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Nabokov, anticastrista

  • ago 05, 201213:15h
  • 6 comentarios

La maravillosa Sue Lyon grita un desafiante “chá chá chá” en una escena de la Lolita de Kubrick. Y en Pnin se menciona varias veces a un Tristram W. Thomas (“Tom” para los amigos”), catedrático de Antropología, que ha obtenido diez mil dólares de la Fundación Mandoville para estudiar en Cuba los hábitos alimenticios de los “pescadores trepadores de palmeras” (palm-climbing fishermen). En La defensa un ex-condiscípulo de Luzhin, empeñado en recordarle su vida de estudiante como una época paradisiaca, se enorgullece de haber hecho turismo en la isla (“Ya le digo, he viajado por todo el mundo. ¡Qué mujeres, las de Cuba!”) antes de que un oyente perezoso descubra que sus alardes de viajero son cuidadas fantasías y que ese mundo de tentaciones exóticas no es más que la sarta de embustes de un fanfarrón al que le gusta fatigar los prospectos de viaje.

Son algunos de los “episodios cubanos” de la extensa obra de Vladimir Nabokov. Su afición por el ajedrez lo llevó a cruzarse, de niño, con un cubano ilustre, José Raúl Capablanca, que jugaba en San Petersburgo una de sus más célebres partidas. Muchos años después, el severo ajedrecista Nabokov expondrá sus reparos al estilo del cubano, demasiado heterodoxo para su gusto.

No demasiada gente sabe que Nabokov, cuyo alegato antitotalitario queda claro en obras como Bend Sinister o Invitado a una decapitación, profesó a lo largo de su intensa vida académica y editorial de los años sesenta un odio visceral al castrismo —natural desprendimiento de su odio al bolchevismo que le había arrebatado familia, tierra e idioma. En una entrevista concedida a la BBC, Nabokov incluso aludió al “Dr. Castro” como una de las cuatro cabezas de la hidra que le provocaba un torrente bilioso (las otras eran el Dr. Freud, el Dr. Zhivago y el Dr. Schweitzer).

En un poco conocido episodio de su biografía que ilustra muy bien sus convicciones políticas (su “intransigencia”, dirán algunos), Nabokov demuestra que cuando de anticastrismo se trataba no le importaba correr el riesgo de parecer en exceso politizado. No estaba dispuesto a sacrificar sus ideas al “buen tono” de ningún salón intelectual. A finales de 1963 la revista francesa L’Arc, que dirigían los hermanos René y Ghislaine Micha, ofreció a Nabokov dedicarle uno de los prestigiosos números monográficos. Nabokov accedió, complacido, pero en otoño de ese mismo año, tras leer un número previo de L’Arc dedicado a Cuba y preparado por René Micha, exigió a los editores que “su número” viniera precedido por la siguiente nota:

“No tengo por costumbre manifestar mi credo político. No obstante, ciertas simpatías por Castro que creo haber detectado en el número de L’Arc dedicado a Cuba me obligan a hacer en este número una breve declaración de principios. Me importa un bledo la política en cuanto tal. Desprecio toda fuerza que ataque la libertad de pensamiento. Estoy en contra de toda dictadura, de izquierdas o derechas, terrestre o celestial, blanca, gris o negra, rosa, roja o púrpura, Iván el Terrible o Hitler, Lenin, Stalin o Jruschov, Trujillo o Castro. Sólo acepto a los gobiernos que permiten que el individuo diga lo que le gusta.” (Carta a R. Micha, 5 de dic de 1963, Vladimir Nabokov Archive, citado en Bryan Boyd: Nabokov, The American Years).

Los hermanos Micha se sintieron muy contrariados. El tema cubano, en aquellos años, era parte del imaginario chic de Saint Germain, y ellos habían creído hacer una revista estrictamente literaria, aunque tras la portada de Lam y junto a relatos de Casey, Carpentier y Piñera o fotos de Agnes Varda se incluyera un texto de Fidel Castro sobre la batalla del Jigüe. (Por cierto, en el índice del número cubano de L’Arc también aparece un curioso texto de Guillermo Cabrera Infante, que con el tiempo reuniría méritos suficientes para presidir una hipotética sociedad de nabokófilos cubanos: Nabokov y G. Caín comparten, entre otras cosas, la admiración por Hitcotch y Carroll, el ajedrez como ejercicio del espíritu, el desdén por Freud y un particular sentido del humor como scrabble mental… además del anticastrismo, que Nabobov repudió primero). Los editores de la revista escribieron largamente a Nabokov tratando de convencerlo de que la suya era una revista apolítica, y que esa nota la politizaría sin razón. Nabokov respondió:

“Me dicen ustedes que he puesto a L’Arc en una situación imposible; pero la situación en que la cuestión cubana me ha puesto a mí tampoco es para reírse. Me dicen ustedes que Gallimard, mi editor, ha publicado a autores de ideas políticas muy diversas; de acuerdo, pero una editorial es un gran hotel, la Place de la Gare, donde a nadie le preocupa a quién tiene por vecino, mientras que una revista es un salón en el que todo el mundo recuerda al invitado de ayer”.

De ninguna manera quería Nabokov que su salón tuviera tan cerca a un vecino barbudo. Finalmente, sugirió un posible acuerdo mutuo para la revista que estaba ya a punto de irse a la imprenta. Su nota se imprimiría sin las dos primeras frases. Su credo antitotalitario quedaba lo bastante claro. Los hermanos Micha estuvieron de acuerdo.

En 1968, ante las preguntas del New York Times Review of Books, el escritor declaró: “Lo distintivo de mi panorama interior es el abismo absoluto que se abre entre la maraña de alambre de púas de los estados policiales y la amplia libertad de pensamiento de la cual gozamos en Norteamérica y Europa occidental”.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

Foto: Sophie Bassouls (Corbis, 1975).

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6 respuestas
Comentarios

  • Yo mismo dice:

    Excelente trabajo, mas de esto! GRACIAS!

  • Fidel.Gusano dice:

    Está genial tu nick name PZ, Peseta…quién serás ?
    Gracias por celebrarme…quién serás ?….
    Me imagino a una muy bella mujer, deseosa de un lobo solitrio, dispuesta a domarlo…ah, las cosas q se me ocurren..!

  • PZ dice:

    Me encanta tu comentario, Fidel Guasano. Eso es lo que llamo un comentario genial: que no viene al tema, imaginativo. Muy bien! Y el post de PD también muy bien. Debería aclarar PD quié es el tercer doctor, Dr. Schweitzer, que la afición PDeista me temo no sabe. Y es que el Dr. Schweitzer era un hombre de genio que se ganó la ojeriza de Nabokov completamente gratis. Lo que más me gusta del Dr. Schweitzer es su trabajo sobre Bach y que fue uno de los iniciadores de la práctica de tocar música barroca con instrumentos de época, entre otras muchas cosas: misionero en áfrica, etc. Pero a Nabokov, es sabido, no le gustaba la música. La ojeriza contra FC pues más comprensible, sin duda. Y contra el charlatán de Sigmund pues ni se diga: totalmente de acuerdo con él. El Dr. Zhivago: la novela más sensiblera y vomitiva de toda la literatura rusa y además culpable del pecado imperdonable de haber desplazado a Lolita de la lista de los bestseller en el año en que salió. En fin, muy bien justificadas toda sus fobias. PZ

  • Fidel.Gusano dice:

    By de way…yo tuve un amigo pescador y desmochador de palmas, de nombre Luis el de las Palmas hace como 20 años…tenía toda la “tecnología” para escalar las palmas más altas, con solo una soga, flaquito, como de 50 y pico de años, curda…y les desmochaba las palmas a unas cuantas embajadas extranjeras…debe de estar vivo todavía, Luis.
    Tremendo cubano…!

  • NDDV dice:

    Hernández Busto at his very best!!

  • Mike H.M. dice:

    Muy buen post, Ernesto. Muy agradecido. Siempre que alguien justifica ese entusiasmo primario por lo que sucedió en Cuba en 1959, donde no fueron muchos los que vieron claro desde el principio, habrá que recordar a hombres como Nabokov, como Milosz, como Brodsky, a quienes ya no había manera de pasarles gato por conejo. Dios, qué manera de jodernos los europeos hipócritas estos, tipo Sartre.