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¿Dónde están sus pacientes?

  • Ago 17, 201218:39h
  • 11 comentarios

Pocas cosas me recuerdan tanto mi mortalidad como el dentista, los aviones o estar sentado frente a la pantalla grande pendiente del minutero. De tal suerte, un día después de ver El Médico: The Cubaton Story todavía me cuesta creer que sólo dure 85 minutos. Para mí, las primeras cinco horas fueron insoportables.

El documental —presentado en el International Latino Film Festival de Nueva York, que auspicia el canal HBO— reúne lugares comunes con el mismo entusiasmo con que un filatelista aficionado colecciona estampillas. Destaco y desmenuzo los más estridentes:

• el negrito cubano, hijo de una familia humilde, que es médico gracias a la Revolución (detalle que no se cansa de repetir, en sus canciones o mientras habla a la cámara);

• la madre del negrito, cuyo hijo es médico gracias a la Revolución (detalle que no se cansa de repetir, en sus silencios o mientras habla a la cámara);

• el representante del capitalismo salvaje: el “empresario” europeo sin una onza de dignidad ni talento que, soñándose Ry Cooder, se establece en Cuba para filmar culos despampanantes de mulatas ídem, y acostarse con muchachas a las que dobla en edad; pero que también se asienta en la isla con el propósito de descubrir y “producir” la obra de músicos independientes, fungir ante las grandes compañías del Primer Mundo (Warner, por ejemplo) como representante de los susodichos (que no pueden salir de territorio nacional por las restricciones internas y los problemas con el visado, en ese orden), para luego pagar a los cubanos con menudeo y baratijas: al protagonista le entrega una bicicleta dorada que compite con el teléfono de oro que le regalan a Batista en El Padrino II.

Antes de que pongan peros: el diminutivo en negrito es adrede; quiero hacer hincapié en que el doctor de marras es un personaje famélico, en un documental en el que su señora madre rememora una y otra vez el hambre que pasó durante el batistato; hambre que, por omisión, no ha pasado durante el castrismo. Tuve la suerte de no vivir bajo la dictadura de Batista, pero tuve la desgracia de vivir bajo la dictadura de Castro; lo cual quiere decir que, al igual que el resto de los cubanos que malvivieron el Periodo Especial, en más de una ocasión me vi en la penosa necesidad de discutir con mis parientes por comida o me acosté con un vacío en el estómago. Yo vivía en la capital, donde se comía mejor que en provincia. Y en mi casa —gracias, mamá— se comía mejor que en muchas de las familias de la “clase media cubana” (si se le puede dar ese nombre) de la época. Por tanto, me ofende la memoria selectiva de esta pobre negra, obnubilada por la gratitud a su patrón blanco.

No ignoraba que iba a ver material tendencioso —la sinopsis lo deja claro—, pero nada me había preparado para la vergüenza ajena que sentí en esa hora y media que se me hizo eterna. Lo primero que aletarga la trama es la ironía de que un documental sobre un (auto denominado) músico cubano no incluya ni una canción memorable. Lo de menos es que las melodías sean hechas con Garage Band o cualquier otro programa de ordenador. ¡Ya quisiéramos esa suerte para las letras! Es, con mucho, la peor banda sonora que he escuchado en años. Otro elemento que hace más intenso el dolor de muelas es la ubicua mezcla de vulgaridad con propaganda que está presente en cada escena del documental y que es un reflejo de la chabacanería rampante en que ha degenerado gran parte de la sociedad cubana. Hablando de degeneración: el protagonista se queja de que la Cuba de los años cincuenta era el prostíbulo de los norteamericanos, pero no le quita el sueño que la Cuba actual sea, además, casa de putas para italianos, suecos, noruegos, canadienses, latinoamericanos…

El médico sabe de música lo que yo de medicina. Pero también parece ignorar lo más básico de su carrera: el juramento hipocrático. Sólo así se explica que permita que lo filmen mientras consulta a una anciana con obvio retardo mental, a cuya costa los productores deciden hacer un chiste barato. Y sólo así se entiende que, al principio de un concierto, grite desde la tarima: “¿Dónde están mis pacientes?”, obviando la privacidad que debe a los susodichos quien vista la bata blanca. “¿Dónde está tu ética médica?”, pregunté yo desde mi butaca en el cine.

Por otra parte, el doctor jura y perjura que la música es su pasión, relegando a la medicina a un segundo plano: de hecho, dedica una considerable porción del tiempo en cámara a idear una manera de escurrirse de su empleo en el Ministerio de Salud Pública, para poner a la gente a bailar con sus canciones. Y esto conduce a una conclusión alarmante: si lo que le gusta hacer es cantar y el pobre es tan malo, ¿qué se puede esperar de su desempeño como médico? En cualquier caso: es un botón de muestra de la “medicina gratis” cubana y lo cara que ésta sale.

El médico —un adulto, casado y con un hijo— le pide permiso a su madre para dejar de ejercer su oficio y dedicarse a ser un “artista”. También le pide permiso al Ministerio de Salud Pública —léase, al gobierno— para viajar, para que lo dejen desarrollar su carrera musical en paralelo y vaya usted a saber para cuántas otras cosas cuando no lo filman. Las negativas que recibe de ambas partes retratan a una generación a la que no le permiten crecer y ser dueña de su destino, una generación que se ha visto forzada a casarse y tener hijos bajo el techo materno, una generación que no sabe cómo librarse del paternalismo gubernamental o el matriarcado doméstico.

Si quedaban dudas sobre la agenda para nada oculta del documental, el cantante se encarga de disiparlas a medio camino: dice que tiene una canción que va a pegar, y luego lo muestran en la grabación y en conciertos en vivo. “¡Bienvenidos a Cuba!”, canta el galeno y a uno le dan ganas de pedirle que regrese al estetoscopio y a recetar aspirinas, que su misión está cumplida: ya mis vecinos de luneta saben —aunque no quieran admitirlo— que están viendo un panfleto turístico en toda regla.

Lejos queda la época en que el socialismo tropical salía a conquistar nuevos adeptos valiéndose de los famosos “logros revolucionarios”: ya lejos de ser la potencia médica a la que una vez aspiró, ya distantes los días en que se codeaba con los países desarrollados en la cima del medallero olímpico, ya extinto el maná del Buena Vista Social Club, ya agotada la industria de la nostalgia, ahora que cada vez es más difícil vender al octogenario dictador y su parque geriátrico, la maquinaria propagandística del régimen cubano quiere conquistar a los ineptos foráneos con un “baño de pueblo joven”: para que vayan a comprobar in situ que la Revolución se hizo para eso, para que una adolescente mestiza con silueta de mujer enseñe a bailar flamenco a una joven con síndrome de Down. Oye, ni mi quiropráctico es tan manipulador.

Ah, pero qué sería un artista sin su público. La audiencia aplaude en la pantalla cuando el médico canta sus dos éxitos: “Chupa, chupa” y “Pin pon”. Y uno quiere llorar viendo a esas púberes en bikini meneándose como si se fuera a acabar el mundo. También aplauden los asistentes al festival de cine de Nueva York cuando pasan los créditos y el reggaetón deja de hacer su daño permanente al tímpano sensible; los mismos que aplaudieron siempre que alguno de los personajes del documental deslizó un comentario antinorteamericano; los mismos que jamás irían a una consulta del dichoso doctor; los mismos que jamás levantarían la mano si su médico, sin camisa y empapado en sudor, gritara desde un escenario: “¿dónde están mis pacientes?”.

Alexis Romay
New Jersey

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11 respuestas
Comentarios

  • Jesus del Mar Carcasses dice:

    En el video promocional una imagen y una frase resumen la historia a contar: una adolescente meneando sus flaquitas caderas frente la bandera cubana y la madre del artista diciendo que antes del triunfo de la revolucion no se veian cosas como esta. Ah! y para finalizar la imagen del supuesto cubatonero sobre uno de los mas altos edificios de Santiago de Cuba mirando el collage de los techos de la ciudad. Triangulizacion de la miseria etica, material y cultural de la zona.

  • Anónimo dice:

    fenomenal alexis, me gusta mucho todo eso.
    Yo no aguantaria tanto viendo eso.

  • Ruben dice:

    Me adhiero al comentario de Veroco … muchisimas gracias por ahorrarme el tiempo y las bilis de ver esa cosa.

  • cundejo cojo dice:

    mi comentario no se puso,el dueno de ste blog pone los comet que le de la gana los que no le gusta te lo borra,no dije nada malo….

  • maria dice:

    Muy bueno! Es una desverguenza todo lo que hacen.
    Son elefantes que ya han roto todas las vitrinas.

  • Veroco dice:

    Un millón de gracias por haberte disparado esa cosa, nos la ahorraste.

  • Axana dice:

    Ale: Valió la pena tu tiempo por la crónica, sin duda lo único distinguible de la película. GRACIAS!

  • mano arriba todos mis pacientes... dice:

    jajaja me he reído mucho.

  • Alina Brouwer dice:

    Genial.

  • Eduardo Lamora dice:

    Gracias Alexis. Tu texto me da alguna esperanza. Subscribo tu análisis. Es una verguenza esos ‘cineastas’ que van a Cuba a hurgar en los estratos más sórdidos del cotidiano reciente nuestro. Un bodrio que se pretende cine documental. Esta es otra de las caras del envilecimiento generalizado de la nación cubana.
    Eduardo Lamora