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El grito del halcón en el otoño

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    Editor Jefe
  • jul 21, 201200:44h
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Por Joseph Brodsky

El viento del noroeste lo eleva sobre el valle
azul, grisáceo, lila y escarlata
de Connecticut. Pero ya no divisa
el paseo apetitoso de algún pollo
en la vetusta granja, ni el ratón en el linde.

Solo, a la deriva en la corriente de aire,
lo que ve es una hilera de colinas
achatadas y la plata del río
serpenteante como una espada viva,
acero entre meandros, y los pueblos
como abalorios, de Nueva Inglaterra.

Los termómetros marcando el bajo cero
parecen lares guardados en sus nichos.
Congeladas, las puntas de los templos
contienen el incendio de las hojas.
Pero para el halcón esas no son iglesias.
Y más alto que los píos deseos

de los fieles flota en el mar celeste,
cerrado el pico, las patas contra el vientre
—las zarpas recogidas como un puño—
sintiendo por debajo en cada pluma
el empuje del aire y en respuesta
los destellos del ojo. Se dirige hacia el Sur,

al Río Grande, al delta, a la arboleda
sofocante de hayas, escondida en la espuma
poderosa de la hierba punzante,
un nido, un roto cascarón moteado
de rojo, un perfume, la sombra
de un hermano o una hermana.

Un corazón recubierto de carne, plumón y plumas, alas,
palpita febrilmente, acalorado
y con su propio cuerpo en movimiento
corta como tijera el cielo del otoño,
intensifica el azul gracias a un punto,

a una mancha marrón apenas perceptible,
a una sombra que oscila sobre el pino.
Gracias al rostro inexpresivo y llano
de ese niño con frío en la ventana,
a la pareja que sale del coche,
a la mujer parada en el portal.

Pero la corriente lo empuja hacia lo alto
más alto, todavía más alto. El frío picotea
las plumas de su vientre. Mira hacia abajo
y ve cómo se ofusca el horizonte
ve, o le parece ver, los trece estados
primeros y a lo lejos el humo

que sale en fumarolas de las chimeneas.
Y el número de chimeneas le indica
al ave solitaria cuán alto voló.
¡Hasta dónde he llegado! Y el orgullo
se mezcla entonces con el miedo.

Girando sobre un ala, se lanza en picado.
Pero una capa elástica de aire
lo rebota hasta el cielo, hasta el espacio
helado e incoloro. En la pupila de oro
hay un brillo malvado, una mezcla
de rabia con horror. De nuevo intenta

descender. Y de nuevo rebota,
como una pelota contra la pared,
o como la recaída en la fe del renegado.
¡Y sus ganas son tantas!
Hasta quién sabe donde. Más alto, a la ionosfera
en el infierno astronómicamente objetivo

de las aves. Allí donde falta el oxígeno,
donde en lugar del mijo sólo aparecen granos
de lejanas estrellas. Son los Campos Elíseos
de los bípedos, mas para los plumíferos es todo lo opuesto.
Y no es con el cerebro sino con los pulmones
que el halcón adivina que ya no hay más remedio.

Grita entonces. De su pico encorvado
irrumpe, brota un sonido mecánico
como el graznido cruel de las Erinias,
un sonido de acero que rasga el aluminio.

Tal vez resulta insoportable
por no estar destinado al oído
ni al del hombre, ni al de la ardilla
que baja por el abedul, ni al de la zorra que gruñe
ni al de los pequeños ratones de los campos.
Nadie puede pagar con tantas lágrimas. Sólo los perros

levantan el hocico. Un grito agudo, penetrante
más terrible que el re sostenido
del diamante que corta el cristal
atraviesa el cielo, y en un instante el mundo
parece estremecerse como herido
pues el calor allá por lo más alto

quema el gélido espacio igual que allá abajo
la verja helada quema la mano sin guante.
“Mira arriba”, decimos, el halcón lagrimeante,
y más, la telaraña que teje el sonido,
las ondas diminutas que se pierden sin eco

en la bóveda azul donde huele a apoteosis
del sonido, sobre todo en octubre.
En este encaje celeste el ave brilla
y se cubre de escarcha mientras flota
plateada en el cenit, ultramarina.
Divisamos desde aquí con los prismáticos

una perla, un detalle brillante.
Y sentimos un sonido allá en lo alto:
un ruido de vajilla que se quiebra,
como antiguo cristal de familia

cuyos fragmentos todavía no hieren,
sino que se derriten en la mano. Y al menos un instante
distinguimos de nuevo objetos, círculos,
una mancha iridiscente, un abanico,
anillos, paréntesis y comas,
espigas y pestañas,

lo que antes era el libre diseño de la pluma,
el mapa convertido en un puñado
de hojas secas cayendo en las laderas.
Atrapándolas, corriendo por la calle
los niños con abrigos de colores
van gritando en inglés: “¡Invierno, invierno!”

1975

Traducción de Ernesto Hernández Busto y José Manuel Prieto.

Aquí, el original en ruso.

PD: Un comentario de Anthony Hecht.

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