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Persistencia de unas memorias

  • jul 17, 201211:07h
  • 10 comentarios

Empecé a jugar ajedrez cuando estaba en sexto grado. Al cabo de un par de años comencé a jugar torneos organizados y a asistir a los torneos “Capablanca In Memoriam”. Por aquel entonces la mayoría de los jugadores destacados estaban entre los 35 y 40 años, pero dos jóvenes comenzaban a distinguirse. Eran Jesús Rodríguez y Silvino García. No eran nuestros ídolos, pero para los adolescentes de mi generación que nos dedicábamos a este juego, representaban lo que aspirábamos a ser. Silvino era el favorito de las autoridades; Jesús, unos cinco años mayor, resultaba más enigmático. Se hablaba poco de él en las revistas especializadas o en los periódicos. En aquel momento, su juego era más sólido y más pulido que el de Silvino. Era un jugador más maduro.

En 1966 no me perdía una ronda de la olimpiada de ajedrez que se celebró en La Habana. Jesús era el cuarto tablero del equipo. Una tarde de noviembre de ese año llegué tarde al torneo y subí de prisa la escalera que llevaba desde el lobby del hotel al Salón de Embajadores en el cual se celebraba el evento. Al llegar arriba casi me tropiezo con Jesús, que parecía salir del bar Las Cañas. Para mi sorpresa, se dirigió a mi con premura y me dijo: “Me hace falta que me hagas una media”. Nunca habíamos cruzado una palabra. Yo tenía sólo 16 años, pero parecía mucho mayor. Inmediatamente entendí la proposición y asentí. En efecto, estaba en el bar con dos muchachas, una de ellas la que obviamente estaba con él y la otra una especie de chaperona, un poquito mayor y menos apetecible, pero atractiva. Nos fuimos para el “Karachi” y ahí la noche continuó sin percances. Agradable misión cumplida. A partir de ahí nos hicimos amigos.

Unas cuantas medias después, ya en 1967, comencé a ir casi todas las tardes a la redacción de la revista Jaque Mate, situada entonces en lo que debió ser el garage de la mansión que acababa de ser convertida en La Casa del Ajedrez, en la esquina de 15 y C en el Vedado, frente a la embajada china. En aquella oficinita, Jesús Rodríguez, junto con el amigo Jesús Suárez, hacían la revista bajo el ojo vigilante de Honorio Rancaño. Me sumé al esfuerzo voluntariamente y ayudé con la revisión de galeras, de comentarios de partidas y con traducciones de artículos. Entre cuentos, chismes y chistes pasábamos las tardes y de ahí nos íbamos para “El Jardín” o para el destartalado “Boulevard 23″ a engullir algo. Luego, cada uno para su casa.

Jesús Rodríguez decía vivir en Centro Habana, pero nunca visité su casa. Me contó que siendo un adolescente en los años cincuenta, deambulaba por las calles y los corredores de La Habana y se ganaba la vida jugando “rapid transit” (partidas a cinco minutos o menos), en el Club Capablanca o en un bar cuyo nombre no recuerdo. Al final del día, el dueño del bar le servía un sándwich y un vaso de leche y luego dormía donde la noche lo cogiera. Frecuentaba los clubes nocturnos desde Luyanó hasta el Vedado y tenia mil anécdotas que contar. Su situación no mejoró mucho después del 1959 y a pesar de su talento, era mirado con reserva por los dirigentes del deporte cubano. Fue campeón nacional en los años 1969, 1971 y 1972, obtuvo el título de Maestro Internacional en 1972 y participó en varias olimpíadas de ajedrez como parte del equipo cubano, sin embargo ni viajó con la frecuencia de otros menos merecedores ni obtuvo ningún tipo de prebenda material. Aparte de sus “desviaciones ideológicas”, no era inusual que Jesús propusiera tablas en una partida en la cual su posición era favorable si la partida se prolongaba y se acercaba la hora de acudir a una cita con una mujer.

A pesar de su confesado bajo nivel de instrucción tenía un conocimiento ilimitado de música clásica, siempre sintonizada en su oficina de Jaque Mate, y le gustaba apostar cuántos segundos le tomaba identificar una obra clásica cualquiera si alguien le tarareaba cualquier fragmento. En 1968, tras un viaje a Europa, se apareció con un ejemplar de Tres Tristes Tigres, la primera edición de Seix Barral. Yo no tenía idea de quién era Cabrera Infante y fue así como no sólo me leí el libro y empecé a conocer su obra, sino que Jesús nos hizo, a Suárez y a mí, decenas de anécdotas sobre el escritor, a quien conoció oyendo a la Freddy en los años cincuenta.

Con el tiempo me fui alejando del ajedrez y nos veíamos con menos asiduidad. Jesús había nacido en 1939 y yo era once años mas joven, por lo que las distintas etapas de la vida nos llevaron por caminos diferentes, pero nunca perdíamos el contacto. Una tarde de junio de 1978 nos reunimos en casa de un convaleciente Jesús Suárez a jugar cartas, a tomar y a conversar. También se encontraba allí ese día Eleazar Jiménez y no se me olvida que en el octubre anterior habían tenido la oportunidad de ver en México, por televisión, la pelea entre Mohamed Alí y Earnie Shavers, que se supone haya sido una de las mejores peleas de todos los tiempos.

Tras hablar de la pelea en detalle, Jesús le preguntó a Eleazar: “¿Qué tu crees que pasa si Alí pelea con Stevenson?”, a lo que un tajante Eleazar respondía: “Lo mata, Jesús, lo mata”. Frase que a todos nos dio mucha risa, sobre todo por lo convincente que sonaba Eleazar —y que aún usamos mi amigo Luis García y yo cuando nos cuestionamos el resultado de algún evento deportivo.

La última vez que hablé con él fue por teléfono, en 1989. Había conseguido un viaje a dar unas clases de ajedrez en México y se encontraba de visita en casa de Suárez, que ya para entonces se había exilado en ese país. Ya hacía años que no competía y le había dado un infarto (o dos). Le pregunté la razón por la cual no se quedaba, ya Suárez le había insistido, pero nos dijo que había tenido dos hijos y no los quería dejar, y que toda su vida había sido muy cobarde, que lo debió haber hecho antes, pero que ya estaba muy viejo y enfermo para ello. Nunca supe cuáles eran sus problemas del corazón, pero le dieron más infartos y murió dicen que de insuficiencia cardíaca, en 1995. No me enteré hasta unos meses después, como una de esas noticias misteriosas que salen de Cuba en boca de alguien y uno se ve obligado a confirmar llamando a varios amigos, quienes a su vez no están seguros de la validez de la información. A los perdedores se nos hace difícil luchar contra el olvido. Sin embargo, recientemente me enteré que ya hace al menos un par de años, unos jóvenes comenzaron a organizar, en el Club Capablanca, un torneo anual en su memoria.

Roberto Madrigal
Cincinnati

Foto: De izquierda a derecha: MI Jesús Rodríguez, MI Silvino García, Jorge Vega –Pte. de la FCA-, funcionarios de la Embajada de Cuba en México, CM Nelson Pinal y MN Gerardo Lebredo.

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10 respuestas
Comentarios

  • Pan con gorgojos dice:

    Gracias Amadeus. El participó en la semifinal nacional en febrero del ’66 calificando para el campeonato nacional al ganar su grupo. Ese fue el año en que Ortega fue Campeón Nacional. No se si José Carlos alcanzó a jugar en ese torneo antes de irse para España. Después de eso perdí su rastro también. Que yo recuerde los Capablanca comenzaron en el ’62 que ganó Najdorf.

  • Amadeus dice:

    Gorgojo,
    José Carlos Menéndez se fue antes que tú, es decir antes de 1966 que fue cuando se reaiizó la olimpíada. Pero no se marchó ni por Camarioca ni por el “puente”, sino directamente para España de donde era su padre y su familia. Entonces irse para España no era un crímen y recuerdo que incluso se despidió de todos una tarde (con su inseparable padre) en una de las rondas del II Capablanca con Bruno Vásquez y José Luís Barreras presentes y deseándoles suerte. Hoy sería impensable.

    En España jugó un par de torneos según rumores, pero no sobresalió al parecer y su rastro se perdió en el tiempo. Tenía talento.

  • Pan con gorgojos dice:

    Roberto, me soltaste un final de alfil y caballo en la cabeza (por suerte no a la ciega). Tantos recuerdos en tan poco tiempo. Hoy precisamente buscaba un documento en mi baul de los recuerdos cuando pasaron por mis manos mis revistas Jaque Mate y Ajedrez (tengo la Año 1, Número 1) que creo originó a Jaque Mate. Por un pelo no nos conocimos porque hubiera sido muralista en la Olimpiada si no hubiera salido de Cuba unos meses antes. Me puse a registrar mas cuando leí tu artículo y me encontré una partida que perdí con Lebredo. Es sumamente interesante que una partida anotada de ajedrez te permita remontarte a un momento específico de tu vida hace mas de 40 años y si te esfuerzas un poco puedes saber lo que estabas pensando exactamente. Cosas de ajedrecista me imagino. Gracias por la reseña. ¿Por casualidad sabes que se hizo José Carlos Menéndez?

  • Frank dice:

    Hola. es un gusto leer esta reseña de una parte de tu historia, de la historia. Es curioso como las mentes e inquietudes se repiten. Yo ni sabía que existía Guillermo Cabrera Infante y creeme que leí bastante en Cuba hasta los 29 años (1995), luego acá en México lo descubrí y lo primero que hice fue hablarle a mi hermana en España para comentarle que tenía que leerlo. Y me dijo, yo lo leí en la Universidad, pero como andabas muy metido en la FEU nunca te dije. Ella estudió Lengua y Literatura Francesa. Yo Psicología. Hoy juego ajedrez con frecuencia, el cual aprendí a jugarlo viendo a mis hermanos mayores. Un abrazo Roberto.

  • Amadeus dice:

    Gracias Roberto.
    Tengo la impresión que debimos haber coincidido más de un par de veces con el gran Fermín Herrera (?), Manguito y otros “muralistas” de los Capablancas. Mira que el mundo da vueltas…

  • azel shyyts dice:

    el ajedrez es una d las pocas coss q funciona bien en cuba,sigue subiendo com la espuma y se han ido muchos jugadores pero no se cae niajo

  • Para Amadeus
    Del chino Jorge Chiong no se nada. Miguel Angel lleva mas de treinta anos en Estados Unidos y andaba por New York

  • Anonimo Standard dice:

    Muy buena crónica. Que tiempos eso de la Revista Jaque Mate… Sigh

  • Amadeus dice:

    Roberto una pregunta: Tú sabes de Miguel Ángel Sánchez? O de la suerte del chino Chong?

  • oscar canosa dice:

    Genuinamente genuino. Mi respeto.