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Un caso crítico para los críticos que son realmente críticos

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    Editor Jefe
  • ago 16, 201217:39h
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por Dwight Garner

En la primavera de 1983, Esquire celebró lo que llamó un ‘simposio venganza’. Los editores pidieron a un grupo de reconocidos escritores que “soltaran comentarios desenfrenados” sobre sus críticos más feroces y menos apreciados. Los resultados fueron espectaculares.

Jim Harrison llamó a sus detractores “petimetres vestidos de tweed” y “artistas de los canapés”. Roy Blunt Jr. se refirió en estos términos a Larry McMurtry, que había analizado uno de sus libros: “he oído que es absurda y egregiamente pequeño —sobre todo llevando un sombrero de cowboy.” Erica Jong recordó que Paul Theroux, al reseñar su libro Miedo a volar, se había referido a ella como un “coño de mamut”. (En realidad se refería al personaje principal de la novela). Ella replicó: “Dado que el Sr. Theroux no tiene un conocimiento personal del órgano en cuestión, no puedo dejar de preguntarme si algunas ansiedades sobre su propia anatomía están en el origen (como lo están) de esa reseña.”

Duele ser criticado y es embriagador responder al fuego, a veces literalmente. El novelista Richard Ford, tras una crítica desdeñosa publicada por Alice Hoffman en The New York Times Book Review, en 1986, disparó sobre una de sus novelas y le mandó por correo el ejemplar mutilado. “Mi esposa disparó primero” dicen que dijo. Años después escupió en público al novelista Colson Whitehead, que había hecho una dura reseña de otro de sus libros. Después Whitehead comentó: “Esta no es la primera vez que una gallina vieja me babea encima y probablemente no será la última”.

Ford es de la vieja escuela. Muchos de nosotros no respondemos a las palabras hirientes con armas de fuego ni escupitajos, por mucho que lo disfrutemos. En lugar de ello, nos cocinamos a fuego lento. Luchamos por ser tan animosos como el novelista Kingsley Amis, que comentó que una mala reseña podía arruinar el desayuno pero no debía arruinar el almuerzo. Probablemente ayudaba que Amis bebiese en los almuerzos.

Podemos aprender de las respuestas de los escritores a opiniones demasiado directas. Ante todo, no queremos seguir el ejemplo de May Sarton. Cuando una de sus novelas fue diseccionada en el The New York Times Book Review a finales de los setenta, se enrolló sobre sí misma como un ovillo en posición fetal durante meses. Detalló esa experiencia en un libro abisal titulado Recobrándose: un diario (1980).

Sarton escribió: “Me sentí como un ciervo abatido por los cazadores.” El historiador y crítico Paul Fussel atacó rápidamente ese comentario. Le recordó que: “El ciervo no emerge de la intimidad y el silencio del bosque, llega hasta sus límites, mueve sus cuernos y los invita a que le disparen.”

Soy crítico literario profesional, alguien a quien se le paga, semana tras semana, para que haga algunos de esos disparos. Es un trabajo que se acomoda a mi temperamento. Me gusta la gente —artistas y civiles— que no es vulgar ni amiga de la censura —pero que tampoco mastica sus opiniones. Desde mi infancia he despreciado la cultura americana del sentirse bien, del andar-de-puntillas. Prefiero las palabras francas. Prefiero un poco de humor. Prefiero algo real. Ante todo, prefiero una discusión.

Mis padres son gente amable, educada y religiosa que me enseñaron que si no tenía algo bueno que decir mejor quedarme callado. Pero en secreto, creo, yo ansiaba ser el febril hijo de una pareja como Richard Burton y Elizabeth Taylor en ¿Quien le teme a Virginia Wolf? de Edward Abee, creciendo sin control como una mala hierba entre almohadones empapados en ginebra. Quería ver incubarse un drama. Quería estar donde volasen las palabras y los vasos de cóctel.

Trabajando como crítico, aprendes a eludir las palabras y las esquirlas de los vasos de cóctel. He desarrollado una piel muy dura. Los críticos siempre han sido apaleados, sobre todo en la cultura popular. La sentencia de Jean Sibelius —”Nunca se ha erigido una estatua a un crítico”— parece ser citada en algún lugar cada semana. En lo que citas conocidas se refiere, ésta me parece particularmente banal. Implica algo descorazonador sobre nuestra cultura.

El mejor trabajo de Alfred Kazin, George Orwell, Lionel Trilling, Pauline Kael y Dwight Macdonald (por nombrar sólo algunos de los críticos más perspicaces del siglo pasado) es más valioso —y más estimulante— que casi todo excepto algunas grandes novelas. Que Brooklyn no tenga una estatua de Alfred Kazin es casi suficiente como para que un amante de los libros quiera irse a Oxford, Inglaterra —o al menos a Oxford, Missouri.

Un alegato contra los críticos fue hecho, quejosa y memorablemente, por Dave Eggers, en una entrevista del 2000, en The Harvard Advocate. He aquí algo de lo que dijo:

“No seáis críticos, gente buena, os lo ruego. Fui un crítico, y desearía poder retirarlo todo, porque venía de un sitio maloliente e ignorante dentro de mí y hablaba con una voz que era todo rabia y envidia. No dejéis a un lado un libro hasta que hayáis escrito uno, y no dejéis a un lado una película hasta que hayáis hecho una, y no dejéis a un hombre al margen hasta que no lo hayáis conocido. Es un jodido trabajo tener una mente abierta y generosa y comprender, perdonar y aceptar, pero por Dios, eso es lo que cuenta. Lo que cuenta es decir sí.”

Soy un gran admirador de Eggers (que hace varios años, debo decir, contribuyó con el prólogo a un breve libro mío), y a una parte de mí le gusta este discurso. Es estimulante. Es algo como el final de una versión de Rudy, ambientada en una librería independiente. Puedo imaginármelo en una camiseta.

Sin embargo, a riesgo de emboscarlo por algo que dijo hace más de una década, la mayor parte de mí deplora esta opinión. Eggers está argumentando en tonos elevados a favor del suicidio intelectual en masa. Cuando una obra de arte te hace sentir o pensar cosas, sugiere, es mejor quedártelas para ti. Eggers está proponiendo una nación de zombies, donde la lucidez y las disputas perecerán. Un lugar donde ninguna persona pensante por encima de los siete años querrá pasar una tarde. Pero por otra parte, todo el mundo tendrá un helado.

La triste verdad sobre el mundo del libro es que no necesita más novelistas que digan siempre que sí, y de seguro que no necesita más críticos que digan a todo que sí. Estamos enterrados en ellos. Lo que necesitamos más, ahora que las secciones de libros de los periódicos están encogiéndose y desapareciendo como los glaciares, son buenos críticos, llenos de autoridad y que sepan castigar —lo bastante perceptivos como para destacar las voces que importan y elogiarlas legítimamente; lo bastante abusadores como para recordarnos que no todo el mundo tiene o se merece una estrellita dorada.

El novelista Reynolds Price, que murió el año pasado, se detuvo a señalar el desgraciado estatus de la crítica literaria en sus memorias del 2009, Espíritus ardientes. Cuando él comenzaba en los cincuentas —escribió— una primera novela editada en EE UU recibía alrededor de noventa críticas individuales; ahora una decente primera novela corre con suerte si tiene veinte. La mayor parte de éstas serán amables descripciones de la trama sobre las que aparecerá, como un trozo de limón sobre una Diet Coke, la ambigua y temida palabra “irresistible”.

Aunque he desarrollado una piel dura en mi vida profesional, alejado de mi laptop soy tan sensible como cualquier otro. Tal vez más. Rumio sobre mis metidas de pata. Poseo una colección de grandes heridas en mi psique producidas por comentarios cortantes. Puedo invocarlas con un click mental, como un clip de YouTube.

A nadie le gusta ser criticado. El sonido araña nuestro oído; puede parecer amenazar nuestro estatus, en el trabajo y en casa. John Adams lo dijo elegantemente: “El deseo de ser estimado por los demás es tan real como una necesidad natural (el hambre, por ejemplo) y el descuido y desprecio del mundo nos infligen un dolor tan severo como la gota o una piedra.” Si alguna vez han sufrido de gota apreciarán lo acertado de esta observación.

Pienso en la crítica cultural y literaria todo el tiempo. Pero algunos días, cuando mi esposa y yo nos peleamos, o cuando me excedo siendo demasiado duro con mis hijos —¿quien fue el que dijo que todos los padres son republicanos y todas las madres demócratas?— o cuando me toca recibir las críticas de mis editores, pienso que no sé nada sobre las palabras y su poder para herir o informar.

¿Qué es crítica? Karl Marx tuvo una buena idea. En un día perfecto dentro de un mundo perfecto, escribió, un feliz ciudadano podrá “cazar por la mañana, pescar por la tarde, cuidar ganado al anochecer” y, finalmente, lo mejor de todo, “criticar después de cenar,” tal vez con una botella de vino sobre la mesa.

Marx comprendió que la crítica no significa soltar frases despectivas, mezquinas, malhumoradas, a lo Simon Cowell. No significa necesariamente amontonar un malvado desprecio. Significa distinguir. Significa hablar sobre ideas, estética y moralidad como si esas cosas importasen (y sí que importan). Es básicamente un acto de amor. Nuestras facultades críticas son las que nos hacen humanos.

Cuando te cruzas con palabras duras, hay muchas maneras de reaccionar. Revistas y libros de autoayuda están llenos de consejos sobre cómo sonreír y dejar tu defensa para después. Sobre cómo darte a ti mismo 48 horas para enfurruñarte. Sobre cómo no concentrarte en el mensajero. Sobre, como dice la canción de Jerome Kern y Dorothy Fields, levantarte por ti mismo y sacudirte el polvo.

Para los escritores, Edna St. Vincent Millay ofreció el más sabio de los consejos que ha resonado durante décadas. Dijo: “Una persona que publica un libro se presenta voluntariamente ante el populacho con los pantalones bajados. Si es un buen libro, nada podrá dañarlo. Si es un mal libro, nada podrá ayudarlo.” Con demasiadas palabras estaba diciendo “Cree en ti mismo.” Un mensaje que todos necesitamos oír.

Es un momento interesante para ser crítico. No quedamos tantos, y nos aprietan desde todas partes en el mismo momento en que nuevos medios como Twitter y Yelp se han convertido en opinionismo permanente, con muy poco de eso que un crítico puede reconocer como crítica real en sus torrentes digitales de balbuceos.

Soy un fan de Twitter y me encanta la divertida/malvada comparación de Jonah Peretti con respecto al más hogareño Facebook. Peretti ha escrito: “Twitter es un servicio simple empleado por gente inteligente. Facebook es un servicio inteligente empleado por gente simple.” Pero Twitter le quita los colmillos a la gente lista. Allí las palabras negativas tienen el mismo efecto que un murciélago volando en una boda.

En un inteligente artículo publicado a principios de este mes, “Contra el entusiasmo,” Jacob Silverman “clavó” la manera en que Twitter, al menos para los escritores, se ha convertido en una “sociedad de admiración mutua” y, en consecuencia, está lleno de peligros para la cultura literaria.

Silverman escribió: “Si pasas tiempo en el Twitter literio o en la blogosfera te verás positivamente asediado por la amabilidad, el inagotable entusiasmo que puede llevarte a creer que todos los nuevos libros son maravillosos y que cada escritor es el mayor admirador de todos los demás escritores.”

No sólo esto es vacío—añadió—, también es falso. Y la constante fraternidad falsa ha hecho que la opinión genuina y honesta parezca innecesariamente dura, un zumbido asesino llegado del Olimpo. “Los reseñistas no deberían ser máquinas de recomendar,” añade Silverman, “Y sin embargo hemos aceptado ese papel, en parte porque el solícito espíritu comunal de Twitter lo anima.”

¡Bravo, joven Silverman! (Por favor, retuitéelo)

Hasta que tengan el temple necesario para decir lo que piensan y mantenerlo, jóvenes críticos y amables compañeros de Twitter, siempre nos queda el consejo que el crítico George Seldes nos dio en el título de sus memorias de 1953: “Di la verdad y corre.”

* Este artículo fue publicado originalmente en The New York Times, el 15 de agosto. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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