que estuviera dispuesto a decir tal cosa a un extranjero habla mucho acerca de cuánto se ha ido abriendo Cuba.

No obstante, en un país supuestamente fundado en los ideales igualitarios, la élite cubana sigue siendo tan frívola como siempre. En el club náutico Biltmore, de donde salía a pescar Ernest Hemingway (conocido aquí como “Papa”), pasé una tarde de ocio bebiendo mojitos sobre una silla reclinable, mientras Toby Brocklehurst, el contacto inicial de Dweck, se explayaba sobre los bajos precios de la langosta en La Habana y la estupidez del embargo norteamericano. “Cuba es inofensiva”, me aseguró entre tragos. “¿Qué van a hacer? ¿atacarnos con removedores de cóctel?”.

De hecho, la escasez relativa de recursos en Cuba (y las divisiones entre ricos y pobres) se había hecho evidente mucho antes de que yo llegara a la isla. Antes, en el aeropuerto de Miami, la gente empujaba hacia el mostrador de facturación montañas de equipaje envuelto en plástico antirrobo de color verde limón. No sería exacto llamarlo maletas; en mi vuelo había cajas etiquetadas como medicinas, neumáticos, motores de repuesto, televisores LCD de 33 pulgadas, cañas de pescar, y una guitarra eléctrica. El simple hecho de viajar a Cuba es “una misión”, como me dijo la mujer que estaba detrás de mí en la cola, y una que no se toma a la ligera. Para las familias que permanecen en Cuba, estos parientes americanos pueden ser un salvavidas.

(Continuará)

* Publicado originalmente en The Atlantic. Traducción de Rolando Cartaya

4 respuestas
Comentarios

  • Candela dice:

    “Los diarios cubanos han proclamado la Primavera Árabe como revoluciones hermanas”

    ¿Pero que periódicos leyó este?
    Sí hay menciones a los “Occupy..” para decir que si tantos detenidos, represión, etc. Y las “primaveras árabes” no son bien vistas por el gobierno cubano, por ende la prensa cubana tampoco, se defiende abiertamente a al gobierno Sirio, como se hizo con el de Kadafi.

  • Carlos Tellez Gil dice:

    Olvidense de Karl Marx, es George Orwell el nostradamus politico.

  • Jesus del Mar dice:

    Ji,Ji,Ji, Seremos como el Che! Que pasaria si en las escuelas se cambiara este slogan de ciencia ficcion por otro: Seremos como los hijos de Fidel?

  • Solabaya dice:

    Este articulo debe tener un subtitulo: vomitar.

    Vamos, y despues que alguien los defienda!

  • matronize