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Acuse de recibo: Declaración jurada de Rafael Alcides

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    Editor Jefe
  • ago 08, 201222:26h
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Decía Homero que los dioses suelen extraviar la mente de aquellos a quienes quieren perder. Ha sido el caso del sorprendente señor Raúl Luis. Llevado por la locura, de repente este amigo de otro tiempo ha creído haber escrito de arriba abajo la novela El Cazador (de reciente reedición), donde, entre otros textos, tenía yo un largo capítulo de ciento y tantas cuartillas –el primero de mi novela inédita Pepilla Naranjo–, titulado “Un caballo, dos hombres y una mujer”.

Tenía, he dicho con toda intención, porque en términos de legalidad, a partir de ahora, pensará en su extravío el sorprendente señor Raúl Luis, él será el autor y yo uno de los heterónimos de aquélla obra puesto que en el contrato editorial que la autoriza no me menciona. Tan suya la ha creído, que la reeditó sin consultarme, cosa de la que me enteraría, y esto por casualidad, semanas después de su presentación en un Sábado del Libro.

No ha sido esta sorpresiva conducta (que incluye la expropiación a mansalva de los dineros que por dicha edición fraudulenta me corresponderían de haberme incluido y contar con mi autorización), la única acción preocupante del sorprendente señor Raúl Luis, cuya deuda con los dioses ignoro, pero de cuya locura no tengan dudas. Si no, díganme, cómo explicar que haya pretendido engañar a la editorial con su impostura, siendo ésta tan fácil de desenmascarar acudiendo a los dos contratos que por la inclusión en la edición legítima de El Cazador del ya mencionado capítulo “Un caballo, dos hombres y una mujer” (en sí mismo una novela) me extendió y pagó la Editorial Letras Cubana, primero al publicarla, y después cuando, sin memoria de que detrás de la puerta estaban escuchando los años de pobreza que sobrevendrían a raíz de la caída del muro de Berlín, se disponía a reeditarla.

Lo constatarían, además, los amigos, hoy casi todos ellos Premio Nacional de Literatura, que conocieron esa colaboración y la miraban con asombro, como ocurre con lo que no se entiende.

O mejor dicho, que creían conocerla. Pues en su totalidad, hasta el martes 31 de julio, cuando recién enterado de la rara locura del sorprendente señor Raúl Luis y creyendo involucrado al Instituto Cubano del Libro me dirigí por carta a la escritora Aida Bahr, subdirectora del Instituto Cubano del Libro, sólo dos personas, fuera del ahora absoluto de El Cazador, y yo, conocían la historia secreta de esta obra. Son ellas, Teresa Fernández Mardones, mi mujer de entonces y madre de mi hijo Rubén, que lo vio gestarse en casa, y nacer al fin, y Regina Coyula mi mujer de los últimos veintidós años y madre de mi hijo Rafael, porque yo se lo había contado.

Incluyen mis colaboraciones en esa historia secreta, y por tanto fuera de contrato, cinco piezas salidas de mi maquinita de escribir, que sin quitarle ni ponerle punto ni coma firmó (y me pagó en privado) el sorprendente señor Raúl Luis. Hablo de las cuatro conversaciones con la supuesta doctora Laura Meneses viuda de Mardones, y el texto que cierra la obra —al parecer escrito por Cristóbal. Pues si bien en esos raros momentos de debilidad en que la cabeza suele cederle paso al corazón, no faltó alguna vez la invitación de aquel amigo de entonces a firmar la obra entre los dos, cosa que no acepté porque, como después se verá, contradecía las razones por las cuales lo estaba ayudando a armar el muñeco de su gloria, después, superados aquellos repentinos malos momentos, vivía temiendo abultar (así me dijo, “abultar”) mi participación. En el fondo, tal vez no existieron nunca tales momentos de debilidad, y me invitaba firmar con él, a cuatro manos, seguro de que yo me negaría.

Incluye además aquella larga colaboración, el argumento de la obra de teatro y también el de la historia de los trágicos amores de Gloria Rangel —cuyas décimas escribió, en efecto, Chanito Isidrón, según se deja anunciado, esperando sin embargo a que el lector no o creyera. Incluye la idea de la iconografía, cuyas fotos obtuve con personas de mi amistad. Incluye gran parte de los trajines conspirativos para el Alzamiento que frustraría, primero, el asesinato del coronel Benjamín Arias (personaje de mi novela Pepilla Naranjo), y después la irrupción de la guerrita chambelonera. E incluye la idea de hacer de El Cazador el detalle que lo ha hecho único, y la razón por lo que acaso sea recordado, esto es: ser una novela contentiva de todos los géneros literarios.

Destacada en ese paritorio fue, también, la participación de Teresa, que además de cocinar, hizo útiles observaciones en aquellos meses de trabajo. Un día a la hora del almuerzo, ya con la obra casi terminada, faltaba por representar la cuentística, pero no teníamos cuentos, y hacían falta dos. Para uno posible, el luego sorprendente señor Raúl Luis tenía una vaga idea, sacada de un sueño donde aparecían unos guantes amarillos, pero no tenía el final. Teresa ideó el final y le sugirió el argumento del otro cuento.

¿Habría podido olvidar todo esto el sorprendente señor Raúl Luis? ¿Pensará, en su lamentable extravío, que por ser yo un ciudadano que está por el Cambio, y él un regresado al Sistema luego de un momento de decepción que lo apoyarían nuestros viejos amigos y mentirían respecto a mí? Con un orate, cualquiera sabe.

Cierto es que en mucho contribuí a esa locura. Pues durante veintiséis años, exceptuados aquellos cuatro o cinco amigos ya dichos, toda la Crítica, en Cuba y fuera de Cuba, me creía en El Cazador un heterónimo (Aida Bahr incluida, según, apenada, me confesaba en casa la tarde del pasado jueves 2 cuando recién llegada de Santiago donde se hallaba al llevarle mi carta corrió a eximir de culpas a la Editorial Oriente, que también habría participado de tan extendida creencia). Era, y me disculpo, algo que por mi parte nunca salí a atajar, decepcionado, es verdad, con que quien estando en el deber de desmentirla no lo hacía, pero a la vez complacido en cierto modo de haber logrado otra de mis novelas de carne y hueso, como le llamo a esas aventuras. Feliz de saberme el hacedor de quien, entre los que integráramos el grupo de los viejos días de oro, había seguido siendo, perdido allá en la cola hasta casi no verse, el “que aún no había entrado en la historia” pero ahora, de repente, al fin, gracias a mí, anotando y con posibilidades de establecer marcas, semejante a aquel sorpresivo J. Pinto Fernández del poema “Cuadrilla” de Drummond de Andrade. Pues en sus dos veces al bate antes del éxito de Crítica obtenido por El Cazador, ni a primera había logrado llegar el sorprendente señor Raúl Luis.

No quiero engañarme. Ni engañar al lector con esta declaración que, puesto de rodillas ante Dios, volvería a jurar. Además del siempre tentador juego de sentirse uno haciendo el papel de Dios, me guiaba en esa colaboración un sentimiento de gratitud, un fervoroso deseo de hacer feliz a aquel amigo que acababa de publicar mi Agradecido como un perro. Era, imagínenselo, el libro que me había sacado del olvido en que fuera sumido desde 1968 cuando los tanques rusos entraron en Praga, Fidel Castro los bendijo y yo, derrotado sin ser checo, me hice a un lado, para vivir fiel a un voto de silencio que interrumpiría a fines de 1987 cuando esperanzado por los aires cubanos de la Perestroika volví a pisar la UNEAC y reanudaría, ahora con mayores exigencias, a fines de 1991 cuando una información oficial respecto a la supuesta procedencia y autoría de la célebre “Carta de los Diez” me hizo ver que yo no cambiaba, que seguía siendo el iluso de siempre.

Pero esto aún no había sucedido, y el milagro de aquel libro que me devolviera al mundo de los vivos llevado en hombros, me tenía tan contento, tan agradecido, que por ver feliz a mi J. Pinto Fernández, le hubiera ayudado a hacer, no digo yo un libro: una escalera que fuera para que llegara al Cielo y entrevistara a Dios, asegurándose así un Nobel y hasta una estatua de él a caballo en un parque bien grande con su nombre.

Dispuesto a volar solo, ya sin nadie que le soplara al oído, en el 2006 tomó lo que de El Cazador le correspondía y lo publicó en Ciego de Ávila bajo un título envidiable, El sitio existe, es hermoso, obra que en el 2009 le reeditaría la Editorial Letras Cubanas acompañada con diez o doce páginas con cartas y heterónimos que no aparecían en la primera edición de El Cazador y que podrían ser, según enterados (cosa que no creo), toda la producción de este autor en los últimos veintiséis años.

Luego entonces, si ya tenía lo suyo en tierra aparte, bien seguro en dos ediciones aún olorosas a tinta fresca, y en un sitio hermoso, sólo un presumible sentimiento enfermizo, una angustiosa necesidad de reconocimiento, una oscura voluntad de trascender aun al precio de quitar, de borrar de su camino a quien le diera piernas para caminar, su locura, en fin, disculparía su extraño proceder.

Ya me lo imagino hinchadito en su Sábado del Libro de semanas atrás, durante la fraudulenta presentación de El Cazador, más contento que José Martí en Playitas al pisar de nuevo tierra cubana, oyendo caer flores sobre su cabeza, pero sin conciencia de su engaño.

Por eso, y por el favor que un día me hizo, por la publicación de aquel libro que le seguiré agradeciendo hasta que me muera, no lo llevaré ante los tribunales. Respetaré la infancia tan triste que debió de tener en el caserío de la desolada llanura camagüeyana donde nació, la falta de afecto que también de grande debió de perseguirle sin lograr jamás sacarla, o no al menos en las cantidades faraónicas que su idea de sí mismo demandaría, según se evidencia ahora. No es un delincuente, es un enfermo. Nadie lo ha visto con el sombrero con que solía cubrirse el poeta Zequeira para hacerse invisible, pero su insaciable necesidad de fama, y sus métodos para obtenerla, y los elementales huecos por cubrir dejados al urdir la expropiación que me deparaba, así lo demuestran. El sorprendente señor Raúl Luis ha enloquecido. Compadezcámoslo, que es cuanto al respecto cabría sin sublevar la voluntad de los dioses.

Rafael Alcides.
Miércoles 8 de agosto del año 2012, en La Habana.

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4 respuestas
Comentarios

  • CAVECANEM dice:

    yep…papelito jabla lengua, como dijo el chino.

  • Defasado dice:

    Joder, que prosa tan contundente de Alcides.
    Like it.
    Me gustaría mucho ver la respuesta del atormentado llanero camagueyano y ver si al menos respondiendo es capaz de escribir algo…

  • Fidel.Gusano dice:

    No se puede esperar menos de aquello….
    Debacle de la moral y la ética..todos contra todos. El acabose..!!!!
    Feo escenario. Lamentable, vergonzoso…
    Cuba, qué penita de sociedad, aún en la supuesta “estratosfera intelectual”…!!!
    Ahh..lo que nos espera no es fácil caballero…!!

  • Observatorio nacional dice:

    Incroyable, cómo está La Habana…

  • matronize