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La fábula sobre la partida de los hombres que valían la pena

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    Editor Jefe
  • jul 21, 201200:56h
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Por Raúl Reyes Mancebo

Un día de otoño en el que el resto de la humanidad podría jurar que no pasó nada relevante, los hombres que valían la pena decidieron abandonar nuestro mundo. Con este fin, rentaron un navío en buenas condiciones para que los condujera a alguna parte olvidada del planeta. Eran muchos, más de los que podría creerse en un primer momento, pero no los suficientes como para llenar el buque en su totalidad, y mucho menos para alterar las estadísticas mundiales con su ausencia.

Hartos, decepcionados, aburridos de que nadie los entendiera, los valorara, los apreciara por lo que realmente eran, decidieron que querían irse. Fue una decisión cuidadosamente planeada, que no vino de ningún impulso feroz y repentino, sino de la impresionante lucidez que proporciona el desencanto a largo plazo.

Pusieron anuncios para buscarse, para reconocerse, para unirse. Luego planearon todo, hasta el más mínimo detalle acerca de su partida, previendo las consecuencias que podría tener tal decisión sobre sus vidas y sobre el mundo al que ahora abandonaban. Pensaron en aquellos que dejaban detrás y tomaron medidas para afectarlos lo menos posible. Pero su decisión era irrevocable.

Un grupo de mujeres, temerosas ante la partida de los hombres con algún valor, crearon la “Alianza de las mujeres que valen la pena”, que se trazó como objetivo fundamental impedir el éxodo de sus homólogos masculinos. Con este propósito, lanzaron campañas de acción, publicaron anuncios en revistas y periódicos para buscar apoyo e incluso decidieron abordar personalmente a los viajantes. Pero sus pedidos se perdieron entre miles de otras propuestas políticas y sociales, y finalmente su causa no tuvo el apoyo gubernamental necesario, ni tampoco el interés de la masa, que había decidido conferir su atención a temas de mayor relevancia.

“Si se quieren ir, pues que se vayan”, les dijo un responsable estatal muy sereno, con esa tranquilidad que sólo tienen aquellos que realmente no conocen —ni están interesados en conocer— a los valiosos miembros que están a punto de perder. Las mujeres intentaron protestar, pero de poco sirvió. Por su parte, los hombres que valían la pena tampoco las escucharon. El daño que habían sufrido era irreparable y ya nada podía hacerlos cambiar de opinión.

Así, aquel día en que caían hojas amarillas por todas partes, subieron al barco y se alistaron para el gran viaje hacia el futuro. Hacia un futuro sin muchas emociones, pero tampoco sin sinsabores. La alianza femenina se ubicó frente a la embarcación con carteles de súplica en un último y desesperado intento por lograr su objetivo.

“¡No pueden irse”, gritó una. “¿Quién nos entenderá ahora? ¿A quién admiraremos? ¿La mirada de quién nos importará verdaderamente? ¿Cómo podremos vivir sin tener al menos la esperanza de que alguien en alguna parte vale la pena? ¡No pueden dejarnos con el resto de los hombres! ¡Su poco encanto, sus vidas pequeñas y mediocres, su no saber de nada nos volverán locas!” “¡Lo hubieran pensado antes!”, gritó uno de los hombres. “¡Estábamos ocupadas haciendo otras cosas! Liberarnos, avanzar, quitarnos las trabas que nos imponen, ¡no tuvimos tiempo de verlos con claridad! ¡No es nuestra culpa que esto pase!”, dijo, echándose a llorar, mientras dos de sus compañeras la abrazaban.

“Lo sentimos”, dijo otro hombre. “Ojalá todo hubiese sido diferente. Tienes razón, no es su culpa. No es la culpa de nadie. Es que este mundo no tiene la infraestructura necesaria para acoger a aquellos que valen la pena, así que terminamos todos sin entendernos y separándonos. Por eso queremos irnos. Pero seamos amigos en esta hora de despedidas. Es lo único que podemos hacer ahora”.

Casi a punto de zarpar, uno se arrepintió. “Creo que me quedo”, dijo, ya a última hora. “¿Qué pasa?”, le dijo otro. “No lo sé, es una mezcla de cosas”. “Y los demás entendieron, así que lo abrazaron, le dieron consejos y lanzaron la escalerilla para que él pudiera bajar. Saltó por el otro lado para que nadie pudiera verlo, pero la noticia de su renuncia se filtró gracias un grupo de reporteros, todos hombres que no valían la pena, los cuales cubrían el evento para la sección de variedades de algunos noticieros.

Y así los hombres que valían la pena en este mundo alzaron el ancla y partieron. Mientras los mástiles que amarraban el barco a tierra se rompían uno tras otro, una vela enorme se desplegó, causando la admiración de todos por un instante. Las mujeres que valían la pena se echaron a correr al lado del barco, primero despacio, luego más rápido a medida que éste ganaba en velocidad, agitando sus brazos en señal de despedida mientras los hombres les lanzaban besos con las manos. Cuando el barco se instaló en plena mar, las mujeres, paradas en el muelle, sacaron sus pañuelos y los agitaron en la distancia hasta que el navío no fue más que un punto lejano en el horizonte de un día otoñal.

Al quedarse solas una se echó a llorar. “¿Y ahora?”, dijo. “Pues ya veremos qué se hace”, le dijo otra. Así, enrollaron sus carteles y regresaron a casa.

Después de la noticia de que había todavía un hombre que valía la pena entre ellos, el mundo se dio a la tarea de buscarlo, no porque le interesara conservar sus valores, sino por ese ánimo coleccionista de la humanidad de encontrar y poner en un museo al último espécimen de cada cosa. Algunos sí lo buscaron en serio, para conocer acerca de una sensibilidad escuchada pero nunca vivida, de unas palabras correctas dichas en el momento correcto, de una visión del mundo contada por alguien que merecía ser escuchado. Pero la búsqueda fue infructuosa. Aunque a veces se creía encontrar al hombre, poco tiempo después éste demostraba no ser el real.

Las mujeres que valían la pena hubieron de conformarse con el resto de los hombres, a los cuales aprendieron a amar, pero nunca con la misma pasión con que lucharon aquel día otoñal por evitar la partida de los hombres que valían la pena. A veces pasan cerca del muelle y se quedan con la mirada perdida en el horizonte. Sus hijos varones les preguntan entonces qué miran y ellas los cargan y les cuentan la historia de unos valientes y arriesgados marinos que se fueron en un barco porque el mundo no estaba preparado para ellos.

En cuanto a los hombres que valían la pena —aún la valen— viven todos en una isla al norte de Tahití, en medio del Pacífico, donde llevan una vida tranquila y calmada, en la cual la renuncia parece ser su característica fundamental. Las mujeres de la zona apaciguan sus necesidades primarias, pero ellos no se permiten tener mucho más con ellas. Así, escriben, crean, trabajan, conversan y piensan todo el día. En las noches, se reúnen alrededor de fogatas en la playa y se hacen historias en las que se permiten —aunque no mucho— apasionarse y dejarse llevar por sentimientos que tenían cuando eran jóvenes y nadie los había decepcionado todavía. Así, con esta vida pacífica y contemplativa del pasado, viven los hombres que valen la pena, alejados por decisión propia de un mundo que no lo sabe, pero que nunca más fue el mismo desde el día de su partida.

Ilustración: Edward Hopper, Morning sun (1952).

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